La cruda realidad

Manas (literalmente «Hermanas») no es una historia de pura ficción, ni surge simplemente de la mente de un grupo de guionistas. La película se inspira en una realidad trágica: la condición de las mujeres en la isla de Marajó, ubicada en el norte de Brasil, a orillas del río Tajapuro.
Para subrayar la veracidad de la historia, al final de la película aparece un texto sobre fondo negro que recuerda al espectador que lo que acaba de presenciar refleja una condición social real y actual de las mujeres. El mensaje es claro: esta situación se repite a diario en silencio, en un lugar donde todos lo saben, pero nadie interviene para mejorar la vida de las mujeres, ni a nivel doméstico ni cultural.
El film se inspira en los testimonios de numerosas niñas de la isla, quienes compartieron sus historias con la directora Marianna Brennand. El resultado es una película que, a pesar de su narrativa ficticia y dramática, funciona también como comentario social que retrata los horrores cotidianos que viven estas niñas y mujeres, controladas y maltratadas por los hombres de la aldea. Estos, que se sienten dueños absolutos, abusan sexualmente de sus hijas y esposas sin remordimientos.
En la isla de Marajó, tener relaciones sexuales con una hija de trece años se considera normal, y el poder masculino decide lo que está bien y lo que está mal, relegando a las mujeres —desde esposas hasta hijas— al servicio de los hombres, relegándolas al silencio.
Durante una investigación documental en aldeas remotas de la selva amazónica, la directora conoció a mujeres que habían sufrido un trauma enorme desde una edad temprana, víctimas de abuso sexual doméstico y explotadas en barcazas comerciales, sin posibilidad de escape.
En este sentido, la historia de Marcielle no es otra que la de la mayoría de las niñas de la isla, del pasado y del presente. No es otra que el recurso narrativo que la cineasta encuentra para contar, con crudeza y realismo, sin caer en el género documental, la trágica historia de las niñas de este pueblo del norte de Brasil, donde el abuso y la explotación sexual de niñas son permisibles, tanto en casa como fuera de ella, donde el abuso sexual y la violencia son la norma, donde las propias madres invitan a sus hijas e hijos a prostituirse en las barcazas para ganar dinero, encontrar un hombre decente y escapar de ese mundo machista.
Lo que también es escandaloso y brutal es el silencio de estas madres, de quienes conocen el abuso de sus maridos hacia sus hijas, pero que, ante las súplicas de estas niñas, responden solo con un triste «ya pasará»; dos palabras duras y amargas que significan: me pasó a mí y a otras también, pero tarde o temprano todo esto pasará y tu padre dejará de usarte sexualmente, desviando su atención a otras cosas.
La niña protagonista de la película, al recaer en el drama de su padre tocándole las partes íntimas para satisfacer sus necesidades carnales, no piensa someterse a esta situación social. Sin embargo, cuando intenta hablar con algunas mujeres, desde su madre hasta una camarera del pueblo, solo escucha una frase dura y contundente: «Ciertas cosas no se pueden cambiar», como si lo que ocurre fuera inmutable, como si fuera una tradición que nadie pretende romper definitivamente.
Todo esto se narra a través del lenguaje visual del realismo, con un guion escueto y diálogos esenciales, acompañados de escenas de la vida cotidiana que, paso a paso, nos muestran el viaje de transformación interna y externa de Marcielle. La protagonista pasa de un estado de ingenuidad infantil al de una adolescente/mujer que choca con la dura realidad de su mundo. Marcielle, repentinamente arrancada de su inocencia, se ve catapultada a un universo oscuro, marcado por un machismo generalizado.

No es casualidad que la película comience precisamente cuando Tielle, a la edad de trece años, experimenta (presumiblemente) su primer ciclo menstrual. La primera escena nos introduce, a través del diálogo entre Marcielle y su madre, a la relación de admiración entre la protagonista y su hermana mayor, quien se ha escapado de casa.
Inmediatamente después, vemos a Tielle ocultando su ciclo menstrual, limpiando sus bragas manchadas de sangre de las miradas indiscretas. Esta escena resalta claramente los miedos y tabúes que rodean el sexo en esa cultura, y el propio miedo de la niña a declarar en casa que se ha convertido en mujer, señal de que algo anda mal dentro de ese entorno doméstico.
Manas es una película que, a través de una narración cruda y visceral, expone una realidad impactante que a menudo se ignora. La historia de Marcielle se convierte en el símbolo de toda una generación de niñas víctimas de un sistema opresivo y violento. Gracias a una puesta en escena realista y a la poderosa actuación de Jamilli Correa, la película transmite con fuerza la brutalidad de esta condición, incitando al espectador a reflexionar sobre la urgencia del cambio.
Una obra que deja una profunda huella y se erige como un poderoso vehículo para la concienciación.
Escribe Francisco Nieto