La intuición de los límites
Cuando el espectador se encuentra delante de una obra tan peculiar y delicada como esta, es difícil que consiga expresar su propia opinión. Esto esencialmente porque la trama, muy intricada y no plenamente clara en muchos puntos, no permite entrar completamente en la comprensión de la historia.
Sin embrago, mágicamente o, mejor dicho, con una cierta habilidad en el montaje y en la construcción de las escenas, el director consigue atraparnos dentro de una trama magnética y una narración muy sutil.
De repente el último verano es una película del 1959 de Joseph Mankiewicz, basada en una de las obras más importantes de Tennessee Williams. Un cast de alto nivel que tiene como protagonistas Elisabeth Taylor, Montgomery Clift e Katherine Hepburn en un drama familiar y psicológico muy perturbador.
La historia se desarrolla en Nueva Orleans a los finales de los años 30, una época de inquietud social e histórica por la inminente llegada de la Segunda Guerra Mundial, donde la sensibilidad hacia los trastornos mentales no llegaba a considerarlos como tales. El concepto de “normalidad”, término muy poco delineado, se insinuaba como la única posibilidad existente. Cualquier tipo de camino distinto estaba rechazado completamente por la sociedad.
En esta atmosfera muy poco libre intelectual y psicológicamente la rica señora Venable decide ofrecer un dinero para un hospital psiquiátrico a condición de que el doctor Cukrowicz practique la lobotomía a su sobrina Catherine. Mientras tanto el médico intenta indagar más sobre las razones que llevan la mujer a querer esto para su sobrina y descubre el fuerte dolor que aún habita el corazón de esta madre que perdió a su hijo durante un viaje en Europa el verano anterior.
Todo rueda alrededor de esta frase: de repente el último verano. Una frase pronunciada en un momento de confesión y de liberación por una de las protagonistas, Catherine. El mismo título da la clave a una historia misteriosa, no solo porque el espectador tenga que descubrir un hecho escondido por los personajes, sino también porque este mismo radica en el subconsciente de los protagonistas.
Toda la película, de hecho, se desarrolla en la investigación externa e interna que el doctor Cukrowicz realiza con Catherine, interrogándola e intentando sacarle algo de lo que no consigue liberarse.
Mankiewicz nos propone una adaptación cinematográfica mucho más enigmática y lo que se afronta allí como el tema de la homosexualidad con claridad, aquí es apenas mencionado o intuito y transformado en una inquietante pesadilla.
El centro de la trama, de hecho, es el juego de los roles interpretado por cada protagonista que instaura un mecanismo de autoanálisis psicológico: es decir, que cada personaje mostrando su propia razón y punto de vista pone un ladrillo en la construcción del muro de la verdad.
¿Pero qué es esta verdad? ¿Qué representa verdaderamente la realidad? La línea sutil que separa el recuerdo del presente es también el límite que no nos permite reconocer la locura de la normalidad, esta extraña barrera borrosa que recorre a través de la historia.

Todo está marcado por una frontera muy poco clara, que se intuye pero no se enseña. Vemos continuamente a una Catherine desesperada dentro de un manicomio y dudamos muchas veces de su salud mental. Sin embargo, no nos fiamos del comportamiento de la señora Venable que ya desde el principio y desde su casa encantada parece escondernos algo.
El rol del espectador en esta dinámica es fundamental para que pueda establecer una línea de sentido importante en la narración e ir más allá de las imágenes. El objetivo es interpretar lo visto. El espectador ya no es un elemento pasivo, sino que se insinúa en la historia para participar el mismo también de la trama.
Aparte de esta extraordinaria tarea binaria del director y del espectador, donde ambos construyen significados distintos, lo que se realiza en esta película es una gran reflexión sobre las enfermedades mentales, las horribles consideraciones que se desarrollan alrededor de unas personas “enfermas”.
Las protagonistas de este filme, Catherine y la señora Venable, como dos funambulistas, caminan lentamente en el hilo que separa dos versiones, dos puntos de vista, dos realidades y dos recuerdos, dos verdades y dos mentiras. Esta separación está igualmente construida dentro de un montaje rico de suspense y provocación. La omisión por parte de la censura de la palabra homosexual y de la cara del hijo de la señora Violet Venable representan un corte sobre la realidad y los recuerdos: hay algo que no se ve y no se oye. ¿Entonces, existe?
Muchas son las situaciones no habladas en esta película. Sin embargo, la intuición lleva a considerar este filme como una obra con coraje y atrevida y que, para aquella época, responde a la voluntad de los espectadores y de un arte, como el cine, que propone aspectos normalmente evitados anteriormente. Si la palabra puede ocultar no pronunciándose, la imagen de igual forma puede esconder lo que quiere.
Escribe Serena Russo
