Bird (3)

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Áspero mundo

El concepto de autoficción se ha expandido últimamente en el territorio de la narración. El autor real se incrusta como una instancia más en la geografía diegética, rompiendo las rígidas barreras que el estructuralismo había forjado entre lo real y su representación.

El yo adquiere el estatuto de mera marca ficcional, sin renunciar a su condición ontológica como sustento y responsabilidad última del entramado narrativo, añadiéndole un plus de veracidad, casi de legitimidad: aquella que otorga la experiencia corporal y anímica de un sujeto, literaturizado, por supuesto.

La directora y guionista Andrea Arnold (Kent, Inglaterra, 1961) surfea sobre las olas de esta nueva tendencia artística para rendir un sincero homenaje, un rendido tributo a su hogar natal y al paisaje de su infancia. Arnold ha ido elaborando a lo largo de su carrera una mirada ríspida, áspera, sobre el mundo que nos ha tocado vivir. Y, no obstante, ha conseguido con la piedra pómez de su cámara pulir la corteza que envuelve este rugoso mundo para conseguir extraer poesía.

El cine de Arnold se inscribe dentro de esa corriente de cine social que la cinematografía inglesa inauguró en los cincuenta al socaire de los angry young man y del free cinema. Una mirada airada y con ira que buscaba evidenciar la hipocresía de una sociedad que naufragaba y abjuraba de la visión victoriana e imperialista decimonónica. El cine como herramienta desmitificadora y, a la par, activo instrumento de denuncia social.

Arnold acepta el reto de continuar dicha tradición crítica, pero sin renunciar a la innovación formal, a un nuevo modelo de representación, acorde con los parámetros ideológicos y de contenido. La forma es fondo. El significante es significado. De ahí un estilo casi dogmático (en la estela del danés), una cámara nerviosa y balbuceante, sin la falsa seguridad de un trípode; una naturalidad que trastabilla en el seguimiento y retrato de sus protagonistas.

La directora de Red Road (2006) conoce la tradición cultural de su país y la admira. Por ello realizará la enésima versión del clásico de Emily Bronte Cumbres borrascosas (2011), invirtiendo el clasicismo y el desaforado romanticismo que emanaba de la canónica versión de William Wyler para ofrecer su radical y no menos lírica versión, con un tono ocre en que el paisaje salvaje de la campiña inglesa adquiere estatuto de un personaje más, con un aullido omnipresente del viento y un crepitar de las ramas de los arbustos sobre la cámara a modo de una sinfonía atonal.

Porque Arnold es tan conocedora como respetuosa con la tradición literaria de su país y porque su cine social se imbrica de lleno en el imaginario dickensiano de la orfandad y de la pobreza, su obra renuncia a la moralina y al discurso aleccionador. Ella muestra, pero no juzga. Será el espectador quien deba emitir el juicio de valor sobre las historias que la mirada y la voz de Andrea Arnold pergeña.

Los premios cosechados en el festival de Cannes han avalado la labor de la directora inglesa. Es más, recientes películas británicas de nuevos cineastas, tales como Aftersun (Charlotte Wells, 2022) o Scrapper (Charlotte Regan, 2023) son deudoras del modus operandi y de la cosmovisión de la directora de Fish Tank (2009), tanto en lo que cuentan como en la manera de contarlo: relatos en los que la orfandad, real y metafórica, ocupan un lugar prominente, y en los que el modo de contar y mostrar dicha ausencia paternal —o las fisuras y las grietas de la misa— es indisociable del dolor de la carencia.

Arnold se desenvuelve a años luz del melodrama y el drama, empero, circunda su universo y lo empapa. Y al igual que ocurre en Dickens, la esperanza llega al final. Pues Dios aprieta, pero no ahoga.

Con Bird, Arnold revisita el paisaje de su infancia, la comarca de Kent, en el sudoeste inglés. Una región dura, habitada por los desheredados de la tierra, por los olvidados de la sociedad, por aquellos que sufren el ostracismo del Estado, cuyas instituciones (policía, servicios sociales) brillan por su ausencia.

Estamos en el mapa de los edificios constructivistas de raigambre soviética; de las viviendas sociales; del paro y de la desestructuración familiar.

Estamos en el mapa de los edificios constructivistas de raigambre soviética; de las viviendas sociales; del paro y de la desestructuración familiar. Las familias no es que estén rotas, es que son un agrupamiento promiscuo y abigarrado de padres, madres, padrastros, madrastras, hermanastros…, en un tótum revolutum en donde sálvese quien pueda.

El ejercicio de reflejar tal infierno obliga al espectador a soportar lo desagradable, aquello que raspa su mirada y su sensibilidad. Edificios garabateados con múltiples grafitis; sucios, sórdidos; con camastros en el suelo; con la vecindad desocupada, sin oficio ni beneficio. Un panorama de la devastación social; un retrato de los parias de la tierra, de los desheredados, de aquellos a los que la izquierda posmoderna, la izquierda identitaria y woke,ha dado la espalda y ha invisibilizado.

Una población alienada por el consumo del alcohol y de drogas; cuyos días transcurren entre las resacas, los cuelgues y los karaokes caseros; cuyo mayor signo identificativo son los tatuajes onmipresentes en su piel.

En medio de este panorama desolador, Arnold reivindica a una flor oscura, mestiza, híbrida, cuya sensibilidad todavía no está atrofiada porque aún le resta inocencia, esperanza, a pesar del malestar y del rencor que la aprisiona. Huelga decir que la biografía de Andrea Arnold es muy semejante a la de sus personajes. Hija de un matrimonio de padres adolescentes (madre de 16 y padre de 17 años), el personaje de Bailey (encarnada por la joven actriz Nykiya Adams) se convierte en una especie de alter ego al que Arnold le otorga la tarea de sustentar todo el guion, toda la historia.

La anécdota argumental es mínima. Bug, el padre de Bailey, un joven de apenas 30 años, se casará dentro de una semana con su nueva novia, la cual aporta al matrimonio una niña de dos años. Bailey comparte hogar con su padre y Hunter, un hermanastro de 16 años, hijo de una relación esporádica de Bug. Bailey se niega a reconocer dicho matrimonio, lo cual desatará la ira de su juvenil padre.

El refugio de Bailey en mitad del páramo que la envuelve son las grabaciones con su móvil.

En medio del derrumbe vital de Bailey, hará acto de presencia un estrafalario y estrambótico personaje: Bird, un exvecino que busca encontrar a sus padres, pues fue abandonado por ellos hace más de veinte años. Bird se convertirá en un puntal de apoyo y de esperanza para la encabronada Bailey, la cual desempeñará el papel de cicerone para que el hijo pródigo encuentre a su familia. Y vaya que si la encuentra: unos padres adolescentes y enajenados que se deshicieron de él. La madre ni se sabe cómo acabó, pero obviamente muy mal, entre las aguas del estuario. El padre ha rehecho su vida y no ha querido tener hijos. Tampoco quiere al que ahora se le presenta.

Así pues, Bird todavía chapotea en un fango más espeso que el de Bailey. Su nombre, su personaje, será la herramienta que Arnold utilice para insuflar, en medio de la nada, de la intemperie emocional, la esperanza. Y lo hará de modo ostentoso, casi brutal, refutando la contención que el propio desarrollo de su historia había evidenciado.

El refugio de Bailey en mitad del páramo que la envuelve son las grabaciones con su móvil. Y su posterior proyección en la pared de su habitación (cineasta en ciernes, proto Arnold infantil). Bailey graba todo aquello que la pueda dañar: al agresor de su madre (una mujer con cuatro hijos de cuatro padres diferentes, toxicómana, carne de cañón para maltratadores como el actual con el que retoza y convive), a quienes ejerzan violencia o traten de intimidarla, pero también registra con su teléfono móvil la… belleza, la poesía que detecta en un entorno hostil: flores, insectos libando dichas flores; pájaros: gaviotas, cuervos; caballos.

El inicio de la película nos muestra a Bailey en mitad de un puente mientras graba el vuelo de una gaviota que se posará a su lado y que le grazna. Dicha secuencia nos ofrece a una joven tras unos barrotes (los del puente real; los de la vida metafórica), apresada y encarcelada por su situación personal, que contempla y envidia el vuelo en libertad del pájaro.

Y será el personaje de Bird, un escalón social más hundido que ella, quien devendrá ángel liberador, no exterminador. Pues como tal ángel de la guarda se comporta con respecto a la muchacha desde su (¿milagrosa?) aparición. 

Como es notorio que Arnold ama a sus personajes, no los menosprecia ni sojuzga.

En la secuencia con mayor violencia explícita de la película, aquella en que su madre es agredida por su patibulario amante, Bird se transforma en un pájaro, una especie de águila que logrará desembarazarse del furibundo amante. Arnold no se esfuerza por maquillar la irrupción de lo fantástico en medio de la mayor sordidez. Queda el recurso de adjudicar a un delirio de Bailey, a una visión de la chica, conmocionada por los golpes que le ha infligido el chulo de su madre, la transformación de Bird en un pájaro. O tal vez sea simplemente la confirmación de su identidad benefactora.

Al mismo tiempo, el personaje del padre: Bug, se agranda y se enaltece. Su afición al baile y a la música le sirven a la directora para puntear todo el relato con una banda sonora que subraya y acompaña y complementa a las imágenes: por aquí desfilan las canciones de Blur, Fontaine DC, Coldplay, Sleaford Meds…, ya que la música canaliza las emociones de aquellos que no tienen otro recurso, otro lenguaje, para expresarse.

Como es notorio que Arnold ama a sus personajes, no los menosprecia ni sojuzga. El joven padre Bug muestra su amor paternal cuando junto con Bailey parten en busca de Hunter, que pretende huir a Escocia con su joven novia (14 años) a la que ha dejado embarazada. Ahora sí Bug ofrece y ejerce su amor de padre: ama a sus hijos y nunca piensa dejarlos en la estacada.

Llega el día de la boda. Y se celebra la ceremonia. Y se muestra lo horteras que son, lo zafios y vulgares. Pero también aparece la sinceridad que los habita. Y aparece el perdón y la comprensión y la aceptación de su familia por parte de Bailey. Y bailan y cantan y son felices. Y aparece Bird para despedirse de Bailey e incitarla a que ni se hunda ni renuncie a sus sueños. Y Bird se va. Y Bailey llora. Y aparece un pequeño zorro que se cuela en la fiesta. Sí, un símbolo de esperanza, como el pájaro, como Bird. Una senda que Bailey tomará, la del arte, la de la imaginación, para poder zafarse de su entorno sin renunciar a él, a lo que es. Como hizo la misma Andrea Arnold. Y ahora nos muestra su hogar, sus orígenes. No se avergüenza. Está orgullosa de ellos. Y los comparte con nosotros.

A modo de coda final, durante los títulos de crédito aparecen insertadas grabaciones del teléfono móvil de Bailey-Andrea Arnold. Se nos muestra a los orgullosos habitantes reales del condado de Kent, los cuales forman una piña, una comunidad que se protege y se ayuda entre ellos. A todos ellos les dedica este tan áspero como tierno filme su convecina, su semejante, su hermana.

Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Avalon