Apuntes sobre la enfermedad mental

El tema Hospitales psiquiátricos es de una complejidad e interés extremos. En estos centros permanecen (permanecían) por tiempo indefinido aquellos hombres y mujeres con enfermedades mentales. Este tipo de dolencias son muy complejas, afectan a la persona, a su ser en el mundo.
Voy a referirme a esta temática en el cine, pues, aunque es un capítulo difícil y ambicioso, versa sobre un apartado de la salud sobre el que tengo experiencia por mi profesión, en hospitales, departamentos y centros de día psiquiátricos.
Mi parecer es heideggeriano y creo que se puede decir que una persona con problemas psíquicos conecta su problemática con el dasein, expresión alemana que significa ser-ahí, aquí, allí. Heidegger lo expresa para comprender la existencia humana, ser en el mundo, ser uno mismo, es la conciencia que determina al ser a través de la continuidad en el tiempo y en el espacio, es la existencia de sí, es estar ahí. Pero ocurre que para el enfermo ese dasein está torpedeado en su línea de flotación.
La enfermedad psiquiátrica tiene causas variadas y puede involucrar factores biológicos, psicológicos y ambientales. Algunos de los factores biológicos son la genética, las condiciones de salud física, lesiones o infecciones cerebrales, el abuso de sustancias tóxicas y algunos cambios en la química cerebral.
Los factores psicológicos y ambientales incluyen el estrés, el duelo, el campo de los traumas, la educación, familias disfuncionales, la exposición social y circunstancias desfavorables como la pobreza, la violencia o la degradación del medio entorno.
Además, el trastorno psíquico se va gestando poco a poco, proceso que en ocasiones ha sabido vislumbrar el cine con una intensidad y un suspense supremo.
Repulsión (1965), de Roman Polanski
Película muy potente, con un guion que cuenta un drama anímico de insólita fuerza. La acción se desarrolla en Londres en 1964, durante 3 semanas. Narra la historia de Carol Ledoux (Catherine Deneuve), de 20 años, manicurista belga, que comparte apartamento en Londres con su hermana Elena (Yvonne Furneaux).
La reprimida y hermosa Carol comienza a experimentar sentimientos simultáneos y antagónicos de atracción-repulsa hacia los hombres. Es callada y retraída, y suele ensimismarse y mostrarse ajena a lo que ocurre alrededor suyo.
Trabaja en un salón de belleza, es guapa, rubia y de cara angelical. No presta atención al interés que por ella siente un apuesto y resuelto joven al cual incluso rechazará y algo peor, Colin (John Fraser). Le resulta insoportable la presencia de Michael (Ian Hendry), pareja de la hermana.
Elena y Michael se van de vacaciones a Italia y la dejan sola durante dos semanas. Es entonces cuando la soledad y el aislamiento la hacen revivir recuerdos pretéritos que la sumergen en un mundo de alucinaciones, angustia, terror y locura. Ya desde los primeros minutos aparecen calles agrietadas y no tardarán en aparecer esas grietas en las paredes de su apartamento.
O sea, narra el proceso que lleva a Carol a revivir su pasado, recuerdos incluso de relaciones incestuosas de cuando era una niña (hay una fotografía de ella mirando con ojos entre acusadores y odio a su padre), todo ello en un mar de confusiones y desvaríos que empujan en su interior, hasta provocar en ella tanta angustia que acabará lastrada mentalmente, arruinada su cordura.
Magistral la dirección de Polanski que consigue crear una cinta más que perturbadora, desasosegante, entre el terror y el sexo, la proximidad de la enfermedad mental y también la crueldad. Ello, con una joven, hermosa y sensacional Catherine Deneuve.
Una magnífica y acorde música del jazzista Chico Hamilton acompaña el drama con una partitura de solos de flauta, clave, contrabajo y piano, e inquietantes fanfarrias. Gran fotografía de Gilbert Taylor (B&N), de estética expresionista, que crea imágenes de gran belleza y también turbadoras.
Pocas películas hay que muestren de manera tan veraz y plausible el desgarramiento psíquico, la escisión y la deformación del mundo interno de la protagonista, que no es sino la visión deformada y enloquecida de una mente rabiosa que camina directa a la esquizofrenia.
Cargada de texturas (patatas echando raíces, un conejo pudriéndose en una fuente, la sangre que resbala viscosa por la oreja de la primera víctima), con estremecedores e inteligentísimos efectos de sonido (las campanadas del convento de clausura aledaño, el teléfono sonando, golpeo de puerta, goteo continuado y el perturbador tic-tac de los relojes del apartamento); y en ese asomar a la demencia las grietas que aparecen por la casa, de las que surgen manos repulsivas y lujuriosas de hombre; escenas de sexo entre reales e imaginadas; el corazón en el bolso, etc. El relato desgarrador de una muchacha camino a la locura.
Como apunta D’Espósito: «El resultado, más de medio siglo después de filmado, continúa siendo inquietante y tenso, sin ninguna concesión al descanso cómico o la tranquilidad de conciencia. Puede pensarse como un filme misántropo (Polanski siempre lo fue en parte) y como una experiencia rara en el cine: ir a lo más profundo de un personaje y transformar ese infierno en imágenes poderosas».
Filme escalofriante sobre cómo la psique de la protagonista sigue el curso de la fragmentación, el colapso y la esquizoidía, una muchacha con fallas estructurales de personalidad, traumas por abusos en la infancia y una disposición psicótica, que acaban convirtiendo a Carol en algo más que una enferma.

El estigma de la locura
La locura marca a las personas pues la sociedad, aun en la actualidad, sigue siendo prejuiciosa con este tipo de males. Por eso los hospitales psiquiátricos suelen suscitar temor. Prueba de ello es que durante siglos este tipo de establecimientos, además de su aspecto carcelario, eran construidos a las afueras de las ciudades, como si se tratara de lugares que albergaran apestados.
El estigma de la locura es un tema importante y afecta a las muchas personas que padecen enfermedades psicológicas. La estigmatización de la «locura» puede provocar discriminación en el trabajo, en la escuela y en los círculos o grupos sociales. Además, suele resultar difícil para las personas enfermas afrontar y padecer estos prejuicios que son por lo común fruto de la ignorancia. No quita para que tanto la familia, el entorno como el afectado puedan hacer algo para superarlos.
Los estereotipos sobre la locura varían según la cultura o las circunstancias. Entre los más comunes están la idea de que estos pacientes son peligrosos o violentos, que son incapaces para el trabajo, para vivir una vida normal, o que son «culpables» de su dolencia. Es obvio que estos prejuicios pueden dificultar su recuperación.
Además de esto, el loco que entra en una institución queda a merced de los médicos y psicólogos, que también son portadores de preconceptos y creencias no siempre óptimos para cumplir su función.
Por ello, el alta hospitalaria es siempre una cuestión que suscita dudas e interrogantes. Más de una vez he escuchado a un paciente en un psiquiátrico decir que se encuentra bien mientras algún compañero e incluso un médico o sanitario le ha señalado: «si estás aquí, por algo será».
El mero hecho de pisar un manicomio, ya te pone en interrogante. Como ocurre en la tremenda película de Scorsese, puede llegar un punto en que se pueda dudar de la propia cordura, del propio ser razonable y, por ende, de la capacidad para ser libre. De hecho, hay más gente de la que parece que tienen pavor a enloquecer o tienen la duda de si son o no cuerdos.
Este tipo de temor irracional y a veces grave es lo que Viktor Frankl, célebre psiquiatra y neurólogo austríaco, llamó en su momento «psicotofobia»; miedo irracional a padecer una psicosis, una locura.

Shutter Island (2010), de Martin Scorsese
Estamos en 1954, es verano y los agentes judiciales Teddy Daniels (Leo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo) han sido enviados a una alejada isla del puerto de Boston para investigar la desaparición de una asesina muy peligrosa (Emily Mortimer). La asesina estaba recluida en el hospital psiquiátrico Ashecliffe, centro penitenciario para delincuentes trastornados.
El centro es dirigido por el funesto doctor John Cawley (Ben Kingsley). No tardan en descubrir que en lugar hay muchos secretos y que la isla encubre algo más peligroso que los pobres trastornados. Este thriller psicológico está basado en la novela homónima de Dennis Lehane.
En la historia somos testigos de un hospital psiquiátrico desalentador y deprimente. Su director, con cara de absoluto loco aficionado a la taxidermia, inspira peligro. En realidad, todo inspira peligro.
Para más inri, la institución está en una isla, Shutter Island, y a todo ello unimos a un gran director, Martin Scorsese, como siempre, obsesionado por los temas mentales con un largo historial de psicópatas, paranoicos, esquizofrénicos o autodestructivos.
Película (y novela) que son vía directa a la confabulación y el suspense. Scorsese, a golpe de viento de supuestos flashbacks, de alucinaciones, de cambios de guion (tiene un libreto sorprendente de Laeta Kalogridis), de papeles, de género y hasta de intenciones, nos va llevando por el tortuoso camino de la locura institucional; o sea, del loco institucionalizado y de la institución enloquecedora. De hecho, el final deja al espectador absolutamente desconcertado.
Película brillante, excesiva y tramposa que contiene la magnífica interpretación de DiCaprio, tan llevado de los inciertos y azarosos acontecimientos, como el propio espectador. Acompañan actores de fuste como Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Emily Mortimer, Michelle Williams y Max von Sydow, entre otros.
Estamos ante una mezcla de terror gótico y un terrible drama a medias desvelado que resulta brutal. Porque sea la manera en que uno quiera entender, maneras rotundas o contradictorias, todas son irrespirables.
La amargura de Scorsese en esta cinta revela el aciago destino del enfermo mental, marcado como tal nada más sea diagnosticado por un psiquiatra. Al punto de poner en duda al propio loco de su genuino estado.
En las instituciones antiguas el loco era estigmatizado y condenado de por vida a una reclusión de tortura, hambre, miseria y malos tratos. En el siglo XX fueron mejorando las cosas, pero el enfermo, considerado como demente, es, al igual que en este filme, objeto de vacilación y desconfianza suprema.
La película lleva igualmente a la pantalla medios de terapia enloquecedores, como determinados medicamentos del tipo neuroléptico. Estos fármacos precisan de correctores como el Akineton, que sirven para los síntomas extrapiramidales secundarios, que se caracterizan por movimientos involuntarios y lentos, debilidad muscular, temblor, excesiva producción de saliva y sudoración; todo ello originados por medicamentos del tipo Haloperidol y otros.
También está la amenaza sobre el protagonista de la lobotomía. Y, en fin, un panorama desolador, kafkiano y terrible.
Material explosivo e inquietante a partes iguales, dándole al espectador una serie de pistas para que vaya resolviendo, en paralelo a los protagonistas, el enigma que se oculta tras Shutter Island.
La secuencia en la que Edward y Chuck son transportados a la isla donde se encuentra la institución mental, abre lo que poco a poco va a ir convirtiéndose en una pesadilla. No nos preocupemos por no entender bien: los enfermos institucionalizados, tampoco entienden y siguen entre rejas.
DiCaprio es un veterano de la Segunda Guerra Mundial que participó en la liberación del campo de concentración de Dachau. Ha visto innumerables horrores y se ha enfrentado al mal en su más pura esencia, pero la mayor turbación la encuentra en su propio ser y en aquel lugar.
Esta obra kafkiana permite a Scorsese referir la alienación, como dice Quintana, «de ese hombre moderno surgido de la Ilustración, ese individuo atrapado en sus propios laberintos cuya existencia había desembocado en el horror de los campos de exterminio nazis».
Scorsese narra con maestría el afligido acorralamiento de este universo desasosegante, que nos ofrece sutiles pistas que indican que aquí nada es lo que parece. Esta historia nos hace bucear en la locura de un mundo en el que la pesadilla se mezcla con la realidad. Estamos al límite de la delgada frontera que separa la enfermedad de la cordura, el sueño de la vigilia.
Más información en la crítica de Shutter Island en el monográfico dedicado a Scorsese en Encadenados.

Enfermedad y Hospital psiquiátrico: principio de «homología»
Para ir dando forma a este artículo creo importante aclarar la idea de que los psiquiátricos, antaño manicomios, nunca debieron ser instituciones cerradas o cuasi cárceles.
Cuando una institución es absorbente, lo cual vemos en la práctica totalidad de películas al respecto (desde Nido de víboras, 1948, hasta Alguien voló sobre el nido del cuco, 1975), los enfermos (e incluso los que atienden), quedan muy determinados por el programa hospitalario, como que éste sentara una doctrina inamovible para ambas partes.
Recuerdo a propósito una cinta que habla de psiquiátricos, cárceles y iatrogenia.
Corredor sin retorno (1963), de Samuel Fuller
Una película impresionante sobre manicomios y la capacidad contagiosa de ese vértigo que confunde la realidad con el delirio, que hace equivaler al enfermo con el manicomio. Figura en sus títulos de crédito iniciales esta temible sentencia de un trágico griego: «A quien los dioses se empeñan en destruir, primero le vuelven loco».
Samuel Fuller dirige y escribe el libreto de esta película sobre un periodista joven y ambicioso, Johnny Barrett (Peter Breck), que pretende ganar el Premio Pulitzer utilizando un arriesgado plan: ingresar en un hospital psiquiátrico haciéndose pasar por loco, para investigar un crimen cometido en el centro.
Usa de la ayuda de un reconocido psiquiatra, el doctor Fong (Philip Ahn), quien junto a su novia Cathy (Constance Towers) consiguen engañar a los médicos para que lo internen con un diagnóstico de esquizofrenia y fetichismo mórbido (los diagnósticos de las pelis suelen ser más fantásticos que reales).
Dentro del hospital va poco a poco, y tras acontecimientos diversos, entrevistando e indagando a los tres testigos del asesinato, tres enfermos que conocen el secreto y la identidad del asesino.
Este filme de modesto presupuesto ganó en su momento la espiga de Oro en el Festival de Valladolid. Tiene su interés cinematográfico evidente con buena dirección, gran habilidad narrativa, libreto bien trabado y actores poco conocidos muy eficaces (un Breck intenso y expresivo).
Excelente la música de Paul Dunlap (incluye fragmentos orquestales que provocan desasosiego o canciones de internos desafinadas) y una fotografía fantástica de Stanley Cortez en blanco y negro, que construye una narración visual sobrecogedora de planos breves y rápidos, encuadres de detalle, ambientes asfixiantes, sombras, imágenes superpuestas —como la pequeña hada que, en el insomnio del periodista, es la imagen de su novia que le habla, le canta y le dice que lo echa de menos—, espacios angustiosos como el corredor del centro o la presencia de barrotes y rejas, todo lo cual alude a la reclusión y el desamparo en esa institución cerrada a cal y canto.
La película muestra muy bien el peligro de la denominada iatrogenia hospitalaria, referente a los daños no deseados en la salud (en este caso mental), causado como efecto secundario inevitable por agentes sanitarios, otros pacientes, la institucionalización o fruto de un acto médico legítimo teóricamente destinado a curar, pero que acaba provocando una nueva patología añadida.
Esta película muestra las incidencias de Johnny en el centro, en una sucesión delirante de hechos protagonizados por los internos y por el personal sanitario que acaban por sumirlo en la angustia, hiriendo su ser profundo y afectando a su funcionamiento mental. Ha sido sometido, entre otras, a sesiones de electroshock en una época en que aún se hacía este tipo de tratamiento para provocar amnesia o reducir la agresividad, y dosis elevadas de medicamentos.
Es decir, el manicomio cae a plomo sobre el pobre periodista, con su poder omnímodo, lo cual pone Johnny en el límite de su resistencia psíquica, provocando finalmente afasia y psicosis catatónica, a los que siguen otros cuadros.
La cinta explica mediante voz superpuesta los recuerdos, pensamientos, razonamientos, sueños y alucinaciones del protagonista. Propone también una seria reflexión sobre los límites del periodismo de investigación, la desmesura de cierta prensa sensacionalista y las prácticas inhumanas de algunos centros psiquiátricos. Muy bien retratado, pues, el ambiente del psiquiátrico. El descenso a los infiernos del protagonista resulta lento y angustioso para el espectador.
Ocurre porque los psiquiátricos nunca tuvieron que ser lugares de reclusión, sino uno más de los múltiples microsistemas en los que la persona funciona y se desenvuelve, vinculados a la familia, los lugares de esparcimiento, los clubes, la parroquia, etc. Con ello subrayo la importancia que para el enfermo tienen otros sistemas de influencia que pueden ejercer un efecto positivo sobre su bienestar y estado de ánimo.
La película muestra igualmente cómo tienen su importancia otras dimensiones ambientales más amplias vinculadas con los sistemas de creencias, las políticas oficiales, las clases sociales, grupos religiosos, etc. (algunos lo han llamado el macrosistema).
O sea, que cuanto más duradera es la estancia de una persona en un centro cerrado, los factores externos ceden su influencia en favor de los aspectos puramente institucionales. Los pacientes que conviven en un centro psiquiátrico de manera reglada en cuanto a comedores, zonas comunes, servicios en general, etc., sin poder salir, producen un escenario con procesos sociales característicos, que concluyen en más enfermedad.

Nido de víboras (1948), de Anatole Litvak
Esta película adapta la novela de El pozo de serpientes de la escritora Mary Jane Ward (The Snake Pit, 1946), parcialmente autobiográfica. El drama se desarrolla en Chicago, Nueva York y en el Juniper State Hospital of New York, en 1946-47. Virginia Stuart (Olivia de Havilland), escritora de novelas, tras casarse con Robert Cunningham (Mark Stevens), da muestras de enfermedad psíquica y es internada en los pabellones de mujeres de un centro psiquiátrico público, donde la atiende el doctor Mark Kik (Leo Genn).
Lo que ocurre es que, paradójicamente, el tratamiento al que es sometida con electroshock y fuertes medicaciones, lejos de sanar a la paciente, contribuye a agravar más aún su estado.
Es una cinta con guion de Frank Partos y Millen Brand que evidencia una vez más las consecuencias enfermizas de tratamientos con corrientes eléctricas o quirúrgicas que con el tiempo demostraron, no sólo su ineficacia, sino sus efectos nocivos e incluso desastrosos.
Destaca un reparto con Olivia de Havilland como protagonista sobresaliente, en un brillante trabajo, junto a un reparto muy bueno con figuras como Leo Genn, Mark Stevens, Celeste Holm o Glenn Langan.
Hay una descripción angustiante y realista de las condiciones en que viven las enfermas. Explica brevemente los métodos terapéuticos empleados en aquella época como reclusión, electroshock, hipnóticos para facilitar el recuerdo de traumas pasados y terapia oral médico-paciente.
Hay un impresionante añadido a la sala de las serpientes o nido de víboras, donde permanecen recluidos durante el día los enfermos mentales que se consideran incurables.
El filme es impactante y evidencia las importantes deficiencias de los centros psiquiátricos públicos norteamericanos, deficiencias extensibles a España y prácticamente todos los países del momento.
Hay una palmaria denuncia de la discriminación de la mujer enferma dentro del hospital, el hacinamiento, la falta de recursos a todo nivel y las aberraciones en el trato por parte de médicos y enfermeras, con castigos absurdos e improcedentes.
En estos entornos la curación o meramente la mejoría son de todo punto imposibles. Por eso hablaba de principio de homología: las circunstancias hospitalarias, si son improcedentes, equivalen con un empeoramiento de la salud y el bienestar de los internos y viceversa.

Madhouse (2004), de William Butler
Cunningham Hall, en su día una respetada clínica psiquiátrica, es ahora un lugar decadente, con un exceso de pacientes y escaso presupuesto. Un joven estudiante de medicina llamado Clark Stevens acepta entrar en el centro como médico interno para conseguir graduarse. No tardará en percatarse de que es parte de la plantilla de un manicomio.
Clark se preocupará casi desde el principio por las condiciones en que viven unos pacientes que padecen de horribles alucinaciones y tendencias suicidas. Pero empieza a cuestionarse también su propia cordura cuando ve la inquietante figura de un joven que parece querer advertirle de algo.
Menciono esta cinta por su relación con este apartado, sin embargo, su calidad es deficiente a todo nivel, incluida la dirección de William Butler, quien pretendió hacer una película de terror con un guion mediocre, unos actores deficientes (Joshua Leonard o Lance Henriksen) y una puesta en escena muy irregular.
Pero, como dice Ocaña: «Si la locura, en sí misma, ya produce respeto, el hotel donde habita la demencia es algo que, literalmente, da pánico». Además, hay términos pseudocientíficos soltados a boleo y caprichosos cambios en el argumento.
Los renglones torcidos de Dios (2022), de Oriol Paulo
La película está presidida por Alicia, que interpreta Barbara Lennie, personaje que hace dudar sobre los hechos que están sucediendo. Una dualidad por la cual no sabes si lo que está diciendo es verdad o no.
Alice es una investigadora que, simulando una psicosis paranoica, se hace internar en un psiquiátrico. Su objetivo es recabar pruebas del caso en el que trabaja: la muerte de un interno en circunstancias poco claras.
Pero hete aquí que lo que va viendo y experimentando en su encierro supera sus expectativas. En un momento dado pondrá en cuestión su propia estabilidad. Un mundo inexplorado se extiende ante ella.
Cuando se hizo el guion se convino respetar el espíritu original de la novela de Torcuato Luca de Tena (contada como monólogo interior del personaje), pero acaba por olvidarse de la novela en su afán, legítimo, de traducirla a un lenguaje cinematográfico.
Se pretende que sea una película actual, y es claro que el director Oriol Paulo y sus coguionistas vieron que tenían que introducir cambios para que resultara veraz, más efectiva y coherente con la línea de un libreto con cambios respecto a la novela original, novela que en su momento leí.
Así, la trama, que en su primera parte es fiel a la original (ambientación buena, historia que transcurre bien y actores que cumplen con solvencia, especialmente Bárbara Lennie como una Allice Gould muy creíble). Pero en su segunda mitad, el relato se torna efectista, yendo de giro en giro.
A medida que va conociendo el hospital, Alicia se da cuenta de que hay algo más grande en juego: su salud psíquica. Los médicos la interrogan sobre la verdadera naturaleza de su mente. Y cuando parece que llegamos a una respuesta, un vuelco final nos deja en un dilema. La narración queda abierta y con un interrogante.
La novela es diferente. Luca de Tena recorrió varios psiquiátricos de España y todos sus personajes se basan en personas reales, en historias reales de enfermos de aquellos manicomios, conocía ese mundo. Pero esos detalles sobre la vida manicomial prácticamente no salen en pantalla.

Sociogénesis de la enfermedad mental
El enfermo mental es en gran medida fruto de la época que le toca y de la consideración que sobre él tenga la sociedad, las ideas y prejuicios, y el autoritarismo en las normas de los psiquiátricos de un momento histórico concreto.
Vamos a la edad media para referir una película que no tuvo buena fortuna.
El hombre que supo amar (1978), de Miguel Picazo
Nos vamos a la Granada de 1539, donde un hombre de aspecto humilde llamado Juan Ciudad, al tratar de denunciar las desigualdades sociales, es tomado por loco y recluido en un hospital.
Cuando por fin sale de su encierro, viaja por toda Granada con la enorme tarea de ayudar a los más humildes. Sin embargo, su esfuerzo y su generosidad provoca envidias, al ver en aquel hombre a un agitador de masas. Por sus obras, su bonhomía, su entrega y su caridad, Juan Ciudad termina por ser San Juan de Dios.
Es una película que ha envejecido mal. Una dirección honrosa de Manuel Picazo que cuenta con un guion expresionista de Santiago Moncada, adaptación del texto de José Cruset, San Juan de Dios, la vida del santo que comenzó su obra en la ciudad de la Alhambra (aunque era de origen portugués).
La película contó con todos los medios —quizá mal aprovechados— y cuenta, con un verismo y una fuerza brutales, la aventura iluminada de San Juan. Narra el ansia de caridad y amor por los más desfavorecidos y los enfermos, particularmente los enfermos mentales en aquella Granada del siglo XV.
Y hay que reivindicar que fue San Juan de Dios antes que el Phillippe Pinel, del siglo XVIII, quien rompió las cadenas de los locos y atacó furiosamente una terapia tan primitiva como brutal y sangrienta: la trepanación.
En aquellos entonces, algunos iluminados creían que la locura estaba provocada por malos espíritus, por lo que con una heramienta punzante con rosca de tornillo sin fin perforaban la cabeza del enfermo para que salieran los diablos y espíritus malignos de la locura. El enfermo moría.
Por estas y otras escenas era una película dura, muy cruda, en cuyo estreno se salió gente de la sala, sobre todo en las escenas de las trepanaciones y otras igualmente crueles.
Destacan en el reparto Timothy Dalton en la figura de San Juan, a quien acompañan artistas de la talla de Antonio Ferrandis, José María Prada, una jovencísima Ángela Molina, Pilar Bardem o Victoria Abril.
Creo que inmerecidamente olvidada, esta cinta cuenta con un exceso de verismo la enorme obra de uno de los santos católicos más conocidos de la historia y quizá el que más obra, sobre todo hospitalaria, ha hecho en el mundo entero. Sus hospitales, residencias y otras instituciones se reparten por todo todo el orbe. No estará de más hacer una nueva revisión de tan señalada figura de la cristiandad.
Pero siguiendo con este origen social de la enfermedad, hay que subrayar igualmente, ahora yendo a los hospitales, que el enfermo y el medio hospitalario son entidades homogéneas y unificadas. Una parte importante de la psiquiatría ha puesto de manifiesto aspectos interesantes como:
a) Se comprueba la extrema sensibilidad de los enfermos mentales a los hechos humanos de quienes les atienden.
b) Se ha constatado también que el trastorno del enfermo pone en evidencia el trastorno del grupo hospitalario en su conjunto.
c) Se ha comprobado que los cambios que se suceden en el hospital repercuten, para bien o para mal en el curso del tratamiento y en la recuperación de los pacientes.
d) Es importante señalar que la propia idea de enfermedad mental no está exenta de la ideología de los profesionales y cuadros que atienden.
Hay, pues, un principio sociogenético entre el enfermo y el contexto hospitalario. Por ejemplo, la esquizofrenia terminal es una forma extrema de hospitalización psiquiátrica, pues resulta dudoso que la esquizofrenia produzca por sí misma y de una vez, la denominada indiferencia demencial, luego debe ser fruto de la hospitalización, de la organización social y de la falta de empatía de los atendientes.

Bedlam, hospital psiquiátrico (1948), de Mark Robson
Empieza así la película: «Londres, 1771, las gentes del siglo XVIII denominaban la época que les tocó vivir la edad de la razón».
En ese final del siglo, paradójicamente, el manicomio de Bedlam (que fue real), era un lugar siniestro y desatendido, convertido en un lugar de peregrinaje para los ricos londinenses que se divertían observando con espanto a los enfermos que allí están internados.
Nell Bowen (Anna Lee), aterrada viendo el trato que reciben los pacientes, hará lo imposible por mejorar las condiciones de la institución. A ello le ayuda un hombre cuáquero y bondadoso llamado Hannay (Richard Fraser), quien la inspirará a un trato caritativo con los dementes.
Pero el director, el siniestro, vomitivo, turbador, aunque ingenioso, Simas (Boris Karloff), hace acallar las protestas de la joven, dando por sentado ante un tribunal que ella tiene sus facultades mentales alteradas.
Tomando como partida una serie de grabados del artista británico William Hogarth en uno de los cuales aparecía un manicomio, el guionista Val Lewton (La mujer pantera) y el director Mark Robson (Más dura será la caída) escribieron un guion para evidenciar la impiedad de las condiciones de vida en un establecimiento para enfermos mentales. Eso ocurría, paradójicamente, en plena Edad de la Razón.
Magnífica y tensa música de Roy Webb y los grabados de Hogarth nos introducen en la historia de Nell Bowen, una joven que vive amancebada con el influyente Lord Mortimer y que se empeña, tras visitar el manicomio, en remediar los padecimientos de los enfermos. Pero el sórdido señor Simas, viendo en peligro su estatus, quiere declarar loca Nell y encerrarla también en Bedlam.
No obstante, el guion acaba resultando inverosímil; hay notables altibajos de ritmo y no acaban encajar la crítica social, el humor de algunos pasajes y los eventuales punteos de terror, que quedan en golpes de efecto previsibles.
En el reparto, bonita y eficaz Anna Lee. Está muy bien el actor irlandés Richard Fraser como el cuáquero bienintencionado; pero sobresale y se hace con la película la imponente presencia de Boris Karloff como farmacéutico y perverso hombre fatal encargado del establecimiento.
La fotografía es notable y recrea con pictórica pericia el contraste entre el sombrío interior del sanatorio y el rutilante encanto de las fiestas nobles.
Finalmente, en un giro un poco atrevido del guion, los enfermos se sublevan, juzgan al farmacéutico, lo medio matan, lo tapian para que nadie descubra su cadáver y Nell, con sus bondades y bien hacer, consigue una comunidad de enfermos apacibles, limpios y en orden, toda vez se ha restablecido la armonía en Bedlam. O sea, mujer filántropa inspirada por la bondad cuáquera consigue logros insólitos con los enfermos.
La película acaba preconizando la amabilidad y la compasión para los enfermos. En los títulos de crédito finales se lee: «Los cambios sucedieron en 1773 y poco después se construyó un nuevo hospital. Bedlam, en otros tiempos sinónimo de terror y malos tratos abrió el camino para un tratamiento lúcido y sensible para el tratamiento de las enfermedades mentales».
Hay una escena digna de tener en cuenta: cuando Nell visita por primera vez el manicomio, Robson recrea el horror de la protagonista ante el espantoso espectáculo que contempla; y lo hace mediante un sensacional travelling que, partiendo de un primer plano de su rostro, abre el encuadre hasta dejar a la vista la sala principal del manicomio y a sus desventurados habitantes. Escena inolvidable.
Pero lo importante es que desvela la realidad esperanzadora y cierta de eso que se denomina umbral de reversibilidad, o sea, que hay posibilidades de recuperación para los enfermos, cuando una institución se humaniza, cuando cambia la actitud del personal sanitario. Cuando esto ocurre se producen cambios en los patrones de conducta de los enfermos que tienden a estabilizar y mejorar sus patologías.
De hecho, la tesis de la película no deja de ser veraz pues, como ha comprobado el psiquiatra Paul-Claude Racamier, los cuadros de esquizofrenia en centros manicomiales caracterizados por una falta de auténtica afectividad, gestos sociales en vacío (pseudosociabilidad), inercia, apatía e indiferencia vital, empeoran su salud.
Los enfermos con este perfil psicopatológico y existencial no toleran a nadie, porque la existencia de los demás no tiene ya para ellos importancia personal.
Del mismo modo, síntomas como la incontinencia esfinteriana, la tendencia ingerir materias fecales o coprofagia, las estereotipias (movimientos, gestos o palabras que se repiten de forma periódica y perseverante) o la agitación, tienen puntos de referencia en una cultura manicomial frustrante, falta de estimulación en general, limitaciones sociales y físicas, aislamiento, abandono y otras particularidades típicas de este tipo de establecimientos, que agravan el curso de la enfermedad.
Sin embargo, cuando se introducen cambios con terapias de grupo o grupos Balint con los médicos, para que consigan una formación más empática y sintónica, cuando hay un vuelco hacia una asistencia sanitaria más humana, comprensiva y liberada de prejuicios, en los enfermos se observan mejorías asombrosas.
Resulta que los enfermos mentales hospitalizados, que son personas con competencias limitadas, son muy sensibles a los cambios socioambientales, tanto para mal como para bien. Es lo que se conoce como principio de la docilidad ambiental, según el cual, la mejoría de la calidad ambiental en las instituciones siquiátricas (sirve también para las residencias de ancianos), tiene un efecto muy favorable sobre la salud y el bienestar de los internos.

Desacuerdos terapéuticos
Hemos apuntado que la relación entre enfermedad y hospital psiquiátrico cerrado es homogénea. Para esta denominada perspectiva interaccionista, el complicado entramado de relaciones entre los enfermos y el medio social hospitalario es crucial.
La razón es que el psiquiátrico cumple una función de organizador social, lo cual corre de parte de los que atienden el establecimiento y del equipo asistencial en general. Y en medio hay empatías, diferencias y matices entre estos dos estamentos: el personal clínico y los enfermos.
Un afanado psiquiatra de nombre Paul-Claude Racamier afirmó que había que estudiar la situación de un centro psiquiátrico como un todo, del que el paciente no es sino una parte.
Por ejemplo, las situaciones triangulares. Cuando hay dos terapeutas y un enfermo, y sus opiniones y abordajes terapéuticos son discrepantes, esto repercute en un empeoramiento del enfermo. Y será así hasta que no se resuelva el conflicto y los terapeutas no se avengan a debatir abiertamente los puntos de su desacuerdo. Esta situación puede ser frecuente, por ejemplo, cuando el médico psiquiatra y el psicoterapeuta no se entienden
En esta situación triangular el enfermo constituye a la vez el eje y el envite; tampoco es difícil comprobar que este tipo de situaciones suele dividir insidiosamente en dos bandos al propio equipo asistencial del centro.
Este fenómeno se condensa, según Racamier, en una ley sociopatológica que dice: «Cuando dos miembros o dos clanes de un Equipo Terapéutico adoptan puntos de vista divergentes y entran en conflicto oculto y privado con motivo de un punto, que uno y otro acuerdan considerar como esencial, sobre el manejo de un enfermo, ese enfermo presenta un empeoramiento de sus síntomas, que no cede, más que en el momento en que el conflicto de que es objeto llega a solucionarse por la retirada de uno de los antagonistas o por adoptar un punto de vista común».
Cuando ocurre esta circunstancia, el enfermo encuentra alrededor suyo la imagen de su propio desgarramiento interior. Este tipo de situaciones puede compararse con una experiencia especular, según la cual, la disociación del esquizofrénico encuentra un reflejo en esta pantalla disarmónica (disacorde) del medio social de la institución. Lo cual potencia y amplifica la disociación del enfermo, como en un círculo vicioso.
Diario de una esquizofrénica (1968), de Nelo Risi

Obra que sirve para ilustrar este punto, no tanto por la institución en sí, sino porque, como telón de fondo hay dos elementos de páramo, negativos y en desacuerdo.
De un lado, en la historia real se revelan las experiencias que la enferma, la adolescente Anna, vivió en la niñez, con unos padres ricos y demasiado ocupados para atenderla; o sea, fue abandonada a su suerte y de la nada sólo puede surgir un psiquismo escindido y precozmente demente (Demencia precoz).
La segunda cuestión son los desacuerdos terapéuticos que hacen que la enferma no progrese, entre la terapeuta y el Staff médico.
Película de Nelo Risi basada en el libro autobiográfico Journal d’une schizophrène, una historia real que muestra el calvario de Anna, una adolescente con problemas mentales, y los métodos terapéuticos que utiliza Bianca, su psiquiatra suiza, hasta que logra identificar la enfermedad que padece: esquizofrenia.
Como decía, se observa en la cinta la discrepancia entre el estilo de abordaje terapéutico de la especialista que lleva el caso con un enfoque psicoanalítico, y la opinión de los médicos, opuestos a esta línea. La niña no avanza.
A pesar de ser la joven paciente prácticamente mutista, inhibida, a veces con estereotipias y conductas muy regresivas, rechazo del alimento, también episodio de celos, su terapeuta emplea el método del cara a cara, que incluye intentos de conversar, señalamientos, hacer que dibuje y encontrar pistas en esos trazos; incluso aplica el denominado abrazo forzado, abrazar a la muchacha fuertemente para que sienta el afecto de un otro y salga de sí misma, se sienta querida y se comunique.
Se revela importante cuando, en el hospital, Anna muestra interés por la manzana de un árbol. Bianca observa, tantea el fruto, le da unos trozos de la manzana de su propia boca prácticamente y descubre la equivalencia que para la paciente tiene el fruto con el pecho nutricio y afectivo de la madre.
A partir de ahí avances, retrocesos e incluso un intento de suicidio. Hasta que Bianca la saca del hospital y la lleva a su casa. Allí hace una intervención individualizada que resultará clave.
De ahí en más, Bianca hace una terapia de reconstrucción simbólica con Anna. Poco menos que la terapeuta la vuelve a criar en un hogar con ella como madre sustituta hasta lograr una recuperación y un progreso de los puntos de estancamiento evolutivos que la muchacha padecía, hasta ponerse prácticamente bien.
Esta película retrata de forma realista el difícil viaje de una persona con trastorno esquizofrénico mientras explora el amor y la soledad. Aunque ha tenido sus detractores, es digno de interés ver la enfermedad desde este punto evolutivo y adivinar, lo cual no se hace en los hospitales tradicionales, que una psicosis requiere de mucho trabajo terapéutico y menos píldoras.
Y la evidencia de que no se pueden hacer tratamientos antagónicos, pues es sumamente perjudicial que los terapeutas se enfrenten o contradigan con relación a un paciente.
Fenómenos de «resonancia»
Los fenómenos de resonancia han sido investigados en formas diversas. El Dr. Michel Woodbury afirma que hay una conexión de los mecanismos observables en el enfermo, con los fenómenos observados en su entorno. Dejada clara la estrecha conexión existente entre los aspectos socio-asistenciales y la enfermedad mental.
En realidad, el grupo institucional es un factor de readaptación de los enfermos. Cuando el grupo está conjuntado y en armonía, se consigue una asistencia institucional óptima que proporcionen una mayor estabilidad psiquiátrica y psicológica, lo cual tiene su importancia en un doble sentido:
a) De un lado, para intentar conseguir una comunidad terapéutica con aspiraciones para ser un adecuado continente en el proceso terapéutico del centro.
b) Hay que lograr equipos asistenciales más sanos, formados, maduros, un medio que responsabilice a los enfermos con sus tratamientos y exigirles una voluntad de curación: el nivel de salud del equipo es base de su capacidad curativa.
Se ha comprobado, según Woodbury, que diferentes tipos de estilo institucional producen cuadros distintos en los enfermos.
Si lo que existe es un modelo autoritario (clásico concepto de manicomio), los enfermos responderán con conductas regresivas: cuadros de incontinencia, inactividad, autismo, aislamiento o inmovilidad catatónica.
Si es un modelo permisivo o de dejar hacer, a diferencia del anterior, de absoluta tolerancia e indulgencia, el ideal de que el amor lo cura todo, entonces el personal acabará agotado y los enfermos con cuadros depresivos, tendencia al suicidio y a las autoagresiones. Y aparecen los llamados «dictadores locos», caracterizados por su impulsividad y por un intento de reinar dentro de la institución.
La tercera modalidad de comunidad terapéutica, con un régimen democrático donde se establecen límites precisos y se responsabilizar a los pacientes de su conducta y la de sus compañeros, se observa un elevado número de comportamientos impulsivos (acting-out o pasos a la acción) y antisociales: fugas, robos, conflictos entre los pacientes, etc.
Lo importante de estas indagaciones es que la organización asistencial de los centros psiquiátricos produce diferencias en el estado de los enfermos en cuanto a su progresión o a su estancamiento e incluso regresión.
No hay modalidades perfectas, pero sería de desear aquella que permita un máximo de funcionamiento y desarrollo en el mayor número de pacientes posible.
La película que analizamos se desarrolla en una institución que, a pesar de su severidad, procura aparentar una especie de comunidad con terapias de grupo para discutir, debatir y gestionar los asuntos del centro, así como otras características que se asemejan a la de comunidad terapéutica, de ahí que emerja un líder entre los enfermos, un líder locuelo, digamos.
Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), de Milos Forman

Película sobre el trato a los enfermos mentales, la historia sobre Randle Patrick McMurphy (Nicholson), un hombre con algún leve delito a las espaldas, nada grave, que es recluido en un centro psiquiátrico.
Randle es sobre todo una persona libre y alegre que vive la vida a su aire, un poco antisocial y bastante rebelde. Sus comportamientos traviesos y discordantes sintonizan con los pacientes, a los cuales se mete en el bolsillo, y soliviantan al personal de la clínica, particularmente a la estirada enfermera Ratched (Louise Fletcher), a cuyo cargo corre la terapia de grupo de las mañanas.
El estupendo y poco prolífico director checo Milos Forman, con dos Oscar en su haber, acierta de manera sobresaliente en la dirección de este filme, adaptación de la novela de título homónimo de Ken Kesey (Oscar mejor guion adaptado).
Es una película buena con mensaje humano, de las que no se olvidan. Acierta Forman (y Kesey, claro) a dar en la diana con un certero disparo al centro de la psiquiatría más reaccionaria y represora, esa que dispone de la vida de las personas, maniata su libertad, amordaza las ilusiones de los pacientes, pero con ciertas dosis de pretendido buenismo hipócrita que confunde a los pacientes.
Porque si la cosa se pone difícil, mutila su identidad y autonomía de la manera más expeditiva posible, recurriendo incluso a la cirugía o al electroshock. De hecho, McMurphy, tras alterar de modo reiterado el orden del centro, es sometido a lobotomía (extirpación de zonas frontales).
Además de dirección y guion, un valor principal del filme es el magistral y perfecto trabajo de Jack Nicholson (ganador del Oscar), toda una fuerza impulsora que encarna a al hombre sociopatilla, risueño y con dotes de liderazgo que alienta a vivir a sus compañeros de clínica, a romper las cadenas de la disciplina manicomial.
Algo equivalente a lo que antaño hiciera el celebérrimo médico francés Philippe Pinel (1745-1826), cuando cortó las cadenas de los enfermos mentales de su época y propuso un trato humanitario con estos pacientes y una forma de tratamiento que denominó tratamiento moral. Como escribiera K. Carroll: «Nicholson explota en pantalla con una interpretación perfecta en ritmo y en entendimiento del personaje».
Junto a Nicholson, una interpretación gloriosa de Louise Fletcher en el papel de enfermera jefe intransigente y autoritaria que trata a los pacientes de forma alevosamente improcedente (Oscar para ella también). La actuación de Nicholson es extravagante, pero no tan dominante como para oscurecer a sus compañeros actores, todos muy buenos y algunos brillantes, incluidos William Redfield (como un paciente intelectual que dice tonterías de peso), Will Sampson (como indio sordomudo) y Brad Dourif (joven con un complejo materno fatídico); y otros como Small Lassick, interpretaciones de gran viveza que dibuja el rostro de tantos enfermos mentales que han sufrido a lo largo de los tiempos el yugo de la dictadura médica y el olvido de la sociedad.
Randle Patrick McMurphy es, dentro de un grupo de enfermos, el portavoz, el principal alborotador, el hombre que no acepta nada al pie de la letra y al que le gusta sacudir el sistema, a veces simplemente porque está ahí. Randle es un personaje que depende completamente de la intensidad de su oposición.
Se supone que es un tipo ingenioso, poco brillante, cuya vanidad, afición a la bebida y la prostitución, unido a su mal carácter le han valido un currículo policial menor que consiste en denuncias de asalto y agresión, que acaban con una condena por estupro. La niña, que dijo tener 19 años, solo tenía 15.
Cuando conocemos a Randle por primera vez ha cumplido dos meses de su sentencia de seis meses y ha logrado que lo transfieran al hospital psiquiátrico estatal para observación, pensando que la vida en el manicomio será más fácil que en la granja de la prisión. Es el principio del fin para Randle, pero la ferocidad del sistema le impone una especie de grandeza loca.
Randle se autoproclama líder de los derechos de los otros pacientes de la sala, siendo su adversario la enfermera Ratched, una mujer rígida que puede ser comprensiva, pero sólo de manera que refuerce su autoridad. La enfermera representa el Sistema, lo que McMurphy debe resistir.
En su estreno se convirtió en una cinta icono para todo público amante de la libertad y particularmente para los estudiantes y estudiosos que tuvieran relación con la psicología, la psiquiatría, la enfermería o similares. Una película cargada de radicalidad ideológica gestada en un mundo conservador como Hollywood.
Pero, a decir verdad y siendo honestos, el filme soporta mal las conclusiones que extraen de su planteamiento. De un lado por ser en exceso esquemático, y ya se sabe, cuando se resume mucho, en este caso sobre la realidad psiquiátrica, se corre el riesgo resultar grotesco e incluso que la cosa devenga melodrama sin sustento.
Por ejemplo, la cirugía psiquiátrica aplicada al personaje denominada lobotomía, consistente en la sección quirúrgica partes del lóbulo frontal (técnica inventada por el Dr. Egas Moniz en las primeras décadas del pasado siglo por la que recibiría paradójicamente el Premio Nobel de medicina en 1949); pues bien, debido a los malos resultados y lo cruel y tremendo de tal agresión, fue prohibida sobre 1967 en los EE. UU., poco después del 1965, año en que se contextualiza el film, pero ya fuera de época en la fecha del estreno.
De otra parte y curiosamente, a pesar de lo que se refleja en el filme, el director de la clínica donde se rodó la cinta, el Oregon State Hospital, Dean Brooks, que aparece incidentalmente en la película, fue un psiquiatra innovador para el momento. Dejaba que los pacientes vistiesen su propia ropa en lugar de los uniformes propios de la época y los enfermos realizaban excursiones al exterior, inusual para el momento.
De otra parte, la astucia y malevolencia de la dictatorial enfermera no suele ser habitual en las salas psiquiátricas, sobre todo en profesionales que conducen grupos de terapia.
En cualquier caso, el mensaje a favor del enfermo mental siempre estará vigente, más aún por cuanto este tipo de patologías (pues son diversas), conciernen al enfermo que, como persona, es un ser social, un ser en el mundo digno del mayor respeto y consideración.
La película es más ideológica que filme de fuste. Sin embargo, debido al delicado tema que aborda y la actitud reivindicativa, los fallos pueden obviarse por ser una buena película en muchos aspectos, además de haber tenido un efecto reivindicativo e incluso pedagógico para algunos psiquiatras y psicólogos clínicos de corte conductista, sobre todo.
Muy recomendable, sobre todo para quienes tienen algún familiar enfermo o para profesionales de la salud mental.
La reforma estuvo inspirada en psiquiatras próximos a la corriente denominada antipsiquiatría y pretendía la desmanicomialización, la incorporación a la sociedad de los enfermos y la asistencia a través de los llamados hospitales de día psiquiátricos en régimen ambulatorio, y los ingresos breves en salas de psiquiatría ubicadas en hospitales generales.

Reflexiones finales
Desde 1985, en que se acometió la reforma psiquiátrica y el cierre de los psiquiátricos en España y gran parte de Europa, apenas existen centros especializados públicos; más privados, pero muy pocos también. ¿Qué hace una familia cuyo hijo necesite internarse más de quince días para estabilizarse? Nada. Veamos.
Pero eso requiere de otra reforma que implica la preparación y formación de psicoterapeutas, del enfoque teórico que sea: humanistas, psicoanalistas, gestálticos, logoterapeutas, etc. Pero de esto, fuera de mi generación, se ve poco.
La idea parecía buena, pero al final quienes se encargan hoy día de los enfermos graves (esquizofrénicos y otros) son las familias. Además, la sociedad sigue en gran parte sin tolerar bien a los enfermos. A lo que se une una falta notoria de medios y personal cualificado para hacer abordajes psicoterapéuticos o sencillamente sociales.
Hay muy pocos pisos supervisados y miniresidencias; los centros de día no dan abasto. Además, cuando estos pacientes se van haciendo mayores, muchos tienen problemas para ingresar en residencias de ancianos comunes.
Los menores de edad con trastornos mentales tampoco cuentan con suficientes recursos. Hay pocas plazas de centros educativos terapéuticos y listas de espera de dos años, lo cual para un niño es un tiempo es vital.
Todo lo que digo lleva al riesgo, que ya se observa, de cronificación y medicalización (para tremendo lucro de las multinacionales farmacéuticas). Lo cual indica el triunfal retorno de la psiquiatría a la medicina más conservadora, poniendo a disposición de los enfermos armas terapéuticas poderosas; se han cambiado las camisas de fuerza por las ataduras de los psicofármacos (neurolépticos y otros). El triunfo de la psiquiatría biológica.
La solución quizá llevaría a diferenciar entre enfermedad mental y salud mental, a la par que se revalorizan las terapias de la palabra, donde el paciente gana en subjetividad y humanización: puede ser escuchado.
Y concluyo. A todos, pero de manera singular a los que padecen trastornos psíquicos, lo que les viene bien es el contacto, la comunicación, los intercambios sociales reales, pues como dice el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, «no nos escuchamos lo suficiente». Porque la escucha requiere de silencio y, sobre todo, tener la firme voluntad de hacerlo.
A los psicólogos y psiquiatras actuales yo les diría: «hablen con ellos; sí, con los pacientes, pero, sobre todo, escúchenlos con atención». Escuchar requiere tiempo, paciencia y también formación, pues hay que saber escuchar. Además, el mundo que estamos desarrollando es totalmente contrario a ello.
Escribe Enrique Fernández Lópiz
