Un secreto a voces

Tal vez sea el influjo de Bolsonaro el que ha hecho que el cine brasileño recupere de repente la memoria sobre la dictadura que gobernó el país en la segunda mitad del pasado siglo, y que tuvo sus momentos más duros durante los años setenta.
El año pasado triunfó por doquier la película de Walter Salles Aún estoy aquí, Oscar incluido a la mejor película internacional, y este año vuelve a la carga con esta obra de Kleber Mendonça Filho, también candidata a las estatuillas que otorga la industria norteamericana, donde opta a cuatro premios, entre ellos el de mejor película, no solo internacional, como su predecesora, y al mejor actor, Wagner Moura, quien también está acreditado como productor.
En esa línea de denuncia suave, en las formas, que ya tenía la película de Walter Salles, El agente secreto no acaba de definir su rumbo. Las imágenes iniciales parecen querer insertar la historia que comienza en la realidad, recurriendo a fotografías y noticiarios radiofónicos que sugieren un trasfondo verídico de lo que se nos va a contar, si no en el detalle, sí en la atmósfera.
Pero inmediatamente se desliza hacia un tono que linda en lo absurdo, con el cadáver insepulto de la gasolinera y el comportamiento de los policías que por allí aparecen. El carácter de comedia que emerge hay que hacerlo compatible con el drama que esperamos que domine el relato, pero eso no ocurre. La gravedad de lo expuesto y la ligereza del tono nunca se articulan de una manera convincente, y se limitan a sucederse uno a otro sin que la película adopte una línea de desarrollo coherente.
Las críticas están tan claras, son tan obvias, que llegan a resultar molestas, como el malvado personaje que llega a desmantelar la universidad, o la aparición del jefe de la policía, acompañado por sus dos hijos con un atuendo más propio de un mafioso que del cargo que ocupa (spoiler: sí, es un mafioso). Por otra parte, la bondad del protagonista se percibe a la legua, sin necesidad de que se tenga que desarrollar mucho. Por este papel ha sido nominado el actor, como decíamos, al Oscar, y ya ganó el mismo premio en el último festival de Cannes, amén de otros en otros tantos prestigiosos certámenes.
Este éxito resulta muy interesante para entender cómo se percibe hoy en día la calidad del trabajo actoral. Por lo visto, basta con poner carita de mucha pena para deslumbrar a los espectadores y a quienes deciden estos galardones, aunque debajo de ella se encuentre el vacío. Son los tiempos que corren.
No sólo Marcelo, o Armando, está en el lado bueno de la historia. Lo acompañan todos los que conviven en esa casa refugio a la que van a parar, y son acogidos, todos los marginados por el régimen. Esa concentración no parece la mejor manera de protegerse, pero, sorprendentemente, funciona. Con usar nombres falsos todo el mundo puede campar tranquilo a sus anchas.
Entre los habitantes de esa casa destaca Doña Sebastiana. El director ya mostró su querencia por este tipo de personajes (véase Doña Clara), esto es, mujer mayor, repleta de la sabiduría que otorga la vida, y que ejerce un magisterio incuestionable sobre quienes la rodean. Se supone que su carisma es cautivador, no sólo para los personajes de la historia, sino también para los espectadores, y para eso está allí. Es, o pretende ser, una apuesta segura, como los vídeos de gatitos.
Pero en este caso, a diferencia del que mencionábamos antes, el resultado es bastante superficial. Estamos ante una caricatura carente de la profundidad requerida para ir más allá de lo anecdótico, y, así, no le queda otra opción que ampararse en lo jocoso para resultar tolerable. Y gracias, porque cuando se pone trascendente, como en aquella escena-confesión del brindis, bordea ya, no sólo ella, sino la escena en su conjunto, lo insoportable.

Lo más discutible de la película, sin embargo, reside en otro sitio, a saber, en el discurso narrativo que construye; y lo es por dos razones.
En primer lugar, por su empeño en explicar con todo detalle lo que va ocurriendo. Teniendo en cuenta que su duración se acerca a las tres horas, habría sido de agradecer un mayor recurso a la elipsis, o al menos dejar al espectador que, a partir de las sugerencias que se esparcieran, dedujese lo que las imágenes no muestran. La insistencia en la claridad acaba resultando agotadora, y hace que el interés por lo que se cuenta vaya difuminándose cada vez más.
Por otra parte, se tiene la impresión de que en muchos momentos la película avanza a trompicones. La urgencia para asesinar a Marcelo (Armando), no acaba de entenderse, y el procedimiento utilizado es ridículo por lo simplón, al margen de lo increíble que algunas actitudes de los implicados resultan. Si a eso se añaden los excursos que sin venir a cuento aparecen, como la historia del refugiado alemán, o lo rocambolesco de aquella peculiar comisaría de policía, que nada aportan al hilo de la historia, se consigue que el núcleo del relato se disperse sin remedio. Al final no sabemos muy bien lo que ocurre ni las razones por las que ocurre.

La película se construye en tres tiempos: el presente (1977); el pasado, recordado por el protagonista; y el futuro, nuestros días, que irrumpe sin previo aviso en medio de la historia, y que la reconstruye a partir de unas cintas que parece que se grabaron con afán de dar testimonio de lo que ocurría (exhaustivo, pues deducimos que el conocimiento de lo que presenciamos proviene todo de esas cintas), y que, ¡sorpresa!, la dictadura no fue capaz de detectar e incautar, cayendo en manos de unas jovenzuelas que se dedican a escucharlas y no sabemos si a algo más. Todo muy en la línea deslavazada y forzada hasta las costuras que caracteriza a la película. Y a eso hay que añadir las hazañas de la pierna peluda, para que el desconcierto sea ya total.
El chiste final tiene cierta gracia, o gracieta, pero sirve al menos para concluir sin alardes excesivamente pedagógicos. La resignificación del edificio, y de la sangre que contuvo y contiene, es una bonita manera de mostrar el cambio producido, la posibilidad de ese cambio y la esperanza que siempre está contenida en la tragedia. Es una posición ideológica, sí, pero está bien presentada, que es lo único que en esto del cine debería contar.
No sabemos si el título quiere remitirnos a Hitchcock. Sería muy pretencioso. Si es así habría que señalar que se deben medir mejor las fuerzas y no tomar el nombre del maestro en vano. Eso sí que sería respeto.
Escribe Marcial Moreno | Fotos Elástica Films