La chaqueta cibernética
Cuando en 1987 Stanley Kubrick estrenó La chaqueta metálica, El juego de Ender de Orson Scott Card llevaba dos años cosechando éxitos como novela y diez como relato corto.
A pesar de la leve disincronía, no es demasiado aventurado trazar algún paralelismo en el origen y contenido de ambas obras, sin dejar de reconocer que muy probablemente no se influyeron la una a la otra; como en el famoso caso del descubrimiento simultáneo del cálculo infinitesimal por parte de Newton y Leibniz, parece que simplemente los tiempos estaban maduros para afirmaciones de un mismo talante y que sólo se precisaba una mente genial para encajar las piezas; asignar en ese caso al escritor o al cineasta la gloria exclusiva de la idea sería una afirmación tan apresurada como irreflexiva.
Lo que nos encontramos en estas dos obras es uno de los alegatos más trabajados y radicalmente antibelicistas de la era post-Vietnam (probablemente el germen ideológico común del que antes hablábamos), elemento que a pesar de plasmarse en formatos distintos discurre por sendas parecidas, dando una idea de cómo la instrucción militar tiene por objeto destruir la conciencia moral de personas normalmente socializadas para construir sobre sus ruinas soldados despiadados, máquinas de matar.
El hecho de que cada una de ellas recurra a escenarios distintos —el espacio y Vietnam— o parta de posiciones ideológicas dispares —la religiosidad de Card frente al agnosticismo de Kubrick— sólo debería contribuir a resaltar la evidencia de que ambas encuentran un punto de convergencia deseable.
En este sentido la película de Gavin Hood, aunque basada en la obra de Card, no puede eludir sus débitos con el clásico de Kubrick: La chaqueta metálica ha sido rodada y sus hallazgos visuales pertenecen tanto al acervo cinematográfico como al inconsciente colectivo, de modo que para cualquier realizador ambos elementos son ya inesquivables.
En su película, aquel vínculo invisible e inconsciente de las progenitoras ha sido ahora trazado (quizá de un modo un tanto grosero, todo hay que decirlo), de forma que no quepa duda de que las afirmaciones del escritor fueron dichas de un modo sobresaliente por el cineasta.
Lo único que podríamos lamentar es que en ese merecido y congruente homenaje a los dos grandes, el realizador sudafricano no haya conseguido estar a la altura.
En un sentido cinematográfico, Hood carece de pulso para hacer avanzar la acción, y eso se nota en que casi siempre tenemos la sensación de hallarnos ante una película ciclotímica donde domina el espectro depresivo, y en la que difícilmente las partes eufóricas compensan la falta de ritmo.
En un sentido literario, parece incapaz de dominar uno de los elementos más importantes del lenguaje dramático para hacer creíble la secuenciación de una historia que se desarrolla por años en la novela y durante semanas en la película. En su descargo quizá cupiese decir que —como sucede en la novela— no puede hacerse envejecer a un niño seis años de golpe, pero ello no sería óbice para dilatar en pantalla y mediante el mencionado recurso —la elipsis— al menos algunos meses el entrenamiento, de manera que se hiciese creíble la habilidad del protagonista para diseñar estrategias y asumir liderazgos.
La película, dijimos, no oculta su devoción por el clásico de Kubrick: hay escenas en las que directamente los reclutas emulan los cánticos de los marines, avanzando a paso ligero por los corredores de la estación espacial; no obstante, la diferencia de capacidad entre ambos realizadores es notoria en cuanto nos adentramos en el difícil arte de transmitir emociones.
Podríamos poner como ejemplo el homenaje fallido que supone la caracterización del sargento Dap, un Nonso Anozie que no consigue, con sus dos metros de altura, llegar a la suela del zapato al fruto de su inspiración, el instructor Hartman —magistralmente interpretado por R. Lee Ermey en la película de Kubrick— a pesar de esforzarse en parecer autoritario y agresivo. La figura del instructor parece haberse contagiado del mal de los tiempos, en los que la apariencia sustituye a la esencia y en los que se supone que poner a un gigantesco hombretón que grita como un poseso va a infundir algo de temor en almas curadas de espanto.

No obstante siempre debe agradecerse que frente a la mera aparatosidad, se imponga la presencia: Ben Kingsley, con apenas metro setenta y cinco, consigue transmitir más con una sola mirada que Noozie con todos sus gritos. El esperado duelo interpretativo entre esta bestia del celuloide y su compañero Harrison Ford deja de producirse, sin embargo, por la total incomparecencia del segundo.
Pero no todo deben ser críticas negativas: El juego de Ender hace honor a los principales temas de la novela y no elude en absoluto la dureza de sus conclusiones. La película ilustra claramente las tesis de aquélla y juega razonablemente con sus equívocos: ¿Es la novela militarista o antibelicista? Uno se pregunta en qué sentido debiera ser una cosa o la otra, y llega a la conclusión de que cada cual puede ver en ella lo que desee, no en vano es también lectura recomendada por los instructores militares de muchos de los cuerpos del ejército estadounidense.
La película, sin embargo, apuesta más por lo segundo, y no me parece una apuesta equivocada: Card hace suya una nada despreciable interpretación del intelectualismo moral socrático pasada por un filtro cristiano, cuando asegura que aquél que conoce a su enemigo acaba por amarlo, y así, lo destruye; la película recoge el desafío y lo justifica, aunque siempre de un modo ambiguo: ¿Lo destruyo porque lo mato o porque deja de ser mi enemigo y se disuelve con ello el concepto de enemistad?
No podría ser de otro modo en un tiempo en que los mensajes demasiado claros pasan por simplistas, y en el que el cine debe tener vocación de masas: debe gustar tanto a los amantes del espectáculo pirotécnico como a los que buscan una cierta satisfacción intelectual. Es claro que El juego de Ender no alcanza cotas demasiado elevadas en ninguno de los dos aspectos, pero también es justo reconocerle que no defrauda unas mínimas expectativas.
Resultaba muy difícil adaptar una novela que se cuenta entre los grandes clásicos de la ciencia ficción, y Hood, a pesar de algunos errores de bulto, puede estar satisfecho de no haber hecho un mal chiste. Ciertamente no ha acertado del todo en el casting, pero ha vuelto a reunir a Ben Kingsley (Mazer Rackham) y al jovencísimo Asa Butterfield (Ender Wiggin), para demostrar no sólo que son grandes actores, sino que existe una química especial entre ellos. Acaso el viejo británico pase por ser realmente el maestro de la joven promesa.
No es mal comienzo para un tercerito.
Escribe Ángel Vallejo
