Amor en tiempos de guerra
Cuando Joseph L. Mankiewicz dirigió El americano tranquilo en 1958, las novelas y relatos de Graham Greene eran frecuentemente elegidos en Hollywood para ilustrar historias ambientadas en tiempos revueltos; una fauna poblada de espías, fugitivos, soldados, reporteros y mujeres fatales formaban parte de las tramas creadas por el escritor británico, donde se entremezclaban los conflictos internacionales, la traición, la culpa y los amores imposibles.
En esta línea destacaron algunas películas basadas en textos de Greene y realizadas en la década de los años cuarenta como El ministerio del miedo (1944) de Fritz Lang, El fugitivo (1947) de John Ford, basada en la novela El poder y la gloria, pero por encima de todas resalta una novela encargada al novelista por el productor Alexander Korda, El tercer hombre (1949) dirigida por Carol Reed, aunque en su puesta en escena no se puede obviar la influencia decisiva de Orson Welles.
Por eso extraña que a pesar de ser un proyecto impulsado por la propia productora de Mankiewicz, la Figaro Incorporated, el director tuviera tan mala opinión sobre la novela The quiet american publicada en 1955 y que se trasluce en las declaraciones que hizo a Michel Ciment: “Si usted lee la novela vera un libro sin humor, amargo y de un antiamericanismo bastante absurdo. Da la impresión de que un funcionario idiota del Departamento de Estado rehusó su visado a Greene y que éste, por rencor, decidió escribir un libro sobre un americano absolutamente imbécil, salido de Harvard a los 27 años (verdaderamente es estar atrasado), virgen, bebedor de Coca-Cola todo el día e importando materias plásticas en Indochina para hacer bombas” (1).
El film de Mankiewicz resultó ser un producto alejado ideológicamente de las intenciones de Greene, menos agresivo en las críticas al colonialismo y a la intervención norteamericana, centrándose sobre todo en el triángulo amoroso; todo esto provocó el enfado del escritor inglés que protestó con una carta dirigida a The Times y que influyó en la mala carrera económica del film en Inglaterra.
En 2002 el director australiano Phillip Noyce dirigió una nueva versión de la novela de Greene, esta vez menos ambigua y más acertada ideológicamente, y en mi opinión con unos intérpretes mucho más verosímiles. Fue uno de los escasos ejemplos en los que el remake superó al film original.
El americano tranquilo (1958): la versión de Mankiewicz
La historia que relata la novela y el film nos lleva a Saigón en 1952 durante la guerra de Indochina, donde los franceses luchan contra la guerrilla comunista del Viet-Minh, desarrollándose un triángulo amoroso entre el corresponsal de prensa inglés Thomas Fowler (Michael Redgrave), su pareja la joven vietnamita Phuong (interpretada por la actriz italiana Georgia Moll) y el joven americano recién llegado a Vietnam, Alden Pyle (Audie Murphy) que se enamora también de la joven además de dedicarse a turbios manejos políticos vinculado a los servicios secretos americanos.
Como ya hemos apuntado, las claves políticas difieren entre la novela de Greene y el film de Mankiewicz, siendo la primera mucho más crítica con el colonialismo y con el papel de las grandes potencias, dirigiendo sus certeros dardos a la intervención de la CIA que representa el idealista Alden Pyle (en el film de Mankiewicz nunca se habla explícitamente de la agencia), que no dudará en instigar actos de terrorismo, incluso con abundantes víctimas civiles, con vistas a allanar el camino a una futura intervención norteamericana.
Sin embargo, en el film de 1958, el americano es retratado como un hombre algo simple y amante de la democracia, que aboga por una “tercera vía” que ayude a los vietnamitas, aunque para ello haya que recurrir a dolorosos actos de barbarie. Todo será admisible por un fin superior.

Como señala Carlos F. Heredero en su libro sobre el director: “El americano tranquilo se convierte así en una excelente piedra de toque para profundizar en la polémica de las adaptaciones literarias. Siguiendo fielmente el contenido argumental, su puesta en escena traiciona voluntaria y premeditadamente la filosofía y el pensamiento del escritor”. A lo que añade: “Sus personajes están contemplados de manera diferente (sustancialmente Fowler y Pyle), y el talante ideológico de la película no se corresponde en nada con el del texto. Pero no lo es menos que ninguna de tales correspondencias es obligada, y mucho menos necesaria para hacer una buena adaptación literaria” (2).
Por otro lado, el triángulo amoroso que nos muestra Mankiewicz es en mi opinión demasiado esquemático y poco creíble; en primer lugar la relación entre el corresponsal y la vietnamita Phuong esta filmada sin pasión, sin mostrar siquiera un atisbo de relación física (exigencias de la censura de la época probablemente), no ayudando en nada la interpretación distanciada y sólo ligeramente atormentada del actor inglés Michael Redgrave que da vida a Fowler, demasiado comedido, demasiado gentleman.
En segundo lugar, la aproximación amorosa entre el joven americano y la vietnamita nos viene ya dada a mitad del metraje, pero sin habérnosla mostrado en imágenes, sugiriendo que sería una elección práctica de Phuong que busca su propio confort en ese ambiente tan hostil eligiendo un hombre más joven y con un futuro más prometedor en los Estados Unidos. El actor Audie Murphy (Pyle) ayuda poco en este empeño, sólo correcto como intérprete, pero con un físico limitado (paradójico si pensamos que en la vida real fue todo un héroe de guerra), resulta poco adecuado como agente secreto y menos como amante. Imaginemos por un momento el papel del americano interpretado por actores del porte de Robert Mitchum o Kirk Douglas, que sólo con su presencia son capaces de trasmitir magnetismo sexual y turbiedad moral.
El hecho de que las pulsiones amorosas sean tan poco explicitas y sólo sugeridas resta intensidad al relato dramático, quedando en el haber únicamente los esfuerzos del maduro corresponsal por conseguir el divorcio de su esposa, católica para más señas, en un intento fallido de conservar a su joven amante a toda costa. El film peca de excesivamente verborreico, teatral (abundan los interiores del despacho y la casa de Fowler) y adquiere en ocasiones un tono algo cansino debido a las largas parrafadas explicativas.

Rodado en escenarios naturales de la ciudad de Saigón y en los estudios Cinecittá de Roma, quizá lo más destacable seria la puesta en escena y la historia de venganza soterrada de Fowler contra el americano que remite al melodrama y al cine negro de los años cuarenta y cincuenta.
La aparición del cuerpo de Pyle con su chaqueta blanca reluciente flotando en el río y el flashback donde el corresponsal rememora toda la dramática historia mientras observa el cadáver del americano en la morgue nos trae a la memoria el comienzo de El crepusculo de los dioses, el magnífico film de Billy Wilder de 1950. El inspector Vigot (Claude Dauphin) investiga el crimen de Pyle de forma cachazuda, asumiendo el rol de funcionario público desencantado y alejado del glamour, pero puntilloso y eficaz.
La magnífica fotografía en blanco y negro de Robert Krasker (también fotógrafo de El tercer hombre) con los claro-oscuros característicos del noir también ayuda a encuadrar a este film dentro de los parámetros clásicos del género negro.
En definitiva, un film sólo parcialmente acertado de Mankiewicz, mezcla de géneros (negro, drama amoroso, intriga política), que traicionó el punto de vista del autor del libro y que se ve lastrado por unos intérpretes poco inspirados y unos condicionamientos de la época que le impidió ser más explícito en los aspectos amorosos y políticos, cosa que pudo remediar el remake de Phillip Noyce cuarenta y cuatro años más tarde.
El americano impasible (2002): la versión de Phillip Noyce
La versión de Noyce, realizada con la producción ejecutiva de Sydney Pollack en 2002, nos presenta la historia de Fowler, Phuong y Pyle, pero enmarcado en un entorno social y político mucho más matizado y creíble, destacando sobremanera la actuación de un soberbio Michael Caine en el papel del corresponsal Fowler, que aporta toda la hondura y el pesimismo que la historia requería.
Rodada igualmente en escenarios naturales de Vietnam, la actuación del americano (aquí interpretado por un adecuado Brendan Fraser) está enmarcada dentro de las actividades secretas de la CIA (ya nombrada de manera explícita), que a través de falsos cooperantes se encargan de la guerra sucia y de allanar el terreno a sus propias tropas. Las escenas previas a los títulos de crédito finales son muy demostrativas en este sentido con imágenes de archivo de lo que sucederá en un futuro muy cercano, con las tropas norteamericanas participando en la guerra de Vietnam.
En la versión del director australiano la dirección de arte juega una baza importante para dar verosimilitud a la acción, con unas escenas bélicas eficaces y realistas, y una visualización poco gratificante de las consecuencias de la violencia (la matanza producida en el atentado de la plaza en Saigón).
También el tratamiento de la relación amorosa es más adulta; el oficio de Phuong es equívoco, una suerte de pareja de baile-dama de compañía, insistiendo en ambas versiones en que no es una prostituta, pero en la actual podemos intuir que Phuong (interpretada esta vez por una actriz oriental) siente una verdadera atracción física por Pyle (Brendan Fraser), aunque sin excluir —como en la versión de Mankiewicz— el interés de la joven por escapar de Vietnam y asegurar su futuro.
Pero lo verdaderamente gratificante del film de Noyce es seguir a Michael Caine por Saigon; ver su caminar, su mirada lánguida y cínica, la incipiente decadencia física, su lucha contra la soledad y finalmente su desesperación ante la pérdida del último amor, la última oportunidad que le daba la vida, que se escapa como agua entre los dedos. Impacta ver a Caine buscando desesperado al cooperante Pyle en la delegación americana y cómo, totalmente frustrado y abatido, se encierra en el baño a llorar desconsolado.
Volver a disfrutar de un portentoso Michael Caine bien valía el esfuerzo de esta segunda versión.
Escribe Miguel Angel Císcar
Notas
(1) Entrevista realizada por Michel Ciment. Positif. Núm 154. Traducida y publicada en España por Dirigido por… núm 10. Febrero 1974.
(2) Joseph L. Mankiewicz. Carlos F. Heredero. Ediciones JC. 1985.
