Un paseo por un estudio americano en los 50
¿Parodia? ¿Homenaje y tributo? ¿Cinismo sobre el mundo del cine? De eso, y no sólo, hay en la última película de los hermanos Coen, que vuelven a los estudios (imaginarios) Capitol años después de Barton Fink. Entonces estábamos al comienzo de los años cuarenta, ahora en los años cincuenta. Allí un reconocido autor era llamado por Hollywood para escribir el guión de una película. Aquí un hombre para todo de los estudios acude a salvar los muebles de todos cuanto trabajan en el estudio y del estudio mismo.
En Barton Fink se vislumbraba la época de los grandes autores americanos (de Fiztgerald a Faulkner pasando por Chandler, Steinbeck y muchos otros) a sueldo de los grandes estudios para escribir guiones. En ¡Ave, César! nos introducimos en los estudios donde se ruedan películas genéricas, espectaculares y grandiosas de la mano de alguien encargado de velar por el bien del estudio.
Barton Fink podía ser el propio Faulkner o Chandler perdido en un Hollywood que obliga a crear a ritmo de cheques y de acuerdo a los gustos del público. Si el escritor se encuentra en esos momento vacío, es lo menos. Lo que tiene que hacer es escribir lo que sea: su nombre se pesa en dólares.
El protagonista de ¡Ave, César! podría ser cualquier escondido de un gran estudio —la Metro, por ejemplo— velando por el buen funcionamiento de todo. Los Coen, directa o indirectamente, se han fijado en un personaje para todo que vivió en aquellos años y que salvó los muebles, protegiendo a actores y actrices de escándalos y evitando escándalos. Se apellidaba como el protagonista del filme, Mannix, excelentemente interpretado por Josh Brolin, actor bastante habitual en las películas de los Coen. En concreto se trataría de Edgar John (Eddie) Mannix (1891-1963). Trabajó para la Metro como apaga incendios evitando que cualquier escándalo fuera filtrado a la prensa. Se dice que llegó a comprar la película pornográfica en la que intervino Joan Crawford antes de pasar a Hollywood (chantajeándola posteriormente) o evitar que un caso sonado de violación en una fiesta típica hollywoodense pudiera ser aireado. Compraba a quien fuera, comerciaba con estos o aquellos, se codeaba con la mafia. Todo era válido para salvaguardar a los estudios de escándalos recubriéndoles de un grado de santidad y pureza.
Eddie Mannix en el filme es, como ese alter ego, pero sin trucos o dobleces. Una buena persona que salva a la gente del estudio en el que trabaja (el citado Capitol tras cuyo nombre se oculta la Metro). Y ahí, a lo largo del filme, en su paso por platós y problemas le vemos caminar por notables producciones representativas del cine imperante en los años cincuenta, No sólo eso, también con las personas, encubiertas, que vivieron en aquella época.
Ahí está presente el musical específico de la metro representado por un excelente número musical en una bar entre marinos como espejo de Levando anclas, Un día en Nueva York o Siempre hace buen tiempo. Un número muy bien filmado y cuidado. A destacar la forma de entrar el musical (el soldado acercándose a un piano y comenzando a teclearlo para dar pie al baile).
También cualquier melodrama de Minnelli, Cukor o Leitsen con esa alusión al carácter homosexual de los directores, los filmes de los cowboys cantantes, el espectáculo correspondiente al filme de romanos estilo Quo Vadis? o, uno de los más inteligentes, el recuerdo del Moby Dick de Huston saliendo de las aguas convertido en un submarino ruso ante el miedo de unos guionistas izquierdistas.

Por cierto, en algunos sitios, por la entidad de los personajes y la nacionalidad del submarino, algún crítico ha querido ver una alusión al filme de Jewison ¡Qué vienen los rusos! La época en el que desarrolla la película (años cincuenta) imposibilita esa referencia: el filme de Jewison es de 1966 mientras que el de Huston es de 1956. Eso sí, ambos son de la Metro. Por otro lado, la cita a Huston es mucho más divertida e inteligente (la planificación del encuentro con el submarino se corresponde a la utilizada en la búsqueda y encuentro con la ballena).
Y, en fin, hasta un montaje propio de Busby Berkeley, de sus coreografías grandilocuentes y geométricas. En este caso la clara alusión será a Escuela de sirenas. Y, claro, la protagonista de esa secuencia será una divertida Scarlett Johansson haciendo de Esther Williams. Chiste aparte el de la nadadora enfundada en un disfraz de sirena que le aprieta porque está embarazada.
Hay muchas más alusiones al cine (el cowboy cantante convertido en actor parece rememorar lo contado por Gene Kelly sobre la ascensión de su personaje al estrellato al comienzo de Cantando bajo la lluvia) y a los personajes de aquel momento (las dos gemelas periodistas especializadas en chismes y que aluden a las dos grandes cronistas, por decir algo, del Hollywood de la época).
No sólo al cine también al periodo que se retrata como es la presencia, y ocultación, de los guionistas de izquierdas, con el macartismo al fondo, reunidos en una sociedad secreta denominada la fundación con la misión de secuestrar a un famoso actor con el fin de obtener un rescate. Esta parte, utilizada como especie de argumento central de la película, es, curiosamente, lo más flojo, de poca entidad. Un pegamento-unión que aparece, a pesar de algunas ideas notables, de escasa fuerza y atractivo.
Por supuesto, se indica otra referencia clave: los guionistas afines a movimientos de izquierdas introducen en sus guiones su personal ideología (pienso, sin ir más lejos, en El halcón y la flecha escrita por uno de los represaliados de Hollywood, Waldo Salt).

De todas maneras esta parte, digamos central, peor trabada, da lugar al susodicho homenaje a la película de Huston y, también, a la idea que centra gran parte de su obra: el fracaso final de la obra realizada, como se muestra en ese dinero obtenido y que termina en el fondo del mar (parecido a como los granos de oro confundiéndose con arena volvían a la montaña en el final de El tesoro de Sierra Madre).
También queda en esta parte central, con la presencia de otro actor amigo de los Coen (George Clooney) una idea que trata de unir algunos flecos del filme y en especial la relación con el rodaje de la película bíblica. Se trata de creer o no creer. Y en su secuestro, ante las enseñanzas-adiestramiento, Clooney trata de encontrar la luz que le lleve a creer. La misma que busca en la película sobre Cristo. ¿Cuál es la verdad a seguir? Frente a la cruz, en el clímax de su interpretación, plantea el dilema de esa fe que se mueve entre dos formas, o planteamientos, vivenciales. Una precisa sugerencia propia del cinismo de los Coen.
El personaje de Mannix, moviéndose entre unas y otras historias, escondiendo su vicio (el fumar) ante su mujer de la misma manera que oculta lo de los otros, aparece como un redentor enfrentado a la maldad del mundo o a su hipocresía. Su finalidad es hacer el bien al menos para que todo funcione como debe ser. No es extraño que, en el fondo, ¡Ave, César! se identifique con su mismo título, alusión a una película bíblica y que, en ese sentido, tenga hasta sentido el plano inicial, sorprendente, de un gran crucifijo en primer plano. Mannix es, en definitiva, alguien con una misión en un mundo donde va a encontrar mil obstáculo para llevarla a cabo y en la que incluso no falte, a la cita, el propio demonio-tentador que le quiere apartar de su camino ofreciéndole riqueza y poder: abandona, le dice el magnate, tu oficio y enrólate en este otro que te ofrezco donde está el futuro. Cantos de sirena que Mannix no escuchará.
¡Ave, César! es un divertimento donde existen ideas y buenos momentos (el estupendo en que el director homosexual interpretado por Ralph Fiennes da lecciones de interpretación al nuevo y horrible actor que le han, sin que él lo haya pedido, impuesto en su película), si se quiere, y nadie lo duda, demasiado liviano pero en realidad agradable, simple y vaporoso. Se degusta sin darse cuenta y es que en el filme, dentro de su simplicidad, hay un saber hacer y una profesionalidad que no se da actualmente en la mayoría de las películas.
No es una gran obra pero si una divertida visión y reflexión, quizá muy escondida, del cine de una época ya pasada.
Escribe Adolfo Bellido López
