XXIX Mostra de Valencia, Cinema del Mediterrani (3): 15 de octubre

Published on:

Amanece, que no es poco
Escribe Adolfo Bellido López

v07-cartelmostreta.jpgOtra Mostra de cine ya celebramos en la ciudad de Valencia, y con esta van veintinueve. Y siempre, o al menos desde hace varios años, la Mostra anda como puede: unas veces entonada, otras encorvada y la más de las veces se mueve a patita coja…

Aquellos primeros años en los que se hacían buenos ciclos, grandes homenajes y venían los directores y actores que tenían que venir, parece que han pasado a la historia. Se puede recordar, de entonces, a Giuletta Massina presentado alguna de las películas de su marido, el maestro Fellini, o el amplio ciclo de cine yugoslavo, o aquel otro dedicado al neorrealismo italiano…

Ahora, nos tenemos que conformar con pequeños (y disparatados) ciclos donde lo mismo tienen cabida películas hechas en Valencia, filmes realizador por mujeres, muestrario de títulos discutiblemente fantásticas, relación de recientes películas francesas… Un cajón de sastre donde abundan títulos y más títulos.

Este año se presentan más de ciento cincuenta repartidos entre siete salas (seis en el mismo grupo de cine, ABC Park, y la otra, algo alejada de ellas, en el Instituto Francés). Un número con características mágicas al que los responsables de este año parece se han apuntado (el siete se repite continuamente en el lote de películas de varios ciclos) para ver si así terminan expulsado los malos espíritus.

Si los pequeños que en la mañana del primer día de certamen acuden a la Mostreta, apartado infantil (sección que actualmente tienen casi todos los festivales de cine), son los espectadores de mañana de la Mostra y del cine, el futuro está asegurado. La primera mañana de la Mostra suena a un canto angelicalmente heterogéneo, en el que se mezclan risas, gorjeos, gritos de niños y voces fuertes de los profesores que se agolpan a la puerta de los cines donde van a tener lugar las sesiones para una gran cantidad de centros educativos de Valencia (y eso día tras día, durante todo el certamen).

La Mostreta garantiza un gran número de espectadores para las estadísticas finales del certamen. Además, los títulos anunciados garantizan que los pequeños disfruten en el cine: Nocturna, una aventura mágica; Pérez, el ratoncito de tus sueños, La brújula dorada y Mr. Magorium y su tienda mágica.

Autobuses en hilera descargan a los pequeños viajeros, inmensas colas en sostenido orden para entrar en una u otra sala (“pero ¿a cuál nos toca, a las de arriba o a las de abajo?”, dice un profesor). El centro de Valencia sufre una invasión de gente muy pequeña ante el asombro de los trabajadores o madrugadores compradores de la zona (son las tempranas nueve y media de la mañana) cuando aún los grandes comercios no han abierto sus puertas. E, insisto, el orden es casi intachable. Cosa que, naturalmente, no ocurre a la salida. Entonces ya la invasión ha dado paso al ejército de Pancho Villa o a la transformación en agitados gremlins.

v20-nocturna.jpg v21-perez.jpg 

Y entre toda aquella muchedumbre infantil en una sala pequeña a lo largo de la mañana, el madrugador jurado y unos cuantos representantes de la prensa acreditada nos reunimos para ver (diariamente) dos películas de la sección oficial.

Entre los miembros del jurado veo a su presidente, Fernando Méndez Leite, director (y crítico) de muchas cosas (y de diversas publicaciones) a lo largo de sus años de dedicación al cine: realizador de películas (como la muy interesante El hombre de moda), programas de televisión, de cinematografía… y hoy responsable en jefe de la Escuela (Oficial) de Cine de Madrid, heredera de las míticas I.I.E.C y E.O.C.

Le saludo. Creía que, después de tantos años, no se acordaría de mí, pero compruebo que incluso tiene más memoria que yo. Me habla de su presencia en sitios en los que no le hubiese ubicado: las largas tertulias nocturnas que un grupo de críticos, sobre todo pertenecientes a la revista Cinestudio, mantuvimos en los años sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, en la terraza acristalada de un hotel en Valladolid al terminar diariamente las sesiones del festival de Cine de Valladolid, la Seminci, denominada entonces como Semana Internacional de Cine de Valores Religiosos y Humanos (o algo así). Le comprometo para una entrevista. Para que nos cuente cosas del ayer y del hoy del cine, de la crítica y de los nuevos (y prometedores) realizadores de nuestro cine. Nos volveremos a ver a diario.

Y ya, dispuesto a cumplir con nuestro tempranero trabajo crítico, nos adentramos en la pequeña sala donde tendremos que asistir a todas las sesiones de la sección oficial.


v14-pravo_cudo.jpg

Pravo Cudo (Milagro verdadero)
Sección oficial
Escribe Adolfo Bellido

Ha sido dirigida por el realizador Lukas Nola (Zagreb, 1964), que ha realizado otras tres películas al tiempo que también ha dirigido varias más para televisión.

La película vendría a ser como Elmer Gantry (Richard Brooks, 1960) en fa menor o en menor medida Renacer (Bigas Luna, 1981). Una historia de falsos predicadores que tratan con sus patrañas crear fortunas (o pequeños imperios) fabulosas. Filme que pretende enfrentar además a la voracidad sexual (representada por el falso “gurú”), el amor (se supone) verdadero (dado por el hijo del “gurú”). Pero ni los personajes tienen entidad, ni la película va más allá de mostrar inconexamente (y sin saber muy bien hacia dónde se encaminan) personajes e historias.

Un pretencioso y gratuito comienzo nos presenta en un portentoso plano secuencia al padre e hijo. Parece una secuencia más propia de Scorsese, de su forma de realizar, que de un planteamiento original: un largo travelling que va desde la llegada de unos personajes a una fiesta, recorriendo por pasillos y pasillos, hasta  conectar con los dos protagonistas (padre e hijo), ambos camareros en el hotel. Un plano sin demasiada razón dentro de la historia. Una secuencia, por otra parte, que concluye mostrando los curiosos poderes del gurú (“resucita” a un magnate asistente a la fiesta) enfrentado a los temores (¿o quizás poderes ocultos?) del hijo. Tal momento sobre todo muestra tanto el extraño poder del padre como su obsesión por el sexo.

El centro y eje del filme es la marcha a una isla, llamados por los mafiosos locales para crear un lucrativo negocio sobre “el amor divino y eterno”, que da pie para hacer una alusión al gurú hindú Sai Baba. Los falsos rituales van creando una especie de seguidores, capaces ellas de entregarse en cuerpo y alma al lujurioso protagonista. Personajes enigmáticos, como la panadera condenada al silencio de los demás por… los numerosos hijos que tiene debido a la… amplitud de su amor y a cuyo pies cae rendido de amor el hijo, sirven para alargar y alargar la historia.

Por su parte, la realización entremezcla la foto oscura (el padre y sus negocios) con otra tipo postal referida al canto de la naturaleza y al verdadero amor. Unos momentos (canción incluida) típicos del más relamido video clip, por la forma en que están filmados.

Como es normal, al final todo se precipita y el negocio se viene abajo. El padre, apaleado, decide irse a Turquía, y dispuesto si es necesario a hacerse musulmán para seguir con sus lucrativos negocios. Para perseverar su integridad moral, el hijo decide abandonar al padre (enfrentados padre e hijo en una escena prototípica de la lucha entre dos fuerzas poderosas). Desde el barco que les traslada al nuevo destino, de noche y en alta mar, se tira al agua. El padre grita. Su hijo, sin duda, se ha suicidado en esa huida del padre ya que no sabe nadar.

¿Final? No, queda la elipsis salvadora. Volvemos al pueblo, donde la madre de abundantes hijos naturales se encuentra en una fiesta, apenada… Pero, de pronto, ve allí aparecer a su amor perdido. “Te necesito”, dice ella. Él pone la misma cara de besugo que le ha acompañado durante toda la película. Es el momento cumbre, el conocimiento del verdadero amor. Por eso la pareja, encantada, se dispone a cuidar de la larga familia, que sin duda seguirá creciendo. Increíble, pero cierto.


v15-versalles.jpg

Versalles (Versalles)
Sección oficial
Escribe Adolfo Bellido

Peor (y por momentos insufrible) es la película francesa, Versalles de Pierre Schoeller (1961). Es su segunda película como realizador, aunque su trato con el mundo de la imagen es amplio. Ha escrito bastantes guiones, la mayoría con destino a televisión. Se trata de una historia de desplazados y de miseria que tiene lugar en gran parte al lado de los jardines versallescos, en los bosques colindantes, refugio de vagabundos.

Por si no queda clara la profundidad del título, su carácter denunciatorio, la película insiste en ello. Al lado del fastuoso Versalles vive gente en total pobreza. Y así el filme, sin progresar nunca, muestra la tragedia de un niño de cinco años, Enzo, y de su madre, hostigados por la vida. Hambrientos y vapuleados. Un niño gordito, guapetón, sonrosado, que desde luego no está en consonancia con el personaje famélico que quiere mostrársenos.

Cuando la ración de mísera angustia de la madre e hijo ya no da para más, entra en escena un conjunto de vagabundos de entre los cuales destacará Damien (interpretado por el recientemente fallecido Guillaume Depardieu). La relación entre los tres personajes conducirá a una especie de trato: el hombre se quedará con el niño mientras la mujer intenta incorporarse al mundo del trabajo para poder abandonar la vida de miseria.

La película sigue igual de reiterativa, sólo que ahora el dúo lo forman hombre y niño, pero ni por esas el niño (salvo que necesita un buen lavado) pierde sus mofletes. Cuando el filme nos ha lanzado otro conjunto de desgracias sin cuento, vuelve la película al personaje de la madre. Tiene trabajo. Ya, aunque aún con problemas, puede hacerse cargo del chico. Cuando acude al bosque su hijo y Damien ya no están allí. Lloros sin fin.

No termina ahí el filme, lo que viene es lo más (tristemente) divertido y ridículo de esta demencial historia. Damien enferma en el bosque. Pide ayuda. El niño, ni corto ni perezoso, acude a… el palacio de Versalles, donde entra como si tal cosa, para tirar de la manga de uno de los encargados del palacio que portan librea y (se supone) conducirle a Damien. Entonces se produce el milagro: la primera gran elipsis del filme. La película salta del plano del niño agarrando “una manga” a Damien saliendo curado del hospital.  A la puerta de entrada del hospital (sí, leen bien, a la puerta) espera Enzo. O sea que nadie se ha preocupado de llevar a tal niño a los servicios sociales. ¡Pero cómo está de mal la Francia de Sarkozy!

¿Fín? No que va. Damien cree que el niño necesita otra vida. Busca una habitación en una casa y se pone a trabajar. En la casa habita un matrimonio sin niños. ¿Se imaginan el inteligente e inesperado giro del guión? Pues sí, la película camina por ahí mismo: el solitario matrimonio se encariña con el niño. Y obviando otras aventuras, digamos que el niño va (y descubre) lo bonito que es ir con otros niños al colegio. De no creérselo, pero sí, así se muestra la idea de “la integración del niño”. Lean: en el jardín de la casa donde viven alquilados Damien y Enzo (ahora bien vestido, peinado, con sus mofletes que parecen explotar), éste descubre una pelota. Se acerca a ella y poco a poco empieza a darle impulsos hasta que termina jugando con el balón. ¿Lo han entendido? Por si no queda claro, sale Damien con su mochila. Sin duda, se marcha. El niño le acompaña hasta la puerta del jardín, pero… se queda. ¿Se va a ir a la mala vida cuando ha descubierto la buena? ¿Es ese el bonito final?

No, aún puede ser peor. Versalles, así, va a ofrecernos en los minutos finales (los que siguen a la escena de la pelotita) una de las más absurdas, convencionales y socorridas elipsis que el cine ha dado en los últimos tiempos.

Han pasado unos diez años. Enzo está integrado en la familia. Es un jovencito al estilo moderno. La familia “unida” se encuentra en el comedor familiar. De pronto la mujer (o el hombre, igual da) entrega una carta a Enzo, diciéndole que se la envía su verdadera madre (como lo oyen, se asegura que es la carta de la madre del niño). ¿Cómo explicar tal hecho? Da igual, el espectador debe ser lo suficientemente inteligente para crear toda la historia (triste) de la madre hasta llegar a ese (increíble) hallazgo. Estoy seguro que el propio Godard (si tiene la desdicha de ver este filme) quedará impresionado ante tal ruptura fílmica. Un hallazgo, sí señor… Pero, tranquilos, aún no ha terminado la cosa. Queda el remate: el abrazo en la calle (en la noche) entre la madre (que le espera en un  coche) y el niño.

No sé si tal ridículo final busca la empatía de sentimientos con el espectador. Lo dudo. Resulta tan forzado como la inaguantable historia crítica sobre la pobreza y el desarraigo reflejada en la grandiosidad borbónica. Repetitiva y tópica. A ratos insoportable. Pobre cine francés actual que sólo parece levantar medianamente la cabeza con algunos pocos títulos de cierto interés, como Hace mucho que te quiero. De aquellas grandes ideas impulsadas por la Nouvelle vague ya no queda casi nada. Una pena.

Esperemos que la sección oficial remonte. De momento impera el silencio.


v16-falsa_loura.jpg

Falsa Loura (Rubia teñida)
Sección informativa
Escribe Luis Tormo
 
Carlos Reichenbach es un veterano director brasileño (que también ha trabajado como director de fotografía y actor en diferentes filmes). Empezó a dirigir en 1971 y Falsa Loura (2007) es su decimotercera obra. Encuadrado en el cine independiente, con bajos presupuestos, su obra permanece desconocida en Europa (más allá de presentaciones en festivales o promociones del cine brasileño) e incluso el realizador habla de la dificultad de estrenar sus películas en el propio Brasil.

Falsa loura, su último trabajo por el momento, nos muestra un modo de entender el cine muy personal, pues partiendo de una temática y una realidad social donde muestra la imagen de esas ciudades, con extrarradios formados por barrios pobres, con gente trabajadora y que nos es conocida por el poco cine brasileño que llega a nuestras pantallas, se desmarca para ofrecer un trabajo que hay que entenderlo como una ensoñación o representación casi onírica de la realidad.

En las primeras imágenes tenemos la descripción de una joven trabajadora de una fábrica, que destaca por su belleza (la actriz Rosanne Mulholland), lo que le supone ventajas e inconvenientes, aunque que cuando llega a su casa tiene la misma situación de pobreza y desarraigo que el resto de sus compañeras. En esta parte está claro cómo se juega con la imagen atractiva de la mujer (y que intenta reproducir en su compañera de trabajo) y donde la protagonista utiliza esa imagen para conseguir llegar a ser algo más en la vida. Pero rápidamente esa descripción apegada a la vida cotidiana cambia para introducir elementos irreales, como son las relaciones que entabla con los dos cantantes: la conquista del primero en la discoteca, bajo unas luces verdes que revelan esa especie de ensoñación o el viaje a la hacienda con el segundo amante y su hijo.

Se produce entonces una mezcla de imágenes que le sirva al director brasileño para confeccionar un puzzle donde utiliza las canciones para crear una especie de vídeo clips (en la discoteca, en el hotel) y donde se refuerza la idea de que bajo esa fachada ideal existe la verdadera realidad que, obviamente, es otra peor. La protagonista sufrirá las consecuencias de intentar vivir un sueño y terminará sabiendo que debe volver a la fábrica.

El problema del filme es que tal eclecticismo de imágenes aporta cierta confusión a la narración, dejando personajes y situaciones en el camino, que se apuntan pero que no se desarrollan (el padre, el hermano, la compañera de trabajo).

No obstante, el filme es interesante de ver, siempre que entremos en el juego que propone el director, y está lleno de homenajes al cine (la escena del vestuario de Pretty woman, el mundo de la discoteca como evasión recuerda a Fiebre del sábado noche e incluso se permite repetir la escena del tren y el túnel de Con la muerte en los talones, pero aquí con un autobús).


v17-eden.jpg

Eden (Edén)
Sección informativa
Escribe Gloria Benito

En una Mostra bastante deshabitada –mucho espacio para pocos espectadores– me dispongo a ver Edén, una producción irlandesa dirigida por Declan Recks basada en la obra teatral del mismo título.

Tras varios ajustes del formato de la proyección y algo de retraso, nos encontramos ante un filme que narra las inmaduras e infantiloides angustias de un hombre que sufre la crisis de los cuarenta.

Con un punto de vista distanciado de los conflictos de los personajes, el director muestra de forma morosa y muy descriptiva los sentimientos de frustración de Billy y Breda, representantes de un matrimonio de clase media, sin otras aspiraciones que una vida confortable y sin complicaciones. Son la gente corriente, con una percepción de sus problemas absolutamente superficial, sin lugar para la reflexión de las causas de sus conflictos. La crisis se resolverá de una forma vulgar, que se corresponde con el carácter antiheroico de los personajes, por la saturación emocional de los impulsos, las fantasías sexuales y el deseo reprimido.

En el filme se perciben las huellas de su origen teatral en la parquedad de los diálogos y en el lento movimiento de la cámara, que se detiene demasiado en los objetos y abusa del primer plano para mostrar los intrascendentes sentimientos de una generación bastante X.

Nos preguntamos qué intención esconde la elección de esta historia. ¿Mostrar la vida tal como parece ser? Inmadurez, caos, frustración y superficialidad bajo la mirada fría del director, que deja constancia documental de la insulsez de un mundo incapaz de conocerse.

La soledad, la incomunicación y los problemas de pareja son evidentes, pero el tratamiento pretendidamente existencial de estos temas parece un poco trillado. Los personajes se aburren en su trivialidad, y el espectador también.


v19-por_un_momento_libertad.jpg

Ein Augenlick, Freiheit (Por un momento, la libertad)
Sección informativa
Escribe Gloria Benito

Eig Augenlick, freiheit (Por un momento, la libertad), una producción franco-austriaca dirigida por el iraní Arash T. Riahi, aprovecha la experiencia en el documental y en la televisión del realizador, para ofrecernos un relato de refugiados iraníes y kurdos que se exilian de sus países buscando la libertad.

En un tono irónico lleno de humor y ternura, el filme muestra las vicisitudes de unos personajes que huyen del fanatismo religioso o de la persecución política, en un viaje que atraviesa las montañas asiáticas y se detiene en Ankara, donde todos luchan por conseguir los visados que les llevarán a Austria o a Alemania, supuestos paraísos de democracia y libertad.

Se trata de varias historias inspiradas en hechos reales, en las que la dureza del viaje, la frustración de la larga espera y la angustia del hambre o la falta de recursos, se combinan con la  percepción de los pequeños instantes de felicidad y la esperanza de un mundo mejor.

El contraste entre el dolor de los adultos por el pasado que abandonan, y las risas de los niños que viven el viaje como una aventura  presente sin conciencia de futuro, confiere a la narración la necesaria verosimilitud en la que lo trágico se mezcla con lo cómico. Una película que hace reír, sentir y pensar.

v18-mendez_leite.jpg