Mimetizarse con el enemigo
Estrenada en febrero del pasado año en la Berlinale Special Gala, El falsificador de pasaportes (2022), de la directora y guionista alemana Maggie Peren, es una historia de supervivencia durante la II Guerra Mundial basada en el libro autobiográfico de Cioma Schönhaus, publicado en 2004.
Cualquier relato de supervivencia en un período tan oscuro de la Historia como fue el exterminio del pueblo judío por el régimen nazi (Holocausto) merece ser contado. Algunas de esas personas no realizaron grandes hazañas, salvo la de haber sobrevivido, que no es poca cosa. Sin embargo, otras, a la proeza de burlar a la muerte sumaron, como hizo el protagonista de esta película, la de salvar la vida de muchos compatriotas.
Peren ya había trabajado como guionista en la película Napola, escuela de élite nazi (2004), de Dennis Gansel (Premio del Cine Alemán a mejor guion), y no le apetecía volver al tema de la II Guerra Mundial, pero quedó atrapada por la historia de Cioma desde el primer momento.
La filmografía anterior de la directora germana son dos comedias poco trascendentes como Escolta especial (2007) y la romántica Boda sin fin (2020) y un drama sobre la inmigración en Canarias, coproducido por Alemania y España, con Alex González como protagonista.
El falsificador de pasaportes es su cuarto largometraje. Peren mostró su interés por el proyecto en 2012, al enterarse que los derechos del libro estaban aún disponibles. Habló con Cioma, a quien define como una persona maravillosa que siempre conservó su deseo de complacer a los demás, y los adquirió. Después de ocho años de trabajo todo estaba listo para empezar, pero la pandemia retrasó el rodaje. Finalmente se realizó en Munich y Luxemburgo entre enero y marzo de 2021.
El personaje real
Cioma Schönhaus (1922-2015) nació en Berlín en 1922. Era hijo de emigrantes rusos de origen judío, que llegaron a Berlín en 1920 porque su padre había desertado del Ejército Rojo.
Después de una estancia corta en Palestina en los años veinte la familia volvió a Berlín, donde en 1940 Cioma empezó sus estudios de diseño gráfico en la Escuela de Artes y Oficios. Los abandonó un año después para trabajar en una fábrica de armamento, empleo que le libró de ser deportado el 13 de junio de 1942 junto a sus padres.
Ya en la clandestinidad, en el otoño de 1942 empezó a falsificar pasaportes, por encargo del abogado y combatiente de la resistencia Franz Kaufmann, a cambio de vales de racionamiento con cuya venta pudo subsistir y construir una identidad legal ficticia bajo varios nombres. Cuando comenzó a ser perseguido, una red de colaboradores de la Iglesia Confesante de Berlín, a la que pertenecía Kaufmann, le ofreció refugio durante un tiempo, entre ellos Helene Jacobs que lo escondió en su casa hasta que fue detenida.
La Iglesia Confesante fue un movimiento protestante creado en 1934 para oponerse a la nazificación de la Iglesia Evangélica Alemana y que a partir de 1938 estableció una especie de «oficina» de ayuda para cristianos protestantes perseguidos por motivos de raza, que hizo extensible después, también, a los judíos y otros perseguidos por causas diversas.
A finales de septiembre de 1943, perseguido por la Gestapo, Cioma consiguió atravesar Alemania en bicicleta, disfrazado de soldado de la Wehrmacht de permiso, con un pasaporte militar falsificado por él mismo, y llegar hasta Suiza, país donde residió hasta su muerte.
En Basilea se graduó como diseñador gráfico, profesión a la que se dedicó toda su vida. Abrió un estudio de comunicación y diseño, se casó y tuvo cuatro hijos, dos de los cuales son músicos. Falleció en 2015 en Suiza, poco antes de cumplir 93 años.
En 2004 publicó sus memorias noveladas, El falsificador de pasaportes. La increíble historia de un joven artista gráfico que luchó clandestinamente contra los nazis, que tuvieron gran repercusión en la prensa. Su figura, incluida alguna entrevista suya, ha aparecido en varias películas y documentales, y su historia ha inspirado a otros escritores.
El falsificador de pasaportes es la primera película basada en sus propias memorias.
Argumento
La historia nos sitúa en el Berlín de 1942. Cioma (Louis Hofmann) un joven judío de 21 años vive solo en el piso familiar. Han deportado a sus padres y él, temporalmente, se ha librado porque trabaja en una fábrica de armamento.
Durante un tiempo, el mercado negro, la venta de los enseres familiares y los cupones de racionamiento que Cioma consigue falsificando pasaportes para otros compatriotas, que le encarga el abogado Kaufmann, le permiten sobrevivir sin estrecheces, junto a su amigo Det Kassriel (Jonathan Berlin) que se ha trasladado a vivir con él.
Cuando es despedido todo cambia. Debe abandonar su hogar y esconderse en casas de colaboradores de la resistencia. A partir de ese momento dedica todo su tiempo a la falsificación en una oficina clandestina.
Cioma se resiste al encierro absoluto y se exhibe en restaurantes, bailes y fiestas con una identidad falsa. En una de esas veladas, disfrazado de oficial de la marina, conoce a una joven de la que se enamora, Gerda (Luna Wedler), que en realidad es otra superviviente camuflada como él.
Cuando la red de protectores que ampara a los judíos es denunciada y sus amigos y compañeros son detenidos, su espíritu alegre no le impide vislumbrar el peligro que se cierne sobre él. Acomete en ese momento la falsificación más importante de su vida, la del pasaporte que le conducirá hacia la libertad.
La película acaba en ese momento de esperanza. Con Cioma saliendo por la puerta del edificio donde ha estado encerrado durante tres días (en un piso vacío, dibujando, a oscuras, sin comer ni beber, aterido de frio), y la luz del día le recibe radiante.
Estructura
La acción de la película transcurre durante aproximadamente quince meses de la vida de Cioma. Los que van de mediados de junio de 1942, pocos días después de la deportación de sus padres, hasta que decide escapar a finales de septiembre de 1943.
Para contarnos este periodo de tiempo, Maggie Peren, autora también del guion, elige una estructura in medias res, que adelanta —en una especie de prólogo que antecede a los títulos de crédito— el fragmento inicial de una secuencia, incomprensible a priori, cuyo desarrollo íntegro veremos después. La intención, no es, por supuesto, anticipar nada de la trama, sino presentarnos al protagonista, su aspecto, su actitud ante la vida, su talento artístico… en una realidad tan adversa como la que está viviendo.
En la escena vemos al protagonista, un joven rubio y guapo, correr por unos largos pasillos y subir unas escaleras de forma atropellada para preguntar, saltándose la fila, en la oficina de objetos perdidos, por una cartera que acaba de perder en el autobús. Solo la contestación brusca del empleado le frena en seco, conminándole a esperar su turno. Cuando se sienta en un banco, la cámara que hasta ese momento le ha seguido en plano general se acerca para mostrar el temblor de sus manos apoyadas sobre las rodillas. Entonces, saca una libreta de un bolsillo de la chaqueta y se pone a dibujar con un simple carboncillo que lleva en una cajita.
Este breve prólogo de apenas minuto y medio, nos ha desvelado una parte muy importante de la personalidad y la actitud del protagonista. La de un joven impulsivo, seguro de sí mismo y sin miedo, que cuando lo tiene (como manifiesta ese temblor de manos) solo el arte es capaz de aplacar, como manifiesta la seguridad de su trazo cuando se pone a dibujar.
Este adelanto del prólogo es solo el inicio de una secuencia más larga, que culminará más adelante, en la que además veremos la capacidad de improvisación e inteligencia de Cioma para revertir una situación peligrosa.
Después, la película se desarrolla de forma cronológica a lo largo de esos quince meses que son un ejemplo de supervivencia al límite en el que suceden algunas situaciones que no terminan de convencer.
Entre ellas la continuación de la secuencia interrumpida del prólogo, cuyo desenlace resulta tan desconcertante como increíble. Lo mismo que ocurre en la última secuencia de la película cuando Cioma consigue hacer, según sus palabras «su mejor obra de arte» (su propio pasaporte) en una situación tan crítica.
Enfoque
El enfoque novedoso de esta historia radica en la personalidad del propio Cioma, un joven amable, simpático y atrevido, por momentos temerario e imprudente, cuya alegría de vivir y permanente sonrisa fueron su principal pasaporte hacia un futuro mejor. Un comportamiento desconcertante en aquel contexto de miedo al que él parecía inmune.
La directora impregna su relato de ese desenfado, en consonancia con la personalidad del protagonista (con una filosofía de vida propia de su edad y personalidad, no de sus circunstancias) y adopta su punto de vista y el tono ligero del texto original, acentuado por la banda sonora. Esa falta de tensión dramática provoca que el espectador nunca llegue a sentir la angustia de la situación, sin renunciar del todo al suspense.
Un ejemplo de esa carencia se percibe en la secuencia en la que Cioma conoce a Kaufmann, que le propone que falsifique pasaportes. Este le dice en un momento concreto de la conversación: «Si una buena mañana los amables señores de la Gestapo llaman a su puerta, lo mejor es que se ahorque». Y le entrega a Cioma una corbata para que actúe, si llega el caso, que él acepta, con naturalidad sorprendente, con un simple «claro», restando trascendencia a la situación.
El ritmo narrativo tampoco ayuda. El argumento se demora sin una estructura dramática definida, más allá de concatenar situaciones diversas hasta desembocar en esa puesta en escena final en la que Cioma, después de enfrentarse al más trascendental de sus retos, sale de la oscuridad hacia la luz, que funciona como metáfora de la libertad que finalmente alcanzó.
Esconderse a la vista de todos
En realidad, este recurso ya lo expuso Poe en La carta robada. La mejor manera de esconder algo es ponerlo a la vista. Esta misma filosofía es la que practica Cioma.
No se encierra para trabajar. Su amigo Det se sorprende y le pregunta que cómo puede falsificar pasaportes con la puerta abierta de su cuarto y él responde que quizás la mejor manera sería hacerlo en un parque a la luz del día, delante de todos.
Respecto a su persona, sigue el mismo modus operandi. En ese momento crítico en que los judíos procuraban ser invisibles, él se expone sin complejos, amparado en un físico ario, que se trabaja a conciencia (escena de la peluquería), y una desenvoltura pasmosa. Cuando la gente andaba despacio por la calle y con la cabeza baja para no llamar la atención, él corría para coger el autobús, caminaba erguido y frecuentaba espacios prohibidos para los judíos.
Su nivel de temeridad, de «ceguera» ante el peligro, crece cuando se exhibe en locales públicos (restaurantes, bailes y fiestas) frecuentados por militares nazis, con una identidad falsa, unas veces disfrazado como ellos y otras actuando como si lo fuera.
Como en la secuencia en que, bajo un peinado y un aspecto impoluto, Cioma llega, sin ningún problema, a la casa de Kaufmann para entregarle un pasaporte falsificado. Lo ha paseado a plena luz del día, escondido dentro de un periódico doblado, bajo el brazo, y después de comer en un restaurante como si fuera un soldado de permiso.
Escondido a la vista de todos, mimetizándose con su enemigo como hacen algunos animales, según le dice al abogado cuando este advierte su cambio físico: «Algunos animales toman la forma y el color de los animales temidos por sus enemigos».
Lo peor de esa conducta temeraria es que se pone en peligro a sí mismo y a los que le rodean, como cuando su amigo y él acuden a una cafetería a tomar un chocolate y son interceptados por la policía.
Este es el momento más dramático de la película, el que precipita el desenlace. Hasta ese momento Cioma vivía sin sopesar la gravedad de su comportamiento.
Sin duda, la personalidad de Cioma es excepcional. De otra manera no habría sobrevivido tentando tanto a la suerte. Podría existir, no obstante, cierta idealización de los recuerdos de juventud del autor, en sus memorias, en consonancia también con su carácter algo egocéntrico. Cuesta imaginar que un chico tan joven fuera capaz de manejarse con ese aplomo y osadía en situaciones tan complicadas y que saliera siempre airoso.
Ambientación
Se dice que la necesidad agudiza el ingenio y la escasez de presupuesto, vista como un hándicap, acabó por convertirse en un rasgo idiosincrásico de la identidad artística y conceptual de la película.
Gran parte de los escenarios de la película son interiores (el piso de Cioma, el restaurante, la peluquería, la fábrica, el despacho del abogado, el cuarto de Gerda…), algo que, a la directora, al principio, no le convencía del todo.
Rodar en escenarios interiores es menos costoso, pero en este caso, además, resulta de lo más pertinente dada la situación de encerramiento físico y emocional en el que viven los personajes. Ocultos en pisos, sótanos, buhardillas. Sin encender la luz, con las ventanas cerradas, sin hacer ruido… para no ser descubiertos, para no ser denunciados. Lo habitual era vivir así. Había que procurar moverse solo de noche o en la oscuridad para no llamar la atención. Salir a la calle era muy peligroso. Cualquier forma de exposición pública lo era.
La iluminación oscura y cálida es otro de los rasgos estéticos metafóricos que caracterizan la intimidad, la solidaridad, la calidez de las relaciones entre las «víctimas», por oposición a la oscuridad «fría» de los espacios frecuentados por los «verdugos».
Los espacios exteriores son también fríos y brumosos. Cioma, que no se conforma con la clandestinidad y no tiene miedo a exponerse, se desenvuelve bien en ambos.
Homenaje
Después de ese final esperanzador y ese tono ligero de la narración se nos recuerda que lo que hemos visto, a pesar de todo, es un drama. Fue un drama que no debemos olvidar.
Los textos que anteceden a los créditos nos cuentan el futuro de los distintos personajes que aparecen en la película. La mayoría sin la misma suerte que su protagonista. Personas reales cuya existencia está documentada, excepto Gerda a la que solo se conoce a través de las memorias de Cioma, aunque no hay razones para dudar de que fuera real. El resto son personajes con biografía: Det Kassriel, su amigo del alma; Ludwig Lichtwitz, su compañero en el taller de falsificación. Algunos, incluso, de cierta notoriedad como el abogado Franz Kaufmann o la activista alemana Helene Jacobs.
La película funciona como homenaje a una forma diferente de encarar y combatir la barbarie, desde la acción sin dramatismo, con inteligencia, con el desenfado de la juventud y la seguridad en uno mismo. Peren nos presenta a un personaje luminoso, empático y optimista inmerso en una realidad cotidiana oscura y extrapolable. Un rebelde idealizado con causa que, por momentos, no es consciente de cuánto.
Escribe Leo Guzmán | Imágenes Ver Cine