Acción mutante (1992), de Álex de la Iglesia

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El cine como subversión

accion-mutante-0Durante los 80, la creatividad comprimida durante la dictadura emergió con un conjunto de grandes directores que poblaron de excelentes películas el ámbito del cine español.  Realizadores consagrados como Berlanga (La vaquilla), Mario Camus (Los santos inocentes), Víctor Erice (El Sur) y Fernando Fernán Gómez (El viaje a ninguna parte) compartieron éxito y prestigio con los más jóvenes y noveles, como Pedro Almodóvar (Qué he hecho yo para merecer esto), José Luis Cuerda (El bosque animado, Amanece que no es poco) y José Luis Garci (El crack).

En este contexto, el estreno de Acción Mutante en 1993, el primer largometraje de Álex de la Iglesia en el panorama cinematográfico español, fue un bombazo que conmovió los cimientos de lo que se entendía por cine serio e independiente de los resultados de taquilla. La polémica estaba servida.

El primer plano del rostro de un hombre aterrorizado y amordazado con una naranja en la boca, mientras se superponen los títulos de crédito, anuncia ya una nueva forma de hacer cine que remite a la violencia salvaje de la película que parodia. Acción, terror, disparate, absurdo, humor negro y esperpento, son calificativos que se ajustan a la intención de Álex de la Iglesia y su propuesta cinematográfica, que ya se había evidenciado en el corto Mirindas asesinas (1991). También en Piratas del espacio, el proyecto que sedujo a los hermanos Almodóvar y su productora El Deseo y a la francesa Ciby 2000, que había financiado filmes de Lynch, Altman y el propio Almodóvar.

Piratas del espacio, con guión de Álex de la Iglesia y su colaborador habitual Jorge Guerricaechevarría, era un corto inspirado en El quinteto de la muerte (Álexander Mackendrick, 1955) y Atraco a las tres (José Mª Forqué, 1962). La sinopsis, propia de un psicothriller surrealista, apunta a lo que Jordi Sánchez Navarro llama «estética y cine postmodernos» (1): «Bilbao, año 2012. Una extraña banda terrorista llamada Acción Mutante siembra el terror en el país. Está formada por seres deformes que pretenden vengarse de los ricos y guapos».

La película fue el pistoletazo de salida para poner en práctica una propuesta que rechaza la crítica convencional y aglutina elementos de la llamada cultura popular o «industria cultural», que diría Adorno, y que está vinculada a la transformación de los media como empresas privadas. Se trata de un nuevo modo de representar la realidad donde importa la audiencia y la recepción dentro de un sistema capitalista acelerado en el que, paradoja etimológica, el ocio es negocio. Tintin, Star Wars, anime, cómic, música pop, Bruguera, Hitchcock… todo cabe en el imaginario del cine de los 90.

Se trata de un contexto sociológico donde la evasión y el exceso se convierten en necesidades de mercado y el objetivo del cine en general y de la ciencia-ficción en particular es emocionar al público, logro que Tiburón, Star Wars, Alien y Encuentros en la tercera fase ya habían alcanzado en la década anterior. Este cine se nutre de géneros, temas y contenidos ya existentes, devorándolos como una máquina insaciable cuyo objetivo es jugar con ellos y doblegarlos para construir un cine que sea acción y tensión inquietante y perturbadora, dirigidas a un público que vibre y se sobresalte

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La película y su receta

Este cine «reciclado» puede contener, sin embargo, una doble codificación: la destinada al consumo inmediato y la dirigida al espectador-lector, dispuesto a desentrañar los mensajes velados, como es el caso de Álex de la iglesia.

Como afirma en las entrevistas recogidas en el libro de Marcos Ordóñez (2), las bases del futuro proyecto del joven director de veinticinco años, tras Mirindas asesinas, debían cumplir tres requisitos: hacer películas que evitaran la guerra civil, no adaptar una novela de prestigio y no recrear traumas infantiles. Álex de la Iglesia manifiesta que «quería hacer una comedia salvaje de humor negro, muy sangrienta, con dosis de violencia, excéntrica, pero con un look entre enloquecido y roñoso, más cercano a Rufufú que a Blade Runner. Entre Hard Boiled de Frank Miller y una película de Toni Leblanc».

La conciencia de estar entrando en territorios nuevos dentro del cine español se refleja en la arenga que Ramón Yarritu, el líder de la banda, encarnado por Antonio Resines, lanza a sus discapacitados miembros: «Todo el mundo es tonto o moderno. Somos mutantes. Ni pijos de playa ni maricones de diseño. Ahora vamos a enseñarles a esos desgraciados lo que es terrorismo».  

Y, a continuación, irrumpen en la boda de la hija del multimillonario magnate (Fernando Guillén) sembrando el terror y el caos entre un público asistente vestido con claras referencias al cine de Almodóvar, mientras el propio Álex de la Iglesia preside la boda, vestido de cura y con una lata de cine como aureola. Mientras tanto, uno de los infradotados terroristas sale de la tarta de bodas como en las revistas satíricas americanas de los 70, en las portadas de Playboy y en el cumpleaños de Con faldas y a lo loco.

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El gusto por la cultura pop y las referencias al cine clásico se combinan en un argumento que se desarrolla en un crescendo rítmico y desmadrado que emula, desde la hipérbole más excesiva, a Tarde de perros, de Sidney Lumet (1975), director muy admirado por Álex de la Iglesia, junto con Hitchcock, Buñuel y otros. Pero la emulación es meramente temática porque es en el aspecto formal donde la película deriva hacia lo esperpéntico y salvaje mediante la acumulación de episodios sangrientos y disparatados que conducen la historia hacia un final apocalíptico.

El ritmo, tras el arranque ultrarrápido de la primera parte, decae en la segunda debido, como reconoce su director, a un guión insuficientemente contrastado, a no descartar o limpiar lo innecesario y a incluir demasiadas historias y contenido. Tal miscelánea sería inaguantable para el espectador si no fuera por la perspectiva y distancia que proporciona un humor sobradamente negro, donde hay de todo. Desde la irrupción de la tele y sus informativos, conducidos por Jaime Blanch en su papel de presentador, hasta las pistolas y fusiles estilo Hard Boiled, los tebeos Pumby y la psicología barata de la secuestrada y abducida novia (Frédérique Feder) que, ¡casualidad!, se llama Patricia Orujo (alusión a Hearst y a Irujo), y además padece síndrome de Estocolmo.

Tras este abigarrado argumento y su agresivo lenguaje se vislumbran la crítica social y la denuncia de la injusticia que padecen los numerosos pobres y feos del país frente a unos pocos guapos y ricos. El alegato, enmascarado de comedia sangrienta y enloquecida, alude oblicuamente a la banda terrorista ETA, degradada a unos miembros con graves carencias físicas y, sobre todo, intelectuales. Lo que, si se piensa bien, no es poco, si tenemos en cuenta aquellos trágicos tiempos.

Hay quien explica esta mezcla de ingredientes, demasiado extremada, como bisoñez del director ante su primer largometraje. Su producción posterior documenta una evolución en contenidos y lenguajes que le llevaría a conquistar un lugar propio en el mundo del cine. En cambio, hay que reconocer la excelente dirección de actores, con un talento especial para articular grupos de veteranos con otros más jóvenes como Álex Angulo, Santiago Segura y Karra Elejalde.

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Acción mutante se estrenó el 3 de febrero de 1993, tras dos años de rodaje y un presupuesto de 1,5 millones de euros. Tuvo una recepción entre tibia y mala que dividió a los críticos sénior de los más jóvenes. Los primeros la calificaron de parodia bufa con humor enfermizo y sadismo gratuito. Los segundos, entre los que se encontraban Nuria Vidal (El observador) y Edmund Roch (Guía del Ocio), afirmaron que era «un film excepcional y a contracorriente, con un lenguaje compartido entre Hard Boiled y las Hermanas Gilda», juicios que coincidían con el objetivo e intención del director.

Sin embargo, la película obtuvo tres Goya y el premio al mejor guión y película en el Festival de Cine fantástico de Montreal. Fue mejor la acogida internacional, propiciada por un público juvenil y entusiasta, que explica su éxito en los festivales de Helsinki, Seattle y Los Angeles. Especial atención recibió en Londres donde se estrenó simultáneamente en cuatro cines del West End con una lujosa cartelería y cuidada edición.

Los exteriores se rodaron en el desierto de Bárdenas Reales para representar el planeta Axturias, y los interiores se distribuyeron entre Metalquímica (Bilbao) y una planta industrial de Getafe donde se reprodujeron el interior de la nave espacial con su particular Alien, y la taberna Mina Perdida donde finaliza la película.

Acción mutante es tanto el fin como el comienzo de algo, que no es otra cosa que una concepción del cine como subversión que se opone al sistema. Álex de la Iglesia es percibido como intermediario entre la industria y las expectativas de los espectadores, y además como una figura implícita en el relato que tiene mucho que contar.

Escribe Gloria Benito

Notas

(1) Freaks en acción. Álex de la Iglesia o el cine como fuga. Jordi Sánchez Navarro. Calamar ediciones, 2005, Madrid.

(2) La bestia anda suelta. Álex de la Iglesia lo cuenta todo. Marcos Ordóñez. Biblioteca del Doctor Vértigo, 1997.

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