En un teatro de Broadway
En el panorama del prestigioso teatro neoyorquino, la famosa Margo es la reina de los escenarios, una gran dama de la interpretación aclamada por público y crítica. Entre sus admiradores sobresale Eva, una astuta joven llena de ambición, capaz de todo por esos aplausos que tanto la embriagan. Enfundada en una máscara de inocencia y fragilidad, urdirá un plan para hacerse con los favores de la diva y sus influyentes amigos del teatro.
La trama, introducida a modo de flash-back, comienza con la entrega del premio que la actriz Eva Harrington va a recibir. La historia narrada en un principio por el crítico Dewitt nos deja entrever los ardides que pasarán a ser relatados no sólo por él, pues la cinta tiene tres puntos de vista: el del ácido crítico, el de la inocente Karen, la mejor amiga de Margo, siendo esta última la tercera narradora.
Cada cual ofrecerá una visión de los sucesos acontecidos en su propia presencia, ofreciendo así un conjunto muy completo y objetivo de la visión de una realidad: la verdadera personalidad de Eva.
Con la ceremonia del premio el relato adquiere ese orden circular que posee pues con él se abre y (poco después de su entrega) se cierra el ciclo, con los Sarah Siddons Awards. Un galardón que el director Joseph L. Mankiewicz se inventó para la película, pero tras el éxito que tuvo su obra se crearon en la realidad.
La madurez en la mujer
Los premios no son el único acontecimiento que parece extenderse y saltar del celuloide a la tercera dimensión. El personaje de Margo cumplió hace tres meses los cuarenta años y, pese a representar menos, sabe que su carrera no durará más de otros diez y que está a una pata de gallo de ser relegada al olvido, aunque sobre los escenarios haya pocas actrices como ella. La cruel realidad era que a la propia Bette Davis, una de las más grandes actrices del cine, le ocurría lo mismo.
En horas bajas, tanto por su edad como por estar vetada por los estudios por exigir igualdad entre actores y actrices, retomó el auge perdido con esta película. Un papel que le llegó de rebote, pues la primera opción, Claudette Colbert, había tenido un accidente.
Lo cierto es que la fuerza en la actuación de Bette Davis y esos diálogos con frases memorables que hace suyas, se extienden sobre toda la película, convirtiendo una casualidad del destino en todo un acierto. Unos diálogos que Mankiewicz creó para su guión a partir de un relato corto La sabiduría de Eva, que a su creadora Mary Orr le habían publicado en una revista femenina.
Así mismo, también traspasó a la realidad la relación entre el personaje de Margo y, un ocho años menor que ella, director de teatro Bill Sampson y, al igual que en la cinta, Bette Davis y Gary Merrill terminaron su relación en boda.
Sonada y conocida es la presencia de una joven Marilyn Moroe, a la cual de entre sus breves apariciones, la última junto a George Sanders, pese a ser sencilla, le tocó repetir numerosas veces.

La crueldad de Hollywood
La coincidencia quiso que el mismo año de Eva al desnudo hubiera otra cinta, otro gran clásico como ella, El crepúsculo de los dioses, que también tratara la temática de la crueldad a la que las estrellas se ven sometidas al envejecer, una crítica a la impiedad de un Hollywood que comercia con personas, los actores, como objetos, abandonándolos cuando aparece un juguete nuevo.
Si bien la película de Billy Wilder enfoca el tema de una forma muy diferente a nivel temático y estético, tres Oscar reconocieron el mérito de esta gran obra, duplicados por la cinta de Mankiewicz (seis Oscar en total).
Ninguno de esa media docena reconocería la gran actuación de Bette Davis, sin embargo, sí se lo llevaría en Cannes, el Premio a la Mejor Actriz, en 1951. Pese a no lograr el Oscar, sí fue nominada a él, en realidad la obra obtuvo catorce nominaciones, otra de ellas fue para una inolvidable actriz secundaria, Thelma Ritter, seis veces nominada a lo largo de su carrera y, aunque parezca increíble, nunca ganadora.
Ritter interpreta a Birdie, la suspicaz ayudante y amiga de Margo, la única integrante del grupo que desde el primer momento en el que Eva entra por la puerta del camerino reconoce la mentira y la falsedad de ésta.
Espejito, espejito…
Pero si hay algo que nos muestra la realidad mejor que un amigo es el espejo. En él se refleja todo, así lo aprendemos desde la infancia con cuentos como Blancanieves y el implacable espejo. Y aunque en un tipo de cine no fantástico, dirigido a los adultos no hable, sí muestra la dura realidad. Es como un oráculo.
Una de las escenas más famosas de espejos es el final de La dama de Shangai (Orson Welles, 1947), otra la tenemos en Eva al desnudo con ese efecto de caleidoscopio y multifacetismo que se obtiene ante el reflejo de una misma imagen en diversos espejos. Así se observa Phoebe (Barbara Bates) con la capa de Eve, un círculo que se cierra y vuelve a comenzar repitiendo la historia, ahora la señorita Harrington será la acosada y desbancada.
Escribe María González
