Maniac (2)

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El asesino dentro de mí

maniac-2Perverso reciclaje de un clásico de los 80 que ha perpetrado un Alexandre Aja cómodamente afincado en el cine norteamericano como auteur que no necesita dirigir para marcar su territorio, con una propuesta lleva al límite la identificación asesino-espectador con un uso ejemplar de la cámara subjetiva.

Aunque el producto no es perfecto, ni mucho menos, ofrece una reflexión malsana sobre el papel voyeurista del espectador y una presentación mórbida de los asesinatos, lo que no es del gusto del público medio, de ahí que la película haya sufrido todo tipo de censuras (de distribución, de exhibición) y a nuestro país haya llegado sólo vía DVD y Blu Ray.

Los orígenes

Maniac (1980) era un slasher gore, o sea, una película de psicópata homicida armado con cuchillo y muy explícita en su forma de mostrar las faenas del protagonista, especializado en cortar cabelleras de modelos atractivas ajenas al eslogan del film (“Ya te advertí que no debías salir esta noche”) y dispuestas a formar parte de una suntuosa exposición de maniquíes vestidos con algo de ropa de diseño y la cabellera de las víctimas.

A favor tenía los espectaculares maquillajes de Tom Savini (la estrella gore de la época), una sofocante música de Jay Chattaway, un nada desdeñable sentido de la atmósfera terrorífica, un intento loable por introducirnos en la mente de un psicópata, la inolvidable escena de la persecución en el metro y, precisamente al protagonista, interpretado por un Joe Spinell que fácilmente puede pasar por uno de los actores más desagradables de su generación.

Hoy, es el único film de William Lustig que se recuerda con cierto prestigio, junto a la trilogía de Maniac Cop, que venía a ser más de lo mismo, aunque en esta ocasión el psicópata, además, era policía, lo que añadía un plus de alevosía a la propuesta.

Antecedentes del remake

En 2012, Alexandre Aja propone un retorno a la misma historia, esta vez escrita por el propio director de Alta tensión y Reflejos, en colaboración con su habitual Grégory Levasseur, autores a cuatro manos de propuestas tan sutiles como Alta tensión (2003), Las colinas tienen ojos (2006) y Reflejos (2008), además de productos de consumo rápido como Parking 2 (2007), precisamente el primer film que dirigió el actor Franck Khalfoun, quien repite funciones en Maniac (2012).

Aja llegó a Hollywood como el enfant terrible del cine de terror francés, tras el éxito en medio mundo de Alta tensión, dispuesto a revisar algún clásico intocable (Las colinas tienen ojos, con el beneplácito del propio Wes Craven, que produce el remake), aportar su visión europea sobre el cine asiático de fantasmas en forma de remake norteamericano (Reflejos) o actualizar clásicos menos intocables con un plus de sexo y sangre (la encantadora Piraña de Joe Dante, una hermana bastarda del Tiburón de Spielberg fechada a mediados de los 70).

Como puede comprobarse, todo un doctorado en remakes.

Con el tiempo sigue siendo un chico malo, aunque sus propuestas como director cada vez son más espaciadas, completando el tiempo con guiones, producción de remakes y secuelas varias y, en fin, intentando mantener un estatus.

maniac-00En ese contexto surge Maniac, propuesta a la que se suma Elijah Wood, quien aprovecha los huecos que le dejan libre las trilogías de El señor de los anillos y El Hobbit para buscar personajes más enigmáticos, que huyan de Frodo y su imagen de chico bueno (¡esos ojos azules!) y que le permitan explorar otros terrenos.

En esa línea, Elijah ha estado vinculado a dos producciones de Robert Rodríguez (Sin City y Spy kids 3D), dos de animación, sólo como doblador (Happy Feet y Happy feet 2) y tres thrillers españoles con rodaje en inglés y planteamiento internacional: Los crímenes de Oxford de Alex de la Iglesia, Grand Piano de Eugenio Mira y Open Windows de Nacho Vigalondo.

Como siempre, su aspecto inocente, casi de niño grande, le da un plus de encanto cuando interpreta a un personaje poco recomendable, como el asesino de esta función.

Un punto de vista distinto

Argumentalmente, este Maniac sigue fielmente la historia del original de William Lustig (quien aquí aparece acreditado como coproductor).

Frank Zito (Elijah Wood) es un adulto con complejos que ha vivido toda la vida con su madre, una prostituta de cortos vuelos, y que cuando ésta murió se hizo cargo de la tienda de maniquíes que regentaba. Asesino en serie, un día encuentra a Anna, una fotógrafa que prepara una exposición con maniquíes, lo que ciertamente le descoloca inicialmente… aunque nada que no pueda solucionar un repaso a la amiga de Anna, cabellera incluida, lo que deriva en un enfrentamiento final entre ambos.

Lo verdaderamente novedoso de este Maniac es que adopta la cámara subjetiva en prácticamente todo su metraje: sólo unos insertos en el apartamento de Frank no siguen esta premisa y, sobre todo, varios momentos tras asesinatos cruciales, donde la cámara “se despega” del protagonista para mostrarnos su rostro tras cometer sus brutales acciones.

La presencia de la cámara subjetiva ofrece una primera lectura de malvadas intenciones: no hay duda, el espectador es un voyeur al que atrae este tipo de actividades (los asesinatos) y el presunto distanciamiento cuando se producen (ya intuido por el director, de ahí que la cámara se despegue y nos muestre a Frank con la víctima en sus manos) no es tal si tenemos en cuenta que seguimos mirando a través de los ojos del psicópata el resto del tiempo.

Un juego de espejos, como ese roto que hay en su habitación y nos devuelve la imagen fragmentada de un Frank cada vez más alejado de la realidad.

Juego que también se rompe: sólo en una ocasión no es una visión subjetiva: un sueño en el que Frank se ve junto a Anna y están filmados desde lejos, objetivamente.

¿Los sueños son objetivos y la realidad subjetiva? ¿Es real lo que vemos a través de los ojos del asesino? O más sencillamente, ¿somos asesinos en potencia?

Una reflexión que no acaba de cuajar, pero la propuesta queda enunciada.

Como también queda planteada una segunda lectura: Anna también es una voyeur, aunque ella es una artista, ve la vida a través del objetivo de su cámara. Un nuevo juego entre mirones en el que el espectador, cómo no, también participa.

Aunque, quizá tres son multitud para este juego.

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En el desarrollo de su imposible historia de amor asistimos a un guiño de Taxi driver, aquí con una visita a un cine donde proyectan El gabinete del doctor Caligari y descubren que la película tiene un final feliz… aunque ese final sea que todos están en un psiquiátrico.

Un apunte nada desdeñable sobre su propia relación. Y quizá lo que nos espera al final del film.

Apunte que se completa otros detalles de interés: la muerte de Rita, la amiga de Anna, mientras la cámara se despega del protagonista (una escena muy bien filmada), la cara de Frank cuando le proponen salir juntos con Anna y su novio (no parece encajar muy bien eso de ser tres juntos), la exposición de maniquíes (donde todos tienen la cara de Anna: no podía ser de otra forma si vemos desde el interior del protagonista)…

Y, sobre todo, la larga escena del metro.

Porque la persecución y asesinato en el metro es, probablemente, la secuencia más recordada del Maniac de 1980. Aquí la reproducen, más alargada, con la inclusión de un modélico asesinato final en el parking: es la primera vez que vemos a Frank desde fuera, objetivando su asesinato, y es un momento que no se olvida.

Dos apuntes adicionales: uno, la elección del inocente Elijah Wood frente al desagradable Joe Spinell potencia la sensación de falta de asideros del espectador cuando vemos su rostro ensangrentado. Pese a su cara bonita, no hay dudas, es un asesino… con el que llevamos compartiendo mucho tiempo su punto de vista.

Y dos, si Tom Savini era el mago de los efectos de maquillaje en los ilustres años 70 y 80, hoy son los de KNB quienes mantienen su cetro: originariamente eran Kurtzman, Nicotero y Berger, pero como ya ha quedado claro, tres son multitud, así que últimamente Nicotero y Berger siguen con la empresa, mientras Kurtzman se independizó para escribir, dirigir y, finalmente… seguir haciendo efectos especiales por libre.

¿Por qué ha fracasado en taquilla?

La pregunta va más allá de lo que pueda gustarnos o no el film.

La cámara subjetiva no es tan incómoda como en otras propuestas de found footage (ya se sabe, ese presunto material original encontrado no se sabe dónde). Aquí la cámara subjetiva incluye zooms, saltos, cortes… y, sobre todo, ese distanciamiento que nos permite ver al protagonista más allá de los reflejos o del uso de espejos.

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Lo que incomoda realmente es el planteamiento ideológico: no hay escapatoria, somos mirones, asesinos en potencia, lo queramos o no.

Y, ya puestos en el papel, no resulta muy agradable ver cómo Frank trata a sus víctimas, empezando por la primera, en el prólogo, realmente sorprendente: seca cuchillada y nunca más vuelve a abrir la boca, nunca mejor utilizada la expresión “Ya te advertí que no gritaras” que remite al eslogan original del primer Maniac.

Quizá eso es lo que más molesta del film: demasiado gráfico, demasiado explícito, demasiado evidente su propuesta. No concede al espectador ni el beneficio de la duda, de la belleza como está filmado un crimen, aquí todo es directo, sin secretos, sin asideros…

Que esta película no encuentre una distribución normalizada (frente a tanto vampiro adolescente y zombi atropellado) resulta significativo de lo que está bien visto y lo que no resulta políticamente correcto.

Y sin duda este Maniac es cualquier cosa menos un film políticamente correcto.

Algo que tampoco ha sentado bien a distribuidores y al público allá donde se ha proyectado.

No está nada mal para una película modesta: su capacidad de ser un revulsivo en un espectador demasiado acomodado.

Como sucede con La cueva, esa capacidad de remover conciencias no es poco para los tiempos que corren.

Si tenéis un estómago bien amueblado, no dejéis de echarle un vistazo.

Escribe Mr. Kaplan

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