La danza de la realidad (3)

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El experimento autobiográfico de Alejandro Jodorowsky

la-danza-de-la-realidad-1Hablar de esta película sería como contar un sueño enrevesado: unas imágenes llenas de signos que esconden significados ocultos. Que sean percibidos o entendidos, esto es el límite que el gran psicólogo, escritor, filósofo y cineasta Alejandro Jodorowsky  deja a nuestra más libre y única interpretación.

La danza de la realidad, adaptación cinematográfica de la novela homónima del mismo autor, es una película ligera y espesa al mismo tiempo: densa como nuestra mente, ligera como nuestro cuerpo… ¿O sería al revés?

La autobiografía de su infancia que propone en este espectáculo visual es un ejercicio no solo psicológico sino mágico a la vez: es una prueba para el espectador, para que entre completamente en la realidad del protagonista, Jodorowsky pequeño, que es algo que se mezcla a los recuerdos  y a la imaginación.

El autor construye estos recuerdos de su infancia a través de los colores de su pueblo Tocopilla, en Chile, de las personas que poblaban su entorno como máscaras anónimas y personajes de circo. La relación contradictoria con los padres y entre los padres, sus complejas relaciones consigo mismo, las diferencias respecto a la gente del pueblo por sus origines judíos, son el espejo del estudio psicológico que Jodorowsky ha realizado a lo largo de su carrera: un análisis de las intrincadas conexiones que existen dentro de una familia y que, inevitablemente, influyen en el concepto de objetividad y subjetividad, de lo que de verdad somos y de lo que nuestro sistema familiar o parental ha querido que fuéramos.

En este sentido, ya vemos a través del filme cómo Jodorowsky ha sido influenciado toda su vida por la voluntad y los deseos incumplidos de sus padres que, como todos los seres humanos, son incapaces de darse cuenta. Las constelaciones familiares de las que hablará más adelante son el resultado de esta búsqueda continua de una solución a los problemas personales que cada uno de nosotros tiene que afrontar en su vida diaria.

Metáforas y signos son el método “clínico” para describir y sacar su inconsciente a la vista de todos. Sí, porque la película es una verdadera danza, una danza de sensaciones, mezclada con situaciones reales o irreales, política, historia, arte, vida, muerte: nada es creíble pero todo es verdadero.

La estructura fílmica recuerda a las escenas fellinianas donde el protagonista se encuentra delante de sus divagaciones mentales, donde el límite entre una escena y la otra no es una conexión lógica, sino una asociación estética y, al mismo tiempo, mental. Aquí, como nunca, el cine es realizado exactamente como un sueño: todo se proyecta como un hilo lleno de nudos delante del espectador, el único capaz de desentrañar el todo.

En su intento, Jodorowsky utiliza una estética bastante surreal para que se aprecie la validez de un mundo visto con los ojos de un niño, un mundo incapaz de ser racional completamente y que se encarga de explicar el lado más oscuro del interior humano como si fuera un cuento.

La película se divide en dos partes: la primera representa las influencias negativas y los límites que el niño Alejandro recibe por parte de los padres y la segunda las positivas, lo que aprende de precioso y único gracias a ellos. Son dos partes simétricas donde en la primera el protagonista es, indudablemente, el niño incapaz de sacar su identidad y en la segunda el padre, al que le pasa lo mismo: es incapaz de construir y entender su identidad.

Este paralelismo padre-hijo es un hilo tormentoso que se resolverá en la aceptación de los propios defectos y de la propia sustancia interior, que el mismo Jodorowsky nos ayuda a entender en esta extraordinaria danza de la vida que siempre tiene motivaciones y causas concretas y casi nunca consecuencias previsibles.

Escribe Serena Russo

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