Escribe Daniela T. Montoya
(San Sebastián, 25 septiembre 2008)
Delicada, sutil, bella es Still Walking, de Kore-Eda. Asiduo del certamen, el director japonés responsable de Hana (2006) o After Life (1998), presenta en esta 56 edición un filme que tiene claras opciones de recoger alguna concha.
Abriendo con los preparativos para un pequeño festejo familiar, Still Walking narra el reencuentro anual de una familia común. Los hijos, con sus respectivas parejas y escueta prole, llegan a la residencia de los ancianos padres para recordar el pasado. Los cambios producidos por el paso del tiempo se palpan en acciones tan comunes como tener que agacharse al pasar por una puerta. Pero también se repiten hábitos que, como comer maíz frito recién hecho, se convierten en rituales susceptibles de convertirse en herencia inmaterial para la nueva generación.
En torno a la mesa, Kore-Eda explicita continuidades y contrastes para, tras constatar las diferencias, desbrozar un punto de inflexión en la vida conjunta de la familia. A saber, la trágica muerte accidental del hijo mayor. El pupilo, en el cual el padre, ahora tediosamente jubilado, depositó sus esperanzas de tener un digno sucesor de su apellido y oficio. El hijo pródigo a quien su madre llora en sigilo desde su pérdida, aunque cada año se reserva un instante de “placer” humillando al responsable directo de la desgracia. El primogénito querido y que, aún tras su muerte, sigue dejando en la sombra a sus hermanos.
Con Still Walking nos encontramos un cine pausado, donde la cámara se atiene al orden y mutuo respeto que se profesan los miembros de la familia. Ni las frustraciones que acumulan se transforman en exaltaciones de furia, ni la quietud del encuadre se sobresalta ante la magnitud de los secretos que se desvelan. Kore-Eda tiene la habilidad de ubicarnos en el núcleo familiar, entre sus atracciones y sus discrepancias. Como un miembro más, asistimos al crepitar del maíz igual que al enojo por la falta de consideración. Todo ello sin grandes aspavientos ni tremendismos.
Casi tan buen sabor de boca como Still Walking ha dejado Maman est chez le coiffeur. Ambientada en un colorido verano de los años sesenta, la unidad de una joven familia se verá truncada por la marcha de la madre.
Sugerido el desliz extramatrimonial del padre, la directora Léa Pool se posiciona en el punto de vista de los infantes. Tan encantadoramente ingenuos, su inocente interpretación de la realidad da un toque simpático a esta producción canadiense.
Perfectamente ambientada en los años sesenta, la libertad que brindan las vacaciones estivales determinará el momento ideal para dar un paso más hacia la madurez. Experimentar los primeros besos, descubrir infidelidades inesperadas, o aprender a pescar. La cuestión es, apenas sin darse cuenta, hacer descubrimientos sobre aspectos de la realidad para, posteriormente, acabar guardándolos en el armario de los secretos.
Como cantan The Turtles, la vida es “so happy together”… Tan feliz pisando descalzos la hierba del campo, hasta que ya no se puede seguir llorando la ausencia. Llegados a este punto, Pool pierde la frescura que predominó en el metraje y, en sus instantes finales, se deja llevar por las melodías empalagosas.
También resultó muy agradable el visionado de Laila’s Birthday, historia sobre las accidentales “aventuras” de Abu Laila durante un día de trabajo. Ex-juez que ejerce como taxista, Abu es el protagonista que conduce, literalmente, el desarrollo de este escueto filme.
Realizado por el director palestino, diestro en documentales, Rashid Masharawi, sigue la estela de otras modestas producciones palestinas en que la acción se desarrolla íntegramente por las calles de la ciudad. Circulando a trompicones por el destartalado pavimento, Abu se convierte en la voz que denunciará la dificultad para vivir en una ciudad sin un orden establecido. Mero grito ahogado. Porque la accidentalidad de “las circunstancias” se apodera de cualquier posibilidad de planificación. Porque la burocracia y el asedio israelí dificultan la libertad de movimiento. Porque sólo la solidaridad es el único alimento que puede sustentar la convivencia ante la escasez y la precariedad. Carencias sociales que, también, pueden trasladarse a la película en sí misma, ya que la concatenación de anéctodas irresueltas dificulta que el filme adquiera un corpus sólido.
Laila’s Birthday es realidad directa, casi documental, que discurre sobre esta historia de desesperanza y frustración. Propuesta opuesta a la fantasía que inunda Camino, tercera película que dirige, escribe y produce Javier Fesser. Sin descargarse de los tics visuales que caracterizan sus anteriores El Milagro de P. Tinto (1998) y La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003), Fesser trata de circunscribirse a un acontecimiento real: la muerte de una niña y la preparación de su más que posible beatificación por cómo pasa por semejante calvario.
No apta para católicos fervientes, el recurrente paralelismo entre la historia de esta niña y el cuento de Cenicienta le sirve a Fesser para convertir las doctrinas del Opus en terrorífica pesadilla. La manipuladora madre, entregada a la religiosa formación de sus hijas, tergiversa la realidad para que sus discípulas se entreguen en cuerpo y alma al amor a dios; mientras que los sacerdotes, especuladores de almas, postulan modelos de acción que los demás deben acatar.
Si bien Fesser apunta a una interesante interpretación del Opus, contemplándolo como un núcleo de pesadillas y sufrimiento vacuo, la insistencia con que recalca la divergencia de interpretaciones entre la niña, inocente enamorada de un crío que, casualidades del guión, se llama Jesús; y su madre, sacerdotes, monjas y demás seguidores de la institución fundada por Escrivá, adoradores de la exaltación del sufrimiento supremo como muestra de su amor a la divinidad, aletarga hasta el infinito el metraje.
Ni los espectaculares efectos especiales, ni la extraordinaria caracterización de esta familia ultracatólica, ni la chispa interpretativa de alguno de los actores integrantes del reparto, ni la cuidadísima fotografía logran paliar el tedio que produce el recrearse en el sadismo (tanto corporal como discursivo).
Y es una lástima, porque la metáfora entre Camino y La Cenicienta hubiera podido resultar interesante sin tener que recurrir constantemente a esos ojos como platos que ponen las niñas en casi cada fotograma, ni al reincidente resonar de El lago de los cisnes (y demás melodías orquestadas), que guían emocionalmente al espectador.