México DF, la ciudad de los muertos

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Un alma intemporal

mexico-los olvidados-2¿Puede tener alma una ciudad? Y en ese caso, ¿qué la constituye? ¿Sus muros y avenidas? ¿Los edificios históricos? ¿Su historia, llena de sangre y lamentos o victorias y dicha? ¿Acaso la suma de las almas de cada uno de sus habitantes?

Si así fuera, casi veintidós millones de almas se agolpan en el vasto y húmedo territorio de México DF, que se extiende por más de mil quinientos kilómetros cuadrados preñados de encrucijadas y salpicados de rincones absurdos, como farolas que se yerguen metros por encima del asfalto, mostrando el lento y casi secreto hundimiento de la ciudad en el fango, salas de cine dedicadas en exclusiva a la lucha libre mexicana, que atesoran un particular paseo de la fama al más puro estilo hollywoodiense, céntricas plazas atestadas de mariachis, barrios encantados donde se aparece regularmente el fantasma de La Llorona, o vías de tren que no conducen a ninguna parte…

México DF es una urbe global, un microcosmos que contiene un aeropuerto, varios polígonos industriales, avenidas de más de treinta kilómetros transitadas por decenas de miles de Volkswagen escarabajo verdes y piedras milenarias que se hunden poco a poco en el cenagoso pantano sobre el que fue fundada, hace casi setecientos años.

Ciudad de México es un mundo donde se entrecruzan los mundos, tanto de aquí como allá: la ciudad de los vivos donde se rinde culto a los muertos.

Un lugar donde las calaveras son una especie de fetiche entre gracioso y terrible, donde gracias a José Guadalupe Posadas, que las popularizó, la muerte forma parte del relato cotidiano y del imaginario colectivo que consigue unificar muchas ciudades dentro de una, tantas como culturas la han poblado desde tiempos inmemoriales, tantas como almas han pasado a mejor vida a lo largo de los siglos.

Ante tal crisol de estímulos, de narraciones fantásticas sobre la evolución y el origen, México DF se alza como un monumento al exceso, como un pequeño mundo concentrado en una ciudad desmesurada, que como tal, resulta en escenario para todo tipo de creaciones cinematográficas de los más variados géneros —ya sean el fantástico, la ciencia ficción, el drama o el thriller político, sin olvidar el subgénero catastrófico— y ambientado en las más diversas épocas.

Pues parece haber algo casi eterno en Ciudad de México, una metrópoli que sin necesidad de contar con la solera romana o la modernidad neoyorkina, sabe sacar partido de su dilatada historia y la mixtura cultural de sus pueblos y sus gentes, que ansían proyectarse al futuro a pesar de sus limitaciones políticas y económicas. 

Mexico DF, la ciudad revolucionaria

mexico-el anyo pesteEse alma intemporal del México DF, que combina las miserias económicas del mundo globalizado con los temores ancestrales encuentra su fiel reflejo en una película de 1979 dirigida por Felipe Cazals, y que cuenta con un guión de nada menos que Gabriel García Márquez. Para no dejar en la mera anécdota el hecho de las profundas cargas literarias que atesora la película, debemos decir que ese guión se inspiraba en la obra del archiconocido escritor británico Daniel Defoe, que se convirtió en accidental cronista de una epidemia de peste londinense en 1665.

El año de la peste contaba la historia de un brote epidémico mortal, a la sazón oculto por las autoridades, que por su capacidad de propagación, mortalidad y morbilidad, tenía grandes similitudes con los de la peste negra que asoló Europa en la edad media. La película quería hacer notar por un lado la insalubridad de las grandes urbes como México DF, y por el otro, el miedo de las autoridades a gobernar una ciudad descontrolada por el pánico.

Así pues, a pesar de coincidir en tiempo y temática con algunas de las más famosas películas de catástrofes, la película contaba con una profunda carga crítica que la elevaba un punto por encima de muchas producciones de su vecino del norte. Consecuentes con ello, las autoridades cinematográficas mexicanas le otorgaron el premio Ariel, la más alta distinción de la academia de cine del país azteca.

A pesar de que la película deja mucho que desear en algunos aspectos, como el omnipresente machismo, no carece de mordiente en lo que hace referencia a la política: no escapan a la crítica ni el autoritarismo científico ni el despotismo gubernamental, y ello muestra que el descontento de los mexicanos con sus líderes políticos viene de muy lejos.

En ese sentido, el director de la cinta, Felipe Cazals se ocupó de llevar a la gran pantalla otra sonada adaptación literaria, en este caso sobre Los justos de Camus, también con profunda carga política. Se trata de Bajo la metralla (1983), película que obtuvo igualmente el premio Ariel, lo que habla del predicamento que Felipe Cazals tenía en la academia, y la indudable calidad de sus aportaciones cinematográficas.

En esta ocasión, la reflexión ética sobre las motivaciones e impulsos de la revolución armada se ven puestas en cuestión con el enfrentamiento de un guerrillero a su pasado reciente, mediante el diálogo con un ex compañero de armas, secuestrado por su grupo para que no los delate.

Más allá de la violencia física que sugieren el título y el arranque de la película, la reflexión sobre la violencia de tipo económico y político, entre los dos bandos en conflicto, es el sustento de una película notable que obtuvo igual que su antecesora, un gran reconocimiento de la crítica de México.

México DF, la ciudad y los perros

mexico-amores perros-2Si alguna película ambientada en el Distrito Federal ha merecido reconocimiento, esa ha sido Amores perros (2000), la primera realización del ahora mundialmente conocido Alejandro González Iñárritu y probablemente su mejor película. La cinta cosechó once premios Ariel, y además recaudó 95 millones de pesos (se convirtió en la quinta película mexicana más taquillera de todos los tiempos), dando lugar a un renacimiento del cine mexicano que puede rastrearse hasta la actualidad.

No puede negarse que en esta cinta coral, la ciudad, que muestra cada uno de sus barrios haciendo evidentes las muy distintas extracciones sociales de sus habitantes, es una protagonista principal.

González Iñárritu muestra un talento sorprendente para retratar las almas de sus protagonistas, esas que constituyen el alma colectiva de Ciudad de México y que parecen adquirir matices cromáticos según cada barrio: del atormentado gris del Zócalo al vivísimo verde/azulado de La condesa y un beige europeizante de Las lomas de Chapultepec. Lo curioso es que Iñárritu no respeta las distancias geográficas reales y entremezcla las calles de los barrios como dando a entender precisamente que se trata de una ciudad unánime y atormentada. El hecho de que todas las historias de barrios diversos confluyan en un mismo accidente de tráfico, parece confirmar la unidad de destinos.

La idea de México como ciudad de las miserias había sido explorada por Buñuel cincuenta años antes: en su película Los olvidados (1950), hacía un retrato descarnado y terrible del Distrito Federal, hasta el punto de que la película le valió un generalizado repudio en la sociedad mexicana que llegó casi hasta el intento de agresión física y la expulsión del país.

No obstante, el éxito cosechado en Cannes por la cinta y la consideración de la misma como Memoria del mundo, le valieron una tardía aceptación que la llevaría a reestrenarse en Ciudad de México permaneciendo más de dos meses en cartel. Considerada una de las mejores películas mexicanas de todos los tiempos, mezcla neorrealismo con surrealismo en un retrato espantoso de la condición humana, en el marco de los barrios marginales de la metrópoli mexicana. Tal era la fascinación que Buñuel sentía por la misma, que rodó allí varias películas, entre las que pueden contarse la famosísima El Ángel exterminador (1962), que curiosamente retrata el otro extremo sociológico de la capital, la burguesía europeizada.

México DF, la ciudad de los artistas

Si algo sorprende al visitante del Distrito Federal, es el colorido de sus calles. Ese parece haber sido el sustrato primario de sus grandes aportaciones artísticas: los murales de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, omnipresentes en la capital mexicana, no desentonan con la vivacidad polícroma de barrios como San Ángel, Colonia Condesa o Coyoacán, pero añaden además un fuerte contenido político al estético.

No parece haber edificio oficial que no atesore alguno de estos grandiosos murales, que tenían además una finalidad educativa para un pueblo mayormente iletrado e ignorante de su propia historia. Además de la política, tanto la muerte como la trascendencia son la temática presente en esas grandes muestras de arte urbano.

En el cine, pueden encontrarse sentidos homenajes tanto a ellos como a Frida Kahlo, otra de las grandes artistas mexicanas que hizo del Distrito Federal su hogar.

Una de las primeras películas dedicadas a artistas mexicanos, también galardonada con tres Ariel, entre ellos el de oro a la mejor película fue Goitia, un dios para sí mismo (1989), del director Diego López Rivera, que más tarde realizaría otro homenaje a su abuelo y tocayo Diego Rivera en la película Un retrato de Diego: La revolución de la mirada (2007). En la primera película, López Rivera se centra en una biografía novelada del pintor Francisco Goitia, de fuerte carga religiosa y protagonizada por José Carlos Ruiz, curiosamente también protagonista de El año de la peste.

Por el contrario, la película dedicada a Diego Rivera no está dramatizada: es un documental realizado con gran cantidad de material inédito, y la Ciudad de México es una de las protagonistas principales.

Pero la gran referencia sobre este campo temático es la película Frida (2002) dirigida por Julie Taymor, protagonizada por Salma Hayek y Alfred Molina. Rodada a caballo entre New York y el Distrito Federal, constituye una de las más sonadas irrupciones de Hollywood en la metrópoli mexicana, y cuenta la historia de Frida Kahlo y tangencialmente la de Diego Rivera, su compromiso político y su historia de amor, tan desgarrada como la columna vertebral de la pintora de Coyoacán.

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México DF al otro lado del Río Bravo

Cabe decir, visto lo visto, que Hollywood ha sentido una fascinación casi infantil por México, su folklore y sus gentes.

Fruto de esta devoción casi paternalista, donde México aparece retratado como un país mágico, misterioso e incomprensible, temido y reverenciado, son algunas películas casi siempre desafortunadas en el tratamiento de los mexicanos y sus costumbres.

En efecto, México aparece casi siempre como un país tercermundista, devorado por la superstición y el narco, que está esperando desbordar la frontera merced a la presión de una superpoblación fundamentalmente iletrada y de vocación emigrante, que apunta su torva mirada hacia el norte.

En ese sentido, Ciudad de México aparece casi siempre como una caldera apunto de estallar, con sus decenas de millones de habitantes prestos a cruzar el Colorado o el Río Grande, a pesar de situarse casi a 3.000 kilómetros de distancia.   

Una película que parece cumplir casi todos los tópicos sobre México, rodada en el Distrito Federal es The Mexican, una superproducción del año 2001 dirigida por Gore Verbinski y protagonizada por dos novios de América (en aquel año eran Brad Pitt y Julia Roberts) juntos en pantalla para aquella ocasión. La película hacía juego con la supuesta maldición de una pistola mexicana, capricho de mafiosos supersticiosos y verdadero MacGuffin en torno al cual giraba una historia mayormente absurda. 

Esa imagen exportada sobre los americanos de no tan al norte, ha hecho tanto daño que hasta los sudafricanos responden al tópico en el tratamiento que dispensan a los mexicanos en sus películas. Así, Neil Blomkamp, otrora prometedor realizador de la magnífica District 9, realizó un retrato poco menos que imbécil de la muchedumbre mexicana —siempre dada a los gritos, el futbolerío y la delincuencia organizada pero desaseada— en su frustrante Elysium (2013), una aventura de ciencia ficción futurista de tintes políticos muy actuales, que venía a incidir en el absurdo de la emigración mexicana desde el DF, pero ahora, claro está, en vertical, hacia el espacio.

México DF, la lucha y la ciencia ficción

mexico-santo marcianosPero mucho antes de Blomkamp, una de las primeras apariciones de Ciudad de México como escenario de ciencia ficción vino de la mano de El Santo, un mítico luchador mexicano que hubo de enfrentarse a los marcianos en Santo, el enmascarado de plata vs. la invasión de los marcianos, una delirante película de 1966 en la que el protagonista, un superhéroe humano que no necesita doble identidad porque va enmascarado hasta en la ducha, se enfrenta a una invasión extraterrestre que acaba por resolver a mamporros.

Las películas de lucha libre mexicana son un género muy querido en el país azteca, tanto que en la capital de México había al menos un cine con paseo de la fama incluido en el que los más famosos luchadores —El Santo, Blue Demon, Mil máscaras, El Rayo de Jalisco— imprimieron sus huellas en cemento a las puertas del mismo. Tal género era una excusa para desarrollar una poderosa industria del ocio que además hizo florecer toda una serie de cineastas que rompían mano con las cintas de Lucha film.

Estas películas adoptaron todos los géneros posibles, desde el fantaterror (Santo vs las mujeres vampiro, 1961) hasta el cine de espías al más puro estilo Bond (Operación 67, René Cardona, 1966) y pueblan el imaginario de los mexicanos de muchas generaciones que se hicieron aficionados al cine con El Santo. Uno de ellos es el conocidísimo director Guillermo del Toro, que acostumbraba a no perderse las sesiones triples de películas de lucha que se proyectaban en los cines de barrio.

Con todo, la huella que la ciencia ficción ha dejado en Ciudad de México es notoria. Poca gente sabe que una película legendaria como Desafío total (Paul Verhoeven, 1990) tuvo localizaciones en la ciudad, concretamente en una de las más largas avenidas del mundo (la Insurgentes) que contaba con una estación de metro muy futurista.

Ciudad de México y la muerte, para terminar

Pero nada es más real que la muerte, que libera el alma. Una ciudad que rinde culto a los muertos no puede dejar escapar la oportunidad de hacer negocio con ello.

Morirse en domingo (2006) es una reciente producción ambientada en el día oficial de descanso en la Ciudad de México; el hecho de que el tío del protagonista muera precisamente en ese día y en esa ciudad parece razón suficiente para hacer una película: nadie estaría dispuesto a ocuparse de un cadáver en tan señalado día si no fuese con intención de sacarse unos cuartos con ello, vendiendo los restos a la Universidad.

Morirse en domingo funciona como una especie de road movie —un género que nos faltaba— dentro de la ciudad de las avenidas infinitas y los barrios innumerables. Con ello se muestra un ácido retrato de la corrupción de la sociedad mexicana no exento de condescendencia: ella misma es necesaria para la supervivencia, puesto que en un país sin apenas orden, cada cual debe hacerse uno a su medida.

La película juega además con humor negro con esa temática tan querida al mexicano que es la muerte, una excusa tan buena como cualquier otra para ganarse la vida.

Si hay algo que debe llamar la atención de los mexicanos, es ese carácter irreverente y socarrón: no hay nada para ellos lo suficientemente sagrado, y es por ello que resulta chirriante la interpretación estadounidense de su idiosincrasia aparentemente supersticiosa.

Poco hay en México que no tenga su contrapunto humorístico, su interpretación profundamente terrenal. Sus superhéroes vencen a vampiros y extraterrestres a golpes de puño; sus revolucionarios forman partidos institucionales; las aguas que corren por sus grifos producen diarreas a los occidentales que los conquistaron, y llaman a eso la venganza de Moctezuma. Para ellos la muerte no es el final, sino el origen de una fiesta.

Nadie que haya visitado Ciudad de México puede olvidarla. A todos aquéllos que no han tenido la suerte de hacerlo, espero haberles ayudado a descubrirla siquiera en una sala de cine. Pero háganme caso: no se fíen en esto de los gringos… si la película no es mexicana, nunca será lo suficientemente seria a la hora de reírse de sí misma. Eso es una muestra de su verdadera alma. 

Escribe Ángel Vallejo

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