Suzume (3)

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Recogiendo el testigo

Suzume, de Makoto Shinkai

Suzume es una deliciosa película sobre la memoria, la tragedia, la tradición y el amor. Makoto Shinkai ya había mostrado su capacidad para crear clásicos instantáneos cuando arrasó las taquillas de Japón –y de medio mundo– con su ya inmortal Your name. Pero Shinkai es también autor de películas de gran calidad, como El tiempo contigo, Cinco centímetros por segundo o Viaje a Agartha, así que no puede decirse que sea un desconocido o un recién llegado, ni que la calidad de su cine nos coja por sorpresa.

Suzume es también una película que nos habla de recoger testigos, de continuar con el trabajo de las antiguas generaciones… y esto no hace referencia solo al área temática del filme. Shinkai es, con permiso de Mamoru Hosoda, el llamado a ocupar el lugar del insustituible jubilado Hayao Miyazaki o el fallecido Isao Takahata, y no ha tenido reparos en postularse de un modo no sé si discreto, pero sí elegante: desde sus propias referencias cinematográficas.

Así, la ciudad donde se desarrollan los hechos de Suzume se llama Miyazaki; las puertas que atraviesan los protagonistas Suzume y Sōta recuerdan a las de El castillo ambulante; los trayectos en tren a El viaje de Chihiro o Susurros del corazón, y los gatos… bueno, los gatos son una referencia constante en Shinkai.

Y es que, como ya se ha dicho en alguna ocasión –aparte de los gatos–, los motivos principales del cine de Shinkai son la dicotomía entre campo y ciudad en el Japón contemporáneo, la simbiosis entre la tradición y las nuevas tecnologías, la dualidad de mundos que, separados por puertas, se ponen en contacto en ocasiones especiales, el diálogo existencial entre abuelos y nietos y el conflicto generacional entre padres e hijos, todo siempre bajo la amenaza existencial de una gran catástrofe.

Suzume cumple con todas y cada una de estas características y, si bien no raya a la altura inconmensurable de Your name, es capaz de sorprendernos todavía con detalles inesperados. Así, nos encontramos al final de la película con personajes que no son quienes creíamos que eran o que sencillamente no eran lo que parecían, o eventos cuya naturaleza se sugiere pero que no se muestra hasta el momento justo y de la forma más inesperada: cuando averiguamos la causa de la desaparición de la madre de Suzume y el suceso que le dio lugar, con una simple fecha reflejada en un diario –una fecha que guarda simetrías terribles entre España y Japón–, súbitamente se nos hace la luz para muchos misterios.

Cualquiera con un mínimo de sensibilidad o empatía puede imaginar el impacto que tal revelación puede tener en el alma japonesa; no hace falta mucho más para valorar el ingenio y la delicadeza con que el autor ha querido homenajear a su doliente pueblo con ese sencillo recurso. Porque Suzume es sobre todo una loa a Japón y a sus gentes, a su capacidad de sobreponerse al desastre con entereza y determinación, y a las redes solidarias que para lograr todo esto se han ido construyendo a lo largo de las décadas, desde su derrota en la guerra hasta la gran tragedia de 2011.

Pero es que Shinkai ha sabido además recurrir al imaginario colectivo para dotar de magia a su obra, reinterpretando para la gran pantalla una vieja tradición que cuenta cómo Japón se sostiene sobre Namazu, un colosal siluro que habita en las profundidades de la tierra.

El mito cuenta cómo Namazu tiene sobre su cabeza a Kashima, quien lo sujeta con su piedra angular (kanameishi). Mientras Kashima se encuentra sobre el pez gato, todo va bien, pero si descuida su vigilancia, Namazu se libera y provoca los tan característicos –y frecuentes– terremotos de las islas niponas.

En Suzume el vector sísmico es una especie de gusano (muy semejante por sus filamentos al siluro, por cierto) que emerge a través de unas puertas custodiadas por piedras angulares que otrora fueron gatos –algo que parece no dejar de señalar una relación con el siluro, pero también el amor de Shinkai por los felinos–, y que deben mantenerse cerradas por guardianes humanos.

Shinkai es el llamado a ocupar el lugar del insustituible jubilado Hayao Miyazaki o el fallecido Isao Takahata

La función de centinela se va transmitiendo de generación en generación y, en este caso, como ya se ha sugerido y como sucedía en Your name, de abuelos a nietos. La película aprovecha para situar esas puertas generalmente en lugares abandonados o desatendidos, en lo que parece una llamada de atención de Shinkai a las nuevas generaciones: el olvido no debe sepultar nuestras tradiciones, cuyas enseñanzas son intemporales. 

Shinkai parece tenerlo casi todo para ocupar el inmenso vacío creativo que deja Miyazaki: talento visual y una fructífera imaginación narrativa. Buen ejemplo de ello es esta especie de road movie que –como en El viaje de Chihiro– muestra el camino hacia la madurez mediante el esfuerzo y la asunción de responsabilidades, pero, sobre todo, gracias al descubrimiento de la solidaridad territorial y generacional. El japonés sabe cómo cautivar a su público, bien mediante referencias compartidas, bien por la sobrecogedora belleza de sus imágenes que trascienden patrones culturales y generacionales.

Pero, en este sentido, no podemos dejar de señalar que Shinkai sigue siendo hijo de su tiempo y que la generación de jóvenes para la que escribe ya no se deleita tanto con las sugerentes bandas sonoras de Hisaishi como con la frívola inmediatez de tik tok o la ligereza temática del J-Pop. La seria solemnidad de Miyazaki o Takahata queda lejos de su alcance, quizá porque Shinkai se ha criado no solo con Mononoke y Kaguya, sino también con Candy Candy y Naruto. Eso explica que alguno de los momentos dramáticos menos logrados de Suzume sean los de las veleidades amorosas de los secundarios o los ocasionalmente fallidos comic reliefs que no acaban de casar bien con una historia que –se supone– tiene más de tragedia que de comedia.

Con todo, esos pequeños defectos que un espectador maduro pueda encontrar no estropean un conjunto que es una delicia para los sentidos. Quizá Shinkai ha querido crear su obra al gusto del actual público japonés y nosotros, pobres gaijin de generaciones pasadas, simplemente no somos capaces de comprenderlo en su totalidad.

Poco importa, porque lo que de universal tienen obras como Your name o Suzume, trasciende todas las particularidades epocales y culturales.

El abuelo Hayao parece que ha sabido transmitir esto perfectamente a su «nieto» Makoto.

Escribe Ángel Vallejo | Fotos Sony Pictures España