Landa (3)

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El oficio de actuar

«Alfredo era un superdotado de la interpretación.
Podía transmitir todo tipo de emociones».

(José Sacristán)

Gracia Querejeta y Miguel Olid han filmado un documental estimable sobre uno de los mejores actores del cine español: Alfredo Landa. A lo largo de los 70 minutos de duración de Landa, los espectadores pueden conocer algunos de los hitos fílmicos de este gigante interpretativo.

El trabajo de Olid y Querejeta posee, a mi entender, una virtud fundamental: poder ser apreciado por las personas que conocen con profundidad la dilatada carrera de Landa, por aquellas que sólo le han visto en alguna actuación y por los aficionados, sobre todo muy jóvenes, que desconozcan sus emblemáticos papeles.

En este sentido, se trata de un documental que, en una secuenciación cronológica, mezcla con acierto escenas representativas de Landa en varios de los filmes donde actuó —desde principios de la década de los 60 hasta los comienzos del presente siglo—; declaraciones del propio Landa, efectuadas en su mayoría en los años 80 y 90; y entrevistas actuales con aquellos que vivieron con él —sus hijos—, aquellos que trabajaron con el actor navarro —otros intérpretes, la mayoría amigos suyos también—; y aquellos que han estudiado su recorrido fílmico —los críticos cinematográficos.

De toda la polifonía de testimonios que nos revelan quién fue Landa, qué supuso en el cine hispánico, qué trascendencia tuvo, cómo era el hombre detrás del actor, sobresalen dos: José Sacristán y Miguel Rellán. Y si me quedo con estos dos fenomenales actores es porque en sus declaraciones se evidencia el hondo conocimiento que albergan tanto de la labor actoral de Landa como de su dimensión humana.

En el caso de Sacristán, solo unos años más joven, se constata la especial relación que los unía. «Alfredo era un amigo. Para mí era esencialmente un amigo. Recuerdo cuando se cumplían 25 años de nuestra amistad, en 1985, y se presentó en mi casa con un regalo para conmemorar el largo tiempo que llevábamos siendo amigos. Me quedé impresionado», afirma Sacristán.

Por su parte, Rellán formó pareja con Landa en el díptico policíaco de Garci, El crack (1981) y El crack II (1983), que consolidaron a Landa como un actor de claro potencial dramático, no solo cómico. Rellán nos indica algunas de las aficiones de Landa como jugar al mus o tomar un Dry Martini (a Luis Buñuel también le encantaba esta bebida; de hecho, le dedicó varios fragmentos en su libro de memorias Mi último suspiro).

Otras de las personas que hablan sobre Landa son Antonio Resines, Oti Rodríguez Marchante, María Bardem, Luis Alegre, Enrique Cerezo, Marta Medina, Víctor García León, entre otros. Resines, que coincidió con el actor navarro en El bosque animado (1987), de José Luis Cuerda, recuerda: «Cuando llegabas a un rodaje y estaba Landa, se notaba que Alfredo era alguien importante en el cine, un intérprete descomunal. Además de conocer su papel al dedillo, Alfredo otorgaba matices nuevos al personaje, y muchas de sus aportaciones eran aceptadas por los directores, porque estaban muy bien planteadas y enriquecían a los personajes».

Los hijos de Landa, Alfredo e Idoa, nos dan a conocer al Landa más familiar, más cotidiano, y considero que suponen un contrapunto adecuado a los testimonios cinéfilos. Asimismo, nos señalan que, en su infancia, en los años 60 y 70, veían poco a su padre, porque en aquel tiempo Landa combinaba las numerosas interpretaciones en películas con las actuaciones en piezas teatrales.

Landa se articula en dos bloques temáticos: el landismo y los papeles de Landa en democracia. Curiosamente, aunque me interesen más, por su calidad y amplitud, los papeles que Landa llevó a cabo a finales de los 70, en los 80 y en los 90, el documental posee mayor solidez a la hora de abordar el fenómeno que se llamó landismo.

Los santos inocentes, una de sus interpretaciones más recordadas

Con opiniones favorables y de rechazo, que manifiestan el aire tolerante y abarcador de Landa, nos adentramos muy bien en el landismo, una corriente fílmica que, si bien mostraba a las claras una serie de comportamientos machistas, en consonancia con la dictadura franquista, a su vez dejaba constancia de cómo eran muchos de los españoles a finales de los 60 y principios de los 70. Landa podía ser cualquier español de aquel entonces. Por eso se llenaban las salas de cine, aunque la valía artística de aquellas películas fuese a menudo mediocre. En el documental vemos algunas secuencias de No desearás al vecino del quinto (1970), Vente a ligar al Oeste (1972) o Jenaro, el de los 14 (1974).

1977, el año de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, Landa protagoniza El puente, de Juan Antonio Bardem, una road movie entrañable, que marca la ruptura de Landa con el landismo y su salto a otros papeles más sofisticados, de mayor alcance. En 1979, participaría en Las verdes praderas, de Garci.

Ya en los 80 le llegaría su consagración con el papel de Germán Areta en las dos películas de El crack, ya mencionadas, y con su magistral interpretación de Paco, el Bajo, en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus, sobre la novela de Miguel Delibes. Acaso esta actuación suponga el punto máximo de su carrera y con ella consiguió el galardón del festival de Cannes, que compartió con su compañero y también amigo Francisco Rabal, que interpretaba a Azarías, su cuñado en el filme. Landa evocaba en una entrevista: «Aquel día en Cannes, cuando Dirk Bogarde pronunció nuestros nombres, el de Paco y el mío, al caminar hacia el escenario yo sentí pasar por mi corazón mi vida entera: mi madre, Pamplona, San Sebastián, mi mujer, mis hijos, mis amigos…Fue muy emocionante».

En 1985, actuaría en La vaquilla, de Berlanga, donde compartió reparto con su gran amigo José Sacristán, al frente de un variopinto batallón republicano. En 1987, en El bosque animado, de Cuerda, encarnando al bandido Fendetestas, papel con el que logró su primer Goya, y también con Cuerda, en 1992, en La marrana, dando vida a Bartolomé, un campesino cristiano del último tercio del siglo XV, interpretación que le valió su segundo Goya.

Gracia Querejeta y Miguel Olid han filmado un documental estimable sobre uno de los mejores actores del cine español

En mi opinión, el documental pierde la oportunidad de ahondar en las gloriosas interpretaciones de Landa en los filmes de Garci, Berlanga, Cuerda o Camus. Se queda demasiado en la periferia, en la corteza.

Todavía flojeará más el documental en su parte última, con las polémicas memorias de Landa, que escribió Marcos Ordóñez, su alejamiento de Garci, su supuesto mal carácter o su supuesto heredero: Javier Gutiérrez. Tampoco aporta nada al espectador conocer las ideas políticas de Landa, puesto que verdaderamente puso su arte interpretativo a las órdenes de cineastas de derechas y de izquierdas, y con todos dejó magníficas muestras de su grandeza actoral. Landa reluce en el cine español, es parte luminosa del mismo.

Quería recordar antes de finalizar esta crítica dos momentos cimeros de Landa. El Landa que yo nunca olvidaré. El Landa que muchos no olvidarán. La primera, en Los santos inocentes (1984), la película que vi en mi adolescencia gracias a mi hermano Jorge. Acaso el largometraje que más huella me ha dejado de todos los que he visto en mi vida. Hay una escena cuando el dueño del cortijo, interpretado por José Guardiola, le dice a Landa, a Paco, el Bajo, que ya no cuenta con su cuñado Azarías, que lo despide. El señorito le habla con malos modos, altanero, con desdén, burlesco. Landa no dice nada, se calla, pero sus ojos transmiten la indignación, la melancolía, la incredulidad, la tristeza. Los ojos de Landa siempre hablaron.

El segundo momento, en la serie de TVE del Quijote (1991), que extrañamente no se menciona en el documental de Querejeta y Olid. Esta serie, dirigida por Gutiérrez Aragón, en la que Landa, el gran Landa, se ha convertido en Sancho Panza, el fiel escudero, el amigo inquebrantable del caballero manchego. En la secuencia en que Sancho se reencuentra con su burro, lo abraza con ternura, como abrazaría a un hijo, y abrazado al rucio, de los ojos de Sancho, de los ojos de Landa, los que hablaron siempre, se derrama un manantial de lágrimas, componiendo una escena humanísima, inolvidable. 

«En mi trabajo solo hay dos cosas
verdaderamente importantes: mirar y mirar».

(Alfredo Landa)

Escribe Javier Herreros Martínez