Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the cuckoo’s nest, 1975), de Miloš Forman

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Un western psiquiátrico

No fue la primera película que Milos Forman rodó en Estados Unidos, pero sí que se puede decir de ella que fue la primera plenamente americana, pues su anterior largometraje, Juventud sin esperanza (Taking off, 1971) guardaba aún muchos paralelismos con sus obras anteriores, aunque tampoco pueda hablarse de una ruptura radical entre Alguien voló… y su producción checa.

A raíz de la Primavera de Praga (Forman había sido compañero de colegio de Václav Havel), el director checo, por aquel entonces checoslovaco, acaba siendo forzado a abandonar su país y se instala en Estados Unidos, donde seguirá su carrera de cineasta, y donde acabará obteniendo la nacionalidad.

Influido por las modas cinematográficas de los años sesenta, el cine rodado en su país natal está impregnado de un naturalismo que le otorga cierto aire aficionado, aunque no exento de la crítica al sistema político y al ambiente social en el que se desarrolla, en ocasiones construyendo una gran metáfora sobre la que se construye la acción. Ni siquiera se trataba de evitar la censura, pues las concomitancias con la realidad eran más que evidentes, sino de una apuesta estilística.

Ya instalado de pleno en la industria americana, Forman aprovecha la ocasión para insistir en su talante crítico. No se dirige ya al régimen opresor de su país de origen, sino que, variando el foco, descubre una realidad en el país de las libertades que se aproxima demasiado a lo que ha dejado atrás, y, sirviéndose del microcosmos que le proporciona un hospital psiquiátrico (y al hilo de la novela del mismo título de Ken Kesey) hace una descripción despiadada del sistema norteamericano.

El primer paralelismo, que ya va a determinar la construcción de toda la película, es el que se establece entre el hospital psiquiátrico y una cárcel. Patrick McMurphy llega conducido por la policía y esposado. Es un preso que desembarca en su nuevo hogar para ser analizado y comprobar su estado mental, y allí se va a encontrar con un marco muy similar al de la prisión que deja atrás: rejas, cerrojos, guardianes vigilantes, rigidez en las normas, galerías (Forman enfoca en contrapicado el hospital durante la llegada del protagonista, en un típico plano del cine carcelario)… Lo asistencial equiparado a lo punitivo.

Los delitos que le llevan hasta allí son también particulares. Se le acusa de vago, de meterse en peleas, si bien las figuras del boxeo son idolatradas precisamente por ello, o de tener sexo con una menor que se le ofreció y que parecía mucho mayor. No se trata por tanto de un delincuente que opera en los márgenes de la sociedad, sino más bien de un tipo normal, que hace cosas normales, lo que conlleva, en realidad, la consideración de delincuentes potenciales de todos los miembros de la sociedad, o, visto desde otra perspectiva, la percepción de un estado opresor que tiene en su punto de vista, bajo su vigilancia, a todos sus miembros. Las terapias de grupo, además, tienen el aire de la delación y la acusación pública, el de un sistema que se inmiscuye en la vida privada de los individuos y que intenta controlarlos.

Todo se parece demasiado al estado comunista que bien conoce Forman, pero algún dato lo contextualiza en las nuevas coordenadas. Sea el juego de las cartas y las apuestas, con la lógica del beneficio, sea, aún más evidente, el Monopoly al que juegan los internos, ejemplo paradigmático del proceder capitalista.

En esta situación, controlada y ordenada, donde todo está reglamentado, y donde la dirección del centro fiscaliza hasta los horarios de televisión, inalterables, o la música que escuchan los residentes, irrumpe el protagonista como una amenaza. Desde el primer momento su actitud es la de quebrar las normas que allí imperan, y frente a ello se despliega toda la potencia represiva del hospital que lucha por preservarse. En última instancia se trata de la lucha entre el ansia de libertad y la represión.

McMurphy se enfrenta a las normas absurdas que rigen el centro, e intenta involucrar en su lucha a los compañeros también sometidos a ellas, pero su éxito es muy relativo. Hasta la revuelta final, que recuerda poderosamente a la de los mendigos en Viridiana, los internos son arrastrados a la fuerza hacia algo que desconocen y, en consecuencia, temen, hasta que finalmente descubren el dulce sabor de la libertad, de su poder destructivo y de la erótica que genera.

Todo se parece demasiado al estado comunista que bien conoce Forman, pero algún dato lo contextualiza en las nuevas coordenadas

Dentro de los sistemas de control aplicados para someter las veleidades disruptivas del protagonista y aquellos a quienes ha convertido en cómplices, están las más evidentes, como electroshocks o tratamientos químicos, y otras más sutiles, como la apelación a la familia o el control de sus bienes, a la manera de un estado paternalista que infantiliza a sus súbditos, menores de edad que no saben conducirse por sí mismos y necesitan protección.

Pero por encima de ello destaca el espurio uso de la democracia, una puñalada dirigida al corazón mismo del sistema político americano. Lo que debería ser la devolución de la voz y la iniciativa al pueblo, se convierte en el más perverso de los mecanismos de control. En primer lugar, por el miedo. Los enfermos tienen miedo a votar en contra de lo que la dirección del hospital establece. Se trata de un voto, por lo tanto, secuestrado.

Y si, finalmente, ese voto logra liberarse, si el conocimiento y la decisión se imponen, aún queda una bala en la recámara, y es la apelación a aquellos que no son dueños de sí mismos, incapaces de tomar decisiones; apropiarse de sus votos es la garantía del triunfo del sistema, aunque para ello haya que forzar a conveniencia el mecanismo que rige el procedimiento de la votación, interrumpiéndolo antes de que se transforme el resultado final. Extrapolar la crítica desde estas reducidas coordenadas al ámbito general no resulta nada complicado.

Lo que debería ser la devolución de la voz y la iniciativa al pueblo, se convierte en el más perverso de los mecanismos de control

Finalmente, el orden se restablece. La potencia del sistema es superior a la de cualquiera que desee alterarlo. Como recuerdo de lo que ocurrió solo queda el juego de cartas en el que ahora se utilizan cigarrillos para apostar. A la manera del Príncipe de Salina, algunas cosas han cambiado (tampoco tanto) para que todo siga igual. Y el mito de Canadá, una constante en el imaginario americano, ahora más de actualidad que nunca, continúa siendo eso, un mito inalcanzable.

Pero si bien se mira, con todas las críticas contenidas, Alguien voló sobre el nido del cuco es una película profundamente americana. Un forastero irrumpe en una comunidad cerrada, bien para alterar el orden allí imperante en su propio beneficio, bien para enfrentarse a los malos y restablecer la justicia. Cuántos westerns hemos visto con idéntica estructura. Ese es justo el homenaje que Forman erige al más clásico de los géneros del cine que le acoge. En el fondo, la crítica aquí contenida es admiración por un sistema que se degrada, que no es fiel a su esencia, y que hay que preservar de su decadencia y sus amenazas. Y quién mejor que el héroe salvífico para hacerlo.

No importa que el resultado no sea el deseado; no importa que la película adolezca de notables imperfecciones, o que los personajes sean demasiado arquetípicos (el héroe simpático, la enfermera rígida, los locos entrañables). Lo que resulta indiscutible es que Forman ha asimilado las claves del cine americano, y en sus posteriores películas se entregará sin ningún complejo a reproducirlas.

Escribe Marcial Moreno  

Un forastero irrumpe en una comunidad cerrada, bien para alterar el orden allí imperante en su propio beneficio, bien para enfrentarse a los malos