Nuestros amantes (1)

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Comedia no resuelta

nuestros-amantes-1Miguel Ángel Lamata, director y guionista de películas como Una de zombis, Isi & Disi, alto voltaje y Tensión sexual no resuelta, aborda en Nuestro amantes un cambio de registro respecto a su anterior cine, aproximándose ahora a un modelo de comedia clásica donde el diálogo se convierte en el principal protagonista.

Con la mirada puesta en el tipo de cine que frecuentan Allen, Lineker o Rohmer, el guión de Lamata sitúa frente a frente a Carlos (Eduardo Noriega) e Irene (Michelle Jenner), dos personas traicionadas por sus respectivas parejas, y que tras un encuentro (casi) casual comenzarán a conocerse. Planteado como un juego romántico (no se dicen el nombre, pactan los encuentros), ambos hablan y hablan sin parar mientras la cámara les sigue en sus desplazamientos.

Para que este tipo de comedia, donde el discurso y la réplica son el soporte fundamental, es necesario que la historia sea creíble para que las situaciones más absurdas o inverosímiles se fusionen en nuestra retina convirtiéndose en relatos tan reales que nos consigan emocionar, y donde el juego de la ficción nos atrape ocultando un diseño que hemos visto una y mil veces.

Nuestros amantes reúne todos los ingredientes para lograr ese objetivo tan sencillo, pero —contradictoriamente— tan difícil que consiste en hacer una agradable comedia bajo el esquema chico encuentra chica, chico pierde chica, chico recupera chica. Unos actores solventes, una historia de encuentros con casualidades que relacionan a todos los personajes, el juego con la ficción y realidad gracias a la profesión de Carlos (un guionista que aspira a escribir un guión que sobresalga de la mediocridad que ha escrito hasta el momento) o la presencia de los secundarios un tanto desaprovechados (las ex parejas, el personaje del amigo interpretado por Fele Martínez).

Sin embargo, el filme de Lamata, con todos estos mimbres no consigue que la película transcienda más allá de la pantalla y la clave de esta frialdad está en el propio guión, que no adquiere esa cualidad de historia creíble que hablábamos anteriormente debido al carácter literario y artificial de los diálogos; y este hecho provoca que las palabras pronunciadas por los personajes nos suenen muy forzadas. La reflexión sobre el amor, las ilusiones y los desengaños propios de las relaciones de las personas se enmascaran por la imposición del texto sobre la imagen.

El querer aspirar a un diálogo tan brillante, con infinidad de matices en las réplicas, lo que se consigue es un discurso declamatorio que impide que los personajes sean de carne y hueso. Seguro que no es intencionado, porque en el guión de Lamata hay esfuerzo y riesgo por trabajar las escenas, pero el resultado final parece querer indicar al espectador que la inteligencia está en quien escribe el guión y no en sus personajes. Error. Lo más efectivo suele ser lo contrario, cuando el guión se oculta para convertir al personaje en persona.

Obviamente sabemos que el cine es un artificio. Orson Welles, a propósito del rodaje de Otelo, decía que un personaje atravesaba un portal y, una parte se había rodado en un continente y la otra parte en otro continente, pero daba igual porque se establecía —con el montaje— una continuidad de cara espectador. Somos conocedores de esa fragmentación del cine pero nos da igual porque lo que finalmente vemos es un relato continuo.

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El problema de Nuestros amantes es que el artificio del guión queda al descubierto, haciendo transparentes las costuras del filme al no ser verosímil la forma de expresión de los personajes. La presencia de la cámara también es constante con una insistencia en movimientos que en ocasiones son muy forzados (el desplazamiento de la cámara en planos lejanos mientras el diálogo permanece en primer plano, travellings sin sentido).

Se añade, además, la reciente tendencia de los destinos al patrocinio para la promoción turística, que si bien en ocasiones queda integrado y ensamblado en la historia (Ocho apellidos vascos, Juego de tronos) en este caso termina convirtiendo los exteriores en una postal promocional que se hace muy evidente para el espectador, provocando la sensación de  estar más pendiente del escenario que de la escena (1).

Por lo tanto, rodar con un formato de pantalla ancho, disfrutar de una fotografía luminosa, que el personaje del guionista utilice una máquina de escribir antigua, la alusión a las citas y a escritores como Capote y Bukowski o utilizar (en exceso) la romántica partitura de Roque Baños,  no hace que el filme funciona automáticamente.

Se agradece el esfuerzo en la búsqueda de un nuevo registro que vaya más allá de lo realizado hasta ahora por Lamata, pero, en este caso, el resultado queda lejos de esa comedia clásica, romántica, en la que a través de una sonrisa se pueda profundizar en los sentimientos de los personajes; un tipo de cine como el que han realizado en nuestro país de una manera acertada nombres como  Gómez Pereira, Colomo o Martínez Lázaro.

Escribe Luis Tormo


(1) Turismo de Aragón aportó 40.000 euros para la financiación del filme en concepto de patrocinio para dar visibilidad al rodaje en las tres provincias de esta comunidad autónoma.

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