Els encantats (Los encantados) (4)

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… Y el ayer, ya ha quedado atrás

Tercer largometraje de Elena Trapé, entre los que destaco Las distancias (2018), aparte de haber realizado varios cortos y dirigido algunos capítulos de Rapa (2022), al menos en su primera temporada, y Élite (2018), y que se une a ese grupo de excelentes películas dirigidas por mujeres.

Como algunos títulos dirigidos por mujeres, rodeados de una componente mítica, misteriosa —caso de las recientes El agua, Suro, Cerdita o Secadores—, Elena construye un filme que supone, al mismo tiempo un intento de liberación, la búsqueda de un pasado en la que se fue feliz y el mundo de lo rural como (falso) elemento edénico, sostenido sobre todo por los días de juegos, ausencia de compromisos y libertades concedidas por la infancia.

Lo que ocurre es que todo ello, al fin, queda en la ilusión de lo que fue vivido, probablemente de forma distorsionada, y que ahora es imposible recuperar porque, eso, forma parte de un pasado.

Sobre símbolos y metáforas

El filme de Trapé también conecta con ese tipo de cine rural que va desde las películas de Carla Simón (Verano 1993 y Alcarràs) hasta, con distinto enfoque, la engolada (y en parte frustrada) As bestas,de Soroyogen, aunque en algunas de ellas se presentan planteamientos, derivados de la trama central, referidos a la presencia inquietante de visitantes inesperados, y aparentemente muy ecológicos, como la introducción de células solares o molinos eólicos, que, de una manera u otra, terminan con la riqueza natural del lugar y la expulsión de los habitantes hacia otros lugares.

Es el fin de los pueblos, de aquellos lugares soñados como fuente de paz pero donde, encerrados, encantados, han quedado sin salida algunas personas, encerradas en una no existencia. Lo mítico en este filme se engloba con la leyenda de esos fantasmas encerrados entre rocas. Una leyenda que, en Cataluña, también va unida a algo también diferente, aunque no tiene relación con este caso: las peñas que en lo alto muestran petrificados a dos amantes.

Esas rocas de las que es imposible salir, o donde se encuentran agazapados los fantasmas personales, la vida de uno que poco a poco se ha ido negando o donde las equivocaciones han llevado a un hoy de intentos de huida, de vacilaciones, esas rocas se plantean desde un punto de visto simbólico (unido al propio carácter mítico, misterioso, otorgado por los lugareños), pero dada de una manera simple, sin profundizar en ello.

Es, por supuesto, la referencia a los encantados, a algo natural que cada persona, con sus idas y vueltas en la vida, ha llegado a ser, a construir su propia existencia fantasmal. Un símbolo muy bien introducido en un momento, sin forzar la situación, sin insistir en ello.

No es fácil jugar de esa manera con lo simbólico o metafórico, como ocurre con esas imágenes (caballos blancos en la noche, barco encallado vete a saber dónde) que algunos grandes directores de cine han utilizado en algunos momentos, como ocurre en el cine, por citar a algunos autores, de Angelopoulos, Fellini o Herzog.

No es algo fácil este tipo de utilización, aunque algunos realizadores, sin que se justifique plenamente, proceden a repetirlo varias veces para aclarar lo que, incluso, a veces, no tiene aclaración. En ese caso negativo señalaría, por citar un ejemplo reciente, los momentos en que unas jóvenes patinan libres en la noche por la ciudad, seres extraños, salidos de no se sabe dónde para, simplemente, llevar al hundido personaje principal a reflexionar sobre su hoy en Una vida no tan simple (2023),de Félix Viscarret. La diferencia en la forma de utilizar el símbolo en ambas películas es abismal

Un comienzo y un final sin final

El filme de Elena Trapé, sin que tenga otra coincidencia que la misma y excelente protagonista (Laia Costa), parece como una continuación de Cinco lobitos (2022), como si la niña de aquel hermoso debut de Alauda Ruiz de Azua hubiese crecido (¡cómo es posible que a continuación rodase para Netflix esa tontería titulada Eres tú!).

No sólo eso, también que hubieran cambiado algunas cosas, aunque ambas mujeres (Amaia en Cinco Lobitos e Irene en Els encantats) deciden ir a su pueblo en un momento determinado del filme. Pero en el caso de Amaia marcha a casa de sus padres, mientras que Irene marcha al encuentro de… un ayer perdido para siempre en Antist, un pueblo prácticamente deshabitado.

Amaia en la escena inicial aparecía perdida en un primer plano en la calle de la ciudad donde habitaba, recién llegada del hospital, llevando en brazo a la niña que había tenido, mientras sus padres aparecían al fondo del plano. Y ¿ahora qué? Esa era la pregunta que parecía hacerse la reciente madre.

En Els encantats, en una larga secuencia (los letreros de crédito aparecerán al terminar ese inicio), Irene se despide por primera vez de su hija, ya que durante un tiempo la custodia correrá a cargo de del padre. El matrimonio, no sabemos la razón de ello, se ha roto y cada miembro de la pareja deberá tener a la hija un determinado tiempo.

La mujer da consejos a la niña, a su exmarido, sentado al volante del coche, y al que no vemos, trata alargar el momento de partida del coche. No quiere que el coche arranque, con quejas o palabras que no expresan nada, acaso el dolor de la separación. La niña pide a su madre que no se vaya, pero, lógicamente al final el coche se marcha dejando a Irene sola.

Es el momento, desde esa soledad, en el que intenta reconstruir su vida, algo tan imposible, como borrar su vida anterior; eso sí, las llamadas a su hija van a ser frecuentes y, ante tu sorpresa en esas llamadas, comprueba que su hija va echándola cada vez menos en falta. Su hija es feliz con los regalos que recibe de la familia de su ex, o los sitios de atracciones a los que es llevada.

Un día acude con unas amigas al río, pero mientras las otras deciden bañarse, ella se niega.

Y mientras, Irene marcha a ese pueblo imaginario de su niñez donde fue feliz y donde a lo mejor, sin ella saberlo, quedó encerrada para siempre formando parte del grupo de los encantados: piedras estáticas, sin vida, que asfixian unas vidas que nunca supieron ser.

En el pueblo, casi vacío, se encuentra con algunos conocidos de antaño, con amigas, incluso irá a verla un antiguo novio. Pero, todo aquello, soñado o intentando que vuelva a la vida, está muerto, no tiene sentido.

Uno de los excelentes momentos del filme muestra cómo acude con unas amigas al río, pero mientras las otras deciden bañarse, ella se niega. Casi al final, Irene, sola, vuelve al lugar para bañarse. Puede suponerse que ese instante es una cierta liberación, un lavado donde dejar atrás toda su vida pasada y aceptar el hoy tal como es.

Así lo debe creer Irene, que inmediatamente, como liberada de todo, llama a su ex para hablar con la niña. Es de noche. Y en esa conversación va a tener lugar toda una triste terrible confesión: darse cuenta de sus errores, sus contradicciones, incluso de sus juegos, que la han llevado a ser una encantada, paradaen un pasado sin querer admitir la realidad actual. Su llanto, sus quejas, su dolor, incluso su inexperiencia como madre la han llevado a ese callejón sin salida.

Irene, porque sí, decidió separarse, ahora todo sale a la luz y su llanto terrible por el ayer, por lo perdido, por el no haber sabido estar en la vida, estalla. Irene es una mujer hundida, cuyo futuro se le presenta muy duro. ¿A quién clamar o pedir auxilio? ¿Cómo salir de esa situación? Sobre ella, en la noche, con una mirada breve al espectador, la imagen se va desvaneciendo, señalando la conclusión de la película.

Un gran final, apoyado por una enorme actriz. El formar parte de la legión de los encantados no es sino un lastre para aprender a vivir la verdadera vida.

Escribe Adolfo Bellido López | Fotos A Contracorriente films