Zombies party y Zombieland

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Muertos de risa 

zombies-party-1De entrada parece un poco arriesgado intentar desentrañar las huellas románticas impregnadas en dos producciones tan “especiales” como las que hemos escogido para ilustrar el Rashomon de este bimestre dedicado al amor después de la muerte.

Si preguntas a cualquiera de los espectadores que haya tenido la oportunidad de ver este par de comedias con zombis siempre te comentarán lo divertidas que eran, las sonoras carcajadas que les produjeron e incluso los elementos gore y de terror que se intercalaban entre gags. Pocos, sin embargo, habrán caído en la cuenta de que entre tanta víscera, tanto desmembramiento y tanto cachondeo también se escondían en ambas producciones unas subcapas de romanticismo que acompañaban muy bien al delirio y el desparrame extremo que tanto hicieron disfrutar a la platea.

Zombies party (Shaun of the dead, Edgar Wright, 2004)

Una de las producciones de culto instantáneo sobre la temática zombi fue este film británico dirigido por Edgar Wright; su originalidad y frescura para abordar un género que padecía un desinflamiento progresivo y parecía encontrarse en un callejón sin salida pilló a todos desprevenidos y se convirtió en seminal para otros trabajos que quisieron imitar forma y estilo (entre los que se incluye nuestra segunda película a comentar más adelante).

Esta amalgama de horror y comedia británica tenía su punto de partida en el protagonismo de un auténtico looser, de nombre Shaun (papel que catapultó a la fama al hasta entonces bastante desconocido Simon Pegg), quien al principio de la peripecia veía absorto cómo su novia le abandonaba por ejercer de segundón sin arrimo y por ser un muy aburrido amigo de sus desastrosos amigos, con los que pasaba las tardes enteras en el pub entre pinta y pinta de cerveza.

Ya la frase promocional que acompañó al cartel del film dejaba entrever que el sentimiento amoroso se encontraba intrínseco en el planteamiento narrativo: “Una comedia romántica… con zombis”. Y es que también es casualidad que cuando uno decide armarse de valor para poner su vida en orden y reconquistar el corazón de su novia a base de madurez, se desate una auténtica hecatombe carnívora en la ciudad en la que los muertos tratan de devorar sin compasión a los vivos.

A partir de entonces, la trama se centra en una acción sin freno en la que el elemento emocional funciona como engranaje clave para que se llegue a lograr la catarsis deseada de nuestro héroe. Armado con un palo de cricket y una pala, intentará rescatar a su madre, a su novia, e incluso a regañadientes, a su padrastro, en la que es una de las escenas más desopilantes de todo el conjunto.

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No nos ha de extrañar que a pesar de tratarse de un film de género puro, tan esquivo a reconocimientos públicos más allá de festivales fantásticos y de terror, Zombies Party estuviera nominada a los Premios Bafta al mejor film británico. Y es que la sombra de esos fracasados de clase media que tan bien retratara Ken Loach en clásicos como Lloviendo piedras o en la más reciente La parte de los ángeles se reconoce en cada uno de los caracteres presentados a lo largo del film.

La chica quiere que su chico se emancipe de la influencia materna y la de los amigotes y madure tanto personal como laboralmente. El chico, no entiende el afán arribista de su novia y tan sólo quiere pasar un buen rato con sus colegas en el bar, flotando en el ambiente como si estuviera recién salido de la universidad. Y entre medias la figura de ese amigo que lo ha acompañado desde la infancia y del que no se quiere desprender por aquello de que la verdadera amistad florece sobre todas las cosas (en este aspecto el gag que cierra el film es antológico, y resume de manera perfecta el lema de nuestro Rashomon, aunque aquí no lo desvelaremos para que todos aquellos despistados que aún no han disfrutado de este peliculón puedan hacerlo con la menor información argumental posible).

El amor y el espíritu de supervivencia actuarán entonces como acicates para demostrar su motivación y determinación. Lo que hace que esta lírica película sea tan maravillosa y recomendable es que la presencia de los muertos vivientes es incidental a los acontecimientos que se van sucediendo. El quid de la cuestión es que Shaun se siente como un hombre derrotado por la vida y quiere probarse a sí mismo y al resto del mundo que están equivocados.

Bienvenidos a Zombieland (Zombieland, Ruben Fleisher, 2009)

zombieland-2Cinco años después y con procedencia norteamericana aterrizó en nuestras pantallas una nueva muestra de comedia de zombis que funcionó muy bien en taquilla (prueba de ello es que recientemente ha comenzado el rodaje de su segunda parte, con gran parte del elenco actoral repitiendo en sus respectivos papeles).

De la mano del entonces debutante Ruben Fleisher (Brigada de élite, 30 minutos o menos), y utilizando todos los elementos propios de una road movie, se nos presentaba a otro personaje timorato y apocado (al que dio vida Jesse Eisenberg), que gracias a esa misma condición de miedoso había logrado sobrevivir al ataque furibundo de una horda de zombis que asolaban la ciudad (los quince primeros minutos del film, en los que el antihéroe de la función nos explica pormenorizadamente su decálogo de supervivencia son antológicos).

Obligado a salir de su hábitat natural ante los cruentos acontecimientos, entabla amistad con un simpático cazazombis (Woody Harrelson en una de las mejores interpretaciones de su tambaleante carrera), coincidiendo en su periplo hacia la ciudad de Los Ángeles con dos chicas supervivientes (tan encantadoras como estafadoras) que se les unirán a la aventura.

A partir de ese momento, el elemento afectivo entre los cuatro sujetos funcionará como catalizador de la sangrienta aventura. El amor y los asuntos del corazón surgirán por debajo de la carnicería y la depravación, y la gozosa gamberrada salpicada de slapstick de colegas y algún que otro cameo sobresaliente dará paso al auge de los sentimientos, aunque en esta ocasión su existencia sea el resultado (y no el motivo, como ocurría en Zombies party), de la superación de los traumas del reprimido protagonista.

Aquí el éxito estriba (como buena película yanqui que es) en llevarse a la damisela al catre y perder así la socorrida virginidad (¿cuántas películas no se habrán rodado en EEUU sobre el dichoso tema?) y no en recuperar el amor perdido. Para ello se hace esencial en pantalla la presencia de la sensual y explosiva Emma Stone, auténtico volcán en erupción cuyo atuendo ajustado y voluptuosidad de infarto puede provocar algún que otro sobresalto hormonal.

Eso sí, aquí la trama amorosa está ampliamente supeditada a la pirotecnia visual y al “no se vayan todavía, aún hay más”, deparando que los minutos cercanos a la conclusión sean un revoltijo de secuencias tan divertidas que no dan respiro, y otorgan lo que cualquier aficionado al género podría esperar: montañas y montañas de hilaridad ante unos zombis que de puro torpe garantizan el desternille general.

Por último, resaltar que aunque en estos dos ejemplos cinematográficos de amor entre muertos resucitados éste solamente se circunscribe a los humanos supervivientes, en este mismo año ha aparecido una película de temática juvenil, Memorias de un zombie adolescente (Warm bodies, Jonathan Levine, 2013), que en su mezcla de comedia y terror consigue emerger una apasionada relación entre una humana y un zombi, ¡toda una novedad!.

Escribe Francisco Nieto

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