¿Qué te dice esa naturaleza? (3)

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La familia

Telemann, Picasso y Hong Sangsoo. ¿Qué tienen en común estos tres artistas, cada uno de su tiempo y en su disciplina? Los dos primeros pasan por ser los más prolíficos en sus respectivas artes, y el director coreano, si no lo es ya, va camino de serlo.

El mérito, o el problema, según se mire, no es sólo cuantitativo, en cuanto al número de obras producidas, sino también cualitativo, es decir, cómo mantener la originalidad, cómo escapar a la reiteración ante una cosecha tan copiosa.

Aquí entramos en la cuestión del estilo. Cada artista tiene el suyo, que, aunque puede evolucionar (Picasso pasó por varias etapas en su vida creativa), no es menos cierto que imprime un carácter que, ante la abundancia, puede convertirse en redundancia.

Pero repetir esquemas no tiene por qué mermar la calidad del producto. Las películas de Hong Sangsoo son, en cuanto a la forma, la misma película, o así lo parecen, pero esa forma conocida está siempre al servicio de un relato que extrae de ella espléndidos momentos cinematográficos. Sangsoo dispone de unas herramientas que emplea sin recato y que siguen ofreciendo altísimos réditos.

Laa mirada se dirige en este caso a la familia. No ha sido hasta ahora un tema central en sus películas, aunque sí que han aparecido algunos apuntes en muchas de ellas, casi siempre bajo la forma de padres que visitan a sus hijos, o viceversa, aflorando la compleja relación entre unos y otros. Aquí, en cambio, la familia aparece como una estructura autónoma y completa que se enfrenta a un elemento externo que pretende incorporarse a ella.

El procedimiento narrativo es el conocido. Largos planos fijos que filman conversaciones de los protagonistas (cinco en esta ocasión, en una depuración minimalista llevada al extremo), algún zoom, cada vez más infrecuente, sin nada que ver con la proliferación de sus inicios, y diálogos que dicen más de lo que en apariencia ofrecen.

Los típicos elementos que pueblan su cine también están presentes: el tabaco como nexo de unión entre personajes y propiciador de la relación entre ellos; el alcohol como desinhibidor social y detonante del conflicto; los largos paseos por el exterior, o las copiosas comidas en las que acaba aflorando lo oculto.

A pesar de la aparente amabilidad, el perfil de la familia que acaba construyéndose resulta áspero, incómodo, agresivo incluso.

Donghwa, un joven que escribe poemas, lleva tres años saliendo con Junhee, pero aún no conoce a sus padres ni ha visitado nunca su casa. Por azares del destino un día se presenta frente a ella y decide, fascinado por lo que ve, remediar esa carencia.

Durante una jornada con su noche, Sangsoo va a meter su bisturí en esa institución. Lo que nos encontraremos es una familia —formada por padre, madre y sus dos hijas— perfectamente cohesionada, que no significa lo mismo que ejemplar, y ahí está el magnífico plano con el que se inicia la película, en el que vemos a la madre cocinando antes de ir a trabajar: Una actitud que responde a un reparto de roles que viene confirmado más tarde cuando sirve la abundante comida, y que deja en la penumbra su afición a la poesía.

La familia de Junhee es absorbente y refractaria al mismo tiempo. El joven visitante parece estar sometido a un juicio para valorar su adecuación como nuevo miembro, en el que cualquier detalle parece jugar en su contra, sea su viejo coche, del que tan orgulloso está, sea su incierta vida laboral, cuando ya ha cumplido treinta y cinco años y parece que sólo está interesado por la poesía, algo que no es una profesión (magnífico el instante en el que padre y futuro yerno hablan sobre el tema con el sonido de fondo del cacareo de las gallinas, que luego serán servidas en la mesa), y que, como bien sabe la madre, no puede pasar de ser una inclinación marginal.

El joven visitante parece estar sometido a un juicio para valorar su adecuación como nuevo miembro

Un constante test de idoneidad en el que participan todos, y en el que destaca la especial agresividad de la hermana de la novia, en una actitud que insinúa una especie de celos ante la posibilidad de perder a la hermana, o su influencia sobre ella. Entre los reproches cobran especial protagonismo los que atañen a la situación económica, y, como consecuencia, a la posición social.

La figura del padre del joven, un abogado de reconocido prestigio, puede ser el elemento que satisfaga las exigencias planteadas, pero ahí va a chocar con la actitud del vástago, quien apenas mantiene relación con él, y que presume, además, de no necesitar su ayuda, por mucho que su situación no sea la más acomodada. Esta referencia sirve también para contrastar ambos tipos de familia, que es tanto como decir las dos maneras de entender esta institución: como instancia a la que someterse o como peligro del que distanciarse.

La abuela de Junhee, a quien su hijo dedicó la casa, y que sigue ejerciendo su poder después de muerta, simboliza el peaje a pagar para la integración. La independencia individual, de la pareja incluso, está excluida, porque todo se somete a la rígida estructura que domina la matriarca, el hecho de que la hermana de Junhee sea enviada a comer con ellos deja las cosas claras.

Hay dos momentos en los que Sangsoo muestra la marginación que el joven está sufriendo. El primero lo encontramos en el modo en que alarga el plano en el que lo vemos sentado, él sólo, en el sofá, y en el que se llega a percibir la angustia del personaje desubicado. El otro hace referencia a los perros, ladrando a un supuesto desconocido que no aparece, porque ya está dentro de la casa.

La casa, con sus habitantes, resulta absorbente, y va tejiendo una tela de araña alrededor del candidato a nuevo miembro

La casa, con sus habitantes, resulta absorbente, y va tejiendo una tela de araña alrededor del candidato a nuevo miembro. En un momento dado, este parece darse cuenta de la situación en la que está cayendo, y, provisto de sus gafas, con las que puede ver con claridad lo que hasta ese momento era borroso (Sangsoo repite por momentos el experimento de In wáter, desenfocando la imagen, con lo que ello tiene de indefinición u ocultación de lo que está ocurriendo para quien lo percibe), intenta una huida de la que desiste al poco tiempo, como si ya resultase inútil, como si ya hubiese sido atrapado.

La rendición acaba siendo absoluta. El viejo coche de Donghwa se avería, y el GPS no localiza el lugar en el que se encuentra, lo que lleva al joven a admitir que tendrá que venderlo. Desde ahí, encontrar un trabajo de provecho es sólo cuestión de tiempo, el que tardará en marginar su vocación poética, como ya hizo la madre de su novia.

Sangsoo es fiel a su estilo y a sus preocupaciones, pero no tanto a la contención que en otras obras ha mostrado. Al final queda la sensación de que la película se alarga innecesariamente, y de que la capacidad de sugerencia ha sido sustituida, por momentos, por referencias demasiado explícitas. Todo ello no invalida, ni mucho menos, la película, pero sí que pone en evidencia que la genialidad es ardua de conseguir.

Escribe Marcial Moreno | Fotos Atalante