El cuadro robado (3)

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La degeneración del arte

De entrada, siempre resulta estimulante conocer como dato a tener en cuenta que la película que vas a ver está basada, o, como en este caso, inspirada, en un hecho real, y el interés puede resultar aún mayor cuando está de por medio el expolio de bienes culturales por parte de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial (enseguida se nos viene a la cabeza Monuments Men, con Brad Pitt, aunque no la recordemos precisamente como una buena obra).

De eso trata El cuadro robado, la nueva película del reputado guionista Pascal Bonitzer (Benedetta, Los Inocentes), que también explora la idea de la conexión, aunque quizás no de la misma manera, que algunos de sus anteriores trabajos en su faceta de realizador (entre nosotros solo se ha estrenado Pequeñas heridas, de 2003). Aquí, las relaciones se dan entre colaboradores mayoritariamente distanciados.

André es un especialista reconocido en arte moderno y también ejerce de subastador. Se gana la vida buscando, comprando y subastando obras de arte. Es bastante creído, lo que le genera más de una situación de tensión con su becaria recién contratada, Aurore. Ella es una joven ambiciosa, deseosa de dedicarse al mundo del arte e ir escalando posiciones en el ramo profesional. Pero simplemente no está de acuerdo con los métodos de su jefe, a quien le afea en repetidas ocasiones su vanidoso comportamiento.  

El trabajo de André se vuelve mucho más interesante cuando Martin, un simple trabajador de una fábrica, descubre que tiene en su casa un valioso cuadro perdido de Egon Schiele, un expresionista austriaco. Vender el lienzo resulta más complicado de lo esperado; la obra fue robada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Martin, sin embargo, desconoce cualquier irregularidad y, tras enterarse de la noticia, quiere deshacerse del cuadro lo antes posible.

Resulta muy interesante el trasfondo histórico que rodea a tan singular hallazgo: El arte degenerado (en alemán, «Entartete Kunst») fue un término peyorativo utilizado por los nazis para describir el arte moderno que consideraban inmoral, decadente y perjudicial para la sociedad alemana. Esta campaña incluyó la confiscación de obras de arte de museos, la prohibición de exhibirlas y la persecución de artistas y críticos. Lo más curioso del caso es que en ocasiones también servían como dádiva a aquellos colaboradores de la causa menos importantes, los que habían efectuado pequeños favores a los gerifaltes. Y el caso del cuadro de Schiele fue uno de ellos.

Lo que sigue es un caos de quizás demasiadas subtramas y un drama in crescendo en torno a personajes que son de todo menos simpáticos. La primera escena revela que André tolera el racismo si resulta que está incluido en una buena venta, haciendo oídos sordos a los que otros utilizarían para poner el grito en el cielo. Aurore discrepa y, por lo tanto, parece convertirse en la contraparte comprensiva.

Sin embargo, esto se desmorona cuando resulta ser una mentirosa patológica, que miente para salirse con la suya. El conflicto en torno al cuadro robado es muy cautivador, y la complejidad moral de la historia es interesante e impulsa la trama a buen ritmo.

El planteamiento de los intrincados juegos políticos en el mundo del arte es desafiante y se yuxtapone eficazmente con la simplicidad del pensamiento y la existencia del pobre chaval que se ve abrumado por todo lo que se mueve alrededor de la pintura encontrada.

Desafortunadamente, la historia se empantana progresivamente en la monotonía de las historias personales de la pareja protagonista. Algunos ejemplos incluyen el drama entre André y su exesposa, el conflicto entre Aurore, su padre y un hombre en la subasta de arte, y otro conflicto entre Martin y uno de sus amigos. Algunas de estas historias están poco desarrolladas.

Sin embargo, la película intenta extraer emociones de estas subtramas poco desarrolladas y espera que el espectador se interese por personajes excepcionalmente antipáticos. Esto es posible: con el enfoque adecuado, es muy posible crear un clímax emocional para un villano. Sin embargo, la falta de desarrollo del personaje lo debilita.

Demasiado ambiciosa pero insuficiente; demasiado compleja para su propio beneficio, pero demasiado simple para tener un impacto duradero

La trama de Martin es, sin duda, el núcleo emocional; la película habría mejorado si se le hubiera dedicado más atención. Lo que sí sorprende a medida que avanza la trama es que se mueve entre la suavidad del lujo ostentoso y el intento de retratar el cinismo y el vacío de un mundo aparte, completamente ajeno a cualquier coherencia inherente a la vida cotidiana de la mayoría de los mortales.

Demasiado ambiciosa pero insuficiente; demasiado compleja para su propio beneficio, pero demasiado simple para tener un impacto duradero. Ciertas tramas, especialmente las que siguen a personajes secundarios, como el becario, resultan inapropiadas.

Y, sin embargo, gracias a la precisión y la ironía del guion de Bonitzer, de ritmo rápido, la película logra funcionar como un entretenido tónico de poco más de hora y media y una travesura ingeniosa. A veces, simplemente ver a personajes excéntricos interactuar de maneras extremadamente específicas es suficientemente entretenido.

Si bien la política en la que se mueve el mundo del arte es cautivadora, El cuadro robado puede no resultar lo suficientemente convincente. El estereotipo del empresario estadounidense, hilarantemente típico, no ayuda para nada. Un pequeño paso en falso en una historia conceptualmente sólida es perdonable, pero los repetidos tropiezos resultan frustrantes.

Escribe Francisco Nieto | Fotos Ver Cine