Elogio de la traición
Santiago Mitre, coguionista de cabecera de Pablo Trapero en películas como Carancho (2010), Leonera (2008) o Elefante blanco (2012), debuta sin red en la realización con una película menor, pero no carente de sofisticación, que ha llamado la atención de la crítica y le ha valido ya dos premios de relativa importancia: el SUR, entregado por la Academia argentina, en las modalidades de guión, opera prima y actores revelación, y el de mejor película según FIPRESCI, la asociación de críticos de prensa argentinos. Para eludir las acusaciones de posible endogamia, cabe señalar que igualmente ha cosechado importantes éxitos en Gijón o Locarno.
Ante semejante sarta de elogios, uno no puede menos que sentirse cohibido, máxime cuando decimos que Mitre ha realizado el film sin cobertura porque casi todas las crónicas se empeñan en subrayar que esta obra suya no ha contado con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de la Argentina, lo cual debe tomarse como un ejemplo de hasta dónde puede llegar el cine verdaderamente independiente.
En efecto, parece que, elenco actoral aparte, Mitre ha conseguido rodar su película con tan sólo seis personas y un presupuesto ínfimo, lo que necesariamente implicaba un esfuerzo suplementario por la vía del talento. La respuesta a la relevante pregunta sobre si lo ha conseguido, es el objeto de esta crítica.
Los múltiples y variados elogios parecen decir que sí, y si uno hace uso del principio de caridad que atribuye racionalidad tanto a los opinantes como al realizador, debe tomar en consideración las opiniones de aquéllos y el trabajo de éste. Lo que sucede es que no es empeño fácil, pues las dos horas de metraje de El estudiante discurren algo más trabajosamente de lo que uno quisiera, y muchas veces está tentado de dejarse llevar por el instinto y sacudirse la crónica con un par de frases elogiosas, sin ánimo de contradecir a los unos y el otro.
Pero eso sería, como reza un chiste de la película, una manera de no comprometerse y de traicionarse a la vez. Dado que la trama de la misma hace hincapié precisamente el tema de la traición, quizá no sería bueno inclinarse por ella a un precio demasiado bajo.
Elogio de la traición es el título de un libro de Denis Jeambar e Yves Roucaute, que hace un repaso de lo que se denomina la política de la negación, la capacidad casi innata en los políticos relevantes (desde la Grecia clásica hasta nuestros días) para renunciar e incluso ejecutar lo contrario a lo prometido. Esa “virtud”, sin la cual no parece posible conciliar la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad en la política real, es muy querida en la tradición argentina: no en vano algunos políticos relevantes del país austral la mencionan y reivindican en el interesante documental Memorias del saqueo (Fernando Solanas, 2004).
La traición, según ese ensayo, suele florecer entre el débito del elegido para con los electores, pero El estudiante muestra una faceta no menos interesante del aspecto: aquélla que se da entre los compañeros de proyecto político para alcanzar las cimas del poder.
La película en ese aspecto brilla con luz propia, las cuitas entre cada uno de los contendientes, ora rivales ora colaboradores políticos, son dignas de la mejor tradición florentina y el escenario elegido no puede ser más representativo: la Universidad de Buenos Aires.
En la UBA quedan perfectamente representadas las dos caras de la política: la teórica, de los grandes autores, con sus tratados y manifiestos; y la real, de baja estofa, preñada de intereses personalistas y espurios que domina el panorama desde las asambleas estudiantiles hasta el Gobierno de las Naciones. Bien pronto se ve cómo la primera apenas puede nada contra la segunda, cómo la formación política de los muñidores de arreglos y enjuagues deja tanto que desear como su falta de escrúpulos y cómo los conceptos de interés y voluntad general no son tenidos en cuenta si no es para manipularlos. Es significativa y nada inocente la intervención de un estudiante al principio de la película haciendo precisamente una glosa de este principio.

Así pues, la película resulta de un buen planteamiento construido en torno a un amplio conocimiento de los pormenores de la baja política, llevado a cabo sin grandes efectismos y muchas veces más sugerido que mostrado.
Sin embargo, la ejecución de ese planteamiento deja a veces lagunas importantes en lo que debe considerarse una buena película: el socorrido y a veces engolado uso de la voz en off no casa bien con el asumido compromiso de sugerir antes que mostrar. Por otro lado, las actuaciones del personaje principal, de una habilidad próxima al maquiavelismo, no son compatibles con su retrato humano, ni lo es tampoco su reacción final: Roque se nos presenta como un tipo aparentemente sencillo, sin brillo ni magnetismo especial, toda vez que paradójicamente muestra un irresistible éxito con las mujeres, que no parece más que una malintencionada y acertada metáfora sobre el concepto de usar y tirar según las necesidades, como haría cualquier político con sus votantes.
Sin embargo el anodino estudiante asciende en el cursus honorum universitario de un modo meteórico. Nadie dice que eso no sea posible, e incluso podría asegurarse que lo hace precisamente gracias a su carencia de carisma, que lo convierte en un personaje en apariencia inofensivo aunque traicionero, válido para los más perversos juegos políticos. Pero si esto es así, entonces la película ha fallado en su definición: los balbuceos de Roque sólo están a la altura de sus latiguillos y frases hechas, y esa indigencia intelectual es congruente con la indigencia moral, pero ambas no son en absoluto compatibles con el maquiavelismo y la integridad personal.
A este fallo de base cabe añadir la difícil digestión de sus dos horas, que transcurren sin efectismos, ya lo he dicho antes, pero también sin muchos alicientes: algunos pasajes están claramente orientados al consumo interno argentino, y muchos de ellos resultan directamente anodinos —estoy pensando en la conferencia estudiantil organizada en el polideportivo, que sin embargo viene precedida de un golpe maestro de enjuague político— aunque ello no lastra la comprensión de la obra en su conjunto.
Más bien podría decirse que El estudiante hubiera resultado brillante de no ser tan prolija: nos encontraríamos ante el caso de un alumno que se enrolla demasiado en un examen dada su escasa capacidad de síntesis. Aunque bien puede ser que nos hallásemos frente a otro ejemplo de sugerida metáfora: la retórica vence, aunque no acaba de convencer.
Escribe Ángel Vallejo
