Editorial marzo 2026

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El espectáculo de la muerte

Se celebró la gala de los Oscar 2026 rebajando muchas expectativas; dos filmes que optaban a una cantidad de premios desorbitada acabaron por conformarse con un número considerable, pero bastante menos rotundo del anunciado: 6 para Una batalla tras otra y 4 para Sinners, dos películas en que la Dama de la guadaña no fue nominada a pesar de ser protagonista temática, ya fuera en la vertiente terrenal ya en la sobrenatural.

A caballo de ambas modalidades, la Parca también se hizo con tres estatuillas en Frankenstein, que habla de una especie de resucitado y de un muerto en vida que pierde a su amada.

Con respecto a Sirāt ¿Qué Oscar ni qué niño muerto? La película de Laxe no fue tomada en consideración por los académicos, y no se trajo a España ninguno de los galardones por los que fue nominada. La verdad, era difícil que tal cosa sucediese: en el apartado a mejor película internacional no parece que tuviera muchas opciones –de hecho, incluso en los Goya fue superada por una película en mi opinión mejor, como era Los domingos–, y cayó derrotada frente a la noruega Valor sentimental. En el apartado de sonido la verdad es que la cosa podría considerarse más abierta, pero acabó por llevarse el galardón el petardeo de los motores de la F1 frente al petardazo de las minas del desierto.

Casi todos coinciden en que la gala fue, de nuevo y como el año pasado, menos política. El único que llamó la atención en este sentido fue Javier Bardem, con su pegatina del «No a la guerra» y su llamada a no olvidar Palestina.

En el aspecto interpretativo, Sean Penn consiguió con su tercera estatuilla subirse al podio en que comparte escalón con Jack Nicholson y Walter Brennan, solo un pelo por debajo de Daniel Day Lewis, que también tiene tres, pero con la cualitativa salvedad de que son todos de protagonista.

Los mejores intérpretes absolutos fueron Michael B. Jordan (quien debe el mérito de su Oscar a su hermano gemelo fallecido, que por cierto era él mismo, que hacía a su vez el papel de un no muerto) y Jessie Buckley, la protagonista de Hamnet, que dio un discurso emotivísimo y maravilloso, y que a pesar de ir muy a contracorriente de la contracultura imperante en los últimos tiempos, consiguió no ofender a nadie.

Puede que las cosas se estén normalizando, al menos en EE. UU., al menos en el mundo del cine.

Lo normal: ni de izquierdas ni de derechas

Ya se sabe que cuando dices algo parecido a lo de arriba eres inmediatamente catalogado como fascista. Pero antes de que me echen los piolets a la cabeza, vamos a contextualizar un poco: estoy hablando de la sátira y el esperpento, de la picaresca, del escarnio… esos géneros tan típicamente españoles que han cultivado los más grandes genios literarios de nuestro país, desde Quevedo a Valle pasando por Larra y Azcona.

Claro, meter a Santiago Segura en esta lista puede parecer una exageración, pero es que el comediante ha añadido la chabacanería y el mal gusto a las características de todos aquellos laureados estilos y ha creado un género propio que ha sabido explotar como nadie, reventando la taquilla a su paso. Se dice de su cine que es efímero, y que su última película, Torrente presidente, está tan pegada a la actualidad que no está llamada a perdurar en la memoria más allá de un par de años.

Puede ser, pero a un servidor, además de constatar que el público parece querer algo de eso precisamente, le llama la atención otra cosa: ¿Qué pensará un espectador de aquí a veinte años, cuando vea esa película y constate lo absurdo de su planteamiento, lo exagerado de sus caricaturas? ¿Llegará a preguntarse si en algún momento pudo haber algo remotamente parecido a esa clase política a los mandos de este país? Habría que jurarle que todo fue cierto, porque las crónicas periodísticas están hoy tan sesgadas que no parecen poder erigirse en fieles cronistas de nuestro tiempo.Si alguien no me cree,puede escuchar la conversación que el propio Segura tuvo con María Guerra en la SER, donde se le recrimina constantemente hacer el tipo de cine que hace, por, como diría Aristóteles, retratar lo que es y no aleccionarnos sobre lo que debería ser.

Torrente presidente

Guerra no parece asumir que se ha avanzado mucho desde un punto de vista narrativo desde que el genio de Estágira escribiese la Poética. Su libro segundo dedicado a la comedia, que sin duda no pudo leer, quizá fuese un poco más condescendiente con las obligaciones morales del arte, o quizá plantease que una forma de hacerlas valer fuese mediante el escarnio. Comoquiera que dejara escrito, apuesto a que Segura –que como yo tampoco leyó esa entrega del maestro macedonio–, se acerca más en su cine a sus hipotéticos postulados que el periodismo oficialista, que no parece haber entendido que la sátira también tiene un componente moral, muy especialmente si se dirige a «los nuestros», esos que deberían constituirse en ejemplo a seguir según sus virtudes públicas.

La película de Santiago Segura tiene el mérito de apuntar y disparar a todo lo que se menea por cualquier lado; lo hace además entremezclando y confundiendo ideas que no deberían estar en los partidos que referencia, por ejemplo, instalando asesoras de corrección política en formaciones de ultraderecha. El objetivo de esto es claro, y el personaje de Torrente lo sugiere a lo largo de la película: la esfera política se ha convertido en un patio de colegio, y las reglas para sobrevivir aquí son muy fáciles: basta con acabar con la lógica planteando dilemas, enunciando falacias y razonamientos absurdos para confundir al vulgo. Aristóteles, creador del silogismo, también nos enseña cosas si se le pone cabeza abajo.

Segura, como El Filósofo, da un papel fundamental a la amistad como valor ético. Sus amiguetes –de toda acera política, por cierto– le responden incluso aceptando caricaturizarse a sí mismos. Cosas que debería poder hacer la gente normal, de izquierdas o de derechas, si no tuvieran el seso embotado por la ideología.

El realizador ha tenido además el coraje de enfrentarse a la turba para rescatar en Torrente presidente a un hombre imperfecto –como todos nosotros– herido con saña y abocado al olvido. Eso le honra como persona y el hecho de incluir a un apestado no desmerece en absoluto su película, porque es una metáfora perfecta de cómo no confundir obra y autor: el individuo más poderoso del mundo encarnado por una persona que en la vida real está arruinada y destruida socialmente.

Puede que su película se pierda en la desmemoria de aquí a unos años, pero estoy seguro de que hay gente que no olvidará nunca lo que se hizo por ella. 

Quién me iba a decir que, merced a todo esto, Santiago Segura acabaría por ser el representante del aristotelismo contemporáneo.

Algunos títulos de Chuck Norris

La muerte tenía un precio

Pero Chuck Norris consiguió que fuera ella quien le pagase.

El actor, campeón mundial de kárate, rival eterno del también desaparecido Bruce Lee, el hombre que no encendía la luz, sino que apagaba la oscuridad, que golpeó en el trasero al doctor al nacer, nos ha dejado de una vez y para siempre, como cada vez que hace algo.

Norris no solo ha acumulado en todas las artes marciales más cinturones negros que Gucci, sino que mientras se dedicaba a mantener la rotación de la Tierra caminando sobre su superficie, también hacía series y películas.

Más de treinta largometrajes entre los que destacan El furor del dragón –donde se produce su icónico enfrentamiento con Bruce Lee–, Delta force –con Robert Vaughn, Lee Marvin y George Kennedy– o la segunda entrega de Los mercenarios, con Stallone, Statham y Lundgren, jalonan su filmografía.

Pero Norris es conocido sobre todo por la serie Walker, Texas ranger, que protagonizó durante nueve temporadas y dio también lugar a un telefilme.

Ahora que ha fallecido nadie sabe cómo mantener la rotación del planeta, aunque parece que el impulso acumulado hará que gire hasta que se apague el sol. De todas formas, nadie duda de que, llegado el caso, Norris sabrá convencer a la Dama negra de que le deje volver unos cuantos añitos si se le necesita por aquí.

Un edificio dañado tras un ataque con misiles lanzado desde Irán en Tel Aviv, Israel, el domingo 22 de junio de 2025. (AP Foto/Bernat Armangue)

Pena de muerte

El caso es que Trump, enfangado como está en una guerra que a cada día debe lamentar haber iniciado, sí parece necesitar sus servicios: Norris podría haberse bajado a escupitajos cada uno de los misiles balísticos iraníes, mientras que EE. UU. e Israel gastan millones de dólares en interceptores que hacen lo mismo, pero de manera menos efectiva.

Lo cierto es que la tercera guerra del Golfo, que apenas lleva un mes, amenaza con desecar las reservas petrolíferas de casi todo el mundo, debido a la más que previsible consecuencia del cierre del estrecho de Ormuz.

Esta guerra lleva camino de convertirse en la más estúpida de cuantas se han iniciado en las últimas décadas. El apelativo es adecuado porque algunos pueden llegar a considerarla una guerra en cierto modo justificada, ya que, por encima de la violencia y la crueldad de todas ellas, esta presume de tener como objetivo primario –que no único, y además probablemente utópico– desalojar al régimen de los Ayatolás, patrocinador del terror por medio mundo y muy cruel con los suyos, que además parecía tener a su alcance la construcción de La Bomba.

Pero resulta que ha sido iniciada precipitadamente y en contra de la opinión de casi todos los estamentos militares del principal operador, que ya advertían sobre su inoportunidad; ha terminado por provocar más inestabilidad de la que quería evitar, y además amenaza con escalar hasta cotas insospechadas, llevándose por delante no solo la ilusión de los iraníes que ansían la caída del régimen, sino la esperanza de un mundo en paz donde China solo busque hacer negocios e Israel pueda por fin relajarse y continuar aspirando a ser una democracia avanzada y plena.

Esta guerra puede ser la tumba de Trump, como ya lo ha sido de Jamenei y otros gerifaltes –Sic Semper tyrannis–, pero también la de la sensatez del pragmatismo y la prudencia de los comerciantes: desaparecidos hace mucho tiempo los frenos morales que llamaban a evitar el daño, y las máximas éticas de la no agresión, los perros de la guerra apenas se mantenían atados por aquellas otras virtudes menores. Pero sus correas se han agrietado bajo la impulsividad de Trump y el afán vengativo de Netanyahu, que además se ha mancillado de nuevo a sí mismo llevando a su Parlamento a aprobar una ley sobre la pena de muerte particularmente indigna.

Sí, casi todas las guerras son estúpidas, pero esta presume de serlo aún más. Como decía Jon Sistiaga, ninguna guerra se parece a otra… a lo que yo añadiría: pero todas se parecen a quienes las protagonizan.

Million dollar baby, de Clint Eastwood

¿Una muerte digna?

Sin embargo, la noticia más desgarradora de las últimas semanas ha tenido que ver con las tribulaciones de la joven Noelia Castillo. Esta chica, de 25 años, se ha hecho tristemente famosa porque su solicitud de suicidio asistido ha estado en boca de todos.

No voy a atreverme a opinar sobre el caso en sí mismo, ni sobre si se debería o no haber aceptado su solicitud. Como muchos especialistas han dicho ya, el de la eutanasia es uno de los debates éticos más difíciles a los que nos enfrentamos: se oponen aquí el derecho a la autonomía personal y la dificultad de administrar –en el doble sentido de procurar y legislar– la muerte ajena.

Sin duda en el caso de Noelia ha pesado emocionalmente su juventud, su perpetuo desamparo y la acumulación de fallos de un sistema asistencial que debería haberse reforzado muchísimo antes de llegar a aprobar una ley de eutanasia, pero también, en el lado legal, la constatación de que hasta tres tribunales no han tenido duda a la hora de concederle la «muerte dulce».

No, la cuestión, que no soy el primero en sugerir, es la del mal llamado debate sobre este asunto y su publicidad. Me permitirán que repita la idea de que no puede haber debates sensatos en climas polarizados, y que cada bando –es lamentable tener que usar esta palabra – parece haber querido aprovecharse de una situación tan triste para arrojarle al rival una muerte a la cabeza. Los Hunos acusan a los médicos, jueces e instituciones de haber cometido un asesinato; los Hotros han llegado a celebrar en un titular de primera página que Noelia le ha «ganado» a los ultras de Abogados cristianos.

Se piense lo que se piense sobre tales asociaciones, parece muy sintomático el hecho de presentar una muerte como una victoria; nos duela lo que nos duela, es absurdo postular que un proceso garantista en que la protagonista ha sido constantemente requerida en su autonomía pueda ser calificado de asesinato.

Lo que podemos aprender de aquí es que cuando algo tan íntimo y doloroso se hace público de la peor manera, casi todos parecen perder la razón, esa que se considera la principal herramienta de un debate.

En el cine, contamos con varios ejemplos que han tratado el tema precisamente desde estos puntos conflictivos: En Million dollar baby, Clint Eastwood conduce una película de superación en el mundo del boxeo a un clímax inesperado, con una conclusión tan humana y dolorosa —ejecutada en privado, sin garantías ni comodidades, pero también sin escándalo— que nos habla de compasión, de imprevisibilidad, de amor y de duelo de un modo magistral.

En Mar adentro, de Alejandro Amenábar, el proceso se hace público, y lo que ahí se muestra es la lucha de un hombre contra un sistema ciego al dolor, cuando no hipócrita por mirar a otro lado cuando se consuma su muerte.

En No conoces a Jack, un telefilme dirigido por Barry Levinson que protagoniza Al Pacino, la idea es cómo el afán de notoriedad a veces corrompe las buenas intenciones del doctor Kevorkian. Pero la derivada más interesante de esta película es la de si Kevorkian no fue lo suficientemente cuidadoso a la hora de administrar la muerte a sus pacientes, en casos en los que no parecía recomendable aplicar la eutanasia.

Es decir, que si cuando abrimos la puerta a la muerte asistida podemos evitar que se nos cuelen casos en los que no debería ser aplicable. El historial de países como Canadá, Bélgica u Holanda está repleto de ellos, y a fe mía que la legislación española se ha hecho eco de muchos a la hora de ser redactada.

Sin embargo, el antecedente de los crímenes de Alcàsser y su tratamiento televisivo no fue tenido en cuenta entre los posibles problemas que pudieran surgir a la hora de aplicar esta Ley.

Y esto es así porque, paradójicamente, apenas hubo debate público sobre la misma. Y no lo hubo porque al parecer los legisladores no nos consideraron ciudadanos lo bastante maduros como para tenerlo. De haber existido este debate me atrevo a afirmar que muchos de sus prejuicios se hubiesen visto confirmados… pero también se hubieran dado cuenta de que la Ley debería tener en cuenta la necesidad de salvaguardar la intimidad de las personas. También, que la publicidad incontrolada de casos concretos podría tener efectos indeseables vinculados al efecto Werther.

Queda por ver si un verdadero debate se abre a raíz de este caso. Ya salen estadísticas muy llamativas sobre su aplicación en distintas autonomías. Ya dudas entre los especialistas en bioética y entre los facultativos, que ven cómo muchos médicos se dedican casi exclusivamente a esto, por ser de los pocos que no son objetores, violentando el espíritu de su profesión.

Esperemos que todas estas problemáticas se resuelvan de la mejor manera. Casos como los de Ramón Sampedro, María José Carrasco o José Antonio Arrabal mostraron que España necesitaba, como toda sociedad avanzada, una ley de muerte digna. El caso de Noelia Castillo debe enseñarnos que todavía no hemos alcanzado su desarrollo óptimo.    

Escribe Ángel Vallejo

Mar adentro, de Alejandro Amenábar