La pesadilla de Saint-Exupery
Adaptar una obra literaria inmortal e intemporal —vale decir eterna— no es algo a lo que cualquiera deba atreverse, a riesgo de pagar un altísimo precio. Pueden preguntárselo a Stanley Donen, que lo intentó con El pequeño príncipe en 1974 y consiguió hacer una película no del todo indigna, pero que frustró las aspiraciones de universalidad de la literatura hecha cine, al encerrar una obra magna entre las estrecheces de un género tan encorsetado como el musical.
Nada hacía pensar que alguien como Mark Osborne, conocido por ser realizador de obras de no muy profundo calado —como Kung fu Panda o Bob esponja: la película— y no tanto por pequeñas joyas de la animación como el corto More, fuera a atreverse a ello y salir con vida y prestigio de un envite en que otros habían fracasado.
Para conseguir esto último, quizá lo más sencillo fuera no caer en la trampa de hacer una adaptación literal, o figurada, o metafórica o libre. Quizá lo mejor fuera no hacer una adaptación en absoluto. Osborne optó por adaptar lo menos posible desarrollando sin embargo el espíritu de lo que la Obra de Saint-Exupery quería decirnos.
No se lleven a engaño por mis palabras: El principito de Osborne traslada fielmente del papel al celuloide muchos fragmentos del cuento. Lo hace de forma magistral, conservando aquello que resulta esencial en la narración —su desgarradora e inocente carga poética, su precisión antropológica— y en las imágenes que todos guardamos en el inconsciente: El error más grave de Donen fue prescindir de los dibujos con los que el aviador francés había ilustrado su Obra; Osborne los ha recuperado clónicamente realizando un trabajo más que notable en los fragmentos de stop motion que representan la vida del pequeño príncipe, narrada casi al pie de la letra, exceptuando los momentos en que por economía argumental se impone la elipsis.
A ello, ha añadido una historia que carece de la fuerza del clásico francés, pero que no desentona con sus enseñanzas: una niña que vive una existencia programada por su madre, una perfeccionista irredenta, inhumana sin crueldad —es decir, doblemente inhumana— se encuentra de repente con un adulto que no parece serlo. Este adulto, motor de ruptura, catalizador del cambio y del despertar a una realidad menos gris, acompañará a la pequeña protagonista —de manos de la mítica narración de Saint-Exupery— en el camino de descubrimiento de casi todos los interrogantes vitales.
La habilidad de Osborne, que se mueve como pez en el agua en estas temáticas, ha sido la de entrar en la lógica del desarrollo de los temores que se sugerían en El principito y que aterrorizaban a Saint-Exupery: la vida mecanizada, la enseñanza institucionalizada, la avaricia, el autoritarismo y la petulancia como guías de vida que han cristalizado en los tiempos actuales.
Un educador como yo no puede resistirse a señalar la ironía de que la escuela en la que se desprecia el talento y se programan las enseñanzas para convertir a los niños en adultos esenciales, podando su impulsiva creatividad, se denomine en la película Academia Werth. Más allá de felices coincidencias con la realidad, en este Principito, se hace un exagerado pero no desencaminado retrato de ciertas tendencias educativas y laborales que gobiernan nuestro mundo.
Sin duda no cuenta con la habilidad metafórica de la Obra del aviador, pero precisamente por eso es un complemento ideal para ser entendida por todos los públicos: Osborne esclarece aquello que Saint-Exupery magistralmente sugiere, pero sin tomarnos por tontos: no explica, desarrolla. No desvela, sino que señala. En los momentos de verdadera tensión, aquellos en que la serpiente del desierto deviene cama de hospital, la fuerza de lo metafórico se mantiene, y llega a honduras nada despreciables.
Se ha criticado en ocasiones, desde muy diversos ámbitos y no siempre sin abundantes razones, que muchas adaptaciones destrozan los libros en los que se basan. Yo no creo que eso sea posible, porque hasta el momento no he visto una película que haga desaparecer un libro de la faz de la tierra. Siempre nos queda la posibilidad de abrir las páginas de la obra genuina y disfrutar, para entonces considerar si la versión cinematográfica merece ser despellejada.

El principito de Osborne, ya lo he dicho, no es una adaptación al uso. Cabe dudar siquiera sobre si es realmente una adaptación, aunque remite con muchísima fuerza a la Obra del aventurero francés. No creo que haya mucha gente que salga del cine sin ganas de leerla o releerla. En este sentido, pienso que no debe juzgarse esta película por sus aciertos con respecto al libro, aunque los hay, y muchos. Considero que lo que debe juzgarse es su capacidad para integrar y ejemplificar la historia del aviador y el príncipe en el mundo “real” —ciertamente caricaturizado e idealizado— de hoy día. Su habilidad a la hora de mantener el interés durante una hora y tres cuartos sin recurrir a persecuciones ni grandes aspavientos, choques, explosiones o situaciones límite. Su facilidad para crear belleza, para fomentar la sana rebeldía en esa joven persona que irremediablemente se convertirá en adulto.
Algunos critican el tramo final del filme, por atreverse a desvelar el “supuesto” futuro del principito del cuento. Se argumenta que la Obra literaria quedaba absolutamente abierta a su interpretación según la capacidad de soñar de cada lector, que podía ver la mordedura de la serpiente como el irremediable destino final o como la verdadera aventura del regreso, y por lo tanto, el querer mostrar una de las interpretaciones como la correcta sería una osadía.
Sin embargo, asumiendo que la película sigue su propio desarrollo, es fácil darse cuenta de que Osborne, en primer lugar, no deja clara la naturaleza de esta visión —acontece tras un accidente de la protagonista—, y en segundo lugar, que no utiliza la imaginería de Saint-Exupery para narrarla —ni siquiera está rodada en stop motion, como se hace con los fragmentos del libro—, con lo que propiamente no está alterando la obra literaria en ningún sentido. Es más, sería absurdo pretender que una obra literaria cuya riqueza se basa en evocadoras parábolas, quedase tocada por una historia convencional que sólo está puesta para hacer avanzar una acción que acabará por reafirmar sus conclusiones.
No; parte del tramo final puede pecar de frívolo, de típico —aunque algunos preferimos verlo como el inevitable fragmento oscuro de una historia que nos rompe los esquemas, como aquel Superman de Richard Lester que se vuelve malo por efecto de la Kryptonita—, pero la resolución del filme vuelve por los cauces en los que éste se había conducido hasta el momento, con escenas de inestimable fuerza y lirismo.
Osborne ha conseguido algo que no todas las “adaptaciones” han conseguido: ha reorientado nuestra mirada al libro. Nos ha devuelto las ganas de releerlo —acaso de leerlo, porque una obra así guarda secretos para cada edad—, y no de darlo por leído. Conozco a mucha gente que no tomará entre sus manos El Señor de los Anillos por considerar que “ya ha visto la trilogía de Jackson”. No creo que alguien pueda darse por satisfecho con el visionado de esta película en este sentido, aunque sólo sea porque El principito tiene muchísimas menos páginas y no cuesta tanto esfuerzo acabarlo.
Sea ésta o no la única aspiración de la película, por ella el trabajo de Osborne habrá merecido la pena.
Escribe Ángel Vallejo
