Volver al redil
En un mundo como el de la animación infantil, en que los grandes estudios hacen alarde de innovaciones técnicas y estéticas, trabajando con ordenadores que hacen la mayor parte de la agotadora tarea de imprimir movimiento a los personajes de sus películas, todavía quedan artesanos de la stop motion que se ocupan de dar vida a muñecos articulados o lo que es más difícil, a figuritas de plastilina que cambian de expresión gracias al paciente modelado de manos expertas.
Pareciera que el hecho de dedicar menos trabajo al aspecto técnico tendría como consecuencia una mejora sustancial del apartado creativo en lo que respecta a los guiones, pero al contemplar experimentos tan fallidos como La mecánica del corazón —de la que quizá haya que decir que no es en absoluto una película infantil, sino sólo naíf— nos damos cuenta de que muchas veces el esteticismo barroquizante desplaza todo interés de los guionistas por construir una historia, sirviendo en su lugar un pastel profusamente decorado, pero incomestible.
Paradójicamente, aquéllos que dedican horas, sudor y paciencia al aspecto técnico nos han mostrado que quizá para estar a la altura de semejante trabajo es necesario contar con un guión sólido que no desmerezca los esfuerzos de los artesanos.
Este es el caso de la factoría Aardman Animations, un estudio británico que tienen en su haber sagas como las de Wallace y Gromit (1989,1993, 1995 y 2010) y películas como Evasión en la granja (2000), Ratónpolis (2006) y ¡Piratas! (2012), y que se dedica mayormente a la animación con plastilina (Claymation/Plastimación)
Sus obras pueden catalogarse como para todos los públicos, no sólo por el humor blanco del que hacen gala, sino porque los temas de los que trata son acervo común de la mayor parte de las culturas y suelen estar muy bien adaptados para impresionar incluso a quienes los desconocen; así Evasión en la granja tiene grandes reminiscencias a los campos de concentración nazis, pero el tratamiento que se le da al tema hace que sea comprensible para todos, hasta los más pequeños que aún no han oído hablar de Auschwitz.
En otro aspecto, sagas como las de La oveja Shaun —en rigor un Spin off de Wallace y Gromit—, se internacionalizan porque sus personajes no hablan una lengua concreta, sino que sólo balbucean de un modo inaudible, aunque en absoluto ininteligible: pueden hacerse comprender perfectamente sea cual sea el idioma que hablen.
Y digo bien, la Oveja Shaun es una saga en la medida en que su origen se halla en una serie de televisión de cortos animados de unos siete minutos cada uno. El salto a la gran pantalla ha sido debido al éxito internacional de la misma, y esto, que en principio pudiera parecer una bendición, también levantaba suspicacias en los seguidores adultos de la serie: ¿Sería el largometraje un buen formato para aventuras cuyo encanto residía en el ligero —pero omnipresente— uso del slapstick, la ocurrencia chistosa y la caricatura basada en lo tópico de sus personajes?
Pues bien, debemos decir que a pesar de haber alargado diez veces la duración de esos capítulos, La oveja Shaun no da la sensación de ser un pastiche de aventuras aisladas que se han unido a mayor gloria de las salas de cine. La historia tiene coherencia argumental por sí misma y no sólo no es una reiteración de los elementos narrativos de la serie, sino que aprovecha la ocasión para reírse de los mismos. Para ello, los personajes —a pesar de mantener su idiosincrasia— han sido re-contextualizados en un ambiente distinto a la granja y se les ha dotado de cierta riqueza expresiva e incluso de profundidad emocional.
Destacan en este aspecto sobre todo el granjero —de quien por cierto, seguimos sin conocer el nombre gracias a un truco de guión— y Bitzer, el perro que muestra aquí claramente su complicidad con las ovejas sin renunciar a su lealtad por el granjero. Todo esto hace mucho más amena una película que por sus propias limitaciones dramáticas —los personajes no hablan y además son borregos seguidores de un líder que lleva todo el peso de la acción— parecía condenada a una sucesión interminable de gags más o menos conexos por un elemento vertebrador de carácter accidental.

Lo más notable de Shaun es que disuelve enseguida la sospecha de ser una película autorreferencial y complaciente; poniendo en cuestión —sin quebrarlas— sus propias premisas, ha sabido reorientar el formato para hacer guiños a los padres que acompañan a sus hijos al cine y se permite algunas críticas sociológicamente adultas que se agradecen en el transcurrir de las vicisitudes del rebaño, pero que no resultan rupturistas ni con el espíritu festivo ni con su condición de aventura disparatada y gamberra.
La película es en este sentido absolutamente correcta, honesta y nada grandilocuente. No ha traicionado el espíritu de la serie ni el de sus personajes, aunque esa corrección y honestidad le haya restado capacidad para hacer algo grande. Se quiera o no, La oveja Shaun no pasará a los anales de la animación infantil por estar seriamente condicionada por los planteamientos estructurales de la serie, y aunque la metacrítica es precisamente el origen de la aventura —la necesidad de escapar de la rutina de la granja, esa suerte de encierro catódico— las ovejas terminan por retornar al redil que es su casa, es decir, al escenario de la ficción televisiva en el que los condicionantes de espacio, tiempo y narración, harán de las aventuras de Shaun un entretenimiento sin pretensiones.
Estas pequeñas acotaciones no son objeción suficiente para asegurar que nos encontramos frente a un producto notable, digno y plenamente disfrutable, que sin alcanzar la excelencia merece señalarse como ejemplo de buen cine sin engoladas pretensiones artísticas.
Vistos los éxitos y la calidad de los largometrajes de la Aardman Animations, uno no puede dudar a la hora de elegir una de sus películas para pasar un buen rato en el cine junto a sus hijos, pensando además que el humor blanco que destilan los animadores británicos es adecuado para todas las edades y no suele provocar sobresaltos en los espectadores más impresionables.
Creo que eso es suficiente para disculpar su posible irrelevancia histórica o narrativa y dejarse llevar por su propuesta ligera y tremendamente divertida.
Escribe Ángel Vallejo
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