Mickey 17 (3)

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¿Cómo es morir?

Tenemos el verbo morir en el subtítulo (He’s dying to save Mankind: Se está muriendo para salvar la Humanidad), pero lo cierto es que Bong Joon-ho, el director de la obra que hoy nos ocupa, está haciendo todo lo contrario desde hace ya años. Vivir, y vivir para el cine, para los premios y para obtener una gran respuesta de crítica y público. Hasta diríamos que es el director asiático hoy en día más internacional y exportable que podemos encontrar en el mundo.

Y buena prueba de ello es esta Mickey 17, producción norteamericana de una major de Hollywood, con reparto estelar y con holgadísimo presupuesto que se nota en cada uno de sus planos.

No en vano, hace seis años se estrenaba aquella cinta que le abría aún más puertas de las que ya tenía en la meca del cine. Parásitos, todas y todos la recordamos, se llevaba la Palma de Oro en Cannes para después hacer historia en los Oscar, y llevarse los premios a mejor película, película en habla no inglesa, director y guion, un hito difícilmente superable. Por no decir que ya era un director de culto con obras como Memories of a murder, Mother, The Host o Snowpiercer. Todas ellas, películas del fantástico que siempre ofrecían alguna que otra lectura social.

Mickey 17 entronca perfectamente con su filmografía previa. Porque podríamos decir que es más de lo mismo, para lo bueno y para lo malo. Especialmente si la comparamos con Snowpiercer, ya que guarda más de una similitud con aquella.

Para empezar, estamos en una especie de sociedad futura distópica en la que un equipo comandado por un fracasado aspirante a líder político (Mark Ruffalo, quien parece estar cogiendo gusto a este tipo de roles) que tiene la aspiración de lograr alguna colonización, la que sea, en algún planeta del espacio exterior para llevarse los honores y volver a primera línea de notoriedad social. Sus delirios de grandeza, además, están fagocitados por su esposa, una Toni Collette que vuelve a demostrar que borda cualquier interpretación, da igual el papel que le den.

En esta empresa participa Mickey Barnes, un perdedor no muy listo que se apunta a la misión para poder ganar un dinero que necesita para saldar una deuda y, de paso, desaparecer un tiempo del radar de su prestamista enfadado. Él se inscribe como «prescindible», porque no puede aspirar a nada más.

Los prescindibles son personas con las que poder hacer todo tipo de experimentos cuyo objetivo ulterior es la muerte; pero una vez muertos son reimprimidos, y vuelta a empezar una nueva misión destinada a tener una corta duración. Todos sus compañeros le preguntan incansablemente a Mickey: ¿Cómo es morir? Porque su vida, su cuerpo, su alma, no valen nada. Su destino es siempre la muerte, hasta que algo sucede.

Respetemos el equilibrio

Podríamos decir que la película se puede dividir perfectamente en tres partes. Durante casi la primera hora de metraje, atendemos un primer capítulo en la que conocemos a Mickey Barnes/Mickey 17. Conocemos quién es él hoy, quién ha sido, qué le ha sucedido y cómo ha legado hasta aquí. Osaríamos decir que esta primera parte es el tramo magnánimo de la propuesta. Su decidido talante deprimente, sádico e hiriente es el perfecto retrato de una sociedad futura que hace espejo de la nuestra propia. Los paralelismos velados, el ritmo narrativo y el retrato de personajes es simplemente excelente a todas luces.

Pero claro, hay que darle una trama al primoroso retrato, y aquí es donde entra en juego una nueva versión de Mickey (atención al maravilloso doblete de Robert Pattinson), hecha por error, en la que todo deviene en caos, comedia negra grotesca, hiperbólica y con aderezos de comedia romántica y sexual a la par. ¿Les suena eso de que dos cuerpos que provienen de la misma, digamos, esencia tienen que respetar un equilibrio entre ellos para poder realizar algo constructivo? Pues algo de eso ahí aquí también y con este pistoletazo de salida, la película vira completamente hacia otros géneros.

Al final, se trata de una fábula que termina por ser deliciosamente bonita sobre la odisea de un personaje nacido para ser pequeño.

Joon-ho, claro, tampoco respeta el equilibrio. Y si hasta ahora nos había brindado una tragicomedia negrísima, ahora nos cambia el juego para irse a por un segundo episodio mucho más rocambolesco, graciosillo, cercano al dislate. No es que este nuevo tramo sea malo, pero simplemente queda desmerecido ante todo lo que hemos visto con anterioridad.

Y aún nos quedará la conclusión, mucho más belicista y propia de una serie B antigua, aunque con amplios recursos, en la que nos queda claro por fin que Joon-ho ha querido hacer algo así como una película de ciencia-ficción, pero muy llevada a un terreno experimental, surrealista y antisistema que nos habla de las estructuras empresariales, de la tiranía del mundo laboral o de la deshumanización del mundo. Todo ello, con una impecable factura, y unas buenas interpretaciones.

Porque está claro que, aunque tenga ese espíritu de cine añejo de monstruitos alienígenas y platillos volantes, Joon-Ho construye una especie de nueva concepción del blockbuster de batallas interestelares con todos sus ingredientes habituales —androides replicados, comandantes despiadados, una nueva raza descubierta en un planeta desconocido— pero con un regusto absolutamente sui generis. Esta condición de rara avis es la que mayor provecho nos brinda a quienes queremos apreciar su insólito producto. Porque él ha hecho aquí más o menos lo que ha dado la gana, o al menos eso parece.

No estamos ante la obra más redonda de su realizador, es cierto, pero ese tres que acompaña a su título, es una declaración de intenciones de loar una película hollywoodiense que quiere ser arriesgada desde su base. Quiere ser entretenida, reflexiva y discursiva, y encima un poco bufonesca. Al final, se trata de una fábula que termina por ser deliciosamente bonita sobre la odisea de un personaje nacido para ser pequeño. Y con ello nos quedamos.

Escribe Ferran Ramírez | Fotos Warner Bros. España

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