Pasolini en la memoria

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50 años de la muerte de un genio de la cultura

«Y el universo gira como un pecho pausado»
(Miguel Hernández)

Cuando lo asesinaron, hace ya medio siglo en una playa romana, Pier Paolo Pasolini tenía 53 años. Si el odio, la crueldad, no lo hubiesen impedido, aún le quedaban varias décadas para continuar alumbrando obras perdurables. Este creador inmenso, todoterreno, se encontraba en plena madurez artística.

Acababa de filmar Saló (1975), su última película, que trataba sobre el gobierno fascista en el norte de Italia, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. En aquel otoño de 1975, Pier Paolo se hallaba inmerso en la redacción de una novela, Petróleo, que denunciaba una serie de corruptelas por parte de los poderosos italianos.

A su vertiente literaria y fílmica, Pasolini sumaba una ingente labor periodística. Escribía artículos en prensa casi todas las semanas: era un gran trabajador. Esa formidable capacidad de trabajo la recreó muy bien Abel Ferrara en su largometraje de 2014, profundizando en algunas claves de este genio, interpretado por un notabilísimo Willem Dafoe.

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En ocasiones, he reflexionado si en la cultura española ha existido algún creador similar. Puede que, salvando las distancias, el que más se le aproximó en su proyección interdisciplinar fuera Manuel Vázquez Montalbán. Con frecuencia, en la mayoría de sus obras, Pasolini combinó la belleza expresiva —en palabras, en imágenes, en sonidos— con una idiosincrasia rebelde, contestataria, poniéndose al lado de los más humildes y criticando las arbitrariedades de los jerarcas de su tiempo.

No solamente era un poeta enorme, sino que también constituía, a mi parecer, la conciencia cívica de un tipo de izquierda política. Una izquierda genuina, auténtica, una izquierda que poseía los valores solidarios y fraternales de la época de la Resistencia. Pasolini alertó de la banalización de la política en los años 60 y 70, de los peligros de un consumismo voraz que convertía las propuestas electorales en mercancías publicitarias. Leí en uno de sus ensayos o entrevistas, ahora no recuerdo cuál, que Pier Paolo dijo, con lucidez, que quizá no podíamos mejorar el mundo, pero que podíamos luchar para que el mundo no empeorase aún más.

Pasolini llegó a Roma con su madre en enero de 1950. Ya había escrito varios poemarios en dialecto friulano. A lo largo de toda esta década lograría su consolidación en la cultura italiana. Posiblemente, los dos hitos clave de su producción serían la novela Chavales del arroyo (1955) y el libro de poemas Las cenizas de Gramsci (1957).

El poeta Attilio Bertolucci —padre de Bernardo, el excelente cineasta— ayudó bastante a Pier Paolo para que Chavales del arroyo pudiera publicarse. Es conocida la anécdota que cuenta que un día Pasolini se presentó en casa de los Bertolucci. Bernardo, un niño, le abrió la puerta y vio a un hombre vestido con ropa muy sencilla. Fue al despacho de su padre y le comentó: «Papá, ha venido el fontanero». Cuando Attilio comprobó quién era el visitante, le dijo a su hijo pequeño: «Bernardo, este señor es uno de los escritores italianos más importantes de la actualidad».

Por su parte, Las cenizas de Gramsci constituyó una obra maestra de la lírica de mediados del siglo XX, elogiada entre otros por el novelista Alberto Moravia. Hace unos años, escuché a Luis García Montero decir que esta obra poética de Pasolini ejerció una influencia decisiva en los poetas españoles que empezaron a escribir en los 80, como él, porque aunaba de forma prodigiosa la hermosura lingüística y la denuncia social.

En aquellos años 50, en Roma, Pasolini, además de escribir novelas y poemarios, dio clases en la escuela. Dos de sus alumnos, los hermanos Citti, Sergio y Franco, jóvenes humildísimos, se convertirían en grandes amigos de Pier Paolo y en personas clave para su futuro trabajo cinematográfico. Sergio colaboraría con él en múltiples guiones. Franco sería uno de sus intérpretes de cabecera.

En esos años 50, Franco y Sergio le acercaron a Pasolini al riquísimo lenguaje de las barriadas romanas, de los muchachos con menos recursos económicos. Las variedades del léxico de los de abajo, tan espontáneas, tan directas, nutrieron a Chavales del arroyo y a las dos primeras películas de Pasolini: Accattone (1961) y Mamma Roma (1962). Antes de ponerse detrás de la cámara, Pier Paolo, con la ayuda de los hermanos Citti, participaría en la creación dialógica de algunas secuencias de un par de películas señeras de Fellini: Las noches de Cabiria (1957) y La dolce vita (1960).

El inicio de la trayectoria de Pasolini como cineasta vino marcado por su pensamiento de que el cine podía ser el arte más adecuado para captar y expresar la realidad en todos sus matices. En este sentido, Víctor Erice ha comentado: «Si lo sabes ver, en un árbol está todo el universo». El primer filme que vi de Pier Paolo Pasolini fue el primero que dirigió: Accattone. Yo tenía 17, 18 años, un muchacho que no sabía quién era Pasolini, ni que Pier Paolo había escrito poemarios, novelas, dramas, artículos en prensa, ni sabía qué había sido el neorrealismo italiano, ni quién era Franco Citti, el actor que protagonizaba aquella película, ni que un jovencísimo Bernardo Bertolucci había trabajado en ella como ayudante de dirección.

Pero sí recuerdo que me emocionó la potencia de los primeros planos, la fuerza de la historia, el dramatismo del blanco y negro, la conmovedora música de Bach. Y sin saber apenas nada, vi en aquella película una autenticidad, un fulgor, que solo pueden estar presentes en las creaciones verdaderas. Pocos años más tarde, vería el entrañable homenaje a Pasolini que Nanni Moretti incluyó en su espléndido largometraje Caro Diario (1993).

De toda la filmografía de Pasolini, vista después, a lo largo del tiempo, en diversas vicisitudes circunstanciales, me quedo precisamente con sus dos obras iniciales, Accattone y Mamma Roma, y con su tercer largometraje, acaso su obra cimera y una de las más altas de la historia del cine: El Evangelio según San Mateo (1964).

Quiso Pasolini con esta preciosidad de película poner en valor la esencia humanista del texto bíblico, tan coincidente con la esencia del socialismo democrático. Dedicó el filme a Juan XXIII, el papa que impulsó el Concilio del Vaticano II, importantísimo a la hora de potenciar los aspectos progresistas del cristianismo.

Sin ser un cineasta profesional, no le hizo falta serlo para convertirse en un gigantesco director, Pasolini llevó a cabo una carrera cinematográfica heterogénea y de calidad: se acercó a las propuestas experimentales con Pajaritos y pajarracos (1966, el mismo año en el que Bergman realizó Persona); se adentró en la conflictividad de la burguesía con Teorema (1968); dio su personal enfoque de las tragedias griegas en Edipo Rey (1967) y Medea (1969); nos entregó esplendorosas versiones cinéfilas de las antiguas colecciones de cuentos: El Decamerón (1971), Los cuentos de Canterbury  (1972) y Las mil y una noches (1974). Trabajó con actores desconocidos como Enrique Irazoki; con prestigiosas cantantes de ópera, como María Callas, y con intérpretes legendarios como Totó, Anna Magnani, Terence Stamp o Silvana Mangano. 

Ya hemos indicado la trascendencia de Franco Citti en sus filmes. También podemos añadir a Laura Betti y Ninetto Davoli. Los tres, además de amiguísimos de Pasolini, serán recordados como figuras imprescindibles del cine pasoliniano, cual Liv Ullmann, Max Von Sydow o Ingrid Thulin en el cine bergmaniano, y José Luis López Vázquez, Chus Lampreave o Amparo Soler Leal en el cine berlanguiano.

Por otro lado, Pasolini admiraba, entre los poetas italianos de su tiempo, a Sandro Penna. Y de los líricos europeos anteriores, le encantaba la poesía de Antonio Machado. Le gustaba la gastronomía italiana, los platos de pasta, beber cerveza y conducir. El fútbol le apasionaba. Llegó a decir que los momentos más felices de su vida los había pasado en su infancia, jugando al fútbol con sus amigos en los prados de Bolonia.

Pasolini nunca dejó de recordar a su hermano pequeño, Guido, partisano, muerto en 1945 a manos de una brigada de partisanos yugoslavos. En el funeral de Pier Paolo, a principios de noviembre de 1975, Alberto Moravia pronunció un emotivo discurso: «Hemos perdido, por encima de todo, a un poeta. Y poetas no hay tantos en el mundo. Solo nacen tres o cuatro en un siglo. Cuando termine este siglo, Pasolini estará entre los pocos que contarán como poetas…».

Una tarde de marzo de 2017, cuando ya había visto algunas películas de Pier Paolo y había leído algunos de sus poemarios y novelas, escribí, en una cafetería de la plaza de Santa Ana y en el Cine Doré de Madrid, un poema en el que intentaba homenajear a este faro de la cultura del siglo XX. Este poema abrió mi libro poético Las huellas imborrables (La Equilibrista, 2020). Lo titulé «Golpes en la arena» y lo compuse desde el corazón y la humildad, con el sentimiento prístino de que, en cada palabra, en cada verso, mi hermano Jorge me acompañaba y me alentaba en la escritura.

Terence Stamp y Silvana Mangano en «Teorema», de Pasolini.

Golpes en la arena
A Pier Paolo Pasolini

I

Golpes en la arena: certeza de la muerte.
Cómo escapar cuando no hay escapatoria.
La sangre del poeta en la playa de Ostia
anuncia una noche cruel, terrible, tenebrosa.
El odio amenaza siempre las libres mentes.

Cambian los tiempos, los espacios cambian: ahora,
Roma, mil novecientos setenta y cinco, noviembre;
entonces, Granada, treinta y seis, agosto crece.
Caballos de Federico llaman sin demora
a las golondrinas de Pier Paolo, preciosas.

II

Madre, madre, madre, su voz casi inaudible.
Las botas lo golpean con enorme dureza,
pero el corazón habla, ve, escucha, sensible.
La infancia son recuerdos del Friul, Ruda, qué belleza.
Susana acaricia sus cabellos, muy tierna,

sus cálidas palabras dan al mundo pureza.
En la arena, golpeado, comprende el cine,
el ingenio auténtico. Resulta indistinguible
el dolor de María por Jesús, que un día ella
llevase a la pantalla, del actual, invisible.

III

Conocer y amar, amar y conocer
orientaron su vida. Incesante afán
por encontrar hermosura en la inmediatez
de las madrugadas romanas. La claridad
de unos cuerpos dorados se enfrenta a la maldad.

La maldad es la incomprensión de la sociedad,
las injusticias típicas que inflige el poder
a los humildes de Ponte Mammolo, arrabal
de Roma, de Italia, del planeta. Crueldad
de los asesinos que provoca la estrechez.

IV

La vida se escapa, mientras oye las aguas.
Imagina, ingenuo, que las formas acuáticas
son testigos de su desgracia, que estas olas
contemplan, indignadas, cual si fuesen sus obras,
el fin de un ser humano antes de la aurora.

Poemas, novelas, películas, magia humana.
Recuerda cuánto le gustaban esas veladas
con sus amigos: Ninetto, Alberto, Laura.
Hablaban de la vida y el arte hasta altas horas,
noble amistad contra las fuerzas destructoras.

V

Las lágrimas que vierte Pier Paolo en la arena
son las lágrimas que vertía cuando el recuerdo
de su hermano Guido inundaba su pena.
¡Oh, querido Guido! Bueno, justo, guerrero
por un mundo mejor, caído en febrero.

Noche oscura en Ostia. La hiriente tristeza
se transforma en milagro artístico: un compañero,
al que llaman Riccè, digno en la pobreza,
como salvara una golondrina del hundimiento,
salva a Pier Paolo para el arte eterno.

Escribe Javier Herreros Martínez | Álbum de fotos de Pasolini