Yo, robot

El director y guionista surcoreano ParK Chan-wook (Seúl, 1963) vuelve a la carga con un proyecto con el que, según sus propias palabras, llevaba más de veinte años diseñando su puesta en escena.
Este acariciado —oscuro— objeto de deseo evidencia las magníficas dotes artísticas, el eficaz dominio técnico y el virtuosismo manifiesto en el movimiento de cámara que acrisola el afamado y prestigioso director de Stoker (2012), aquel relato posmoderno sobre la vampirización.
También acredita el desequilibrio entre forma —magnífica— y contenido —deficiente— que ya era patente en Decision to leave (2022), su vertiginosa aproximación al amor fou y sus consecuencias (in)trascendentes, a la maniera hitchcockiana. Tal vez sea La doncella (2016) donde el director consiguió un equilibrio más perfecto entre lo narrado y su modo de ser contado.
En este su último edificio narrativo, el pecado de la nueva arquitectura-cinematografía espectacularizante, formalmente envolvente y externamente fulgurante (el brilli brilli tan de moda en el maquillaje no sólo cutáneo) se adueña de una historia que persigue una profunda y concienzuda denuncia social, a saber, el enésimo cuestionamiento del neoliberalismo voraz y depredador con su corolario ecologicista de destrucción de la naturaleza por sobreexplotación y, en última instancia, las nefastas consecuencias que para la humanidad, para los concretos sujetos protagonistas de las distintas ficciones que retratan dicho statu quo, tiene esa dinámica capitalista desaforada, ese engranaje economicista inexorable.
El título de la película responde a lo irreversible de dicho proceso, a lo ineluctable de la expansión de la tecnología, de su aplicación en el terreno de la producción y de las funestas consecuencias para el escalafón más débil de todo el emporio productivo: los trabajadores, incluyendo en dicho apartado no solo a los operari0s manuales, no cualificados, sino a los mismísimos ingenieros, cargos intermedios, jefes de planta, etc., etc.
En concreto, ahora se ilustra el proceso de automatización más avanzado (ya se inició con la arcaica y primitiva Revolución Industrial decimonónica) vía mecanización y robotización absoluta de las fuerzas productivas, en este caso el proceso de transformación de la celulosa en papel, las grandes papeleras coreanas se ven zarandeadas y obligadas a reciclarse por los tiempos modernos no ya taylorianos, sino digitales, virtuales. Aunque ahora la respuesta no es el ludismo, la destrucción de la maquinaria, sino la interiorización desaforada del individualismo como escudo que asume y no rechaza los proyectiles de los nuevos empresarios.
Park aboga por el trazo grueso, por una sátira mordaz y omnívora, por una exageración desmedida que deglute y regurgita como marionetas a unos personajes sumidos en el drama de sus vidas: la pérdida del estatus que ocupan por la pérdida del puesto de trabajo. Una mirada a veces buñuelesca, otras esperpéntica, consume todas las energías de la cámara, cuyo desenvolvimiento es incapaz de controlar los excesos, pues se siente cómoda entre los aspavientos y por tanto se regodea en ellos.
Una morosidad repetitiva, una cansina letanía de situaciones inducidas ad hoc para provocar una hilaridad crítica acaban por rezumar cierto sudor agrio y desagradable.
Este proceso de degradación parte de un prólogo que exhibe el sueño del éxito contemporáneo para la otrora exultante clase media, hoy en tránsito de desaparición. Una casa magnífica: una residencia con jardín, invernadero, barbacoa, perros, árboles, ubicada en un marco incomparable; una familia feliz de disfrutar su opulencia: clases de tenis, de música, de bailes de salón; dos SUVS (vehículos grandes) extraordinarios…
Este paraíso terrenal entra en crisis cuando el paterfamilias es despedido de la papelera (él y todos los operarios). Se inicia el trámite de adaptación y el consiguiente declive de la unidad familiar, en un tris de perder incluso el hogar por no poder hacer frente a la hipoteca, hogar natal del protagonista que ha conseguido restaurar tras el suicidio del abuelo (criador de 20.000 cerdos en una macrogranja aledaña al lar familiar) y posterior caída en los infiernos: hay que dejar los estudios y ponerse a trabajar.
Con mucho esfuerzo y tesón, intentará recuperar en parte su vida. Sumido en una profunda crisis por su incapacidad y su obcecación en no reciclarse (25 años de servicio desempeñando una labor con el papel casi artesanal), el padre-marido idea un plan para que sus dotes y cualidades sean requeridas de nuevo en la papelera única que se ha consolidado. Para ello ha de deshacerse de los posibles competidores.

Ahora el guion se centra en mostrarnos a los atribulados iguales del ingeniero despedido: unos han conseguido otros trabajos (vendedor a comisión en una zapatería); otros disfrutan de una dolce vita (amigos, bares), mientras su mujer le pone los cuernos con un joven y atlético muchacho. Utilizando una réplica de la pistola de su padre (cuando este sirvió en la guerra contra los comunistas: aquí parece introducir Park un guiño psicoanalítico, amén de posible origen de las desgracias, económicas y emocionales, actuales).
Los intentos de asesinato de estos posibles contrincantes y competidores se muestran con un tono desenfadado y grotesco, persiguiendo la risa fácil del espectador, a costa de unas forzadas situaciones que maldita gracia tienen, sin ánimo de incurrir en la moralina crítica. Otra vez el desequilibrio argumental y dramático se enseñorea de la pantalla, mientras los personajes son desposeídos de su condición más humana.
La trama detectivesca se suma a la comedia negra cuando la policía hace acto de presencia, unos investigadores que también ofrecen su punto de ridiculez e incompetencia, siendo incapaces de atar cabos con lasas pistas que se van encontrando.
Al mismo tiempo, la tensión dramática requiere la quiebra y agrietamiento de la hasta el momento frágil unidad familiar: el matrimonio está a punto de romperse por los celos de él; el hijo mayor comete un robo con un amigo en la tienda paternal del amigo, a la sazón repugnante vecino que aspira a quedarse con la propiedad de nuestra familia, pero que la firme respuesta del esposo hará fracasar, manteniendo el dominio de su propiedad; la hija pequeña, una virtuosa del violonchelo, enmudece y deja de tocar el instrumento para expresar su malestar por haberse desprendido de los dos perros custodios para abaratar gastos.

Con el último asesinato cometido sobre el personaje repulsivo de un jefe de planta que previamente había humillado al protagonista —con el meticuloso y demorado escenario de su muerte—, la historia y la narración alzan el vuelo, logrando el equilibrio entre lo que se dice y cómo se dice. Un montaje en paralelo entre la acción homicida que el padre está cometiendo y su repercusión en el hogar familiar propicia una serie de transiciones y de encadenados magníficamente hilvanados por el director, que ahora sí logra transmitir un dramatismo y una humanidad que no están exentas de ironía y de contradicciones, pero sí plenas de sentido y de emoción.
El desenlace y la conclusión adquieren una profundidad y una matemática perfectas. La crítica ideológica, el aviso para navegantes se compadece bien con el sálvese quien pueda y la imprecación implícita al espectador: ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar en una situación semejante de la que nadie, absolutamente nadie está libre en estos vertiginosos y frenéticos tiempos ultramodernos?
El equilibrio familiar se restaura. La lección que ha consistido en asomarse al abismo se ha aprendido. La verdad, la ética, la honradez y cualquier atisbo de bondad han sido enterradas en el jardín, como abono putrefacto del manzano que se ha plantado. Por en medio de las secuencias, una banda sonora envuelve y subraya lo hiperbólico, con canciones pop coreanas, de Billy Joel o Cold Play, incluso baladas de Nat King Cole, hasta los graves lamentos del violonchelo filial o los acordes de Mozart.
La danza final (esos zapatos de baile que el marido le regala a su mujer en el prólogo-retrato de la felicidad familiar y conyugal parecen materializarse ahora) del solitario ingeniero en medio del ruido atronador de una planta de producción colonizada por las máquinas y sin ningún rastro humano deviene en un júbilo amargo, demasiado amargo. Como colofón, los títulos de crédito ahondan en la deshumanización: unas palas mecánicas, autómatas, están talando y deforestando un bosque para extraer de los árboles la celulosa. Cuestión de tiempo —breve, muy breve— que los talados, los tarados, seamos nosotros mismos.
Escribe Juan Ramón Gabriel