Canción triste
Todas las épocas de esplendor tienen su lado oscuro, un reverso que se mantiene oculto para no mancillar su brillo, al estilo de una medida terapéutica que ejerce una función de defensa frente al desánimo. Pero ahí está, a modo de sostén sobre el que se alza lo que, bien visto, no queda más remedio que reconocer en su dimensión ficticia. Las luces se atenúan cuando se descubren las sombras de las que se nutren.
Todo esto, trasladado al cine, se materializa en las categorías del triunfo y el fracaso, del éxito y la decadencia. Y, como si fuera una pieza más de un ensamblaje indisoluble, las de la dignidad y la traición, vínculos que cimentan, sin alternativa creíble, la vileza moral con el reconocimiento social. Y viceversa.
Los hermanos Coen, instalados en la seguridad que les ofrece ese lugar tan difícil de alcanzar en el que al éxito de público se le une el reconocimiento de la crítica y los cinéfilos, permitiéndose flirtear con el clasicismo sin temor a comprometer su posición, se han erigido, película a película, en los poetas de la derrota. Pero sin lamentaciones, sin compasión, a veces incluso sin piedad, pues sus personajes, aún vencidos, conservan la entereza de quien se levanta preparado para una nueva batalla. Es la magia del cine.
En este caso se adentran en el mundo del folk de los años 60, del que una década después (guerra de Vietnam por medio) surgiría la canción comprometida, el rock y los movimientos de protesta que por entonces florecieron. Eso habría de llegar. Pero antes se vivió el fulgor efímero de John Kennedy, la ostentación de la carrera espacial, la supremacía dizque moral. La forja de un impero, en definitiva.
Y ahí, en la trastienda de ese imperio, ignorados por la versión oficial, deambulan tipos como Llewyn Davis, personaje a quien está dedicada la película, y que, aunque él mismo es ficción, se inspira en Dave van Ronk, otro outsider, otro apóstol de la dignidad. De hecho la idea de la película arranca de la lectura de la autobiografía de van Ronk, publicada en 2005 tras la muerte del autor.
Con este material los Coen levantan otro monumento cinematográfico. Con sus tics, con esas huellas que van dejando aquí y allá y que restan pureza al producto definitivo (quizá Fargo sería la excepción, aunque tampoco), pero que van construyendo un universo propio e inconfundible.
Lo esencial en la película es la creación de los ambientes, de las atmósferas a veces gélidas, a veces irrespirables, la plasmación casi física, material, de la tristeza, la tensión contenida, la decepción que se reprime pero que se desborda. También de la violencia, de la autodestrucción, de la crueldad… La fotografía, la puesta en escena, la reconstrucción de los lugares, el color, la ausencia de luz y, por supuesto, la música, ofrecen un marco que vale por sí mismo una historia, casi al margen de lo que ese marco contenga.
Llewyn Davis es un músico que se resiste a aceptar el fracaso y que deambula con rumbo incierto a la caza de su sueño. Su periplo no es ni siquiera una road movie, por cuanto el trayecto que recorre dibuja una espiral que le hunde más y más en la desesperación. El viaje que constituye su vida no resulta enriquecedor a fuerza de repetitivo. La aventura que debería acompañarle no es tal, por cuanto no significa otra cosa que volver a pisar sobre sus propias huellas, transitar por los lugares de siempre que siempre son los mismos. En todo caso el aprendizaje que obtendrá no será sino la confirmación de su fracaso, la toma de conciencia respecto a la inutilidad de seguir persiguiendo lo inalcanzable.

A diferencia del gato Ulises, que sale a descubrir el mundo con billete de vuelta, porque tiene una casa donde se le espera, donde su particular Penélope también rechaza a los nuevos pretendientes (“¿Dónde está el escroto?”), y a la que acabará volviendo para quedarse, Llewyn carece de ese punto de referencia. Incluso su última alternativa, la que supone la renuncia al mundo del espectáculo, su reincorporación a la marina mercante, acaba siendo inviable, justamente porque sus cosas fueron arrojadas de la vivienda en la que reposaban.
A pesar de todo hay algo a lo que no va a renunciar nunca: a su dignidad. La calidad de su arte no se discute en ningún momento, pero en él no hay dinero, y todo lo demás es secundario. Cuando se le proponen vías para reinventarse las rechaza sin dudarlo, porque significarían traicionarse a sí mismo, y eso es lo último que haría. Otros vendrán (y la referencia final a Dylan es inequívoca) que sabrán adaptarse a los tiempos y obtendrán el consecuente rédito. Llewyn Davis no es de esos. La única salida que le queda es el suicidio, un tanto simbólico pero también real, que indirecta e inconscientemente le sugiere el productor de Chicago al proponerle que vuelva con Mike.
Y como la frontera entre los géneros cinematográficos es difusa, fácilmente podemos reconocer en la trayectoria de Llewyn Davis la reencarnación el viejo héroe del western. Su deambular sin un espacio propio y su honda convicción moral son el preámbulo inevitable de la derrota que acaba reconociendo y asumiendo. Como le ocurrió a Tom Doniphon, otros recogerán sus méritos, y el único consuelo posible, si es que puede llamarse así, será la evocación póstuma.
La sensación que queda es la de un mundo sin salida. El sentido del humor que en ocasiones se intenta introducir no consigue rebajar la crudeza de lo que se narra. Ha habido momentos en que ese recurso ha servido a los Coen para aligerar la forma sin alterar el fondo de la trama, pero aquí más bien contribuye a acentuar el patetismo. La tierra de las oportunidades ha quedado reducida a un espejismo. El futuro espera en una triste habitación de asilo con la razón extraviada. Ese es el destino último.
Al final sólo el cine recupera lo que la realidad desechó. Pero ya se sabe que el cine es una ilusión.
Escribe Marcial Moreno
