Gotham, ciudad sin ley

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“La noche es más oscura justo antes del amanecer”

batman-1A la hora de analizar la presencia de una ciudad tan mítica y duradera en el imaginario social del último siglo como es Gotham nos enfrentamos a varios problemas: el primero, su incierto nacimiento; el segundo, su recurrente aparición en diversos formatos (cine, televisión, videojuegos y, por supuesto, cómic); y el tercero, y derivado de éste, su diferente personalidad según los autores que la hayan tratado.

Porque, y cabe recordarlo desde el primer instante, Gotham (Gótica, para muchos seguidores desde América del Sur) es una ciudad cargada de personalidad. De hecho, más que una ciudad con personalidad, es un personaje que se manifiesta en una ciudad (incluso, a juicio de Bill Willingham, veremos que fue un personaje maligno, Doctor Gotham, quien contaminó el espíritu de la ciudad dándole su apariencia definitiva). Es una suerte de Gaia, perfectamente viva y con una profundidad inaudita, cuyo reflejo no son sino los personajes, los individuos que la habitan.

Eso es algo pretendido desde el instante en que Bob Kane mentara por primera vez el nombre de la ciudad en el año 41, tras dos años en que las aventuras de Batman, que luego sería Caballero Oscuro, se desarrollaban entre Nueva York y ciudades indeterminadas. Ese rasgo no es baladí: decía Frank Miller que el hogar adoptivo del hombre de acero, Metrópolis, era la Nueva York diurna; y que Gotham era la misma ciudad en la noche; curiosamente, Nolan no utilizó la ciudad de la Gran Manzana para el rodaje de su trilogía, sino que prefirió acudir a Chicago, la última de las ciudades donde residió el Caballero Oscuro antes de llegar a su hogar definitivo.

Bastará apuntar de manera muy breve la presencia que Gotham ha tenido a lo largo de la historia del cómic, pues su reflejo, además de ser digno de un ensayo completo, ha sido siempre espejo fiel de cuantos autores la hayan tocado, tanto en sus aspectos estéticos, como en lo referente a la historia de su origen (y no hace falta más que bucear en los arcos argumentales de Alan Moore o Grant Morrison para ver lo mucho que ha perdurado su espíritu de oscuridad durante tanto tiempo).

En ese sentido, podemos decir lo mismo de cuantas series se han realizado sobre las aventuras de Batman, tanto en formato animado (con aportes interesantísimos como la Gotham futurista de Batman del futuro como en imagen real. Por supuesto, la principal a que habríamos de remitirnos es ese clásico kitsch que supuso el Batman de Adam West (1966–1968, dos años míticos donde tuvimos a un justiciero hilarante doblado por Constantino Romero), y donde la ciudad, un tanto en herencia de los cómics de los años 30 (no solo del personaje de DC, que no surgió hasta 1939, sino de la tónica general), y de las mismas series hijas de su época, se nos presentaba como el mero escenario donde el personaje desarrollaba sus aventuras. Un escenario donde podían estar los lugares míticos, como la Baticueva o la Mansión Wayne, pero que no suponía al cabo sino un plató anónimo para sustentar la historia.

El mayor hito que tendríamos que destacar en pantalla habría de remitirnos ya al primer Batman del cine, el que el gótico (como la misma ciudad) Tim Burton dirigiera en 1989. En la cinta, Gotham clamaba por toda su personalidad y la conseguía con creces: se nos presentaba una ciudad con tintes suburbiales que recuerdan a Nueva York o a Chicago, y también a lo que fuera Los Ángeles en Blade Runner, o lo que sería más tarde el Detroit de El cuervo.

Como ambas ciudades, pero de manera más personal si cabe, la Gotham de Burton era un personaje más de la película. Oscura, sucia, barroca (muy barroca, basta con ver el culmen en la catedral) visceral y, sobre todo, nocturna, es el coto de caza privado de caza. No es casualidad que la cinta nos muestre en las escenas de día (o en la oscuridad de la Batcueva) a Bruce Wayne.

batman-vuelveSin embargo, a Batman solo podemos encontrarlo de noche o en interiores (donde se desarrolla la mayor parte de la trama de la cinta), convirtiéndose en parte misma de una ciudad que es reflejo de su alma y de la de los mismos criminales, no tan distintas entre sí, como nos demostraría Gran Morrison en su particular visión de Arkham Asylum: una casa seria sobre una tierra seria.

La segunda vez que Burton llevó al cine a Bruce Wayne (y la última dirigida por él, pues luego tan solo produciría la primera de Joel Schumacher), con Batman vuelve, la tendencia del reflejo de Gotham fue muy similar a la anterior: la noche es el único lugar donde podemos ver a Batman, y el día queda tan sólo para unas pocas escenas de Wayne, o de los villanos en su intento de aparentar respetabilidad.

Pero la Gotham de esta entrega no es exactamente igual. Burton refleja aquí muchísimo más la oscuridad en los personajes que en los escenarios (tanto Batman, como Catwoman y el Pingüino tienen trajes o completamente negros, o con destellos blancos y grises únicamente), y eso le lleva a mostrar una Gotham menos siniestra y más pálida, con esplendores de color y luz navideñas, pero con una nieve constante que impregna todo y hace que la ciudad sea un lugar más apagado y frío.

En ese cuadro es imposible fijarse en el primer plano de la ciudad en época actual que muestra la película, con un plano que no puede sino recordarnos a la mítica Metrópolis, pero no del compañero de DC de Batman, sino del posimpresionismo alemán de Fritz Lang.

Para bien o para mal, Schumacher no se limitó a retomar el Batman del realizador de Eduardo Manostijeras, sino que, con la supervisión de este (o al menos, con su bien recibida producción), decidió darle su propia personalidad. Y el lugar donde primero se reflejó esto fue en la propia Gotham, dada la elección de villanos que tomó Batman Forever.

Lo siniestro del Pingüino, o lo elegante de Catwoman, se veían de pronto sustituidos por el histrionismo de Enigma y la bipolaridad de Dos Caras. Ese carácter se veía reflejado, claro está, en su vestimenta (en el caso de Harvey, en la mitad de ella) y en su actuar, pero también en la ciudad que los cobijaba. Gotham se convertía así, sin abandonar del todo aún ese goticismo sucio, en una ciudad llamativa, exuberante y realmente excesiva, cargada de colorido y luminosidad incluso en la noche.

La denostada Batman y Robin, hacía lo mismo (mostrando con más interés, por cierto, un Asilo Arkham que también había aparecido de manera clara al final de la anterior cinta), aunque de nuevo acudía a un villano (Mr. Frío) para hacer lo mismo que hiciera Burton en Batman vuelve: aprovechar la nieve, o el hielo, para apagar un tanto la imagen, suavizando los contrastes de la ciudad (en este caso reflejados en la vegetación que lo invadía todo al paso de Hiedra Venenosa).

Sin embargo, tiene este Gotham algo realmente personal y que lo hace sobresalir y permanecer en el recuerdo mucho más que el resto de construcciones de la saga: un cierto futurismo luego retomado por Nolan, pero aquí de corte más clásico y colosal, con una serie de estatuas inmensas y un tanto hieráticas que se esparcían por Gotham sosteniendo edificios o cortando el paso de manera un tanto inexplicable. Nadie supo nunca muy bien por qué estaban ahí, pero sin duda le aportan un gran carisma a la ciudad de la película (que, a la postre, es casi lo más interesante que ofrece esta).

De forma muy diferente a lo que hicieron Burton y Schumacher plantea Christopher Nolan su trilogía del Caballero Oscuro, y de forma muy diferente, por tanto, tiene que mostrarse la ciudad. El mayor (bueno, y por lo que aquí nos concierne, también el menor) de los hermanos Nolan está obsesionado con la introspección y la evolución de los personajes, y aquí es importante: en el Batman de Burton, Gotham definía al justiciero; en el de Nolan, no obstante, es la evolución de Batman la que se refleja en la ciudad.

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Eso es algo que se puede ver desde el primer instante. En Batman Begins estamos ante el Gotham más límpido, nuevo y bien construido. El comenzar la historia (cronológicamente, aunque no empiece ahí la película, pues recurre a flashbacks) con un Bruce Wayne joven nos pone frente a un Gotham digno de la imaginación de Isaac Asimov o Arthur C. Clarke: una ciudad setentera pero con tintes futuristas, en este caso, reflejados por los deseos de Thomas Wayne.

A su muerte la ciudad se va corrompiendo, mientras Bruce está ausente, y cuando este vuelve encontramos ya a una Gotham nocturna muy similar a la clásica. Buena parte de la película, sin embargo, sigue desarrollándose de día, y el Gotham diurno no difiere mucho de Chicago o Nueva York en sus aspectos más elogiables, y la noche la encontramos tan sólo (de forma no tan destacada) en las escenas en que aparece Batman. De manera muy similar a lo que sucedía en el tándem de Burton, vaya.

El caballero oscuro cambia mucho la tónica. Como comentábamos, la evolución de los personajes es la que define a la ciudad, y aquí se ve muy claramente: carecemos aquí desde el primer momento de varios de los lugares importantes de la ciudad (la Mansión Wayne fue incendiada por Ra’s Al Ghul, y el Asilo Arkham no tiene una gran presencia en la trilogía del director de Memento), pero se nos muestra su lado más luminoso con los personajes de Rachel y Harvey Dent.

Es una época de presunto esplendor, que poco a poco se va oscureciendo en una trama cada vez más siniestra y que deteriora o acaba con la vida de cuantos personajes nos importan. Al poco, las escenas en la noche son lo más importante de la cinta, y la figura de ese mítico Joker no contribuye sino a establecer el caos y la demencia en la película. Son pocas, cada vez menos, las escenas luminosas y diurnas; y muchas, y cada vez más suburbiales, las nocturnas.

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Sin embargo, como bien recordaba el fiscal Dent, la ciudad es más oscura antes del amanecer. A pesar de lo que podría parecer, el culmen de la trilogía de Nolan, El caballero oscuro: La leyenda renace, no tiene apenas (las hay, pero no son las que más abundan) escenas nocturnas, algo que podría tener que ver con que es una cinta donde Bruce Wayne tiene mucho más protagonismo que su alter ego. Pero esto no significa que veamos la Gotham luminosa que se nos presentaba en los días de Batman Begins y El caballero oscuro; al contrario, no sería descabellado afirmar que la ciudad de este broche final es una de las más frías y desagradables vistas por el justiciero.

El plan de Bane nos presenta ante unas calles que quedan completamente desiertas, con un tinte muy post-apocalíptico reforzado por el invierno nevado que asola la suciedad —y la ciudad— con una fina capa gris y blanca. Cuando triunfa el bien, Gotham cambia, y el último reflejo que vemos de la ciudad nos devuelve en cierta manera a ese prometedor mapa de rascacielos que veíamos en tiempos de Thomas Wayne.

Por cerrar este recorrido, es menester destacar en último momento, Gotham, la serie homónima de la ciudad cuyo estudio planteamos en este artículo, estrenada en septiembre, y siguiendo la historia de los orígenes del comisario Gordon en este oscuro nido de criminales.

Con la primera temporada habiendo visto ya la luz, la serie nos muestra esa Gotham en el umbral de la decadencia: aún no es la ciudad de oscuridad y corrupción que llegará a ser, pero tampoco la ciudad pura que pudo ser en el pasado. Es un diseño que recuerda mucho al de Nolan, pero que recurre muy a menudo a la noche sin la necesidad de presentar a un Batman que, por supuesto, aún no existe.

Y es que son sus personajes los que necesitan a Gotham para sobrevivir, mientras que ésta ha demostrado que puede perpetuarse per se sin recurrir a nadie.

Escribe Jorge Lázaro

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