Camboya, 1978 (4)

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Testimonio del terror

«Y sus revoluciones
más crueles e injustas que las leyes…».
(Luis Cernuda)

El poder siempre está en la sombra. No se puede ver. El rostro oculto del poderoso, cuyo encubrimiento oculta una riada de asesinatos, torturas y desapariciones. El poderoso se llama Pol Pot y es el líder de los jemeres rojos camboyanos. La secuencia de la entrevista se produce en una oscura sala indeterminada, a finales de 1978. El interlocutor de Pol Pot es Alain (Grégorie Colin). Ambos, en su juventud, fueron compañeros de estudios en la Sorbona parisiense. Se empaparon de marxismo. Alain se convirtió en un periodista entusiasta de las revoluciones. Pol Pot, en uno de los genocidas más crueles del siglo XX.

Ambos, Alain y Pot, dialogan sobre Kampuchea Democrática, el eufemístico nombre —al igual que la República Democrática Alemana, la RDA— con el que los revolucionarios encabezados por Pot bautizaron a Camboya cuando llegaron a los mandos de este país asiático, en 1975. En un nivel fílmico, la escena de la entrevista, climática dentro del filme Camboya, 1978, y colocada estratégicamente cerca del final del largometraje, adquiere el impulso necesario de la magistral apertura de El padrino (1972), de Coppola, con la cara de Brando ensombrecida, Corleone en su silla, acariciando un gato, con la voz pétrea.

Camboya, 1978 (Rendez-vous avec Pol Pot) es una obra testimonial, de enorme valía ética y memorística, de un superviviente de la crueldad jemer: el cineasta Rithy Panh. Este creador, de 60 años, logró escapar de la tiranía de Pot en 1979, siendo un adolescente. Asimismo, en 1979, se derrumbó el proyecto genocida de los jemeres rojos. Los familiares de Panh perecieron dentro del genocidio perpetrado por estos dementes revolucionarios: fueron dos millones de camboyanos los que fallecieron en el exterminio.

La revolución de Pot y sus jemeres no era el cumplimiento de un sueño de justicia, progreso y libertad, como ellos falsamente pregonaban (como con falsedad se han pregonado tantas y tantas revoluciones que derivaron en proyectos criminales a gran escala), sino un plan sistemático de aniquilación del pueblo camboyano. Desde los años 90 del pasado siglo, Panh ha reflejado en su cine lo que supuso esa experiencia de terror y muerte para los habitantes de su país, los que murieron bajo la dictadura jemer, y los compañeros y los familiares de los asesinados y de los desaparecidos.

Entre los numerosos méritos de Camboya, 1978 se encuentra la progresiva toma de conciencia sobre el totalitarismo imperante que los tres periodistas franceses van adquiriendo en su visita a este estado asiático dominado por Pot. Los espectadores, poco a poco, descubren gracias a la mirada de los periodistas, a sus preguntas, investigaciones y fotografías, todo el tenebroso proyecto de aniquilación humana que se está desarrollando en Camboya en la segunda mitad de los 70.

La película resulta notable en la defensa de un periodismo digno y valiente frente a la barbarie. Un periodismo que, en virtud de su valentía y dignidad, va a dar a conocer al mundo la brutalidad inmensa que está dominando ese territorio de Asia. Brutalidad que es muerte, muerte, muerte. Silencio en las calles. Ciudades vacías. Largas y penosas caminatas. Procesos agrícolas forzosos donde los campesinos son esclavos. Cuerpos devorados por los caimanes. Ríos de sangre. Degradación humana. Destrucción masiva.

El guion de Camboya, 1978 está basado en el libro When the war was over, de Elizabeth Becker. En el personaje de Lise (Irène Jacob), la mujer periodista, que viaja a Camboya con Alain y el fotógrafo Paul (Cyril Gueï), podemos advertir las huellas autobiográficas de la propia Becker. Con todo, el trío protagónico cae con frecuencia en el esquematismo y las interpretaciones, siendo dignas, sobre todo la de Jacob, no son lo más destacado del filme de Panh.

En Camboya, 1978, hay una referencia cinematográfica directa: Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé.

En Camboya, 1978, hay una referencia cinematográfica directa: Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé. El largometraje ochentero contaba con brillantes actuaciones, pero carecía del atractivo estilo narrativo de la obra de Panh, que aúna con acierto e inteligencia las imágenes en color de la diégesis principal, las imágenes de archivo en blanco y negro para reforzar el carácter histórico y memorístico de la película, y las secuencias de animación con figuras de madera, que profundizan en la inocencia de las víctimas, así como en el enfoque ético y de denuncia del terror de Camboya, 1978. Es esta mezcolanza de estrategias narrativas la que aporta una indudable belleza cinematográfica al trabajo de Panh y un claro dinamismo a su relato fílmico.

En los retratos gigantescos de Pot, que evidencian el culto al líder, presente en todas dictaduras, acaso Panh reciba el influjo de Doctor Zhivago (1965), de David Lean. En la denuncia de la tiranía, Camboya, 1978 toma el aliento de películas imperecederas como Missing (Desaparecido, 1982), de Costa Gavras, o La vida de los otros (2006), de Florian Henckel, y vuelve a demostrar que el cine sigue teniendo una inmensa fuerza como arte de testimonio, humanístico, de recuerdo, para que nadie olvide las dictaduras chilena, alemana o camboyana, sean cuales sean los ideales que inspiraron a estas.

No quería terminar esta crítica cinematográfica sin mencionar otra de las secuencias cimeras de Camboya, 1978: me refiero a la que tiene lugar cuando Paul se atreve a hablar con un veterano campesino, y en el rostro de este viejo trabajador, esta vez sí un rostro diáfano, con las arrugas de la edad y de años y años de laboriosidad, podemos apreciar todo su dolor, toda su amargura, que quedan sintetizadas en ese «pero» adversativo que enuncia dubitativo, temeroso, por la presencia de los jemeres, secuaces del poder. Y en ese «pero» se condensa a nivel semántico la desaparición o el asesinato de su mujer y de sus hijos, metonimia de la muerte y la ocultación de tantas vidas inocentes, ajenas a la locura homicida de unos revolucionarios sanguinarios.

 «Sólo se pierde lo que no se ama».
(Claudio Rodríguez)

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos A Contracorriente films