La Iglesia católica y su complejidad normativa

Esta es una de esas películas que se pueden denominar de tesis, o sea, que analiza temas doctrinales, en este caso del catolicismo. Esto me trae a la mente una distinción entre judaísmo y cristianismo. Tan excesivos los mandatos en el primer caso y tan sencillo el segundo.
Los preceptos judíos, conocidos como Mitzvot, son las 613 leyes o mandamientos que los judíos deben cumplir. Estos preceptos, que se encuentran en la Torá y se han desarrollado a través de la tradición rabínica, abarcan una amplia gama de aspectos de la vida religiosa y moral.
Sin embargo, el mandato principal del cristianismo, a menudo llamado el «gran mandamiento», es amar a Dios con todo el corazón, la mente y el alma, y amar al prójimo como a uno mismo. Jesús, en el evangelio, consolidó este mandamiento como el más importante: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
En alguna ocasión que he departido con algún conocido judío, me ha llamado la atención de la sencillez del mandato de Jesucristo, principio del amor que luego san Pablo, san Agustín («ama y haz lo que quieras»), etc. han subrayado una y mil veces. Para el religioso judío este mandamiento único se le antoja simple para sostener una creencia.
La cuestión es que siendo tan claro y simple el mensaje del amor, sin embargo, toda la arquitectura doctrinal y normativa católica (el derecho canónico, la teología, etc.), se pierde ante tanta normativa y legislación, incluso en aspectos que son meramente cuestiones del amor al prójimo.
Con más de dos mil años de permanencia y una cota de potestad que sortea fronteras, ideologías, culturas y lenguas, el sacerdote y su celibato, su fe y sus flaquezas, se han prodigado en el cine y en la literatura menos de lo que cabría esperar. Hace poco pudimos ver en pantalla Cónclave.
La historia
Simón es un sacerdote católico en un pueblo francés. Un hombre dedicado en cuerpo y alma a su parroquia y a sus feligreses: atiende a los enfermos, imparte el sacramento de la penitencia, dice misa, prepara las homilías, asiste a los entierros y cuantos otros oficios y menesteres son propios de un cura párroco.
Pero hete aquí que, en uno de esos servicios propios de su ministerio, se encuentra con Louise, una mujer a quien conoció años antes de ordenarse en sacerdote, en su época de seminarista. Ella le presenta a Aloé, su hijo de 11 años, poniéndole en conocimiento que él es su padre biológico.
Esta insólita declaración que le revela algo tan crucial como desconocido para él, hará tambalear, al menos inicialmente, su labor y la vida cotidiana de Simón, le lleva a cuestionar las certezas que han guiado su vida de pastor de la iglesia.
La historia pone la mirada en el celibato, más concretamente, en la paternidad de un párroco enfrentado al fruto de sus relaciones sexuales consumadas antes de que abrazara la unción sacerdotal. O sea, la película tampoco es excesiva en su planteamiento, ni perversa, ni extraordinaria en su trazado.
La pregunta es si puede continuar siendo un piadoso sacerdote para los feligreses y, a la vez, cumplir en forma eficiente y suficiente el papel tan importante y responsable como padre de su hijo. En medio de una institución en crisis, la Católica, Simón emprende una lucha contra sí mismo y para convencer a sus superiores que su voto de obediencia y celibato son compatibles con el profundo amor que siente hacia su hijo.
Película dirigida por el director Ronan Tronchot, director francés joven y sin demasiado currículo que asume su primer largometraje apoyado en la garantía del actor Grégory Gadebois, metido en la piel del padre Simón.
Es un drama que aborda el conflicto entre la vocación religiosa y la paternidad inesperada. El recorrido de la cinta sigue a Simón, sacerdote que descubre que tiene un hijo fruto de una relación previa cuando era seminarista. Este hallazgo lo enfrenta al dilema moral profundo de si puede o no seguir ejerciendo cura, sin renunciar a su papel como padre de un menor que está falto de su presencia.

El nódulo argumental
Esta cinta trata de la actualización de la Iglesia Católica en el siglo XXI. Sin oratorias ni sensacionalismos, Tronchot y Ludovic du Clary (coguionista), van directos al nudo argumental sin ambages. En minutos, Tronchot presenta a su protagonista como un hombre bueno, un cura sensible y responsable en su rol de párroco.
También aparece como un hombre vulnerable, con bondades y desmañas. Pero su cruz se inicia cuando debe enfrentarse a un chaval hijo suyo, un niño de once al que no sabe responder por qué todos lo llaman padre y él no puede llamarlo papá cuando es veramente hijo suyo.
La película se divide en dos partes diferenciadas. En la primera, Tronchot adopta un enfoque casi documental, mostrando la rutina de Simón en su parroquia: la preparación de comuniones y bautizos, la gestión administrativa de la iglesia, el acompañamiento de feligreses en momentos difíciles, el mero hecho de distribuir las obleas eucarísticas, el cuidado de las casullas y otros ropajes litúrgicos o recibir en su despacho a una joven que quiere abortar ante un embarazo no deseado. Esta parte es especialmente efectiva porque evita el sensacionalismo y presenta una visión realista de la vida sacerdotal.
En la segunda mitad, la trama se centra en el conflicto con la institución religiosa, es decir, cómo puede hacer para continuar con su ministerio y a la vez ejercer como padre de su hijo. En este punto adopta un tono más discursivo, convirtiéndose en una película de tesis, que busca cuestionar la rigidez de la legislación católica sobre el celibato y otros aspectos de la vida de los curas.
En esta parte los eclesiásticos que rodean a Simón en su ciudad, sus colegas, su compañero el padre Ammiens, incluido el obispo, un hombre de avanzada edad, se muestran contra la pretensión del sacerdote de continuar con su labor a la vez que cumple su función paterna. Puede que este cambio de tono haga que el mensaje devenga obvio en exceso, perdiendo parte de la sutileza que caracteriza la primera parte.

Guion, dirección y reparto
Tiene un guion bastante bien escrito del propio Tronchot junto a Ludovic du Clary, un relato que resulta muy interesante, en el cual se desvelan elementos de hipocresía y de intransigencia por parte de los monseñores que debaten y juzgan sobre el caso.
Con este libreto enredado, Tronchot hace una dirección serena, solvente y discreta, cinematográficamente. Siempre con el dilema moral utilizado para intentar abrir puertas rocosas. Difícil asunto.
Tronchot va dejando muestras en el metraje de señales sorprendentes. Laten, más allá de la evidencia, cuestiones apenas sugeridasaccidentalmente. Por ejemplo, no se muestran los sentimientos que tiene hacia Simón su compañero, el padre Ammien, un argelino nacido en un mundo musulmán; tampoco se aclara mucho sobre la angustia y la actitud de su obispo, salvo que, cuando lo jubilan, muestra gran alivio.
Es llamativo en el reparto el sensacional papel de Grégory Gadebois, muy bien como el sacerdote biofílico y amoroso que tanto ama a su hijo como a los fieles. Gadebois logra transmitir con gran sensibilidad la lucha interna de su personaje y su trabajo es convincente, dotando al sacerdote que encarna de una humanidad palpable, evitando caer en estereotipos. Muy bien Géraldine Nakache, como la madre del niño. Están más que correctos Lyès Salem como el padre Ammien y Jacques Boudet como el obispo de la diócesis.
Acompaña un equipo de actores y actrices de reparto muy bien todos: Anton Alluis, Noam Morgensztem, Françoise Lebrun, Sarah Pachoud, Daniel Tarrare, Christophe Tek, Buno Le Millin, Gaia Marnat y Nicolas Gachet.
La puesta en escena es sobria, con una fotografía de Antoine Chevrier que juega con la iconografía religiosa sin resultar excesivamente cargada ni excesivamente simbólica. A esta estupenda fotografía se suma la sugerente música de Damien Tronchot envolviendo el relato.
Conclusión
Es una película interesante por su enfoque íntimo y su capacidad para generar debate sobre la modernización de la Iglesia. Aunque la trama puede ser prevista anticipadamente, sobre todo en ciertos momentos, y el guion, tal vez, podría haber explorado con mayor profundidad las contradicciones internas del protagonista y los excesos normativos de la institución católica.
El filme se desenvuelve en los márgenes de la corrección y lo pertinente, no asusta ni es irreverente, menos aún provoca sacudidas. Eso sí, desvela los entresijos de una ortodoxia secular, que parece debe mover ficha y renovar sus viejos hábitos.
Obra, en fin, que, con preguntas importantes sobre la compatibilidad entre la fusión sacerdotal católica y la paternidad, ofrece una reflexión sobre los desafíos que enfrenta la Iglesia del siglo XXI.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Ver Cine