Editorial febrero 2026

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La gala de los Goya: una batalla tras otra.

Al cierre de este editorial aún no se ha celebrado la gala de los Goya, que promete desarrollarse como una competición entre Los domingos y Sirat por el número de galardones que cada cual se llevará a las vitrinas.

Más allá de tan poco cruenta batalla, el ambiente se ha ido calentando como el napalm a raíz de ciertas declaraciones de Luis Tosar sobre los discursos de recepción de los premios y la posibilidad de hablar en ellos sobre Gaza, Ucrania o el ICE como modo de garantizar la libertad de expresión. También cabe señalar las palabras de la homenajeada este año, Susan Sarandon, sobre España, los presos de ETA y la apostura de Pedro Sánchez.

Por si fuera poco, seguramente tendremos que añadir a la lista de agravios de los que se dará cuenta en la velada el ataque que Netanyahu y Trump acaban de lanzar sobre Irán, sin dar tiempo a los artistas españoles a pronunciarse en contra de los crímenes de lesa humanidad que el régimen de los Ayatolás ha cometido contra su propio pueblo, obligándolos ahora a manifestarse en contra de la guerra casi sin tiempo de respirar y cambiar los discursos.

Sin ánimo de frivolizar sobre lo tremendo de una guerra que sin duda dejará muchas víctimas inocentes, lo que parece es que esta noche y debido a este calentamiento previo, por desgracia, se hablará menos de lo deseable de cine.

Uno, que muchas –demasiadas– veces no renuncia a comentar la actualidad política desde esta tribuna, cuando se acercan estos eventos recuerda la osada y locuaz intervención viral de Ricky Gervais en los Globos de Oro, que instaba a los premiados a subir al estrado, recoger su pequeño premio, agradecer a su dios o a su agente artístico… e irse a la mierda.

Todos sabemos que Gervais es un provocador, cuando no un maleducado; pero uno no puede dejar de sentir que, exabruptos aparte, aquella vez tuvo más razón que un santo: no solo sucede que algunos discursos de agradecimiento se alargan como noche de transistores o legislatura sin presupuestos, sino que las reivindicaciones que las acompañan suelen adscribirse a un solo bloque temático y orientarse en un solo sentido según dicte la agenda. Es decir, son tan previsibles como un mal guion.

No entraré a calificar cada una de estas reivindicaciones, por supuesto, entre otras cosas porque muchas me parecen loables: no parece sensato callar sobre la implementación de estados policiales o el desprecio de la cultura cuando los promotores políticos de uno u otro atropello se hallan presentes en la sala: esa es una apelación directa a los responsables de ciertos desaguisados que no deberían sentirse cómodos acudiendo como si nada pasase a foros donde los afectados pueden, por una vez, recriminarle hechos que afectan de uno u otro modo a su negociado y sobre los que normalmente no dan explicaciones.

No. Lo llamativo es que gente del arte se manifieste con tanta ligereza sobre temas complejos lanzando consignas tan prosaicas al mundo entero como si su discurso tuviese un poder taumatúrgico de alcance transoceánico, o que callen cuando el político que acude a la gala es de su cuerda, a pesar de tener tantos muertos en el armario como sus rivales ideológicos.

Cuando este editorial estaba casi completo yo ya suponía que en la noche de entrega de los premios el escenario se convertiría en un púlpito. Ahora que ha estallado una guerra a todas luces devastadora, no tengo la menor duda de que sucederá así.

No nos confundamos: como cualquier otra expresión artística, el cine ha hecho tema de asuntos políticos, humanos y sociales, a veces con sutilezas y profundidades tan notables que remueven conciencias y cambian percepciones y actitudes. Ese es, sin lugar a duda, su cometido en estos aspectos: mostrar la complejidad de un problema y desarrollar un conflicto narrativo, elaborar una tesis y sostenerla desde la belleza, la sensibilidad o la crudeza de sus historias e imágenes; hacer notar que existen discursos silenciados, agendas ocultas, tragedias olvidadas o heroísmos anónimos y dignos de elogio que deben constituirse en ejemplo cívico y ético.

Parte de ese cometido consiste en arriesgarse luego a que la obra sea sometida a una crítica dialógica que señale sus aciertos y errores, sus sesgos o hallazgos, y con ello empezar a recorrer el camino que la llevará a convertirse en clásico o ser sepultada en el olvido.  

Pero la cuestión de los artistas que aprovechan su –sin ironías– minuto de gloria para hacer notar su adscripción axiológica parece ser otra cosa: un simple ejercicio de virtuosismo moral, un eco narcisista, una falsa conciencia de creerse más importante e influyente de lo que realmente se es, o lo que es peor: una muestra de seguidismo acrítico aventado por una presión de grupo que no permite que alguien no se pronuncie en el sentido adecuado si quiere seguir perteneciendo al pueblo elegido.

Los Goya, un duelo entre dos favoritas y la duda de cómo han de ser los discursos

La ley del silencio

Hay algunas personas, artistas consagradas, que parecen haber puesto un poco de cordura ante tal tema. La última ha sido Leonor Watling, que se ha quejado de tener que llevar ciertas chapas en la solapa del vestido de gala solo porque algunos deciden que esa es la reivindicación que toca. Con sensatez ha sugerido que hay demasiadas causas nobles como para que te impongan una sola, aunque en la lista que ha mencionado no se haya atrevido a ir más allá de las señaladas por los biempensantes.

Lo que evidencia Watling es que la sana reivindicación de la conciencia moral corre el riesgo de saturar en una especie de carrera por el exhibicionismo, y que la respuesta que se ha dado ante el peligro de colmatación es la de seleccionar ciertas causas –silenciando otras– sin que se sepa muy bien cuál ha sido el criterio para elegirlas o si este no responderá más bien a intereses espurios.

Un problema vinculado a este es que las mencionadas causas se radicalicen y sus promotores acaben por utilizar el estrado como púlpito o como tribunal de acusación para una causa general, porque la simpleza de su proclama no distinga entre tirios y troyanos metiéndolos a todos en el mismo saco.

Algo así ha sucedido en la Berlinale, donde la directora Tricia Tuttle se ha visto atrapada en un fuego cruzado que amenaza con defenestrarla y marcarla de por vida.

A su llegada, la directora quiso erigirse en estamento salomónico para dar voz a cada postura frente a temas políticos en el cine y así, tras la polémica sobre la proyección del documental No other land, y la subsecuente proclama de sus directores en la Berlinale que acabó en acusaciones de antisemitismo sobre el festival, Tuttle se apresuró a dar voz a la versión israelí programando filmes sobre los ataques del 7 de octubre en la siguiente edición.

Tras esto, Tuttle pensó que sería una buena idea ignorar las advertencias de Wim Wenders sobre los peligros de las proclamas ideológicas en las galas y la necesidad de que el cine fuese contrapeso de la política, y se apresuró a justificar, como Tosar, desde el derecho a la libertad de expresión, la posibilidad de manifestar cualquier idea en la recogida de premios.

Naturalmente, esto le valió acusaciones de falsa neutralidad, de sionismo, de antisemitismo y de todo lo que pueda imaginarse por parte de todos aquellos que sostienen «la única causa justa posible», pero además propició que Abdallah Al-Khatib, realizador de Chronicles from the Siege, lanzara una invectiva contra el ejecutivo alemán por «complicidad con el genocidio palestino« que hizo que el Ministro de Medio Ambiente, Carsten Schneider, abandonara la sala.

La lección que puede extraerse de esto es que abrir la puerta a los pronunciamientos en determinados lugares puede envenenar aún más un ambiente ya de por sí muy polarizado en el que todos, al final, acabemos por asfixiarnos.

En contra de lo que llegaran a sugerir Tosar o Tuttle, no creo que nada de esto refiera a un problema de libertad de expresión, puesto que esta quedaría garantizada con la exhibición de la película, sino al hecho de que la adhesión gritona y acrítica sin posibilidad de contestación opaque o evite, por reacción furibunda de sus contrarios, el necesario y razonado debate que se abre ante situaciones políticas complejas y las obras de arte que las reflejan.

Se sobreentiende que la alternativa que propone Watling es, por supuesto, la de Ricky Gervais: subir a recoger tu premio, agradecer a tu dios o tu agente… y pensar en cómo trabajar para atajar los gritos de tu conciencia de un modo realmente fructífero, no con una consigna efímera y autocomplaciente.     

La Berlinale de 2026… otro ejemplo de festival politizado

Dos caras de una misma moneda

La ocupación del espacio cinematográfico por parte de los actores políticos tiene, sin duda, tantos sentidos como aceras ideológicas. Esta especie de lebensraum se ha manifestado últimamente en dos ejemplos notorios.

Por un lado, el famoso realizador Juanma Bajo Ulloa se ha quejado con más contundencia que su compañera Leonor de la agenda ideológica que subyace a la concesión de subvenciones gubernamentales al cine patrio. Bajo Ulloa es sin duda un director que resulta molesto al poder vigente y que acudió al programa de televisión más molesto para el poder vigente. Sus reivindicaciones y señalamientos pueden ser más o menos acertados, y nadie en su sano juicio puede dudar, por un lado, que las subvenciones gubernamentales de cualquier tipo –no solo las cinematográficas– se conceden siguiendo criterios de aquella agenda, ni por otro que Bajo Ulloa o Íker Jiménez tengan la suya propia.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención de lo que dijo el realizador vasco es que la mayor parte de las películas acabadas no llegan nunca a estrenarse, porque esto muestra un problema que nadie –en ninguna acera política, y a los hechos me remito– parece dispuesto a atajar.

El cine español está subvencionado porque aquí no hay una industria lo bastante potente como para ser autosuficiente, y porque esta, aquejada de raquitismo, no puede competir en pie de igualdad con la avalancha de estrenos norteamericanos. Muy pocos autores –quizá solo Almodóvar o Segura–, podrían prescindir de esas ayudas para enfrentarse incluso a las producciones estadounidenses de ínfima calidad que acaparan la cartelera.

Es el mercado, amigos, y todos sabemos que este no sabe de justicia. Las subvenciones son una manera de acometer proyectos que de otro modo probablemente no llegarán nunca a realizarse y en este sentido no seré yo quien las critique.

Pero lo que no parece de recibo es que las subvenciones comprometan la tan deseada autonomía del arte y, sobre todo, abundando en lo dicho, que los automatismos concesivos subvencionen productos cuyo valor no vaya nunca más allá de la mera adscripción a la agenda. Los criterios ideológicos no deberían ponerse nunca por delante de los artísticos y cualitativos.    

Pero hablé de dos ejemplos: en el otro lado del Atlántico, la batalla entre Netflix y Paramount por hacerse con Warner tiene ecos de la otra acera ideológica. Comentaré solo muy de pasada cómo Netflix parece haber hecho una jugada maestra obligando a Paramount a endeudarse astronómicamente justo antes de bajarse de la puja para acabar subiendo en bolsa. Lo que viene al caso es cómo Paramount, estando en manos de la muy trumpista familia Ellison, acaba de hacerse con un cuasi monopolio del que cabe esperar que aplique la agenda del presidente naranja a sus producciones.

Esta es otra manera igualmente perversa de acabar con una autonomía del arte que debería interpretarse no como una posición absolutamente ajena a temas políticos, sino como independiente de poderes que impongan su visión sobre esos mismos temas.  

No parece que la guerra ideológica por el control del audiovisual vaya a terminar pronto. Una batalla tras otra, los que perdemos somos siempre los amantes del cine.

«El resplandor», de Kubrick

El olor del napalm por la mañana

Hablando de pérdidas, este mes de febrero nos ha dejado Robert Duvall, de quien quizá poca gente sepa que tiene una conexión secreta con Stephen King y Stanley Kubrick.

Por si alguien no es capaz de hilarlo, empecemos por lo fácil: es de dominio público que King detesta la versión de Kubrick de El resplandor; entre algunas de las lindezas que soltó el escritor de Maine estuvo la de la elección del casting, cuando dijo que probablemente el peor error había sido escoger a Nicholson para el papel de Jack. Aunque no lo crean, esta última frase no es simplemente un juego de palabras; en efecto, el protagonista de la novela se llamaba Jack Torrance y la supuesta coincidencia de nombre de pila con el actor que había ganado un Oscar cinco años antes parecía más bien una jugarreta de la sofisticada mente de Kubrick que una mera casualidad. También lo es que las iniciales de ambos creadores sean S. K.

King se quejó de que nada más aparecer en pantalla, ya se sabía que Jack estaba loco. Dejaré a su buen entender el adivinar a quién me estoy refiriendo antes de continuar con el relato. Lo cierto es que, efectivamente, King tenía motivos para la queja porque en su novela queda claro que el pater familias enloquece a raíz de la influencia que el hotel maldito ejerce sobre él, y en la película se hace notar que Jack ya venía tocadito de casa.

He aquí la cuestión que nunca parece haber entendido –o querido entender, ni por un momento dudaré de su perspicacia– Stephen King: su novela y la película se parecen en realidad como un huevo y una castaña: una es un drama familiar agitado por hechos sobrenaturales en el contexto típico de las mansiones encantadas, y la otra es una metáfora multinivel sobre el maltrato, el imperialismo de la cultura estadounidense y la mente perturbada de un tipo cuya psicopatía no se sabe bien si es causa o consecuencia de su fracaso laboral y vital. 

Entendido esto, parece claro que la elección de Nicholson para el papel estaba cantada: un actor que se había especializado en papeles turbios, cuya sola mirada ya despertaba inquietud, era el más adecuado para interpretar al Torrance de Kubrick, epítome de una mentalidad estadounidense estresada, engañada por el sueño americano, construida sobre la sangre y ruina de otras civilizaciones y abocada a la autodestrucción. 

Pues bien, no nos despistemos y sigamos con el casting. La pareja de baile de Nicholson fue Shelley Duvall, y algunos pueden llegar a pensar equivocadamente que la actriz era familia de Robert, aunque la cosa no va por ahí. Es bien sabido que la actriz lo pasó realmente mal durante el rodaje, llegando a repetir más de un centenar de veces alguna escena –como la de las escaleras y el bate– y sintiéndose humillada por el director en más de una ocasión. El hecho de que Kubrick buscase intencionadamente estresar a sus actores para alcanzar mayores cotas de realismo no lo excusa de emplear semejante técnica, pero a la vista está que tales subterfugios surtieron efecto.

La cuestión es que Robert Duvall criticó de viva voz este proceder de Kubrick, llegando a decir del director que lo peor de sus películas eran las interpretaciones, forzadas hasta el extremo precisamente por la repetición absurda de tomas. ¿Qué diferencia la toma uno de la ochenta y seis?, declaró en una entrevista, sin que este cronista pueda asegurar que citó expresamente el año del mundial de México, pero con la certeza total de que se estaba refiriendo a El resplandor y a su no-hermana Shelley.

Y la pregunta que surge es: ¿Por qué precisamente Kubrick y por qué precisamente El resplandor, cuando hay un montón de directores tiránicos y castings nefastos? Pues bien, porque Robert Duvall era un buen amigo de King. Tanto que el autor de Carrie llegó a decir que se inspiró en su persona para escribir el personaje de Flagg, el mefistofélico villano de muchas de sus novelas.

Robert Duval en «Apocalypse now»

Y esta larguísima, aunque cinematográfica introducción viene solo al caso del fallecimiento de este magnífico actor, que ha prestado su rostro a innumerables películas de éxito, con Francis Ford Coppola como mentor especial y con algunas de las más memorables frases de la historia del cine.

Casi todo el mundo recuerda la del napalm en Apocalypse now, pero a mí me gusta de la misma película la receta para cocinar un buen chuletón: «lo quiero crudo, pero no frío».

Duvall es conocido por haber protagonizado la trilogía de El padrino, y la mencionada Apocalipse now, pero ya en sus primeros papeles pudo apuntarse clásicos como Matar a un ruiseñor, La jauría humana, La conversación o Network, un mundo implacable.

Se va uno de los grandes, el último superviviente, dicen, de una época dorada de Hollywood que quizá no vuelva si los oligopolios prosperan.

Desclasificando, que es gerundio

Amenaza con volver, sin embargo, El Rey Emérito tras la desclasificación de los papeles del 23-F.

Se dice que en ellos el monarca sale bien parado, y que al final las teorías de la conspiración sobre el autogolpe no eran más que infundios. Yo no puedo saberlo, y parece que, en realidad, nadie puede asegurar nada, porque aquel fue un golpe sin papeles. Esto parece evidenciarse en el hecho de que solamente se hayan desclasificado 153 legajos.

Lo cierto es que el cine ha reflejado aquel golpe de las más diversas maneras, con mayor o menor fortuna, y que ahora que sin duda va a tomar relevancia de nuevo, es posible que podamos disfrutar de las distintas versiones. Yo me quedo con el producto televisivo que adapta Anatomía de un instante, de Cercas, que al final parece que tenía tanta razón como Gervais en su momento: casi todo lo del golpe se sabía ya, y esta batalla parece superada.

Aunque conociendo este país, yo no lo daría por hecho. 

Escribe Ángel Vallejo

Anatomía de un instante, que al final parece que tenía tanta razón como Gervais: casi todo lo del golpe se sabía ya