La gran ambición (4)

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Corazón demócrata

«Nuestra lucha unitaria tiene como objetivo la consecución
de una nueva sociedad socialista que garantice todas las
libertades personales y colectivas, civiles y religiosas, el carácter
no ideológico del Estado, la posibilidad de la existencia de
diferentes partidos y el pluralismo en la vida social y cultural».
(Enrico Berlinguer)

Una jornada soleada de este caluroso estío, he tenido la suerte de ver en Madrid el largometraje La gran ambición (Berlinguer, La grande ambizione), de Andrea Segre. El filme se centra en los años fundamentales de la actividad política de Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista Italiano.

Esa época, de 1972 a 1978, no sólo fue clave para Berlinguer y el PCI, sino para toda Italia, Europa y el mundo. Un período en el que se luchó por un socialismo democrático, que Berlinguer estuvo a punto de llevar a Italia, como Salvador Allende había llevado a Chile, y quién sabe si la experiencia italiana hubiera podido iluminar otros lugares de un planeta dominado por dos potencias imperialistas: Estados Unidos y la URSS.

La película de Segre se asienta en dos fuertes pilares: la maravillosa interpretación de Elio Germano, encarnando a Berlinguer, y el sublime montaje de Jacopo Quadri, que hace que el espectador se meta dentro de la obra desde un principio, al saber combinar las múltiples facetas de una persona única: el Berlinguer político, el Berlinguer familiar, el Berlinguer lector y escritor.

No es La gran ambición un biopic al uso, básicamente porque no sólo se acerca al líder político, sino que recrea todo un tiempo de ilusiones y esperanzas. En nuestros días, cuando la palabra «comunista», en boca de algunas personas de pensamiento hueco, sirve, según ellos, para insultar y denigrar, un largometraje como La gran ambición pone en valor la dignidad, el humanismo, todo el esfuerzo de algunos individuos como Berlinguer —en el fondo, al igual que Allende, representante de una colectividad, el pueblo italiano, los sectores más humildes del mismo—, que no sólo quería que Italia fuese un país mejor, más justo, libre y solidario, sino que también el mundo avanzara por las sendas de la justicia, la libertad y la solidaridad.

Entre los múltiples aciertos del filme de Segre se encuentra la potencia de la apertura, con la visita de Berlinguer a Bulgaria, en 1973, y la fuerza del cierre, con el asesinato de Aldo Moro, en 1978. Durante las primeras secuencias, con Berlinguer en uno de los países de la órbita soviética, el espectador ya puede notar la inteligencia del protagonista, sus firmes convicciones democráticas y su anhelo de independencia con respecto al poder de la URSS.

Berlinguer había sido posiblemente el político comunista europeo que con mayor arrojo y claridad había criticado la invasión de Praga, en la primavera de 1968, por parte de los tanques del Pacto de Varsovia. Dubcek, en Checoslovaquia, esencialmente intentó lo que Allende en Chile y lo que intentaría Berlinguer en Italia: un socialismo constitucional, parlamentario, pluralista, un socialismo que potenciara la democracia. Los tres se enfrentaron a enemigos poderosísimos: Dubcek a la URSS, Allende a EE. UU y Berlinguer a soviéticos y estadounidenses.

Resulta magistralmente rodada la secuencia del atentado-accidente en una carretera búlgara. Antes del mismo, dentro del vehículo, se produce una conversación cultural donde el intérprete le pregunta a Berlinguer cuál es su película preferida de Fellini y, antes de que Enrico pueda contestar, tiene lugar el choque contra un camión.  El intérprete fallece por el tremendo impacto. Berlinguer, herido, salva la vida por poco. Tras unos días ingresado, de nuevo en su casa de Roma, Berlinguer, que era muy lúcido, le confiesa a su mujer: «Leticia, creo que ha sido un atentado. Han intentado asesinarme». Y el espectador puede pensar que los soviéticos quisieron quitarse de en medio a Berlinguer, demasiado inteligente, demasiado valiente, demasiado libre, para ellos. No, el estalinismo no acabó con Stalin.

Después del notabilísimo inicio, la película se adentra brillantemente en el trabajo político y en la vertiente humana de Berlinguer en Italia. La discursividad del filme, tan lograda, tan auténtica, nos transporta desde una visita de Enrico a una fábrica química a una escena doméstica, con sus hijos y su mujer. De un recorrido por un barrio desfavorecido de Roma a un mitin, y de ahí a la consulta de un libro en su nutrida biblioteca, la redacción de un artículo periodístico o la reunión con sus camaradas comunistas.

En todos los momentos, los políticos, los sociales, los familiares, los culturales, Elio Germano nos ofrece a un completísimo Berlinguer que, por encima de su clarividencia política o su amplia cultura, sobresalía por su calidad humana. Esa es la gran impresión que obtiene el espectador al ver la película: que Berlinguer era un hombre muy bondadoso. Y bueno, en el buen sentido, como escribió Antonio Machado, porque Berlinguer conocía las enormes dificultades de su proyecto, y sabía las atrocidades que perpetraban los caimanes de izquierda y de derecha, en su país y en el planeta.

A lo largo del largometraje, se establece la conexión política y humana, entre Berlinguer y las gentes italianas. Aunque puedan discrepar de algunos de sus planteamientos, los obreros, los vecinos de los barrios, los colaboradores, hablan a Berlinguer con respeto, y en muchos casos admiración, y Berlinguer habla con ellos con sinceridad, de frente, honestamente. De nuevo, resuenan los versos machadianos: en sus palabras había gotas jacobinas, pero su caudal provenía de un manantial sereno.  

Las secuencias domésticas, con Berlinguer en compañía de su mujer y sus hijos asombran por su sencillez y naturalidad

Berlinguer se paraba a hablar con cada una de las personas que requerían su ayuda o atención, y lo mismo que en Allende recorriese Chile de arriba abajo —las imágenes en blanco y negro de Allende y los chilenos, al comienzo de La gran ambición, enfatizan el nexo—, Berlinguer hizo lo propio en Italia. El pueblo italiano lo quería, y no solamente las personas de izquierdas. Sólo así se explican los extraordinarios resultados que obtuvo el PCI en las elecciones locales y regionales de 1975, y en las generales de 1976. En esos comicios, uno de cada tres italianos votó al PCI. Qué maravillosas las escenas correlativas de la llegada de los resultados a la sede comunista donde está Berlinguer.

Por su parte, las secuencias domésticas, con Berlinguer en compañía de su mujer y sus hijos asombran por su sencillez y naturalidad. Aquí vemos al Berlinguer bromista, al Berlinguer sonriente, al Berlinguer cariñoso. Y se habla de política, claro, pero vemos que Berlinguer quiere escuchar las opiniones de sus hijos, no existe un clima doctrinario. Y qué bien trabajadas están las escenas en exteriores: con Berlinguer y su familia en una comida campestre y el líder comunista jugando al fútbol en el prado. O la escena de la barca en Sassari, el municipio de Cerdeña donde nació y se crio Berlinguer.

A continuación, tiene lugar uno de los puntos cimeros de la película, una escena dual, en la que una de las hijas de Enrico le pregunta a su padre por la abuela: «Papá, ¿tú perdiste a tu madre con catorce años? ¿Sufriste mucho?». Y entonces, Berlinguer le responde a su joven hija con unas palabras que no sólo evocan el pasado, sino también al presente y al porvenir: «En la vida, pase lo que pase, hay que seguir adelante». Quizá en esa escena pueda sintetizarse el fulgor del propio filme, que, junto con el retrato del político y su espléndida caracterización —los estiramientos físicos al despertarse, el vaso de leche, el tabaco—, nos da a conocer a un ser humano de excepcional valía.

El último tercio del largometraje, siendo estimable, decae algo con respecto a los anteriores. Acaso hubiera sido precisa alguna secuencia más con Aldo Moro, muy bien interpretado por Roberto Citran, y abordar con mayor profundidad el secuestro y asesinato del político democristiano: un intelectual, alguien libre e independiente —con puntos en común con Berlinguer—, víctima de la locura de las Brigadas Rojas, un grupo de dementes izquierdistas que hicieron mucho daño a la democracia italiana y al propio proyecto cívico y democrático de Berlinguer. Berlinguer, al igual que Allende, tenía enemigos por todos los lados.

Ciertamente, nos encontramos con una obra fílmica, y que no se puede ahondar en lo que ocurrió como sí hiciera Leonardo Sciascia con el magistral El caso Moro (1979), pero pienso que el pulso discursivo de esta parte final es algo precipitado, sin la armonía de otras fases de la obra. Con todo, hay una brillante dirección de escenas y actores, y en la soledad política de Berlinguer, en su desconsuelo, uno cree advertir las huellas de El Padrino I y II (1972 y 1974).

El espectador echa en falta la inclusión de otras vertientes relevantes de la actividad sociopolítica de Berlinguer

Me explico, pienso que existe una semejanza en la recreación de la incertidumbre del protagonista, a menudo aislado, meditabundo, y esa composición de planos del propio actor y sus ayudantes posee un aire a las películas citadas de Coppola. Una similitud artística, no temática, porque Coppola abordaba los conflictos interiores de un líder mafioso, criminal, y Segre se centra en la incertidumbre ideológica y vital de un comunista democrático, pacífico y honesto.

El espectador echa en falta la inclusión de otras vertientes relevantes de la actividad sociopolítica de Berlinguer: su trascendental papel en el impulso de los proyectos eurocomunistas de España y Francia, y su trabajo en el parlamento europeo. Pero en toda obra cinematográfica, como en cualquier obra cultural, hay una labor de selección, y no se puede incluir todo.

Hace años, leí en un libro que muchos niños italianos de la década de 1970 y principios de la de 1980, apreciaban a Enrico Berlinguer, y cuando lo veían en la televisión, les gustaba su rostro sereno, apacible, su imagen cercana, verdadera. La gran ambición se cierra con las imágenes reales del entierro de Berlinguer, a mediados de 1984 —Juan Antonio Bardem hizo algo muy parecido en Siete días de enero (1979), con el entierro de los abogados de Atocha.

Más de un millón y medio de personas se congregaron en Roma para despedir a Enrico Berlinguer. Roma fue aquel día un océano de banderas rojas y puños en alto. Mujeres y hombres, adolescentes, veteranos partisanos, personas de todas las edades, trabajadores de las fábricas, del campo, de la enseñanza, del mar. Vinieron a Roma desde todas las regiones italianas para agradecer la inmensa lucha de un ser humano que fue antes que comunista, un demócrata de corazón, y antes que líder político, un hombre bueno.

«No era una persona cerrada, sino irónica, pero esto lo descubrí más tarde.
Cuando celebraba un mitin no gritaba, razonaba, era sincero.
Así que era popular, lo contrario de populista».
(Luciana Castellina)

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Filmin