XXIX Mostra de Valencia, Cinema del Mediterrani (6): 19 de octubre

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Rumbo a…
Escribe Adolfo Bellido

v37-brasas_susurrantes.jpgTerminó el primer fin de semana. Y la Mostra sigue su errático camino sin encontrar realmente un público fiel. O unos medios que se preocupen de su existencia.

Hace años, cuando el certamen brillaba en sus primeras sabrosas ediciones, la prensa de fuera acudía a Valencia para seguir sobre todo los excelentes ciclos. No creo realmente que muchos se interesaran por la Sección oficial, pero la oferta que la circundaba era tan atrayente que arribaban a la ciudad importantes críticos y estudios del cine. Eran tiempos en los que la prensa (y las emisoras locales) dedicaban dos páginas cada día al festival. Normalmente para arremeter contra las película, la organización… contra lo que fuera.

Recuerdo que en uno de esos años me comentó José Enrique Monterde que no entendía cómo desde la propia ciudad se producía tal ataque hacia la Mostra desde esos medios, que al fin y al cabo eran de la misma ciudad de donde se desarrollaba el certamen. ¿Cómo atacar algo propio de forma tan despiadada? Cuando esto ocurría, tanto la Generalitat Valenciana como el Ayuntamiento de Valencia (del que depende la Mostra a través de la Fundación Municipal de Cine) eran del PSOE. Y es que, un hecho muy discutible, se decía que la Comunidad Valenciana estaba integrada por gente de izquierdas.

No mucho después se demostró que eso no era cierto. Y, primero con ciertas ayudas de otro partido (hoy desaparecido) y luego sin necesidad de él, Gobierno Autonómico y ayuntamiento pasaron a ser del PP. Y así sigue. Ahora, la prensa local ya no critica la Mostra… pasa de ella. Pueden buscarse referencias a sus sesiones, información de lo proyectado y encontrarse, si algo existe, con una brevísimas notas, que en algún caso encima son de agencia.

La ciudad se entera poco o nada. No hay carteles por la ciudad, no se bombardea al ciudadano ni siquiera, por ejemplo, desde medios propios del ayuntamiento (léase los autobuses de la EMT, la Empresa Municipal de Transportes). Y mucha gente que acude a las sesiones (normalmente de forma gratuita) lo que pide es ver películas cómodas, es decir dobladas al castellano y sin subtítulos.

La Mostra ha perdido su ritmo. Se acumulan ciclos y películas. Algunos y algunas de forma acertada, otros extravagantes e inútiles. La pobreza de medios se deja ver en casi todo, salvo en una alfombra de color azulado (¿acorde con el partido político en el ayuntamiento?) salida de no se sabe dónde y que empaqueta desde la entrada, las escaleras que conducen a las salas de proyección.  

Por la mañana, ya sea día festivo o laborable, los niños siguen siendo protagonistas. Desde los colegios, desde asociaciones o desde las propias familias se ha preparado el desembarco de la grey infantil en la Mostra, para ver películas infantiles de animación o no. Para muchos niños la asistencia al cine es ante todo una forma de evitar las clases y, en algunos casos, de provocar pequeñas bromas amparados en la oscuridad de las salas. Son las únicas colas que se pueden contemplar en los cines. Y eso que las entradas, insisto, son gratis en su mayor parte.

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¿Merece tal destino la Mostra, entre la indiferencia y el desprecio? Pienso que no, aunque el camino marcado por años aciagos la han llevado al comatoso estado actual. Si se quiere salir de él, curarla, lograr que reviva, habrá que tomar algunas medidas… y rápidas en caso contario su plazo de caducidad parece acercarse.

Este año la Sección oficial es verdaderamente mediterránea. Como era sus comienzos. Una mediterraneidad que fue traicionada varias veces en los últimos años. Se proyectan doce películas. Hasta el momento hemos visto nueve y, aunque no hay entre ellas, una obra maravillosa, sí se puede decir que mantiene un aceptable nivel medio.

Hay películas que destacan sobre las demás, sin duda, como la italiana La hora punta, ya comentada en la entrega anterior; el digno filme marroquí Adiós madres, del cuál también hemos hablado; o el tan interesante como discutible filme albanés La tristeza de la señora Schneider de la que hablaremos en otra entrega…

Por otro lado, está esa pequeña película con cierto aire mágico que es la española El amor se mueve, también comentada, que sabe campear con dignidad su peligroso tono mágico casi, por momentos, lindante con ciertos planteamientos de la obra de Eliseo Subiela. Cuenta además con un buen grupo de actores, provenientes en su mayor parte del medio televisivo y con poca experiencia en cine. Y es que hoy, en nuestro cine, la mayor parte de los intérpretes se inician en la pequeña pantalla. Tienen “madera”. Son las pequeñas promesas de futuro de nuestro cine.


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Sakli Yüzler (Caras ocultas)
Sección oficial
Escribe Adolfo Bellido

En este domingo lluvioso, las películas proyectadas en la Sección oficial han llevado a disminuir en varios enteros la calidad de los filmes presentados en esta Mostra. Se han visto dos filmes muy endebles, que han representado, respectivamente, a Turquía y Palestina. El primero de ellos parte de una historia interesante, el segundo es un enigma en sí mismo. Hablamos de Sakli Yüzler de Handan Ipeckci y Jamr Alhikaya de Ali Nassar.

La película turca, Sakli Yüzler (Caras ocultas), se propone denunciar un hecho: las múltiples muertes por “honor” (perseguidas judicialmente en el momento actual), por las que son “ejecutadas” por sus familias numerosas mujeres, muy jóvenes en su mayor parte.

Tal hecho se muestra a través de una complicada narración en la que se superponen diferentes espacios y tiempos, centrados  a través de una proyección y una grabación en vídeo. La cámara que emite y la que graba desean representar el “testimonio” de unos hechos. Y la propia reflexión sobre lo que ha ocurrido.

Hasta aquí correcto. Lo que ocurre es que esa idea (y el propio tono denunciatorio del relato) se estancan en sí mismas. El filme se alarga y elige el despropósito como forma canalizadora de una acción escorada finalmente hacia una especie de thriller forzado y alargado innecesariamente.

Una cosa es la idea y otra es su mediocre realización, las trampas en las que incurre el relato, lo poco elaborados que están los distintos personajes. Actúan pero ni son, ni viven. Queda su temática, su denuncia tampoco nueva, ni original. Simplemente testimonial. Pero sin grandeza. Una pena.


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Jamr Alhikaya (Brasas susurrantes)
Sección oficial

Escribe Adolfo Bellido

El filme palestino es, en sí mismo, una incógnita. Jamr Alhikaya (Brasas susurrantes) transita desde la sorpresa hasta la indiferencia o la indignación. Ni siquiera se sabe qué es lo que quiere transmitir esta historia de un militante palestino comunista que desaparece de su casa.
La búsqueda de la mujer, a través primero de un extraño relato grabado en un CD por el desaparecido y que la mujer encuentra, y después acudiendo a los amigos, muestra un catálogo de despropósitos.

Comienza con lo popular en la secuencia de apertura, la boda de la pareja protagonista, rodada desde el costumbrismo y la comedia. Continua por el terreno melodramático. En la transición de uno a otro plano se produce el único plano válido de la película: la mujer (sin que el espectador sepa que ha existido una larga transición temporal) mirándose fijamente en un espejo, dibuja con carmín –sobre el cristal– los rasgos de su boca, de sus ojos para borrarlos a continuación y difuminar todo el rostro…

Por si fuera, poco el filme propone fantasía e imaginación. Salen unos islamistas radicales que salvan de la muerte al personaje desaparecido, se anuncia la caída del comunismo, se nos retrotrae a las cruzadas con luchas entre musulmanes y cruzados, para concluir en una renuncia (se supone al terrorismo) y una vuelta a los valores comunistas.

Esta sorprendente propuesta final lleva a pensar que lo que propone la película es nada más ni menos que el marxismo como único freno al islamismo radical. Casi nada. Mucha camiseta con el rostro del Che Guevara, grabados con la cara de Lenin, cánticos revolucionarios rusos y una actriz rolliza que… hubiera hecho las delicias de Fellini.

Un fiasco absoluto.


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Bahrtalo! (Buena suerte)
Sección informativa
Escribe Gloria Benito

En un ambiente más animado por el público de fin de semana y con la sala con el 80% de las localidades vacías, me dispongo a ver la cuarta producción del rumano Róbert Lakatos, Bahrtalo! / Good luck! (Buena suerte). Y eso es, precisamente, lo que tengo, pues en esta ocasión he esquivado al señor del pelo blanco que toma sin cesar los bocadillos que extrae de una bolsa de plástico, con el característico frufrú que se confunde con la música de fondo y con los diálogos de los personajes.

Se trata esta vez de una comedia de costumbres realizada con la intención de mostrar la vida cotidiana de un gitano y su amigo rumano en sus peripecias para llevar a cabo negocios imposibles, que frustran sus ambiciones. Unas veces en Austria, donde van a comprar productos de segunda mano para revenderlos; otras en Egipto, para vender un cachorro que el gitano Lali ha traído desde Rumanía, asistimos a las andanzas de estos dos personajes, que actúan como pícaros contemporáneos y como ellos suelen salir escaldados de sus aventuras comerciales.

Todo ello acompañado de mucho cante, mucho baile y las consiguientes palmas, que resuenan en locales donde orondas mujeres mueven sus caderas y agitan sus pechos al son de la música.

La película no pretende contar una historia sino mostrar fragmentos de la vida de un mundo lleno de vitalidad y alegría de vivir, así como su capacidad para disfrutar del presente, olvidar los fracasos del pasado y evitar las preocupaciones por un futuro que siempre es percibido como un sinfín de posibilidades de éxito.

Quizá por eso, por la ausencia de una línea temporal en la que se encuadren las acciones y secuencias que dotarían de tensión a cualquier relato, este filme resulta más descriptivo que narrativo, y produce cierto tedio en el espectador, que no consigue divertirse del todo.

La reiteración de las actitudes de los personajes y la falta de chispa en los diálogos, generan simpatía por los protagonistas, pero no arrancan la risa más que a medias.


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Muay Thai Chaiya (Muay Thai Chaiya)
Sección informativa
Escribe Gloria Benito

Por el contrario, con el corazón en un puño acabamos tras el visionado de Muay Thai Chaiya, segunda producción del tailandés Kongkiat Komesiri. Se trata del típico filme de acción y melodrama, que relata las peripecias de tres amigos que viajan desde su tierra natal a Bangkok, para hacer carrera en el mundo del boxeo.

La historia enfatiza la amistad de los tres personajes principales, Piak, Pao y Samor, forjada durante su infancia y adolescencia en las idílicas playas que los vieron nacer. La belleza de los paisajes marinos y la impecable fotografía que muestra al contraluz del atardecer las siluetas de los luchadores como una danza casi religiosa, contrasta con la sordidez de los barrios bajos de Bangkok, llenos de mugre y dolor.

Los amigos toman caminos distintos, pues mientras uno se prepara en la forma de lucha chaiya, fundamentada en la estrategia de la defensa y en el control mental y emocional, los otros dos se hunden en el mundo de las mafias que asesinan y amañan los resultados en el negocio de las apuestas. En definitiva, los personajes se agrupan para enfrentar dos conceptos morales respecto al boxeo y la vida: unos son los buenos muy buenos y otros, los malos malísimos.

Al final, resulta que los malos no lo eran tanto y el desenlace no tiene nada que envidiar a los más lacrimosos melodramas. En medio asistimos a un derroche de violencia, tanto dentro del ring como fuera de él, en los bosques y callejuelas, donde unos asesinan a otros con tiros, navajazos, espadas, cadenas y látigos.

Una película más sobre el tema de las formas de lucha, sin mucha consistencia temática ni argumental y con la suficiente dosis de moralina para hacer reír más que llorar.


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Le serpent (La serpiente)
Jardins en Automne (Jardines en otoño)
Je crois que je l’aime (Creo que la amo)
Sección: Francia, país invitado

Escribe Marcial Moreno

La idea es recoger lo más interesante que se ha producido en los últimos años en la filmografía seleccionada, en este caso la francesa, y ofrecer así una visión de lo que se está haciendo por otros lares.

Pero supongo que para los organizadores no ha sido fácil contar con lo que hubieran querido. No vemos a los grandes del cine francés llevando sus obras a un festival como la Mostra, cuando en otros habría bofetadas por exhibir sus obras. Así las cosas, suponemos que habrá hecho lo que se ha podido, porque, en caso contrario, tendríamos que reconocer que el panorama cinematográfico de nuestros vecinos deja bastante que desear.

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La serpiente resulta ser un thriller con apuntes de crítica social. Comienza recordando un poco a Chabrol, esas películas suyas sobre las clases acomodadas que esconden secretos inconfesables, y que un buen día ven amenazado su modo de vida por la reaparición de sus vergüenzas.

En este caso la referencia chabroliana se convierte pronto en un cuento de terror también amenazante, del tipo El cabo del miedo, y acaba degenerando en algo más próximo a las películas de persecuciones y gritos desaforados que producen el cine americano reciente o el japonés para adolescentes. Todo ello con el toque de qualité a lo Psicosis, con obsesión materno-filial al fondo.

No está mal el comienzo, degenera cuando avanza la trama y acaba siendo un despropósito completo. Es decir, que la línea marcada es también la línea de la degeneración.

El relato se torna cada vez más forzado e increíble. Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir, sin que haya mayor justificación interna, y la tensión termina degenerando en aburrimiento. Y para colmo, como parece que tal tensión tiene que ir asociada a la oscuridad, la película acaba por tornarse invisible, tanto por la reducida iluminación como por el exagerado recurso a los planos de detalle y al montaje frenético que se supone que debería incidir en la creación de un ritmo trepidante que nunca llega, y que lo que hace es generar sobre todo aburrimiento.

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Sobre Jardines de otoño lo más benévolo que se puede decir es que se trata de una absurda película de humor absurdo. Tan absurdo que ni siquiera es humor. Bueno, quizá un poco, a tenor de las risas que aquí y allá se podían escuchar en una sala mucho más concurrida de lo que cabría esperar, o al menos de lo que esperaba este cronista.

Pero lo bien cierto es que no llegamos a descubrir el porqué de esas risas, ni siquiera si podrían estar asociadas a algo que ocurría en la pantalla o tenían otro origen más placentero.

En cuanto a la película, se trata de una sucesión de ocurrencias sin orden ni concierto, sin ningún hilo conductor mínimamente coherente, y con una duración que se hace casi infinita para el espectador, para éste que escribe al menos. Los chistes son del tipo hombre interpretando el papel de una mujer, señor con chaqueta patinando por la calle y chocando con los transeúntes o ministro al que le lanzan tomates al coche. Aunque todo ello hecho con distanciamiento irónico, es decir, a la francesa.

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Creo que la amo también promete más de lo que finalmente ofrece. Comienza planteando una relación amorosa imposible entre el hombre de negocios víctima de su poder económico y la artista independiente de vuelta de tipos como quien la pretende, que además es su ocasional jefe.

Existe una mirada cargada de cierta acidez, y algún diálogo inteligente, pero falta el pulso necesario para mantener ese planteamiento más allá de la mitad de la película, y ocurre lo inevitable, que todo degenera en una comedieta romántica llena de ñoñería.

La intención, seguramente, de agradar a cierto sector del público poco dado a la crítica irónica y necesitado, por encima de todo, de un final feliz, hace que la película se encauce por una vía que deja un inequívoco sabor a ocasión desaprovechada.

Los actores podrían haber estado muy bien, pero en cierto modo no escapan a esta indefinición. Son los intérpretes ideales para la película que pudo haber sido y no fue, y en el fondo ellos parecen saberlo: el rostro irónico de Sandrine Bonnaire cuando cae rendida en los brazos de Vincent Lindon no casa, definitivamente, con lo que pretende transmitirnos.

De todos modos hay algo en común en este ciclo, más allá de la nacionalidad de las películas, y es la pésima proyección con la que las han castigado. Parece mentira que una sala del prestigio que tiene la que acoge a la Mostra, y un festival que pretende ser algo más que un entretenimiento para jubilados u otros desocupados, se pueda permitir proyecciones de este tipo. Y el público sin rechistar.

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