Resurrection (4)

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… Y los sueños cine son

¿Es posible reinventar el cine? El último que lo intentó llevándolo hasta el extremo fue Godard. Su inconformismo se tradujo en la exploración de los límites y posibilidades de este arte centenario, y la conclusión a la que llega es poco gratificante sobre su futuro: No cabe reinvención porque el cine está muerto. Llevaba ya la semilla de su destrucción en su origen, tan sólo ha hecho falta el paso del tiempo para que germinara.

Podemos entonces reformular la pregunta, al hilo, además, del título de la película de Bi Gan: ¿Es posible resucitar al cine?

En su concepción más primigenia, el cine es imagen en movimiento, pero ya desde sus inicios esa imagen que se mueve se pone al servicio de un valor más alto, la historia que con ellas se pretende contar. Proviene, sí, de la pintura y la fotografía, pero se somete a una lógica que lo trasciende. El cine, casi desde sus inicios, es literatura por otros medios. Ésta opera como una ortopedia que dirige sus posibilidades, en función del éxito que consiguen en la tarea que tienen asignadas.

La pintura, la escultura o la música también sufrieron esa dependencia, pero han sabido liberarse de ella. Otras artes, como la arquitectura, sin duda por su irrenunciable valor funcional, están más incapacitadas para hacerlo. El cine, por su parte, y más que nada por decisión propia, continúa desdibujado; se ha erigido como un lenguaje (con los riesgos que semejante término implica, por cuanto apela a un mensaje que debe ser transmitido, a una referencia externa), y con ello ha traicionado su esencia más íntima.

Bi Gan se toma en serio esta cuestión, y para responderla se asoma a la historia del cine. Articulada en cinco actos, más el epílogo que la clausura, nos ofrece otros tantos momentos de la vida, no lineal, no progresiva, de un personaje que no ha perdido la capacidad de soñar, una excentricidad en un mundo en el que ha sido abolida. Y el lugar de los sueños, donde se refugian esos soñadores, es el cine.

Perseguirlo es recorrer la historia del cine. El director puebla de referencias a multitud de hitos a esa historia el relato que nos ofrece, el itinerario que el espectador va a recorrer tras las huellas del soñador. Y junto a esos momentos emblemáticos a los géneros y los estilos que han quedado consolidados en su relativamente corta, aunque intensa, trayectoria.

No lo hace, sin embargo, siguiendo un esquema rígido, sea cronológico o temático (a excepción, relativa, del primer capítulo dedicado al cine mudo), sino que los mezcla y los combina permitiendo que aparezcan destellos de unos y otros en cada uno de los segmentos. El melodrama, por ejemplo, aunque pueda remitir a la parte final, no sólo va acompañado de otras citas, sino que es también rastreable en alguno de los episodios que le preceden.

Cada uno de ellos va asociado, además, a un sentido, si bien en algún caso de manera muy tangencial y un poco forzada. Preguntado al respecto, el director chino reivindica el cuerpo, lo biológico, frente a un mundo, entendemos, que ha ido abandonándolo en favor de lo tecnológico. Al margen de la pertinencia de tal discurso, que la película no desarrolla, sí que puede leerse en la opinión del autor una apuesta por lo primigenio, más aún, por lo esencial, que la mirada sobre el cine aquí desarrollada defiende.

Pero eso no significa que estemos ante una búsqueda de un patrón originario que haya sido pervertido y merezca ser rescatado, negando las costras que sobre él se han depositado. Su recorrido apela a múltiples momentos muy diversos entre sí, y en todos ellos ve el rastro de lo que busca y el material sobre el que reconstruirlo. Ocioso es enumerar todas esas citas, que abarcan desde antes mismo de la invención del cinematógrafo, con alusiones veladas a la linterna mágica, al cine apocalíptico más reciente, con apelaciones que en ocasiones son más explícitas (El regador regado, Nosferatu o La dama de Shanghai), y otras más indirectas, casi atmosféricas (La llegada del tren, El padrino o Blade Runner, que impregna toda la película).

Bi Gan construye una película apabullante. Sus ciento sesenta minutos de duración son un derroche de inventiva

La conclusión está en obra. Bi Gan no elabora un discurso que dé respuesta a la cuestión desde la que arranca la película, sino que lo pone en práctica. Su reivindicación del cine consiste en elaborar un entramado que se nutre de lo que ha sido su historia, pero que lo transforma. Y no es ya por su querencia hacia el plano secuencia, lo más llamativo, con el que ya asombró en su obra anterior, Largo viaje hacia la noche, y que aquí posee menos prestancia, como si de un deber de marca se tratase, sino por la particular densidad que otorga a sus imágenes.

La imagen en movimiento, alejada del esteticismo estático de la pintura, y que tantos cineastas han cultivado, reconquista el centro del discurso. No se trata de cine abstracto, puestos que sus vectores apuntan en múltiples direcciones, también hacia el realismo, pero sí que asistimos a la recuperación del centro de gravedad de la esencia cinematográfica. Se invierten las tornas, y de un relato que subsume a las imágenes y las coloca a su servicio, son ahora estas las que rigen y se imponen sobre los referentes, que pasan a ser ya no una justificación, sino herramientas del medio.

Bi Gan construye una película apabullante. Sus ciento sesenta minutos de duración son un derroche de inventiva sin el manierismo en el que en demasiadas ocasiones han caído otros autores persiguiendo lo mismo. Decir que reinventa el cine suena inapropiado, en tanto que se sirve de elementos provenientes de su propia historia, pero no lo es admirar la forma en la que recoloca esos elementos dotando a la película de una densidad pocas veces vista. En esta película hay una desbordante entrega a un lenguaje, a una manera de hacer, y hasta, diríamos, de contemplar el mundo, que se basta a sí misma, que lo honra y lo eleva a las cumbres más altas.

Su reivindicación del cine consiste en elaborar un entramado que se nutre de lo que ha sido su historia, pero que lo transforma

¿Y todo eso con qué propósito? Podríamos reformular la pregunta con la que arrancábamos este texto. No ya si es posible, sino qué necesidad hay de reinventar un arte moribundo. Por qué no dejarlo morir en paz. La respuesta la ofrece la propia película, en uno de los finales más hermosos que se han podido contemplar en una pantalla en los últimos tiempos.

En un mundo distópico, en el que se han proscrito los sueños, aquellos que se resisten a cumplir los preceptos de los nuevos tiempos han encontrado refugio en el cine. Soñar va más allá de imaginar, es la válvula de escape que introduce el caos en un mundo lineal y organizado. Lo incierto, pero también lo creativo, el miedo y el goce, la sensación de estar vivo. Renunciar a los sueños significa tanto como hacerlo a lo más noble de la vida. Sin sueños la vida se apaga.

Y ahí está el cine para preservarlos. Ese artificio que juega con la luz, ilumina. El caos que es toda la película se corresponde con la tarea para la que ha sido elegido, con el último refugio de los sueños, o, lo que es lo mismo, de la vida que merece ser vivida.

Y así, cuando la película acaba, cuando la palabra «Fin» aparece en la pantalla, la luz que ilumina la sala lleva consigo el declinar de la que portan los espectadores. La fuerza que les impulsaba a vivir desaparece. Sin el cine, sin los sueños, la realidad se torna oscura. Necesitamos el cine porque el cine, lo que encierra, es la vida.

Escribe Marcial Moreno | Fotos Madfer films