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¡Por Narnia!
Escribe Eva Cortés
Siguiendo el orden en que se publicaron los libros y no la cronología de la historia, llega a nuestras pantallas la segunda entrega de Las Crónicas de Narnia: El príncipe Caspián.
La primera, El león, la bruja y el armario, fue un éxito de taquilla en nuestro país, donde consiguió recaudar más de trece millones de euros. En su primera semana en cartel, la nueva aventura de los hermanos Pevensie lleva recaudados más de dos millones seiscientos mil euros, por encima de otras películas también muy esperadas este año, como Sexo en Nueva York, Indiana Jones IV o El increíble Hulk, pero todavía hay que esperar para saber sus números totales.
Y es que ésta es una película de números. Como he dicho, segunda entrega, aunque haciendo referencia al cuarto libro en orden cronológico que publicó el escritor anglo-irlandés C. S. Lewis en 1951. Se exhibe, según datos de su web oficial, en 620 salas (165 más que la anterior), con un presupuesto que asciende a 133 millones de euros y trasladándonos al mundo de Narnia en el año 2303 (mil trescientos años después que la anterior) y al año 1941 en el mundo real, sólo un año después que la anterior, a pesar del notable cambio físico que apreciamos en los protagonistas.
Demasiadas cifras para una película en principio destinada al público infantil. Y es que hoy en día las películas para niños resultan a veces más costosas que las dirigidas a los adultos. Cada vez más se tiende a que lo fantástico resulte real, a que lo grande se vea como grandioso y los monstruos, monstruosos. Esto es precisamente la nueva película. La línea de la primera con mucho más de todo, pero menos magia.
Más y mejores efectos especiales, más luchas, más guerra, más muertes, monstruos más malos y repugnantes, paisajes más bellos e inmensos, más amor, más amistad, más madurez en los personajes, muchas incorporaciones… y veinte minutos más de duración. Todo sumas, aunque no siempre acertadas.
La primera suma con la que nos encontramos es la de los personajes. Nada más empezar descubrimos que en Narnia también viven humanos, los Telmarinos. Bajo las órdenes de su rey Miraz han conquistado Narnia, imponiéndose sin piedad y haciendo que los narnianos se escondan pareciendo que se han extinguido.
Además, conocemos nuevos habitantes fantásticos, como el enano Trumpkin (Peter Dinklage), conocido por su aparición en la serie de televisión Nick/Tup o el heróico ratoncito Reepicheep. De todos los telmarios, el principal, que da nombre al filme, es Caspian, décimo en sucesión al trono. Con el nacimiento de su primo, ve en peligro su vida y huye del castillo hacia Narnia, descubriendo en su viaje la verdadera historia de su pasado.
Las caras de Narnia
Ben Barnes es el desconocido actor que encarna a este honesto príncipe que, dejándose guiar por su corazón y haciendo caso de los consejos de su profesor Cornelius, unirá ambos pueblos aunque sin evitar una guerra civil. Barnes no lo hace mal, para ser su primer trabajo importante. La principal dificultad en el trabajo de su personaje es encontrar el equilibrio entre pertenecer a los malos y demostrar que es bueno; intentar no sobresalir al protagonismo que el director ha querido dar a los hermanos Pevensie pero tampoco quedarse a la sombra para mantener el espíritu literario. Y la verdad es que lo consigue. Aunque en escenas como la de su charla con el enano y la Bruja Blanca sus dudas resultan poco creíbles y se adivina hacia donde se decantará al final, en general, resulta un personaje interesante y bien trabajado.
Por el contrario, los dos hermanos mayores, Peter (William Moseley) y Susan (Anna Popplewell) siguen en la línea de la otra película. A pesar de su crecimiento, no se aprecia madurez en su interpretación. Lo peor de todo es la forzosa relación entre Caspian y Susan, recurso utilizado por los guionistas para hacer atrayente el filme, con un mal resultado. No hay química entre ellos. Peter se ha convertido en un chico atractivo, pero también con una expresión demasiado altiva durante todo el metraje.
Los hermanos pequeños, Edmund (Skandar Keynes) y Lucy (Georgie Henley), quedan más grandes en pantalla. No porque sus papeles sean más importantes, sino porque les sacan un mejor partido. Lucy vuelve a aportar la dulzura con la que nos enamoró en la primera y Edmund sencillez.
En conjunto, forman un buen reparto coral que cumple el objetivo de entretener y emocionar, a pesar de que la duración no es la más apropiada. Dos horas y media resultan excesivas. Tal y como transcurre la historia a la película le sobra por lo menos media hora. Terminada la batalla entre Peter y el rey Miraz, la historia podría haberse dado por concluida. Pero claro, no era suficiente con dos horas para que se viera el espectacular despliegue de efectos especiales y por ello había que alargarla.

Efectos especiales en vez de magia
La victoria tenía que ser más espectacular, no bastaba con la lucha y las muertes en el castillo Telmario, había que acabar con una monumental batalla, en la que hasta el agua y los árboles se vieran implicados. Monumental trabajo de efectos que causó según sus responsables, el retraso de su estreno planeado en principio para las pasadas navidades. El resultado de éstos es fenomenal, no puede negarse, pero bajo mi punto de vista excesivos. El ganar la guerra fuera como fuese apesta como digo a lucimiento en efectos y no tanto a querer seguir la historia a pies juntillas; es alargar demasiado la parte épica.
Con todo este exceso de violencia, lo que han conseguido es más bien despistar a los espectadores, porque a pesar de que los libros son infantiles y la película se presentó como familiar; no queda tan claro después de ver los resultados. Apuesto a que muchos niños pueden tener pesadillas con tanta lanza, cabezas cortadas y con algún que otro asqueroso monstruo; yo, desde luego, no llevaría a mis hijos a ver la película.
Y hablando de espectacularidad, otra escena importante donde se busca el lucimiento es en el momento de entrada a Narnia desde el mundo real. Esta vez, los cuatro hermanos regresan después de que Caspian haga sonar el cuerno de Susan pidiendo su ayuda. Pero el túnel de entrada ya no es el armario sino una estación de metro; se acabó, como decía antes, la magia.
Todo el encanto, la fascinación, el regreso a la infancia que supone para el espectador el misterio de entrar a un mundo a través de un armario se pierde, además se rompe con esto la idea de que a los mundos mágicos siempre se entra por la misma puerta. Claro que esto no es problema de la película, puesto que sigue el libro.
Quizá a muchos, esta entrada les recuerde a la de Harry Potter al anden hacia la escuela de Hogwarths, pero la verdad es que fue J. K. Rowling, escritora de las aventuras del mago, la que confesó ser fan de la saga Narnia y haberse inspirado en la entrada por el tren de los hermanos Pevensie para la entrada de su protagonista.
En favor de El principe Caspian debo alabar no sólo los efectos especiales, también el trabajo de dirección de Andrew Adamson, que ha logrado un buen resultado conjunto, gracias a la corrección de los fallos de la anterior. Por ejemplo, abriendo mucho más los planos y sorprendiendo así al espectador con la inmensidad del mundo narniano, toda una belleza visual rodada entre Nueva Zelanda y la República Checa. También porque, aunque ha hecho una versión bastante libre del libro, dando más protagonismo a los hermanos y menos a Caspian y el león Aslan, ha conseguido transmitir el espíritu de bondad y unión de la tierra de Narnia latente en los libros.
El mismo que hace que al final nos quedemos con ganas para el estreno de la tercera, La travesía del viajero del alba.
(Crítica publicada inicialmente en julio de 2008)

