La gran estafa americana (3)

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Entre pillos anda el juego

la-gran-estafa-americana-1Curiosa la trayectoria de David O. Russell, director de la que hoy toca hablar, pues parece que cada pieza que dirige parece obtener más notoriedad que la anterior. Que sí Tres reyes era la revelación de su temporada, después The fighter, El lado bueno de las cosas y ahora Esta American Hustle (o La gran estafa americana, como prefieran) que ya se ha llevado el Globo de Oro como mejor comedia del año y goza de diez nominaciones a los afamados Oscar. Sin ir más lejos, es la favorita para la estatuilla junto a 12 años de esclavitud y Gravity.

Algunos la han considerado una obra magna mientras que otros la consideran un timo haciendo facilones chistes con el título de la cinta. Lo cierto es que O. Russell es uno de esos iluminados del terreno hollywoodiense al que su cine aspira a ser grandilocuente, incisivo e importante. La realidad es que es cine con muy buen hacer que se queda en una corrección muy digna de formas narrativas y capacidades actorales que, ojo, ya quisieran muchos.

Aquí se le ha ocurrido aunar una historia muy al estilo del venerado Martin Scorsese con piruetas narrativas y argumentales parecidas a las del no menos sustancial Paul Thomas Anderson. Toma cóctel molotov. Ahí es nada…

Todo ello aderezado en un generoso metraje —nada menos que casi dos horas y media cocidas a fuego lento— con estrellas rutilantes que le dan una importancia decisiva a la cinta. Sin Christian Bale, Amy Adams, Bradley Cooper o Jennifer Lawrence, La gran estafa americana no sería la que finalmente es, sino que se podría quedar en un tumulto de timos, cuernos y desvergüenzas varias con una historia de corrupción de fondo que acaba por embelesar más bien poco.

Los estafadores y la estafadora

Christian Bale ha engordado y se ha afeado esta vez para meterse en la piel de un estafador de bajo vuelo que vive de la desdicha ajena; Amy Adams debería llevarse el Oscar a casa por su encarnación de otra estafadora lista e irresistible; Bradley Cooper hace muy creíble un papel que es más difícil de lo que parece y Jennifer Lawrence ya es la estrella de la temporada porque todo lo que hace lo hace mucho más que bien, ya sean unos Juegos del hambre o unos X-men o una cinta de Oscar como ésta.

Son estos nombres los que logran que cada fotograma sea una montaña rusa de emociones al límite y los que no permiten que su metraje caiga en el tedio. Más bien se obtiene el efecto contrario: logran que el espectador se sienta cautivado por sus peripecias vivenciales.

Lo verdaderamente cautivador reside en el alma de cada actor y de cada personaje al que interpretan. Y quizás O. Russell se dio cuenta de ello, pues llegamos a conocer a cada uno de esos espléndidos dramatis personae al dedillo, con sus enormes miserias y sus miserables grandezas. Ahí tenemos el gran hallazgo de este megalómano ejercicio: hacer que cada personaje tenga sobrado espacio para reivindicarle al mundo su parcela de identidad. El estudio de personajes llega hasta tal punto que el arco argumental de la corrupción ligada a la alambicada trama de la caza a políticos acaba por desinteresar sobremanera

Y también, cómo no, además de unos actores en estado de gracia, tenemos el empaque perfecto que sólo una producción de Hollywood sabe dar: vestidos de infarto, cuerpos esculturales, guapos y guapas por doquier, cuellos de camisa imposibles, peluquines enlacados, escotes que dejan mucho que ver y muy poco que imaginar, brillos y luces y una banda sonora imponente (Donna Summer, Duke Ellington, Bee Gees, Tom Jones, Electric Light Orchestra…).

Y todo reluce con un destello inmejorable. Digamos que el tipo de destello que sólo una cinta de Hollywood puede tener a base de un generoso presupuesto y de unos profesionales técnicos de la talla de un gigante. Vean si no la fotografía o el diseño de vestuario, por poner un par de ejemplos.

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El director de los estafadores

O. Russell juega y se divierte a su antojo y lo hace sin normas preestablecidas, aunque quizás no le ocurra lo mismo al espectador poco avezado. La gran estafa americana es una cinta americana a ritmo europeo, esto es, lenta. Iremos más lejos aún: radicalmente lenta. Su narración se entretiene en sus diálogos, en los pormenores de nuestros personajes, en lo nimio, en una explicación pausada de los acontecimientos y reveses, lo que no será gusto de la mayoría de paladares. Digamos que si pretende ser una peli de Scorsese o Thomas Anderson, ésta se aleja de los maestros al optar por una cadencia totalmente sigilosa.

Diríamos que es precisamente su narración la que peores enteros podría sacar por tratarse de una propuesta arrítmica pero sincopada, divertida pero con cierta profundidad, liviana pero rotunda, y sobre todo, con algunos que otros pasajes farragosos. Desde luego no es una cinta para el público de masas aunque su reparto, su cartel y su marketing hagan pensar que estamos ante una cinta para todas las audiencias. Sin embargo, es ese embrujo sexy y su cariz siempre simpático el que hace que nos olvidemos de las faltas de la cinta y nos peguemos a ella como si nos pegáramos a un chicle siempre y cuando hayamos aceptado previamente su tempo.

Suena sorprendente que una cinta de tanto poder estético que narra una historia de supuesta acción sea tan sumamente pausada pero así es porque así lo ha decidido su director y porque decididamente no ha querido filmar algo demasiado entretenido o con apariencia liviana. Todo en este trabajo fílmico resulta más enrevesado, como si O. Russell buscara unas cualidades cualitativas que las logra mediante extraños recursos narrativos.

La cinta, por tanto, es un cúmulo de contradicciones, resultado de que el realizador hace lo que le viene en gana, lo cual no deja de ser genuino y saludable en un panorama mucho más convencional. Mezcla géneros con absoluta libertad; altera tiempos y hace malabarismos con ellos; introduce personaje y luego los hace desaparecer, hay una intermitente voz en off que aparece y desaparece cuando el director desea…

No parece que haya reglas determinadas a las que atenerse cuando uno atiende la cinta, salvo que el conjunto parece tocado por una gracia atractiva y sexy como sus propios personajes.

Escribe Ferran Ramírez

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