44 Festival de Cine Mudo de Pordenone (9): 11 de octubre

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Noveno y último cuaderno de bitácora: La película perdida de John Ford, Buster Keaton y la foto de familia

Philip Carli al piano en «La gota escarlata»

Al llegar al último día del festival, más absorbida por el cine que viviendo realmente, la mañana comienza con una película que había esperado con ansias: The Scarlet Drop (La gota escarlata, 1918), dirigida por un joven John Ford, al igual que la película vista la noche anterior, también se consideraba perdida.

Sin embargo, como destaca Jaime Córdova, archivista de la Cinemateca del Pacífico, en el catálogo del festival: no es una restauración, «es una resurrección, un milagro».

El descubrimiento y su contexto son significativos. Aunque el celuloide sea considerado como un material sin vida, es importante rastrear aquellos rollos olvidados durante décadas, aunque sea en los lugares más inusuales. No debemos descartarlos sin examinarlos; no debemos ceder ante la pereza que implica la revisión, almacenamiento y conservación. El espacio que ocupan se considera, lamentablemente, más valioso que el contenido que preservan.

El hallazgo de Córdova merece ser contado para inspirar a los demás a actuar con la misma dedicación y amor, asi lo escribe en el catálogo del festival: «Después de recibir una llamada telefónica de un amigo, encontré un lugar donde se almacenaban cientos de carretes de película en 35 mm. El lugar iba a ser demolido unos días después, y todo tenía que ser evacuado rápidamente. Mientras revisaba las latas (no todas venían con identificación), encontré tres que incluían a Harry Carey. La película no tenía créditos iniciales y faltaba el Rollo 2. Recuerdo una imagen de Carey de pie frente a una puerta, que me recordó mucho a la escena de John Wayne al final de The Searchers. Sentí un escalofrío, porque sabía que Ford había hecho varias películas mudas con Carey».

Casos como estos nos recuerdan las historias de descubrimientos fortuitos en renovaciones de edificios antiguos, particularmente cines o teatros con «trastos» que solo esperan ser encontrados. Chile ya nos ha regalado milagros como el hallazgo del Phantom chileno de Murnau y el Metropolis chileno de Lang. Ahora, tenemos el milagro de ver La gota escarlata chilena de John Ford. No creo que Chile sea tan diferente a otros países; quizás tenía más variedad de copias distribuidas. Para mí, la diferencia la marcan personas como Jaime Córdova.

Volviendo a La gota escarlata, este fue el séptimo largometraje dirigido por el joven cineasta Jack Ford. La película presenta una historia compleja que se complica aún más por la ausencia del segundo rollo completo, lo que deja varios cabos sueltos. A pesar de esto, he intentado resumir la trama lo mejor posible.

La historia se sitúa en Kentucky poco antes de la Guerra Civil. El protagonista, Kaintuck (interpretado por Carey), es rechazado por la adinerada familia Calvert y despectivamente considerado como «basura blanca». Este rechazo se enmarca en un contexto donde los temas raciales y de interracialidad juegan un papel importante. Marley, el hermano de Molly, junto con su acaudalado vecino Lyons, le niegan a Kaintuck la oportunidad de unirse a las fuerzas confederadas, lo que lo lleva a convertirse en un forajido independiente. Durante un viaje en diligencia de Molly para visitar a Marley y Lyons, Kaintuck la secuestra. Sin embargo, con el tiempo desarrollan una amistad, lo que añade matices a la relación entre ambos. A medida que los conflictos se intensifican, Kaintuck se convierte en el defensor de Molly. Para añadir complejidad a la trama, inicialmente se revela que Molly es mestiza. Sin embargo, hacia el final se descubre que, en realidad, es su hermana quien lo es, un malentendido que aparentemente se origina en los eventos que suceden en el rollo perdido.

Las escenas más impactantes son las del secuestro y el piano de Philip Carli las hace más emocionantes todavía. La noche de cautiverio que Molly y Kaintuck pasan juntos frente a una hoguera, tiene una atmósfera mágica, a pesar de que las estrellas no sean visibles. Dentro de una especie de cabaña o casa, se desarrollan escenas de gran tensión, culminando en una pelea final en la que se reconocen algunos rasgos del estilo característico de Ford, lo cual es sorprendente considerando la juventud del director en ese momento.

El antagonista muere al recibir un disparo por la espalda, con la bala atravesando el cristal de una ventana, dejando una impresión duradera del impacto y del cristal hecho añicos. Al girarse, su rostro muestra sorpresa, dolor e incertidumbre, es sobrecogedor.

Existe también una escena intrigante con el juego de las cortinas: la pistola de Kaintuck aparece entre ellas, apuntando al villano que intenta hacerle daño a Molly. Es especialmente notable la manera en que Molly acaricia las cortinas, recordando a Kaintuck, quien antes estuvo allí, y el abrazo que compartieron.

The Scarlet Drop (La gota escarlata, 1918), dirigida por un joven John Ford, al igual que la película vista la noche anterior, también se consideraba perdida

Otra escena impactante muestra a Kaintuck siendo atrapado, pero Marley apaga las luces para ayudarlo a escapar. A pesar de estar herido, Kaintuck consigue ocultarse en el desván. En un momento de gran tensión —y otra vez el piano de Philip Carli sabe captarlo—, una gota escarlata de su sangre se filtra a través de las tablas del suelo. Aun con una herida en el brazo, saca fuerzas de flaqueza y logra huir con la ayuda de Molly y Marley.

Ese día hay varias películas, pero durante las pausas Florenci Salesas y yo tenemos una cita para hablar con Antonia Guerrero, nieta del actor y realizador Frank Lloyd. Ella tiene una sonrisa muy contagiosa y le gustan nuestros sombreros; parece inclinarse más por el estilo Keaton de Salesas, aunque mi bombín también le atrae.

Antonia habla un español prácticamente impecable. Se presenta junto a su marido y, con curiosidad, me pregunta por mi especialidad: si es sobre cine mudo en general o sobre cine de los primeros tiempos. Le comento que he estudiado a Murnau. «¡Oh, me encanta Murnau!», dice. Las preguntas de Salesas y las mías, junto con su sonrisa y afabilidad, hacen que la conversación fluya naturalmente.

Antonia y su fundación se esfuerzan por preservar la memoria de su abuelo. Nos habla mucho sobre el lado humano de Lloyd, inicialmente actor, luego realizador y gran luchador. También discutimos el trabajo de archivo y la dificultad de acceder a ciertos archivos en Estados Unidos. Es un problema significativo, no solo para los investigadores, sino también para las tareas de búsqueda y preservación. «Las grandes compañías cada vez comparten menos sus archivos y películas con nosotros», lamenta Antonia. Nos sumergimos tanto en la conversación que casi olvidamos el implacable aviso del teatro Verdi, que sin piedad nos anuncia el comienzo de la película.

The Big Show (Robert F. McGowan, 1923), ¡es divertidísimo!

Necesito un respiro, pero termino sumergiéndome en los mediometrajes de Chaplin. Logro ver The Big Show (Robert F. McGowan, 1923), ¡y es divertidísimo! Unos niños de la barriada, al no poder colarse en un circo local, deciden, con ingenio y desparpajo, crear su propio espectáculo circense. El momento más fantástico es cuando improvisan una pantalla de cine y representan a sus estrellas favoritas. Con esa «pantalla» (un falso marco de cortina que enmarca el paisaje de detrás) imitan a todas sus estrellas del cine mudo, creando una escena divertidísima y muy creativa.

Durante la siguiente película, empecé a sentirme mal y decidí salir. La asistenta del teatro Verdi, que siempre saluda y a quien devuelvo el saludo alzando mi sombrero al estilo antiguo, me preguntó si estaba bien. No sabía qué responder, pero en ese momento sonrió y me dijo: «Por favor, si tiene que morir, muérase fuera del teatro». Su comentario me pilló por sorpresa y comencé a reír. Ella insistió, también sonriendo: «Sí, por favor muérase afuera, es por los seguros». Decidí seguir su consejo y salí a tomar un respiro. Pensé: «Sí, morír de cine, pero afortunadamente en medio de una sesión de Chaplin y con mi bombín. Mejor no se podría hacer, ¿no?».

Me tomé un descanso y me preparé para la noche de cierre del festival, que sería nada menos que con Our Hospitality, de Keaton (Buster Keaton, Jack Blystone, 1923). Me dieron un asiento en la parte superior del teatro, justo delante de la fila ocupada por prácticamente todos los músicos que participaron en el festival. No cabía un alfiler. Esa noche la partitura fue compuesta y dirigida por Andrej Goričar y ejecutada por la Orquesta del Imaginario de Liubliana. Era la noche libre de todos esos otros músicos que habían acompañado tantas películas y también la última noche del festival. Allí reconocí a todos esos fantásticos intérpretes y compositores. Saludé a Günter Buchwald, a Frank Bockius y a José María Serralde.

Finalmente, comenzó la película con esa fantástica orquesta. La mayoría ya la conocerán, pero para mí era como verla por primera vez. Recordaba haber visto algo de ella de pequeña, pero no, esa noche fue como verla por primera vez. Nunca olvidaré esa locomotora tan graciosa y lenta sobre esas vías irregulares o deformadas, el intento torpe de Buster por cortejar a su amada, y esas miradas de reojo tan divertidas alrededor de la mesa de la familia, siempre atento a posibles ataques.

Our Hospitality, de Keaton (Buster Keaton, Jack Blystone, 1923).

Reímos, reímos mucho, y a veces la risa era tal que se nos escapaban aplausos espontáneos. Las escenas del río en la peligrosa cascada, viendo a Keaton balancearse con la cuerda, fueron muy emocionantes, tan modernas hoy y tan increíblemente fantásticas. La ovación y los aplausos fueron enormes.

Al salir del teatro, una mezcla de cansancio y tristeza por el final del festival nos envolvía, aunque aún conservábamos la sonrisa que la película nos había dejado. Aún no era momento de despedirse: faltaba la emblemática foto de familia, donde estaríamos todos los que resistimos hasta el último día, desafiando el frío nocturno. Esperábamos a Valerio Greco, nuestro querido fotógrafo, para inmortalizar ese momento final.

El año pasado tuve que partir un día antes, pero esta vez, a pesar del frío, decidí quedarme para la foto. Había mucha gente y no tenía claro dónde colocarme, así que me ubiqué donde pude, procurando no hacer esperar a Valerio mientras organizaba todo. La foto, al final, resultó perfecta. Valerio también se unió, luciendo el sombrero al estilo de Keaton, mientras que, a mí, mi bombín me delataba.

Tras capturar ese instante, llegaron las despedidas. Aunque marcadas por cierta tristeza, estaban llenas de emoción y gratitud por los días de cine y amistad que habíamos compartido.

Escribe Laura Bondía | Fotos Valerio Greco | Álbum de fotos nº 9

La foto de familia final, con Valerio también posando