El señor de las moscas 2014
Curiosa aunque predecible fábula sobre la subsistencia de la raza humana, pensada sobre todo para un público juvenil aficionado a las palomitas, que toma como punto de partida una saga literaria de cortos vuelos (debida al teclado de James Dashner) y propone una relectura de El planeta de los simios con influencias de varias películas que le gustan a sus progenitores, a saber: El experimento, El señor de las moscas y Battle Royale (aunque como dudo que el público al que va dirigida haya visto la peli de Takeshi Kitano, mejor tomamos como referencia el Gran Hermano televisivo).
Resulta complejo encontrar una película que se pretenda episodio piloto de una saga —y más si está basada en una saga literaria— que llegue a sorprender. Quizá por eso el inicio de El corredor del laberinto resulta simpático: Thomas sube en un ascensor, llega a una zona acotada de un bosque y rodeada por un laberinto. No sabe nada, pero irá recordando y, sobre todo, irá aprendiendo… aunque eso pueda poner en peligro la integridad de una sociedad estática pese a estar permanentemente amenazada.
A la vista de la sinopsis podría parecer una película con planteamientos revolucionarios, que invite al movimiento, a luchar contra posturas reaccionarias…
Sí, podría parecer, pero tampoco hay que sacar conclusiones apresuradas.
Más allá de su enunciado, la película se mueve por derroteros previsibles en todo momento: Thomas será el “revolucionario”, capaz de meterse en el laberinto y sobrevivir, pero se deberá enfrentar al líder de los que prefieren “no menearlo, no sea que nos vaya peor”, en fin, un tipo con aspecto rubito y ojos azules pero mirada turbia, vamos un neonazi en potencia…
Y así todo. Nada nuevo en el laberinto, pese a los monstruitos.
Si no es una propuesta lamentable seguramente es porque no pierde demasiadas energías en efectos especiales estériles (aquí el laberinto y sus amenazas aparecen cuando la trama lo exige, no cada dos minutos), porque los personajes no molestan aunque carezcan de los matices necesarios (otro cantar son los intérpretes: deben seguir yendo a clase) y porque no se insiste en diálogos explicativos, la propia sucesión de escenas va aclarando las cosas.
En definitiva, que no es una película para subnormales (con perdón) donde los diálogos explican una y otra vez lo que ya hemos visto. Como ejemplo, tómese el último capítulo de Transformers… o cualquiera de los anteriores, gentileza todos ellos de Michael Bay.
Ah y se puede ver sin que a uno se le caigan las pestañas por tanto cambio innecesario de plano: la caligrafía cinematográfica no abusa ni del zoom, ni del corte brusco, ni de la cámara a mano, ni de ninguno de esos tics que tanto abundan en un cine cada vez más parecido a sí mismo.
Simplemente, Wes Ball sitúa la cámara donde debe y da la orden de “acción”. Lo que no es poco en los tiempos que corren. Eso sí, resulta sospechosa esta tendencia actual de las multinacionales: colocar a un responsable de efectos especiales o de pelis de animación garantiza una exquisita técnica y muy pocas aristas narrativas.
Vamos, productos cada vez más similares entre sí. La idea no es nueva. Pensemos en Andrew Adamson, un neozelandés que triunfó diseñando pelis como Shrek o Shrek 2 y dio el salto a Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario.
Y luego una amplia nómina ha seguido su camino y su ejemplo: proyectos técnicamente brillantes, pero con poca alma.

Para que el guisado contente a todos, entre los elegidos en el Claro donde sobrevive la comunidad de jovenzuelos tenemos un chino (un oriental, perdonen ustedes), un negro (o afroamericano, para los amantes de lo políticamente correcto), un gordito, algún tontito, y, aunque es una sociedad de mozos, ya se las apañan los guionistas para que la última en llegar sea precisamente la Eva que debe dar continuidad a estos niñitos incubados al calor de El señor de las moscas, la novela de William Golding que ya exponía con más energía y claridad que el ser humano, abandonado a su libre albedrío, es esencialmente un salvaje… y no precisamente un corredor capaz de recorrer un laberinto en un plis-plas para salvar a sus colegas.
Sin muchas sorpresas narrativas, y con intérpretes que no dan la talla en ningún momento, la película corre haca una sorpresa final que no es tal, porque hace mucho que sabemos que hay “alguien” detrás del laberinto, concretamente desde mitad del metraje, cuando uno de los bichos guardianes se descuelga con un aparato de última tecnología, lo que demuestra que está siendo controlado por…
Y hasta aquí podemos contar sin caer en el spoiler más brutal.
Baste si acaso constatar que la banda sonora de John Paesano (un habitual de las series de televisión) es casi tan previsible y oscura como la mayor parte del metraje; que el giro sorpresa final no sé si gira, pero desde luego no sorprende; y que la puerta abierta para futuras secuelas a estas alturas no es puerta, sino un auténtico laberinto.
Lo peor de todo es que cada multinacional ya está marcando el territorio entre la pseudo literatura juvenil y cada una amenaza con nuevas entregas de jóvenes, valientes, magos, aventureros, superhéroes y poderes varios en entornos de ciencia-ficción. Los límites ya los conocemos: de Harry Potter (cierta seriedad inicial) a Crepúsculo (donde la seriedad ni está ni se la espera), cada cual que vaya tomando asiento según sus gustos. De hecho, este laberinto ya tiene en marcha su obligada secuela.
El panorama promete poco.
Escribe Mr. Kaplan
