El sótano como metáfora
Postrado en una silla de ruedas desde hace años, Bertolucci no creía ya en la posibilidad de volver a rodar. Soñadores iba a ser pues su testamento fílmico. Un espléndido testamento. Pero se presentó una nueva oportunidad compatible con su depauperada situación y el hombre de cine se sobrepuso a sus dolencias.
Tú y yo es una película en la que es fácil reconocer a su autor. Se le ha remitido acertadamente a Soñadores y también a Asediada o El último tango en París. Pero incluso, más veladamente, podemos reconocer en ella rasgos de El último emperador o El conformista.
En todas ellas, con mayor o menor claridad, se reproduce el distanciamiento entre el individuo y la sociedad. Aunque en este caso, quizá queriendo hacer de la necesidad virtud, Bertolucci elimina casi por completo los elementos adyacentes hasta construir una obra depurada hasta el extremo, concentrando la trama en lo que se observa, sin apenas añadidos que la aclaren o enriquezcan. Y es esa austeridad la que acaba convirtiéndose en un lastre que le impide levantar un vuelo más alto.
El autor quiere recrearse en una personalidad (que tampoco sabemos a ciencia cierta si denota únicamente una característica personal o más bien una enfermedad, por cuanto la película se inicia con una visita al psiquiatra. Si así fuera, su alcance quedaría bastante mermado) huidiza y asocial que al mismo tiempo está fascinada por esa sociedad a la que rechaza. Y así, en su escondrijo, en su huida, no puede dejar de admirar el hormiguero, ejemplo de colaboración entre los individuos y de reparto de tareas. Es cierto que se trata de un hormiguero enclaustrado en una caja, atrapado, pero no por ello menos efectivo en su función.
La descripción del conflicto abarca casi toda la cinta y conduce a una resolución problemática. El autor se sirve para ello de un cúmulo de metáforas en ocasiones acertadas, pero la mayoría de las veces excesivas por demasiado obvias. La música que aísla al adolescente, la capucha que siempre le acompaña, o su trayecto en sentido contrario a sus compañeros de colegio indican pero no muestran. Con ellas no descubrimos nada por cuando su recurrencia las ha convertido en moneda gastada.
Por otra parte, el edificio vuelve a cobrar un protagonismo central en su cine. En este caso se trata de un sótano sobre el que, como una mole inquebrantable, se alza el bloque de viviendas en el que viven los teóricos opresores. Es al mismo tiempo un refugio y una cárcel, por cuanto esconderse es quedar atrapado en uno mismo, ser incapaz de ocupar un lugar en la superficie. El director acentúa la verticalidad que estructura la película a partir de continuos contrapicados que confirman la metafórica opresión arquitectónica en la que se encuentra el protagonista.

Hay que decir de todos modos que el guión no es de lo mejor que hemos visto en el cine de Bertolucci. Cuesta aceptar la relación entre esos hermanos casi desconocidos, como difícil resulta dar validez a la clausura hermética del sótano a pesar de que no parece que los cuidados por mantenerse ignorados del exterior por parte de los que allí habitan sean excesivos. ¿Y qué decir de esa visita fantasma? ¿Por qué? ¿Para qué? Como sucede demasiadas veces, el guión se fuerza para que diga lo que tiene que decir, descuidando la coherencia narrativa.
Algo similar ocurre con el desenlace. Hay un amago de dejar un final abierto, pero es falsamente abierto, al menos en lo que al chico se refiere. En cuanto a ella podemos conceder que su adicción queda en suspenso. No sabemos qué va a ocurrir. Sin embargo, Lorenzo ha resuelto sus problemas o los va a resolver en breve (lo que el psiquiatra no ha conseguido lo logran unos días con su hermana), y para comprobarlo basta considerar su sonrisa final y el cambio de perspectiva. Los contrapicados han dejado su lugar al picado final sobre los protagonistas, reservando el leve contrapicado para el rostro confiado del muchacho.
Pero es el proceso de ese cambio el que no acaba de resultar creíble. Ocurre porque tiene que ocurrir, pero se nos escapan las razones de que así sea. Es como si el protagonista saliera de un aislamiento prolongado y de repente descubriese que existen otros individuos con los que interactuar, o que se topase con el cariño y la consideración ausentes hasta entonces de su vida, pero nada de eso es así. Hay una especie de maduración, sí, pero da la impresión de que perfectamente habría podido ocurrir en la nieve. La declaración de amor fraternal parece poco bagaje para tanto cambio. Aparte de que resulta demasiado subidita de tono.
Bertolucci ha vuelto al cine, y eso nos congratula. Ha retomado algunos de sus viejos temas, pero de una forma más pesimista a pesar de la liberación final. Sus personajes apenas creen, ni siquiera ilusoriamente, en una vía de escape que les redima, lo que hace más difícil asumir el desenlace, que queda reducido a poco más que un acto voluntarioso. Esos son los límites de la película.
Escribe Marcial Moreno
