Cel meu infern teu (3)

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Un pasado no tan lejano

Alberto Evangelio debutó en el largometraje con Visitante (2021), una ópera prima que marcó un punto de inflexión en su trayectoria profesional. La película, estrenada en el Festival de Sitges y nominada a los Premios Gaudí, consolidó el reconocimiento de un cineasta que llevaba más de una década explorando el género fantástico y de terror a través de cortometrajes.

Ahora se estrena en cines su segundo largometraje, Cel meu infern teu (2025), un drama ambientado en la España de los años sesenta y setenta que narra la historia de amor imposible entre dos mujeres, Adela (Tània Fortea) y Victoria (Sandra Cervera), cuya relación se ve condicionada y castigada tanto por la legislación vigente como por los rígidos prejuicios sociales de la época.

La cartela inicial sitúa temporalmente el relato en 1971 en un pequeño pueblo de la Comunitat Valenciana –la película está rodado en castellano y valenciano para adaptarse fielmente al contexto–. Adela, una mujer que proviene de una familia modesta y acaba de salir de la cárcel, es acogida a través de la mediación de la iglesia para trabajar como sirvienta de un matrimonio adinerado que vive en una gran masía.

Estructurada en dos partes, cada una de ellas titulada con el nombre de sus protagonistas, el filme establece un juego temporal en el que vamos adelante y atrás en el tiempo para entender la razón por la que Adela termina encarcelada y las consecuencias que sufre Victoria al descubrirse la relación con Adela.

De esta manera, el drama queda enmarcado en un contexto de profundas desigualdades sociales y de lucha de clases. Por un lado, se sitúa el mundo de los trabajadores, marcado por la precariedad y la dependencia; por otro, la gran mansión campestre que simboliza el poder económico y la posición privilegiada del terrateniente, siempre respaldado por las fuerzas vivas del pueblo: la iglesia, las autoridades y un orden social que perpetúa las jerarquías establecidas.

En este escenario se encuentran Adela y Victoria, dos mujeres que, pese a pertenecer a estratos sociales diferentes, comparten una misma condición de sometimiento frente a todo lo que les rodea. El mundo de Adela está condicionado por la situación de carestía en que vive, mientras que Victoria vive atrapada en vida tan acomodada como asfixiante. A partir de esa experiencia común, ambas terminan enamorándose, aun siendo plenamente conscientes de las dificultades y los riesgos que implica su relación.

Son precisamente los momentos que comparten en la intimidad –cuando conversan, ríen o se entregan a sus sentimientos lejos de las miradas ajenas– los únicos instantes en los que alcanzan una auténtica felicidad. Una felicidad frágil y clandestina, disfrutada al margen de una sociedad que las condenaría y que poco a poco acaba convirtiendo ese espacio de libertad en una prisión emocional.

La película muestra cómo la inocencia de ese amor vivido de puertas para adentro termina resquebrajándose cuando el marido de Victoria descubre la relación. A partir de ese momento, Adela y Victoria, cada una desde su posición social, sufrirán el peso de una sociedad franquista profundamente machista y represiva, que se ensaña con ellas de manera cruel y despiadada. A ello se suman los prejuicios inherentes a la vida en una pequeña comunidad rural, donde cada individuo está sometido al escrutinio constante y al juicio de sus vecinos.

Lo que inicialmente podría definirse como un drama social atravesado por la denuncia de la criminalización de la homosexualidad va evolucionando progresivamente hacia terrenos más cercanos al thriller psicológico. Para ello, el guion de Ana Piles y Noelia Martínez juega con un tercer personaje: el padre Antonio (Víctor Palmero), ayudante del párroco. Su presencia aporta una dimensión inquietante y perturbadora al relato, intensificando la sensación de amenaza que se cierne sobre las protagonistas y contribuyendo a oscurecer una trama que, conforme avanza, adquiere tintes cada vez más sombríos.

De ahí que, en su segunda mitad, la película se adentre progresivamente en códigos visuales y narrativos próximos al cine fantástico e incluso al terror psicológico. Se trata de un territorio en el que Alberto Evangelio se desenvuelve con especial soltura, ya que constituye una constante dentro de su filmografía. El director aprovecha estos recursos genéricos no solo para intensificar la atmósfera de inquietud sino también para materializar los conflictos internos y las pulsiones reprimidas de sus personajes.

En este sentido, la figura del padre Antonio adquiere una dimensión espectral que trasciende su condición de personaje para convertirse en una presencia aterradora. Su imagen aparece estrechamente vinculada a los deseos reprimidos y el sentimiento de culpa. A medida que avanza la narración, esta figura va perdiendo sus rasgos humanos para transformarse progresivamente en una encarnación de los temores y obsesiones de los personajes. De este modo, el padre Antonio termina por representar una manifestación del mal y las contradicciones que habitan en el ser humano.

Sandra Cervera y Tània Fortea en ‘Cel meu infern teu’. Foto: Beniwood Producciones

Del mismo modo, el tratamiento al que es sometida Victoria para renunciar a su orientación sexual se representa mediante imágenes perturbadoras y situaciones de marcada violencia psicológica (incluida la referencia al método Ludovico empleado para la modificación de conductas de La naranja mecánica de Kubrick). Gracias a estos elementos, la película alcanza algunos de sus momentos más perturbadores, convirtiendo el horror en una herramienta para denunciar la represión ideológica y emocional que sufren los personajes, tratando el lesbianismo como una enfermedad.

Gracias a esta combinación de géneros y a la articulación de sucesos narrados en distintos planos temporales, Cel meu infern teu se configura como una película ágil capaz de mantener el interés a lo largo de su metraje. Sin embargo, esta agilidad se ve empañada por algunas carencias en la construcción de los personajes. El guion plantea conflictos y relaciones que no siempre reciben el desarrollo necesario para resultar plenamente convincentes. Así, la relación amorosa entre las dos protagonistas se presenta de forma más enunciada que elaborada dramáticamente. De manera similar, el personaje del padre Antonio aparece definido por una maldad apenas matizada, lo que lo convierte en un antagonista funcional para la trama, pero un poco limitado en términos de complejidad psicológica. Afortunadamente el trabajo actoral del trío protagonista (Tánia Fortea, Sandra Cervera y Víctor Palmero), así como del resto de actores y actrices que completan el reparto, insuflan la fuerza necesaria para sacar adelante los personajes.

Lo más destacable de la película es su voluntad de denunciar la represión sexual ejercida durante la dictadura franquista y las devastadoras consecuencias que tuvo la persecución de las personas por razón de su orientación sexual. El mérito de Cel meu infern teu está en la recuperación de una memoria histórica –y más ahora que algunas fuerzas políticas intentan blanquear la dictadura de Franco– marcada por el miedo, la clandestinidad y la imposición de una estricta moral conservadora.

Escribe Luis Tormo