Los cuentos de Anderson
Una evocadora música de coros masculinos introduce la imagen de una joven que camina por el exterior de la tapia de ladrillo del cementerio de Lutz, adentrándose en él por una pequeña puerta. La cámara la sigue deteniéndose ambas, cámara y joven, en el centro del recinto ante el busto de la escultura de un hombre al que se rinde homenaje, en sus manos la chica lleva un libro, la foto del autor es la misma persona que la del busto. El autor de la obra El Gran Hotel Budapest que ella se dispone a leer en el cementerio. Las ventanas de los edificios colindantes con forma de ojos de gato denotan que nos encontramos en la zona este de Europa.
La foto del autor se funde con una imagen del mismo en 1985. Una imagen centrada que llena absolutamente todo el cuadro, algo muy del gusto y característico de las cintas del director Wes Anderson. El narrador-autor que nos introduce la historia que a modo de cuento relatará bien recuerda a ese Walt Disney contando los suyos al espectador desde la intimidad de su despacho.
Así se crea una conexión muy personal entre narrador-espectador, pues el segundo tiene la sensación de ser el único invitado a escudriñar esta peculiar historia. Y a modo de cuento continúa cuando las primeras imágenes del maravilloso lugar ubicado por las montañas Sudetes resultan ser como ilustraciones de un cuento que, aunque no será de hadas, sí resultará igualmente maravilloso y mágico. Unos dibujos de construcciones ubicadas en medio de paisajes fantásticos habituales en los libros de la primera mitad de siglo XX similares a los del artista danés Kay Nielsen, aunque las del estadounidense en tonos pastel.
Con el cambio de lugar y de tiempo, 1968, también se modifica el formato de la cinta, dando a cada década el que le corresponde: de unos panorámicos, más alargados, a otros más cuadrados, cuatro tercios, para trasladar aún más al espectador a cada época narrada, algo que reforzará aún más, con el uso de los colores típicos de cada período en el que se halle la historia, hasta pasar a los rosados en los años correspondientes al blanco y negro, cinematográficamente hablando.
Las innumerables referencias que Wes Anderson pone en sus obras son un buen ejemplo que demuestran la importancia que todo el bagaje cultural, incluido el que se recibe desde la infancia, tienen en todo artista y en su proceso creativo.
Las fabulosas aventuras de los héroes
El argumento vuelve a cambiar de tiempo cuando el escritor en los 60 conoce al nuevo narrador, a quien —como él mismo reconoce— le transmitió los hechos tal como nos los está contando. Este nuevo personaje es el actual dueño del hotel, quien cuenta toda la fantástica aventura de cómo el edificio que da nombre a la obra, ahora decadente, conoció otros tiempos mejores de esplendor y grandeza para terminar, finalmente, en sus manos. En propiedad de él, Zero, quien fue el antiguo botones unos cuarenta años atrás en una Europa de entreguerras.
Dicha aventura mantiene una conexión con las buddy-movies o películas de colegas en cierto sentido, son dos personajes masculinos y es su amistad sobre la que se centra el relato, en él prima esta relación que es enaltecida al igual que la fidelidad entre ambos y protección que existe entre ellos.
Aunque no es una road-movie, como suele suceder con las películas de camaradas, sí están de forma continuada viajando de un lugar a otro y en cierto momento llegan a ser unos outsiders, estando al margen de la ley. Una constante de viaje-huida-compañerismo que se dará con ciertas variaciones en algunas de sus obras.
Mr. Gustave, el conserje del Gran Hotel Budapest, y el joven imberbe Zero se embarcan en un viaje físico que se desencadena con la muerte de la dueña del hotel, la rica Madame D., asesinada a los 84 años, y con la que Gustave mantenía un affaire. En las instrucciones dadas a su albacea, dejaba sus posesiones al conserje en caso de ser asesinada. Sus ruines herederos serán capaces de todo para que eso no suceda desencadenándose la persecución a causa de un valioso cuadro que Gustave sustrae de la residencia, pues su anciana amante se lo dejó a él.
Con este germen comienza el fabuloso cuento en el que ambos amigos se verán perseguidos, detenidos, encarcelados y envueltos en rocambolescas huidas por todo tipo de parajes siempre evocadores e idílicos. A la par que el viaje físico se forjará la fuerte amistad entre ambos protagonistas, un vínculo indestructible. Los dos sin familia, pasarán a ser como padre e hijo, siendo el mayor quien aleccione en buenos modales y conducta al menor.

El sello inconfundible de Wes Anderson
Además de las historias tiernas y los pequeños detalles que las llenan, la obra de Anderson se caracteriza por una maravillosa fotografía, siempre centrada y equilibrada, paralela, con la cámara que se desliza dirigiendo la mirada en horizontal de unas estancias a otras, girando sobre su propio eje, incluso en ocasiones dando vistas totalmente cenitales, como en el interior del hall del hotel, donde en cierto momento y de forma muy breve, los personajes se mueven como en una coreografía caleidoscópica de los musicales de Busby Berkeley, creando el plano conocido como top-shot-berkeley.
No es precisamente una fotografía minimalista, Anderson llena todo el plano, no suele haber espacio negativo, cuando los personajes son retratados en planos cortos o medios los centra en el cuadro, enmarcándolos con la pantalla, siendo como una gran ventana por la que el espectador observa la acción, desde donde a su vez es observado, zambulléndose en ella.
Es las ocasiones en las que muestra al sujeto en su entorno, en un plano más general, es cuando más sigue la regla de los tercios, sobre todo en las líneas horizontales, si bien, suele mantener también el paralelismo de los objetos.
El reconocimiento en forma de premio
La película de Wes Anderson, basada en las obras de Stefan Zweig, y su siempre personal visión, fue nominada a nueve Oscar, ganando cuatro, entre ellos la banda sonora de Alexandre Desplat, con quien ya ha colaborado en otras ocasiones, algo habitual en el director, quien suele repetir con el equipo.
Fue en los BAFTA, con 11 nominaciones, cuando El Gran Hotel Budapest por fin se hizo con una de los galardones grandes, el mejor guión, logrando hacerse con el premio y el gratificante reconocimiento de esta gran película.
Escribe María González
