Algo huele a podrido en Rumanía

Lo bueno que tiene el que lleguen a nuestra famélica (de buenos títulos, se entiende) cartelera trabajos provenientes de cinematografías que no sean de habla inglesa nos permite conocer de primera mano realidades que o bien se nos escapan por no prestar la suficiente atención a las noticias que nos llegan desde allí o simplemente porque aquí se da prioridad a otro tipo de temas que nada tienen que ver con la denuncia de sistemas anclados en viejas tradiciones.
Después de visionar la muy recomendable Tres kilómetros al fin del mundo me interesé por recabar información sobre el tratamiento de la homosexualidad en Rumanía y mi sorpresa fue mayúscula ante datos tan escalofriantes como: no reconoce el matrimonio igualitario ni las uniones civiles entre personas del mismo sexo y el ochenta por ciento de la población está en contra de los homosexuales, dato solo superado por ¡Grecia!
Emanuel Parvu, de quien hasta la fecha tan solo se había estrenado en nuestro país su anterior filme, Mikado, ha construido un conmovedor mosaico dramático y emocional en su último trabajo, Tres kilómetros al fin del mundo, sublimando todo lo que ha hecho del cine rumano un cine intrigante y socialmente crítico durante años.
La cinta nos llega avalada por haberse alzado como ganadora de la Palma Queer en Cannes y de la Espiga Arcoíris en Seminci.
Aquí, Parvu problematiza todos los puntos neurálgicos de la sociedad rumana, desde la corrupción en los microambientes, en un círculo vicioso donde todos tienen a todos en sus manos para algo, pasando por la brecha entre el tradicionalismo y la estrechez de miras ante el torbellino y la velocidad del cambio que destruye los conceptos establecidos, las visiones del mundo y la terquedad, hasta la ausencia esencial de libertad y hasta las prácticas exorcistas en un país que, aunque parezca mentira, forma parte de la Unión Europea.
En el camino, el director establece una crítica directa dirigida a todas y cada una de las instituciones vivas de su país: la Iglesia y los sacerdotes (conectando con la muy recomendable Más allá de las colinas, de Cristian Mungiu), el aparato policial, más podrido que un zombi de Walking Dead, los lugareños adinerados e influyentes cuyos hijos golpean brutalmente a los «pervertidos sexuales», personas de arriba que, con un movimiento o una llamada desde una posición de poder, resuelven los problemas locales y eliminan a los espíritus rebeldes que imaginan que traerán algo de justicia…
La historia se ambienta en un pueblo del delta del Danubio, desde donde los jóvenes suelen ir a la cercana Tulcea para estudiar. El joven Adi (Ciprian Cijdea) está siendo preparado para una academia naval gracias al esfuerzo económico de sus padres, pobres y endeudados, pero sus planes se ven repentinamente interrumpidos por un incidente cuando los hijos de un hombre rico de la localidad (Richard Bovnocci) le golpean sin compasión, irritados al verlo «demasiado» cerca de un joven desconocido, a quien la película llama turista.
Los padres, conmocionados (Bogdan Dumitrake, Laura Vasiliu), desconocen las inclinaciones amorosas de su hijo, y así comienza una grave ruptura familiar y dolorosos enfrentamientos. Adi es esta vez víctima de sus propios progenitores, quienes se retuercen en estados de ánimo derrotistas que van desde la incredulidad, la inaceptación y la desesperación hasta la búsqueda de soluciones (erróneas) para salir del apuro. En este caso, el sacerdote local (Adrian Titijeni) desempeñará un papel fundamental, en una escena más propia de una película de terror que de un drama humano.

Parvu se adentra en cada personaje con una profunda comprensión y sigue la lógica individual de sus pensamientos y abismos emocionales en un entorno que no cambia de perspectiva, profundamente arraigado en las leyes no escritas del funcionamiento de una pequeña comunidad donde lo que ocurre al otro lado de la valla del barrio sigue siendo vigilado de cerca.
Aunque siente mucha pena por la situación vejatoria que sufre el joven, asfixiado por su entorno y sus propios padres, el director y a la vez guionista de la película (que firma junto a Miruna Berescu) comprende el dolor de las personas con ideas convencionales y el sufrimiento que sienten cuando la pobreza y las deudas se añaden a algo que los desvía por completo de su predecible vida cotidiana y del camino establecido.
El principal motor narrativo de la mayoría del cine rumano, a saber, el tema de la corrupción y sus viles mecanismos que corroen y destruyen cualquier visión más sana y optimista del futuro, también está presente aquí con profusión, siguiendo especialmente y de forma muy convincente las indicaciones de auténticos maestros en la materia como Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días; Los exámenes; R.M.N); Radu Jude (Un polvo desafortunado o porno loco; No esperes demasiado del fin del mundo) o Calin Peter Netzer (Medalla de honor; La mirada del hijo).
En definitiva, un recomendable trabajo que posee la virtud de encontrar en su camino la justa dosis de dramatismo y emoción, logrando una armonía y un ritmo agradables sin caer en el desaliento.
Escribe Francisco Nieto | Fotos Vértigo Films