Saber mirar lo latente bajo el silencio y la violencia

El hongkonés John Woo vuelve al cine norteamericano dos décadas después de Paycheck (2003), película con una trama sobre un ingeniero sin memoria, limpiamente ejecutada, de acción sin pausa y que mantiene intrigado a quien la ve hasta el último momento.
Al parecer, Woo ha seguido activo en China y Hong Kong, pero en estos años, al menos en nuestros cines, sólo se había estrenado un filme de época: Acantilado rojo (2009), la Dinastía Han (208 d.C.), cine épico que tiene escenas espectaculares dentro del género de acción en un encuadre histórico. Por lo tanto, nos podemos congratular con esta reentré, sobre todo para los aficionados a este tipo de cine y al cine de Woo (no es mi caso, pero apruebo esta peli).
En esta cinta un padre de nombre Brian sufre la muerte de su hijo tras haber quedado atrapados por pura mala suerte en un fuego cruzado entre bandas. Película de acción, ya queda claro con la presentación de la desgracia de un hombre que ve morir a su hijo por una bala perdida. El personaje resulta herido de un disparo en el cuello y pierde el habla.
El guion de Robert Archer Lynn pone inicialmente su centro en la recuperación del personaje, padre herido de gravedad, el hijo muerto, él finalmente recuperado. Tras un año de melancolía extrema y lanzado a la bebida, por fin encuentra una solución a su mal estado anímico con la decisión de convertirse en un empecinado castigador.
Brian quiere venganza, lo cual consigue por poco en la escena inicial, por cierto, cuando se carga a la mayoría de los pandilleros (uno de ellos choca violentamente contra un montacargas y acaba decapitado). Pero el villano, matón tatuado de nombre Playa, le dispara a la garganta destruyendo sus cuerdas vocales.
Transcurren meses para que Brian se reponga del todo, pero ya no podrá hablar ni gritar, por lo que Brian hace de su ira algo interior, no puede expresarlo, sacarlo fuera. El actor sueco Joel Kinnaman es idóneo para este padre desolado que planea su represalia para la siguiente Navidad.
Sin diálogos, sin más excusa que el furioso ajuste de cuentas, sin otra pretensión que llevarnos hasta una culminación en la que nuestro héroe pueda enfrentarse con el responsable principal de su desgracia, al que él ha podido identificar en el despacho de un comisario de policía, casi por azar.
En tanto, con todo este estado de cosas, la magnífica dirección de Woo juega con sus temas habituales, mientras convierte al personaje interpretado por Kinnaman en un decidido (también imperfecto) defensor que, sin los medios de los vengadores clásicos, cuenta con la decidida convicción de un hombre que es un verdadero antihéroe o héroe dramático, como los de los griegos.
Si en la mayoría de las obras de Woo sobran las palabras, aquí apenas hay espacio para pronunciar ninguna. Esta tópica historia de venganza, deviene relato gestual en el que, yendo más allá de las habilidades, también limitaciones de Kinnaman, todo se expresa con el rostro, el movimiento corporal y el silencio.
Película que, sin un exceso de ambición, consigue trascender su sencillo punto de partida, para erigirse en un depurado ejercicio estilístico con matices diversos e interesantes, con lo cual Woo, cumplidos los 77 años, continúa siendo puntal y adalid del género que más y mejor ha practicado toda su vida.
Como escribe Rosado: «atraído por la llamada de un público que busca rememorar las salvajes sensaciones de antaño, el cineasta regresa para llenar el suelo de casquillos que vuelan a cámara lenta frente a un impasible protagonista». Es así, es la acción y la violencia como posicionamiento frente a espectadores gustosos de estas historias. Pero hay más…
Brilla esta obra en su ejecución, con una acción tremendamente física, sin colorantes, sin aditivos. Una acción que ruge en el prólogo con diez minutos iniciales espeluznantes y de buen cine. Luego viene cierta travesía del desierto. Tras una inesperada pausa de unos cuarenta minutos, de nuevo rompe la cosa hacia un clímax excitante, muy bien planificado y montado con maestría. Excelentes escenas de persecución (Brian al volante de un Ford Mustang reforzado: genial), disparos y mandobles muy conseguidos, picados, contrapicados, primerísimos planos o acrobacias de lucha meritorias.
El mayor desafío del director Woo, sin embargo, es contar la película casi sin diálogos, apoyado en la fuerza visual de las imágenes, movimientos inverosímiles y un endiablado poder cinético. Especie de cine mudo, y la apuesta por un thriller de venganza donde no se dice ni mu, pero que va sobrado de estilo como para que no levantemos la mirada de la pantalla ni un minuto.
Sin duda Woo se siente atraído por un público que pide que rememore las sensaciones silvestres de hace unos años, mientras las balas silban sobre la testa de nuestro empecinado vengador. No cabe duda de que, tras un comienzo serio y dramático, Woo acaba por pasárselo bien, parece divertirse detrás de la cámara, disfruta y emplea su saber y su oficio, lo cual traslada al espectador en forma espectacular (es Woo quien acierta a realizar muchos de los trucos de cámara que se muestran). Colabora a ello la vibrante partitura de Marco Beltrami y una artística fotografía de Sharone Meir.

Aspectos de interés
Pero yendo, como decía un poco más allá de los disparos y golpes, a mí me han llamado la atención tres aspectos principales en el desarrollo de la película.
1. Silencio, no parlamento: El primero, es que se trata de una cinta silente, ni media palabra. Nuestro protagonista ha sido roto por un disparo en la garganta, también por el dolor, y ha quedado sin voz; está la herida profunda que afecta a sus cuerdas vocales, pero también la herida emocional que afecta al ánimo y a su proyección de vida. Roto Brian de dolor y sin voz, sin voz también porque su corazón está destrozado. Se dice, cuando sucede algo impresionante: «se quedó mudo», pues esa es una lectura sustancial, Brian enmudeció por la marcha brutal de su hijito.
Incluso podemos pensar que a Brian se le apagó la primera fuente de comunicación humana: el lenguaje hablado, el poder relatar, intercambiar impresiones, contar ocurrencias, informar al otro, hacerse notar; por no hablar de otras actividades comunes como chismorrear, difamar o calumniar. Hablar, aquello por lo que vivimos y de lo que todos podemos disfrutar y valernos sin excepción. Hablar, poder hablar sin parar. Eso se le acabó a nuestro protagonista que quedó así en un silencio de angustia. Ni siquiera poder gritar, hacer catarsis, descargar con un alarido, ejercitar los órganos fonadores, no, no hay sonidos, no hay grito, no hay habla, la comunicación muy restringida.
Esto es algo insólito en cine de acción y drama, un mérito para el guion de Robert Archer Lynn, que lleva adelante el relato sin diálogos, si bien lleno el metraje de gestos y símbolos, como un globo rojo que flota sobre un barrio del centro de la ciudad; o la maquinaria de música del hijo muerto que lleva en el coche y que cuando la pone en marcha le anima a seguir en la lucha; gestos muchos; la esposa (y madre) abandonada a su suerte por la frialdad del protagonista (entre ellos se comunican mediante mensajes de texto y notas escritas a mano).
Es, además, un silencio metafórico, un silencio que habla del duelo que Brian ha de pasar. Un relato gestual, una película limitada en lo aparente, que no obstante consigue trascender, para levantarse y alzar el vuelo por su semántica, su diversa intencionalidad. Esta reducción de los diálogos al mínimo obliga a Woo a usar la cámara, la edición y el diseño de sonido, que suplen los intercambios verbales, para contar la historia.

2. El hombre maternal: Me ha llamado la atención también que es el padre, y no la madre, quien más siente y padece y se atormenta por la pérdida del hijo; la esposa sufre, pero ella puede reintegrarse antes a su trabajo y a la vida cotidiana. Para ella, en un sentido freudiano diría, lo más importante desde el inicio de la tragedia fue que su marido-hombre viviera a las difíciles intervenciones quirúrgicas a que fue sometido.
Una vez a salvo y en casa Brian, parecía que cierta felicidad conyugal habría de sobrevenir. Sin embargo, la respuesta del esposo es de marasmo y frialdad. Entonces, veo que este hundimiento moral, que ha sido en lo tradicional más propio de la madre, en este caso pasa al imago paterno. Así, padre maternal, lo que sin duda es más al uso de la realidad de estos tiempos de padres más «femeninos» y dulces con sus vástagos, diferente a lo que sucedía hace unas décadas.
3. Aprendiz de vengador: Está el capítulo, no de «aprendiz de brujo», sino de aprendiz de vengador. En las películas de vengadores, que son bastantes, tipo las de Charles Bronson, Clint Eastwood, Liam Neeson o Denzel Washington, los personajes son gente más que bragada, puestas y preparadas mental y físicamente para la venganza, la acción, la violencia y la crudeza sin límite. Pero hete aquí que Woo introduce en la figura de Brian, una variante insólita. Un hombre normal, sin cualidades físicas, sin capacidad para la lucha, sin aparente repertorio personal ni muscular ni mental para ser un sujeto aguerrido, bragado y dispuesto a batirse el cobre ante el cadáver de su hijo.
Lo que no deja de tener su gracia es que Woo, en vez de darnos ya un personaje hecho a lo Bronson o a lo Statham, lo que nos presenta es a un hombre flojeras, alcoholizado y rendido. Pero hete aquí que Brian, como cayendo del caballo, decide, por su cuenta y riesgo, pasar lo que le resta del duelo por su hijo preparándose en el manejo de armas, disponiéndose para la lucha cuerpo a cuerpo, y otras habilidades con arma blanca o de fuego. Ello como camino para ser un vengador potente. Como resultado de ese esforzado y duro entrenamiento, a fe que lo consigue. Además, sin la figura de ningún maestro (algo también tópico que aquí no es).

Reparto y cierre
Tiene el filme un reparto completo, muy físico, con actores y actrices como un Joel Kinnaman que pasa el corte, pero sin tirar cohetes; Catalina Sandino Moreno da la talla o semitalla en el rol de la esposa de Brian, con gestualidad dramática bien, tal vez un poquitín forzada; Kid Cudi está correcto como el policía que anda en la misma onda de investigar a los pandilleros asesinos; acompañan bien un Harold Torres que puede ser el mejor como sicario maligno y toxicómano, Vinny O’Bryen, Yoko Hamamura y John Pollack. Buen coro de asesinos y sayones.
Para cerrar diré que la película me ha parecido bien y no entiendo las razones que han llevado a críticas nada buenas sobre esta cinta. Es una peli buena para pasar el rato, sobre todo para cuantos conciben el misterio detectivesco y la venganza como un desplazamiento de la vida, como una metáfora de ella.
Nada indicaría que no tiene sustancia la obra de Woo, al contrario, hay mucha peli de cacharrería sin enjundia, pero en esta, mirando sobre todo lo que late, lo que se puede leer por debajo del silencio imperante, encontramos referencias culturales y variables (que no son violentas obviamente, o no sólo) que se reproducen en este mundo nuestro de la postmodernidad o como se quiera llamar, y que ayudan a entender mejor el tiempo que vivimos.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos DeAPlaneta