La inmortalidad a veces es efímera
El jueves, tercer día del festival, se estrenaban dos nuevas cintas (además de continuarse la retrospectiva con La calle de las rosas): Transpapa, un drama costumbrista sobre una adolescente que conoce a su padre transexual (el título lo deja bastante claro); y Las hermanas vampiresas, otra cinta sobre adolescentes, en este caso dos hermanas medio-vampiresas y medio-humanas. Como dramas no faltan en el festival, llegó el turno de darle su oportunidad a una de las dos únicas comedias puras estrenadas esta semana.
El tercer largometraje como director de Wolfgang Groos, que vio la luz en 2012, un año después de aquel despropósito que fue Cocodrilos de barrio: amigos para siempre, hace uso de la comedia para parodiar y dar una vuelta de tuerca al género de los dramas de adolescentes, al tiempo que lo combina con las manidas películas de vampiros tan populares últimamente, en un ejercicio que recuerda mucho a aquel de A Little Bit Zombie, y que aquí se basa en las novelas de Franziska Gehm.
Así, nos topamos con la historia de una familia (en la cual el padre es vampiro, la madre humana, y las dos hijas híbridos) que se traslada de Transilvania a Alemania para comenzar una nueva vida, y las dificultades que tienen las dos hermanas para adaptarse a ella, cada una a su manera: Dakaria no soporta su parte humana, mientras que a Silvania le pasa justo al contrario, y quiere deshacerse de su lado vampiro.
La película se dirige de forma bastante obvia a un público adolescente (igual que El pequeño vampiro lo hacía a un público infantil), y eso no le hace ningún bien. No es una película para toda la familia: es una película para esos espectadores, exclusivamente. Así, los aspectos que se suelen mirar más con lupa, como son el guión o las actuaciones, no importan nada ante el desarrollo de las escenas humorísticas, que parecen ser lo único que importa.
El problema es que ese humor ni siquiera es bueno. Es un humor muy simple e infantil, que se nutre de escenas construidas a costa de personajes estúpidos. Es una comedia en la que resulta imposible encontrar nada original que no hayas visto ya en cientos de propuestas del género, y que por tanto aburre hasta la saciedad, a pesar de su corta duración.
El guión, además de ser flojo, tiene un desarrollo un tanto irregular, con escenas no solo absurdas, sino por completo innecesarias, y que además se alargan más de lo que sería aconsejable. Esas secuencias, además, suelen tener un tono pasteloso e infantil, que busca la aprobación del (o la) joven enamorado, y que se hace insufrible para cualquier otro espectador.
Los estereotipos, debido a esa intención del director de parodiarlos en cierta medida, son constantes: Transilvania, ataúdes, tierra patria, ajo, sangre… Las referencias al mundo vampírico son constantes (la familia se llama Tepes, y se menta a Drácula en varias ocasiones, e incluso a Bram Stoker, por ejemplo), pero también a otros universos fantásticos, que no se libran del guiño, como es el caso de Harry Potter, en una escena de entrega del correo calcada de la primera película de la saga del mago, con la única diferencia de haber sustituido la lechuza por un murciélago.
Además de los estereotipos, conviven en el guión numerosos clichés de la comedia romántica, con un desarrollo bastante predecible. Los momentos de tensión, por su parte, se resuelven con recursos estúpidos e incluso con un deus ex machina bastante vergonzoso en las últimas escenas. También hay un cliché muy presente en la comedia alemana, como es el recurso de la “extraña pareja”: personajes que se ven obligados a unirse por las necesidades de la historia (las dos hermanas aquí) pero que son completamente opuestos, y a menudo no se entienden.

La comedia da sus últimos coletazos con su pretensión de perpetuar las situaciones absurdas al presentarnos personajes tradicionales en un contexto por completo actualizado, con todas las situaciones que ello conlleva, algo similar a lo que Tim Burton hizo ya recientemente en Sombras tenebrosas.
Casualmente, el padre en la cinta de Groos tiene un aspecto que parece una mezcla entre la estética gótica de Johnny Depp y el Dan Aykroyd que veíamos en Blues Brothers. Hay que destacar aquí, por cierto, la actuación de Stipe Erceg en ese papel, siendo (junto con la de Richy Müller como mago) la única verdaderamente interesante en toda la cinta. El resto resultan, cuando menos, planas, si no directamente decepcionantes.
Tampoco en el apartado técnico se libra de los errores la película. La banda sonora es una mezcla entre piezas instrumentales que parecen sacadas de librería, arreglos orquestales con una instrumentación propia de Europa Oriental (las únicas piezas que realmente merecen la pena), y un pop-rock duro alemán que entra con estridencia en algunas escenas, intentando animarlas un poco, pero resultando bastante cargante al cabo del rato.
La imagen, por su parte, no termina de ser mala, aunque el CGI es muy flojo. Las escenas en las que los personajes vuelan juegan con la oscuridad para taparlo un poco, pero el resultado no termina de ser del todo bueno. Por no hablar de la mascota de Daka, con un 3D que da ganas de echarse a llorar.
En general, ese esfuerzo de la cinta por agradar de manera casi exclusiva a un público muy determinado es lo que la hace fracasar. Es una película demasiado corta de miras, y con una prepotencia increíble al no importarle en absoluto la calidad final, por ser ésta algo casi menor para el espectador a quien pueda interesar. Hace aguas por los cuatro costados, y sin duda es un error de Groos que esperemos se olvide pronto.
Revisaremos en la próxima crítica la segunda cinta de la retrospectiva de Margarethe von Trotta: La calle de las rosas.
Escribe Jorge Lázaro
