Editorial abril 2026

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Cosas que fallan

El mes de abril comenzó con el despegue de la misión Artemis hacia la Luna, en un intento de retomar la épica de la pasada centuria que puso a competir a las dos superpotencias por el objetivo de poner a un hombre en nuestro satélite natural. 

Aquella aventura, desde luego, sobrepasa con mucho la de hoy día, en la medida en que fue el intento de los pioneros por establecer un hito histórico.

La hazaña actual de «ir más allá de lo que cualquier ser humano ha ido nunca» palidece ante el hecho de haber puesto pie en los polvorientos desiertos lunares: que, en un arriesgado juego gravitacional, los astronautas se hallan aventurado unos miles de kilómetros más que sus antecesores no quita que aquel hito sea insuperable, y, hasta que se pueda hollar otro mundo, irrepetible.

Si uno quiere constatar, además, cómo los medios tecnológicos de una y otra misión eran incomparables, no puedo menos que recomendar el visionado de First man, de Damien Chazelle con Ryan Gosling —actor que, por cierto, está ahora mismo en el candelero gracias a Proyecto salvación, otra aventura espacial de espíritu completamente diferente—, en la que se narra con todo nivel de detalle el desafío tecnológico, intelectual y humano que hubo de superarse para poder ganar la carrera a una URSS que parecía partir con ventaja.

Por aquel entonces los ordenadores tenían una memoria RAM incapaz de procesar más de dos páginas como las de este editorial y los módulos no tenían retrete. Aunque, la verdad, visto cómo se ha desempeñado el aparato en cuestión en esta misión, casi parece mejor volver a orinar y defecar en bolsas o usar aspiradores. Como dicen los americanos, vayas donde vayas, la m…da siempre te alcanza.

Sin embargo, y a pesar de los innegables saltos tecnológicos —que no higiénicos— hoy día la aventura se sazona con la inquietud que genera el haber perdido el know how sobre muchos avances pretéritos —talento táctico de los ingenieros que ensamblaban a mano sin dejar registro documental y que se jubilaron o han fallecido, destrucción del material de los Apolo, paso de la época del papel a la digital etc.—, y con el terrible precedente de los accidentes del Columbia y el Challenger, debidos a la congelación de las juntas tóricas y al sobrecalentamiento de las placas aislantes.

Porque con esos antecedentes, si algo realmente preocupó a los que seguimos la odisea fue, además de la ejecución del lazo gravitatorio que de fallar podía lanzar a los astronautas al espacio profundo, el riesgo que se corría en la reentrada a la atmósfera de la astronave.

A toro pasado es fácil decir que todo fue bien y que podemos confiar en la ciencia, pero si quieren ser conscientes del peligro de ese tipo de aventuras, hay una buena serie de películas que pueden ponernos en tensión desde el sofá de casa.

Aparte de la ya mencionada First man, en cuyo desarrollo se llega a narrar cómo se carbonizaron tres de los astronautas de la misión Apolo, películas que reflejan la magnitud de los riesgos de esta son, por ejemplo, la ya clásica Apolo 13, de Ron Howard, que cuenta cómo los astronautas las pasaron canutas para poder regresar a la tierra tras el fallo de uno de los tanques de oxígeno que debían mantenerlos vivos durante el viaje.

No inspiradas en eventos reales hay filmes como Space Cowboys, de Clint Eastwood; Gravity, de Alfonso Cuarón, o Marte, de Ridley Scott. La particularidad de las dos primeras es que utilizan transbordadores tipo Columbia como vehículos espaciales, y en ambas se ven implicados en accidentes. Si será casualidad o pura malicia de los creadores, no me cabe juzgarlo. Lo cierto es que los transbordadores de ese tipo parecen haber adolecido de ciertos fallos de diseño, además de los típicos de mantenimiento, que acabaron por provocar consecuencias fatales.

«Space Cowboys»: Clint Eastwood y sus viejos colegas ya intuían lo que podía pasar si queríamos volver a la Luna

La carrera nuclear

Como se llega a mostrar en Space Cowboys, el correlato no pacífico de la carrera espacial entre la URSS y los EE. UU. fue la escalada armamentística. Ambas superpotencias se armaron hasta los dientes para supuestamente disuadir al otro de iniciar una guerra atómica. Claro, para ello era necesario contar con el suficiente uranio enriquecido —o el plutonio residual— como para construir esas armas, y de ello se ocupaban centrales nucleares como la de Chernóbil, de cuyo accidente se han cumplido este mes de abril nada menos que cuarenta años.

Todos los informes que se han hecho con posterioridad apuntan a las mismas causas para el accidente: un fallo de diseño de las barras de grafito —¡sorpresa!—, además de la inestabilidad del reactor RBMK a bajo rendimiento y la impericia de los técnicos de la central, por no hablar de la falta de edificio de contención de la misma, que directamente habría evitado el escape radiactivo a la atmósfera.

A raíz de esta triste efeméride muchas televisiones se han apresurado a emitir documentales de producción propia y ajena sobre el tema. HBO, por supuesto, ha reflotado la que hasta ahora parece ser la mejor dramatización del desastre, una magnífica y escalofriante serie de cinco capítulos con la que Craig Mazin —el realizador de Last of us— se hizo famoso allá por 2019.

El caso es que, al proponerme hacer una selección sobre películas y documentales que se ocupasen del acontecimiento, no sabía qué criterio seguir para escoger entre el ingente número de producciones: había series, documentales, películas, mediometrajes… no las había visto todas y me resultaba imposible hacerlo. Así que opté por recomendar lo que ya conocía y por dar noticia de las últimas producciones.

Así, si como un servidor no quieren obsesionarse y deciden ver una sola cosa, creo que la serie de Mazin es la opción adecuada: no es absolutamente fidedigna —en realidad, quizá ninguna producción lo sea porque en todas ellas juegan seguramente componentes ideológicos—, pero es una obra mayor en lo que respecta a guion, sentido dramático y realización.   

Atrapados en Chernóbil, de 2012, una peliculita juvenil con el lugar del desastre como telón (muy) de fondo

Si prefieren formato documental, en la misma HBO pueden encontrar Chernobyl: The lost tapes, que aglutina imágenes de archivo inéditas y ocultas durante años —en las que probablemente Craig Mazin se inspiró para hacer su serie— y que resulta un testimonio espeluznante. 

Voices of Chernobyl es otro documental notabilísimo. Aquí encontramos la narración de Lyudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasily Ignatenko, que aparecen también como personajes relevantes en la serie de HBO. Basado en una obra literaria testimonial de la premio Nobel Svetlana Alexiévich, la escritora misma confeccionó el guion de un filme sugerente, poético, de gran fuerza visual. Hasta hace poco podía verse en Filmin.

España ha producido también algunos documentales: el más famoso es el de Jon Sistiaga, En la ciudad del fin del mundo, pero también existe La zona, un filme casi artesanal hecho con fines educativos. Ambos están accesibles de forma gratuita en YouTube.

Por último, hablemos de películas románticas como Chernóbil, la película, una producción rusa del año 21 dirigida por Danila Kozlovsky en la que, evidentemente, se dejan a un lado causas o explicaciones del accidente y se centran en una historia de amor y heroísmo, no vaya a ser que el actual jefazo, nostálgico como es, vaya a enfadarse por un quítame allá esas imprudencias soviéticas.

Hay también filmes de terror ambientados en la zona, pero ya no se centran en el accidente en sí mismo, sino en la existencia de entidades maléficas que acechan a los incautos; un servidor no las ha visto —ni ganas—, pero deja constancia de que existen la británica Atrapados en Chernóbil, de 2012, y la rusa After Chernobyl, de 2021.

La última producción centrada en conmemorar el cuadragésimo aniversario del accidente es una serie documental de History Channel, disponible en plataformas, que lleva por título Chernobyl, en el corazón del desastre. De nuevo un buen puñado de testimonios directos de los que uno puede llegar a sorprenderse de que aún sigan vivos y enteros. Se desarrolla a lo largo de cuatro capítulos y es bastante prolija en su recreación de la época y en la descripción del accidente en sí mismo. 

Valkiria, dirigida por Bryan Singer y protagonizada por Tom Cruise

A la tercera no fue la vencida

No seré yo quien se alegre del suceso, tal y como dejé escrito en esta misma tribuna en la anterior ocasión, pero ya van tres atentados fallidos contra su muy presidencial persona los que colecciona Donald Trump en su haber, y es indudable que este es un tema del que puede sacarse petróleo.

Juro que no hay segundas intenciones en esta última frase.

Lo cierto es que este tercer intento lo convierte en uno de los líderes del ranking mundial de líderes que han sufrido atentados, y por suerte, repito, ha salido airoso de todos.

El ranking de los siempre afortunados lo encabeza Fidel Castro con más de 600, seguido del Rey Zog de Albania con 55 y Adolf Hitler con 42. De Gaulle tiene 31 y Arafat 13. En la parte baja de la lista están Gadafi con 5, Stalin con 4 y Putin con 3. 

Lo primero que debe llamar la atención es la escasez de mandatarios democráticos en la lista. Parece que el amor profesado a los amados líderes no es tanto si estos se conducen por vías autoritarias. Lo segundo, la suerte —o baraka, que dicen los árabes— que tienen algunos. Excepción hecha de Lincoln, quien figura en la lista con entre 2 y 5 intentos de asesinato, uno de los cuales fue exitoso, todos escaparon con vida de los intentos de magnicidio. 

Hay testimonio —parcial en tanto que dramatizado, claro— cinematográfico de algunos de ellos: de Hitler tenemos el más famoso del asalto a la guarida del lobo en Valkiria, dirigida por Bryan Singer y protagonizada por Tom Cruise. Del asesinato de Lincoln, reflejado como un hecho más de una película muy compleja, el relato de Spielberg protagonizado por Daniel Day Lewis.

Pero lo llamativo de este —esperemos que último— intento sobre Trump es que ha generado toda una suerte de teorías de la conspiración a cada cual más disparatada: que si es un atentado de falsa bandera (típico), que si Trump ya lo sabía y dejó hacer para incrementar su popularidad (basado en la media sonrisa que esbozaba cuando sonaban los primeros disparos y las bromas que hizo después cuando dijo que no sabía que su oficio fuese tan peligroso)… o que si este evento ya había sido anunciado por un viajero en el tiempo que dejó escrito en X (antes llamado Twitter) el nombre del perpetrador con una imagen de fondo que representaba, bien que veladamente, la foto del primer atentado orejero del líder de MAGA.

He de reconocer que los conspiranoicos han sido aquí muy hábiles, y que han conseguido presentar indicios sorprendentes. Yo, la verdad, me llegué casi a convencer de la veracidad de sus delirios, pero solo porque había visto a Bruce Willis protagonizar 12 monos o Looper y a Christopher Walken La zona muerta, y gracias a ello estaba predispuesto a creer en los viajes temporales o en las premoniciones de los videntes para asesinar a individuos peligrosos.

No obstante, una vez pasó mi estupefacción, solo temí verdaderamente una cosa: que a alguien se le ocurriese hacer una película hagiográfica sobre los —recemos porque siempre fallidos— atentados del presidente naranja.

La verdad, preferiría ver pelis de terror con monstruos radiactivos ambientadas en Chernóbil.

Escribe Ángel Vallejo

Christopher Walken en «La zona muerta», de Stephen King y David Cronenberg: predicciones sobre el señor presidente